Explosiones nocturnas, sirenas en Tel Aviv y una defensa antimisiles sometida a estrés máximo en plena escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos

Misiles iraníes sacuden Jerusalén y agravan la guerra regional

EPA/ABIR SULTAN

La noche volvió a romperse sobre Jerusalén. Varias explosiones sacudieron la ciudad después de que Irán lanzara nuevas andanadas de misiles contra el centro de Israel, según despachos de la agencia AFP y fuentes militares israelíes. Las sirenas sonaron también en Tel Aviv y su área metropolitana mientras los sistemas defensivos interceptaban la mayoría de los proyectiles. Por ahora no se han registrado víctimas ni daños estructurales graves, pero el mensaje estratégico es inequívoco: Teherán está dispuesto a mantener la presión directa sobre territorio israelí en respuesta a los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra objetivos en Irán. Al mismo tiempo, los mercados energéticos asumen ya un escenario de guerra prolongada, con el precio del Brent disparado en torno a un 10-13% hasta los 80 dólares por barril y el tráfico de petroleros casi paralizado en el estrecho de Ormuz.

Según periodistas de AFP desplazados a la zona, «se escucharon varias explosiones sobre Jerusalén después de que el Ejército israelí informara de múltiples andanadas de misiles lanzados desde Irán». No hubo aviso de impacto directo en la ciudad, lo que sugiere que los estallidos corresponderían principalmente a interceptaciones en el aire o a restos de proyectiles cayendo en zonas abiertas. Aun así, la población volvió a refugiarse en sótanos y habitaciones blindadas mientras sonaban las alarmas.

Las autoridades israelíes confirmaron que los ataques formaron parte de un nuevo ciclo de represalias cruzadas iniciado tras los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre infraestructura militar iraní y centros de mando de la Guardia Revolucionaria. Durante más de media hora, las sirenas se activaron de forma intermitente en Jerusalén y en buena parte del centro del país, un patrón que recuerda a los ataques de junio de 2025 y a los bombardeos de abril de 2024, cuando Irán lanzó cientos de misiles y drones contra Israel en una operación que entonces fue mayoritariamente contenida por la defensa aérea.

Lo más llamativo de esta última noche es que, pese a la intensidad del ataque, el balance físico es mínimo. El psicológico, en cambio, es profundo: la población comprueba que el conflicto ha saltado definitivamente del plano de la guerra indirecta a golpes directos entre Estados con capacidad misilística avanzada.

Misiles en oleadas y defensas al límite

Fuentes militares israelíes hablan de «docenas de misiles» lanzados desde Irán en diferentes oleadas desde el inicio de la nueva fase de la guerra, una cifra coherente con estimaciones que sitúan en decenas los proyectiles disparados en las últimas horas. Muchos de ellos fueron interceptados sobre el centro del país por el entramado de defensa multicapa que combina sistemas de largo alcance Arrow, de rango medio David’s Sling y el conocido Iron Dome para amenazas de corto alcance.

Este escudo, que en ataques anteriores ha alcanzado tasas de interceptación superiores al 90% según datos oficiales, depende de un recurso finito: los interceptores. Cada misil Tamir del Iron Dome cuesta entre 50.000 y 100.000 dólares por disparo, y las interceptaciones de misiles balísticos mediante Arrow pueden elevar la factura a varios millones de dólares por unidad. Unas pocas noches de salvas de decenas de proyectiles pueden traducirse, por tanto, en gastos de más de 100 millones de dólares solo en defensa aérea, sin contar el despliegue de baterías estadounidenses Patriot o THAAD en la región.

El contraste con el coste relativamente menor de cada misil iraní es evidente. Este hecho revela una asimetría clave: Teherán puede forzar a Israel y a sus aliados a quemar recursos muy caros incluso cuando su objetivo no sea causar grandes daños materiales, sino poner a prueba la resiliencia económica y logística del escudo defensivo.

El giro de la guerra tras el 28 de febrero

Los misiles sobre Jerusalén no pueden entenderse al margen del punto de inflexión del 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra objetivos militares en Irán, incluida la capital y varias ciudades estratégicas. Esa operación, que según diversas fuentes habría causado la muerte de buena parte de la cúpula militar iraní y del propio líder supremo Ali Jamenei, abrió una guerra abierta que ya no se libra solo a través de milicias y proxies.

En las horas posteriores a esos bombardeos, Irán respondió lanzando alrededor de 170 misiles balísticos contra Israel y bases estadounidenses y aliadas en el Golfo, según estimaciones del propio ejército israelí recogidas en cronologías oficiales del conflicto. Desde entonces, las andanadas se han sucedido a intervalos de pocos días, cada vez más sofisticadas y combinadas con drones y munición merodeadora.

El diagnóstico es inequívoco: Teherán quiere demostrar que conserva capacidad de golpear directamente a Israel pese a los ataques sobre su infraestructura, mientras traslada el coste económico de la guerra al resto del mundo encareciendo la energía y desestabilizando las rutas comerciales. Jerusalén, por su parte, no puede admitir la normalización de estos ataques sin responder con más fuerza, lo que alimenta un círculo de escalada difícil de romper.

Estados Unidos, el Golfo y el temor a un conflicto desbordado

La dimensión del conflicto supera ya con mucho el eje bilateral Irán-Israel. La cronología de la guerra recoge ataques iraníes contra bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait y otros países del Golfo, con decenas de misiles interceptados y varios impactos confirmados sobre instalaciones logísticas. Washington, a su vez, ha empleado bombarderos estratégicos B-2 y B-52, misiles de crucero Tomahawk y activos navales para degradar la capacidad balística iraní.

Paralelamente, Hezbolá ha intensificado sus ataques desde Líbano y ha sufrido represalias masivas de la aviación y la marina israelí, con decenas de objetivos alcanzados y miles de desplazados en el sur del país. El riesgo de que el frente del norte se convierta en una guerra a gran escala mientras siguen las salvas desde Irán es precisamente lo que inquieta a las cancillerías europeas.

La consecuencia es clara: a cada andanada de misiles sobre Jerusalén o Haifa, la arquitectura de seguridad regional se hace más volátil. Un error de cálculo —un impacto masivo en un objetivo civil, un fallo de la defensa sobre una instalación crítica o una respuesta desproporcionada— podría desencadenar una guerra regional abierta con participación directa de varios Estados árabes y de la OTAN, con implicaciones económicas aún más profundas.

Mercados energéticos en tensión máxima

Los misiles sobre Jerusalén tienen un eco inmediato en los mercados. La guerra ha golpeado el punto más sensible del sistema energético global: el estrecho de Ormuz, por donde transita en torno al 20% del petróleo y buena parte del gas natural licuado del mundo. Tras los primeros ataques, el tráfico de petroleros cayó hasta un 70%, y en cuestión de días se redujo prácticamente a cero, con más de un centenar de barcos fondeados a la espera de instrucciones.

El resultado ha sido un salto del 10-13% en los precios del crudo, con el Brent instalándose alrededor de los 80-82 dólares por barril y algunos analistas advirtiendo de posibles subidas hacia los 100 dólares si el bloqueo se prolonga. En paralelo, el cierre temporal de instalaciones de gas en Qatar y ataques contra infraestructuras saudíes han provocado que los precios del gas en Europa prácticamente se dupliquen en pocas sesiones, reavivando el fantasma de nuevas presiones inflacionistas.

Este hecho revela una fragilidad conocida pero pocas veces tan visible: la dependencia de las grandes economías de un puñado de chokepoints marítimos. Para España y el resto de la UE, que todavía arrastran el impacto de la crisis energética tras la invasión de Ucrania, un petróleo por encima de 90 dólares durante varios meses podría añadir hasta casi un punto porcentual a la inflación prevista y complicar las expectativas de bajadas de tipos.

Aviación, turismo y logística: el coste invisible

Mientras Jerusalén escucha explosiones, miles de aviones permanecen en tierra o desvían sus rutas. El cierre del espacio aéreo sobre Irán, Irak y Siria ha obligado a grandes aerolíneas a cancelar o alargar vuelos entre Europa y Asia, incrementando tiempos y costes de combustible. El propio Israel cerró Ben Gurion a los vuelos comerciales durante las primeras jornadas del conflicto, dejando atrapados en el país a unos 40.000 turistas extranjeros, según el Ministerio de Turismo, que ahora organiza vuelos de evacuación y rutas alternativas vía Jordania y Egipto.

Israel, cuya economía se apoya en un sector turístico que movía más de 14 millones de pasajeros anuales por su principal aeropuerto antes de la guerra, ve cómo museos, hoteles y comercios permanecen cerrados, con una actividad turística reducida prácticamente a cero. La consecuencia es un agujero inmediato en ingresos y empleo que se suma al coste de movilizar a decenas de miles de reservistas.

En el plano logístico, el desvío de buques desde el Golfo Pérsico al cabo de Buena Esperanza añade semanas a las rutas y encarece el coste del transporte de contenedores, fertilizantes y materias primas. Todo ello configura un “impuesto de guerra” silencioso que pagan las empresas y consumidores de medio mundo aunque las explosiones se escuchen solo sobre Jerusalén.

Lo que Teherán quiere demostrar y lo que Jerusalén no puede admitir

Cada misil que sobrevuela Jerusalén y es interceptado encierra un mensaje dual. Desde la óptica iraní, el objetivo es mostrar que, pese a los ataques devastadores sobre su territorio y la pérdida de figuras clave, sigue teniendo capacidad para amenazar directamente el corazón político y simbólico de Israel. Los comunicados de la Guardia Revolucionaria subrayan que los blancos preferentes son instalaciones militares, energéticas y de inteligencia, y que los ataques se enmarcan en una campaña de represalia escalonada.

Para Israel, el margen político es mínimo. Aceptar que Irán pueda bombardear de forma recurrente su territorio —aunque el saldo físico sea limitado gracias al escudo antimisiles— supondría normalizar una amenaza existencial. De ahí que el Gobierno haya prometido seguir “neutralizando” lanzadores y depósitos en Irán y reforzando, al mismo tiempo, la defensa en profundidad en colaboración con Estados Unidos y varios aliados europeos y árabes.

Lo más grave es que ambos relatos se retroalimentan. Cada éxito defensivo de Israel refuerza la narrativa de resiliencia, pero empuja a Irán a aumentar el volumen o la precisión de sus ataques para demostrar que aún puede infligir dolor. Y cada operación de castigo israelí contra infraestructura crítica iraní alimenta el argumento de Teherán de que la única disuasión eficaz es elevar el coste regional de la guerra.