105 misiles y 176 drones abatidos mientras Irán golpea el Golfo
Qatar, Emiratos y Bahréin se convierten en escudo de la coalición frente a Teherán mientras el cierre de Ormuz dispara el riesgo energético global.
La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha convertido el cielo del Golfo en un tablero saturado de misiles e interceptores. En apenas diez días de represalias iraníes, las defensas de Bahréin aseguran haber destruido 105 misiles y 176 drones, mientras Qatar y Emiratos Árabes Unidos reportan nuevas oleadas de proyectiles derribados sobre sus principales ciudades. Lo que hasta hace unas semanas eran hubs seguros de aviación, turismo y finanzas se ha transformado en parte del frente de guerra, bajo el paraguas de bases estadounidenses y sistemas Patriot y THAAD desplegados a contrarreloj. La narrativa oficial habla de amenazas “neutralizadas” y de cielos “bajo control”, pero el mapa energético mundial se estrecha en torno a un punto: el Estrecho de Ormuz, por donde pasa casi una quinta parte del petróleo y del gas licuado del mundo. La seguridad aérea se mantiene, por ahora; la energética, mucho menos.
Una nueva fase de la guerra en el Golfo
Los últimos ataques sobre Qatar y Emiratos se producen en el contexto de una escalada sin precedentes desde que un bombardeo conjunto estadounidense e israelí acabó con el líder supremo iraní y golpeó más de 5.000 objetivos militares en territorio de Irán. Teherán respondió extendiendo la guerra más allá de Israel y lanzando misiles y drones contra las monarquías del Golfo que albergan bases y activos estadounidenses. El conflicto, que ya se describe en círculos militares como la mayor conflagración regional desde la Segunda Guerra Mundial, ha convertido a países tradicionalmente percibidos como “refugios” —Qatar, Emiratos, Bahréin, Kuwait— en piezas de una guerra de desgaste.
Irán carece de una fuerza aérea moderna y ha apostado casi todo a su arsenal de misiles y UAV de alcance medio, con más de 1.000 ataques lanzados en las primeras jornadas de guerra, según estimaciones aliadas. Washington presume de haber reducido un 90% la capacidad ofensiva iraní, pero cada oleada de drones low cost obliga a los aliados a disparar interceptores que cuestan decenas de veces más que el proyectil que derriban. El resultado es una contabilidad paradójica: las estadísticas de éxito militar suben, mientras los márgenes de seguridad estratégica y energética se estrechan.
Qatar y Emiratos, de oasis de negocios a zona de guerra
El último parte de guerra llegó este martes desde Doha. El Ministerio de Defensa qatarí confirmó que sus fuerzas armadas habían interceptado un ataque con misiles lanzado desde Irán contra el emirato, después de que residentes reportaran explosiones en distintos puntos del país. El mensaje oficial insistía en que “la amenaza ha sido eliminada” y llamaba a no difundir rumores en redes sociales, una preocupación recurrente en un país con uno de los PIB per cápita más altos del mundo y una enorme comunidad de expatriados.
Al mismo tiempo, el Ministerio de Defensa de Emiratos Árabes Unidos informó de que sus sistemas de defensa aérea respondían a una andanada de misiles balísticos y drones procedente de Irán, y explicó que los fuertes estampidos escuchados en varias zonas del país se debían a operaciones de intercepción. Dubai, que hasta hace poco vendía seguridad y estabilidad como parte central de su marca global, ha sufrido en estas semanas daños en infraestructuras clave y un goteo de salidas de residentes extranjeros. Sobre su territorio, solo en los primeros días de guerra se han contabilizado más de 220 drones y una treintena de misiles lanzados, la mayoría derribados antes de impactar.
Qatar y Emiratos no figuran formalmente entre los beligerantes, pero albergan grandes instalaciones militares estadounidenses, como la base aérea de Al Udeid, objetivo ya de ataques iraníes en 2025 y de nuevo ahora. La consecuencia es clara: su neutralidad económica contrasta con una vulnerabilidad militar creciente.
Bahréin: el pequeño reino que derriba 105 misiles
El tercer actor clave en esta oleada defensiva es Bahréin, sede de la V Flota de Estados Unidos. Según datos difundidos por sus Fuerzas de Defensa, el país ha interceptado y destruido 105 misiles y 176 drones desde el inicio de las represalias iraníes contra los aliados del Golfo. Es una cifra notable para un archipiélago de apenas 1,5 millones de habitantes y con un territorio que cabe varias veces en la provincia de Badajoz.
El relato oficial subraya que los sistemas de defensa aérea han evitado daños de envergadura en infraestructuras petroleras y en el puerto de Khalifa Bin Salman, pieza clave del comercio regional. Sin embargo, los ataques han obligado a detener operaciones en la refinería de Bapco y a revisar los planes de contingencia de las grandes compañías logísticas que operan en la zona.
La aparente eficacia defensiva tiene un reverso menos visible: el desgaste de inventarios de misiles interceptores y la presión psicológica sobre una población que escucha casi a diario sirenas y explosiones en un país donde el turismo de fin de semana desde Arabia Saudí formaba parte del paisaje económico habitual.
La “competición de salvas”: quién se quedará antes sin interceptores
Analistas militares describen el actual conflicto como una “competición de salvas”: gana, o al menos resiste, quien aguante más tiempo sin agotar sus arsenales ofensivos y defensivos. Irán lanza oleadas de drones y misiles con la expectativa de saturar los sistemas Patriot, THAAD y las defensas navales de Estados Unidos y sus socios; la coalición responde derribando la inmensa mayoría, pero a un coste desproporcionado.
Defenderse de un dron que cuesta apenas decenas de miles de dólares puede exigir un interceptor que multiplica por cinco ese precio, sin contar el gasto operativo de los radares, la logística y el despliegue aéreo asociado. Si se mantiene el ritmo actual —centenares de proyectiles al mes sobre el Golfo— los almacenes de misiles defensivos podrían tensionarse en cuestión de semanas, especialmente en países pequeños como Bahréin o Qatar, altamente dependientes del reabastecimiento estadounidense.
Lo más grave, señalan expertos consultados por este diario, es que el incentivo para Teherán no es tanto conseguir impactos devastadores como forzar a sus rivales a consumir recursos caros y a mantener en tensión permanente a sus sociedades y mercados. Es una guerra de nervios y de balance contable, tanto como de explosivos.
Ormuz cerrado: el cuello de botella que amenaza al mundo
Mientras los cielos del Golfo se llenan de trazas de interceptores, el verdadero estrangulamiento se produce en el mar. El Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo consumido en el mundo y cerca de una quinta parte del comercio global de GNL, se encuentra prácticamente cerrado por ataques y amenazas sobre la navegación. Un ataque con dron que incendió recientemente un petrolero en la zona ha servido de aviso para una industria que ha optado por desviar rutas o, directamente, fondear a la espera de garantías.
China ha reclamado públicamente protección para los buques que intentan cruzar el estrecho, mientras más de 150 petroleros permanecen inmovilizados en el Golfo y las primas de seguro se han disparado. El impacto en los precios no se ha hecho esperar: el Brent ha llegado a superar los 100 dólares por barril, con picos cercanos a los 120 dólares, el mayor salto desde 2020.
Este hecho revela hasta qué punto el bienestar de las economías avanzadas depende de un pasillo marítimo de apenas 21 millas náuticas de ancho en su punto más estrecho. Una sola campaña de misiles y drones, aunque se quede en el terreno militar, basta para poner a prueba la robustez de la transición energética y las reservas estratégicas de crudo.
Cómo afecta a España y a las empresas con pie en el Golfo
En términos estrictamente físicos, Europa recibe solo alrededor del 4% del crudo que cruza Ormuz; la mayor parte se dirige a Asia. Pero esa cifra es engañosa. El encarecimiento de las exportaciones desde Oriente Medio repercute en los precios de referencia globales y, por tanto, en la factura energética española, tanto en petróleo como en gas natural licuado, donde Qatar es uno de los suministradores clave.
Además, España tiene una presencia corporativa creciente en el Golfo: constructoras, ingenierías, energéticas y bancos han convertido Dubai y Doha en nodos de negocio para proyectos en África y Asia. La interrupción de vuelos, los cierres temporales de aeropuertos y la percepción de riesgo de seguridad añaden fricción a ese modelo.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras América del Norte se beneficia de un grado mayor de autonomía energética, Europa comprueba de nuevo cómo cualquier chispa en Oriente Medio se traduce, tarde o temprano, en más déficit comercial y más presión inflacionista.

