EEUU confirma con éxito la prueba del misil balístico intercontinental Minuteman III
El misil salió de California en plena madrugada y cruzó el Pacífico hasta impactar en un polígono remoto del Ejército estadounidense. Sin explosivo, pero con dos vehículos de reentrada instrumentados y miles de sensores midiendo cada fase del vuelo. El lanzamiento, identificado como GT 255, recorrió unas 4.200 millas (casi 6.800 km) hasta el atolón de Kwajalein, en las Islas Marshall.
La operación es rutinaria solo en apariencia. En un momento en el que la arquitectura de control de armamentos se ha debilitado y la modernización nuclear acumula retrasos, cada prueba funciona como termómetro de credibilidad. El mensaje es directo: la pata terrestre de la disuasión estadounidense sigue en alerta y se valida “en condiciones reales”, justo cuando el sistema que debe sustituirla se ha convertido en un problema presupuestario y de calendario.
GT 255: un vuelo “de rutina” con lectura estratégica
La Fuerza Aérea ejecutó la prueba desde Vandenberg Space Force Base (California), en una ventana programada entre la noche del 3 y la mañana del 4 de marzo de 2026, bajo el paraguas de la Air Force Global Strike Command y el apoyo de Space Launch Delta 30.
El detalle clave no está en el despegue, sino en el perfil. El misil se lanzó sin cabeza explosiva, pero con hardware de prueba diseñado para reproducir lo esencial de la misión: separación de etapas, guiado, reentrada y comportamiento aerodinámico a velocidades extremas. Ese vuelo terminó en el Ronald Reagan Ballistic Missile Defense Test Site, el campo de impacto en Kwajalein que permite medir desviaciones con precisión y reconstruir telemetría en tiempo real.
En palabras del mando de pruebas, el objetivo es sostener la fiabilidad de un sistema que no se puede “usar” para verificarlo. “Al evaluar perfiles de misión variados, mejoramos el rendimiento de toda la flota y aseguramos el máximo nivel de preparación”, resumió la comandante del escuadrón de test.
Dos vehículos de reentrada y la obsesión por la telemetría
Que el GT 255 volara con dos vehículos de reentrada no es un adorno técnico: es la parte del sistema que, en un escenario real, atraviesa la atmósfera y entrega la carga. En pruebas como esta se sustituyen las ojivas por paquetes de telemetría que registran vibraciones, temperatura, navegación y respuestas a maniobras, con una finalidad inequívoca: mantener la confianza en el conjunto sin necesidad de introducir material nuclear.
El matiz político llega después. Oficialmente, Washington insiste en que estos ensayos se programan con años de antelación y no responden a un episodio internacional concreto. Sin embargo, el entorno importa. En un tablero donde los tiempos de reacción se cuentan en minutos, la credibilidad se construye con repetición: pruebas, mantenimiento, certificaciones.
Por eso la telemetría importa tanto como el misil. Lo que se valida no es “un lanzamiento”, sino la cadena completa: personal, procedimientos, comunicaciones y componentes críticos. “No es un disparo, es una auditoría en vuelo”, resumen que circula en los entornos de defensa cuando un sistema envejece y, aun así, debe seguir funcionando sin margen de error.
La pata terrestre de la tríada: 400 misiles en alerta permanente
El Minuteman III sostiene la parte más visible —y más polémica— de la tríada nuclear: los misiles en silos. Estados Unidos mantiene unos 400 Minuteman III desplegados en el interior del país, distribuidos en torno a tres grandes alas de misiles (Wyoming, Montana y Dakota del Norte) y apoyados por una infraestructura de aproximadamente 450 silos.
Esa cifra, por sí sola, explica la lógica de la disuasión: dispersión y resiliencia. Un adversario no puede neutralizar el componente terrestre sin asumir un coste gigantesco y sin revelar intenciones con antelación. A cambio, Washington paga una factura constante: seguridad, comunicaciones endurecidas, cadenas de repuestos y un personal altamente especializado.
El debate, sin embargo, es viejo. Quienes defienden los ICBM sostienen que obligan a cualquier rival a “contar con ellos” desde el primer minuto, elevando el umbral de cualquier aventura. Quienes los critican señalan el riesgo de escalada por error: en crisis agudas, la presión por decidir rápido aumenta. En ambos casos, el punto común es el mismo: sin pruebas, la disuasión se degrada.
Un veterano de los setenta que se estira hasta 2050
Lo más llamativo del Minuteman III es su edad. Entró en servicio en la década de 1970 y, con modernizaciones sucesivas, se ha mantenido como columna vertebral terrestre durante más de medio siglo. La consecuencia es clara: cada extensión de vida útil exige más ingeniería “invisible”, porque el enemigo no es solo la amenaza exterior, sino el desgaste del propio sistema.
Ahí aparece el dato que inquieta a los planificadores: ante los retrasos del programa de sustitución, la Fuerza Aérea ha evaluado escenarios para operar el Minuteman III hasta 2050, asumiendo riesgos crecientes de sostenimiento.
Mantener un misil de esta complejidad durante décadas adicionales implica algo más que cambiar piezas. Obliga a conservar capacidades industriales que el mercado civil ya no demanda, reabrir líneas, certificar proveedores y blindar ciberseguridad en sistemas diseñados para otra era. Este hecho revela el núcleo del problema: no es solo un programa de armamento, es un programa de infraestructura nacional.
Sentinel: el relevo que ya cuesta 140.900 millones y acumula años de retraso
El sustituto del Minuteman III, el LGM-35A Sentinel, debía ser la respuesta ordenada: una transición gradual, con infraestructura reutilizada y costes controlados. La realidad ha girado en la dirección opuesta. Tras un incumplimiento crítico Nunn-McCurdy, el Pentágono certificó la continuidad del programa, pero el nuevo cálculo sitúa el coste en torno a 140.900 millones de dólares, un +81% frente a la estimación original de 2020 (unos 78.000 millones).
El golpe no es solo contable. El responsable de adquisiciones llegó a admitir que hay “razones” para el sobrecoste, “pero no excusas”, mientras el Departamento ordenaba reestructurar el programa y reconocía un retraso “de varios años”.
La consecuencia es doble. Primero, obliga a sostener más tiempo el sistema antiguo, con su riesgo técnico. Segundo, tensiona el presupuesto de modernización nuclear en un ciclo donde ya hay otras grandes partidas: submarinos, bombarderos, ojivas e instalaciones. La CBO estimó 756.000 millones de dólares en costes de fuerzas nucleares para 2023-2032 (más de 75.000 millones al año), y esa cifra se vuelve aún más sensible cuando un pilar —Sentinel— se desborda.
El fin de New START: menos verificación, más nervio estratégico
A la ecuación se le ha sumado un elemento estructural: la caída de los mecanismos de control. New START expiró el 5 de febrero de 2026, eliminando el último gran marco bilateral de límites y verificación entre Estados Unidos y Rusia (tope de 1.550 ojivas estratégicas desplegadas y 700 lanzadores desplegados, entre otras medidas).
Aunque Moscú llegó a sugerir fórmulas de prórroga política, el resultado práctico es un escenario con menos inspecciones, menos intercambio de datos y mayor espacio para la incertidumbre. Y cuando crece la incertidumbre, las pruebas pesan más: sirven para demostrar capacidad, pero también para “señalizar” determinación.
El contexto global refuerza esa lectura. SIPRI estima que el mundo contaba con 12.241 ojivas nucleares a 1 de enero de 2025, con 3.912 desplegadas y alrededor de 2.100 en estado de alta alerta, casi todas de EEUU y Rusia. En un entorno así, cada lanzamiento de un ICBM —aunque sea de prueba— se interpreta en clave de estabilidad estratégica.