OIEA consigue una tregua crucial entre Rusia y Ucrania para salvar la central nuclear de Zaporiyia
El OIEA logra un cese al fuego temporal para restaurar la última conexión de reserva de la mayor central nuclear de Europa, hoy dependiente de una sola línea externa en plena guerra.
La seguridad nuclear en Ucrania se decide, otra vez, en un detalle que parece menor: un cable de alta tensión. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha anunciado un acuerdo temporal de cese al fuego para que técnicos especializados reparen la última línea eléctrica de reserva de 330 kV que da soporte a la central de Zaporiyia.
El objetivo es recuperar redundancia y reducir un riesgo que se ha vuelto estructural: operar con una sola alimentación externa es vivir al borde del “apagón total”. La planta está detenida, pero no desactivada: la refrigeración y los sistemas de seguridad necesitan electricidad de forma continua. En esta guerra, la paz dura lo que dura una reparación. Y, sin embargo, ese margen puede ser la diferencia entre control y caos.
Un alto el fuego con fecha de caducidad
La tregua anunciada no es un armisticio. Es una ventana operativa, una pausa lo bastante larga como para que equipos de mantenimiento accedan a una infraestructura crítica sin exponerse a fuego directo. Ese matiz lo cambia todo: no se negocia el final de la guerra, se negocia el final de un riesgo inmediato.
El OIEA, con Rafael Grossi al frente, actúa como mediador de precisión. No discute fronteras ni posiciones militares; discute corredores de seguridad, calendarios de intervención y garantías mínimas para que una reparación eléctrica no se convierta en un incidente nuclear. Según el relato conocido del organismo, este sería ya el cuarto acuerdo de este tipo durante el conflicto, una muestra de lo difícil que es mantener protegida una instalación que, por definición, necesita estabilidad.
La fragilidad del pacto es parte del problema: una tregua local puede romperse por error, por escalada o por una interpretación interesada de “zona segura”. Por eso el valor del acuerdo es inmediato y limitado. La consecuencia es clara: el riesgo no desaparece, solo se gestiona por tramos.
El cable de 330 kV que sostiene la refrigeración
En el debate público, una línea de 330 kV puede sonar a tecnicismo. En una central nuclear, es un seguro de vida. Zaporiyia depende de la electricidad externa para alimentar bombas, instrumentación, control y sistemas auxiliares que garantizan la refrigeración del combustible y la estabilidad del conjunto.
El punto crítico es la redundancia. Cuando la línea de reserva cae, la central se queda “colgada” de una única conexión principal, habitualmente de mayor capacidad —en este caso, una línea de 750 kV—. Esa dependencia es la que hace saltar las alarmas: un segundo fallo no abre un debate, abre una emergencia. El plan de contingencia existe —baterías y generadores diésel—, pero no está pensado para normalizarse como solución permanente.
En el OIEA lo resumen con crudeza técnica: cuando una instalación nuclear queda con una sola vía externa, el margen de seguridad se reduce a un problema de tiempo y logística. No es retórica; es ingeniería. Reparar el “último cable” de reserva no es mejorar la operación: es evitar que el siguiente evento —un impacto, un incendio, una sobrecarga— convierta una incidencia eléctrica en una crisis de seguridad.
Por qué una central parada sigue siendo un riesgo
Zaporiyia puede estar sin producir electricidad y, aun así, seguir siendo un foco de preocupación. Es una confusión frecuente: detener reactores no elimina el calor residual ni el riesgo asociado al combustible almacenado. La central cuenta con seis reactores, y aunque estén apagados, los sistemas de enfriamiento y monitorización no pueden permitirse una interrupción prolongada.
El escenario más temido por cualquier operador es el “apagón total” (station blackout): pérdida de alimentación externa y dependencia completa de respaldo interno. En un país en paz, se gestiona con protocolos, combustible disponible y acceso garantizado. En guerra, cada eslabón se complica: abastecer diésel requiere rutas seguras, el mantenimiento exige personal y piezas, y la reparación de líneas depende de permisos y silencio de armas.
La repetición de incidentes eléctricos en un entorno bélico añade otro factor: fatiga operativa. No es solo la máquina; es el humano. Cada cambio de configuración, cada ajuste de emergencia, cada conmutación al diésel aumenta la carga sobre equipos y procedimientos. La consecuencia es clara: la central no necesita estar “en marcha” para ser vulnerable; le basta con estar expuesta.
La red ucraniana, bajo estrés y sin redundancia
El problema de Zaporiyia no se entiende sin el contexto: la red eléctrica ucraniana ha sido un objetivo recurrente. Subestaciones dañadas, líneas de transmisión afectadas y nodos críticos sometidos a presión convierten el suministro en una variable inestable. Y la energía nuclear, paradójicamente, es la que menos tolera la inestabilidad.
Cuando la red pierde flexibilidad, una línea de reserva deja de ser “una más” y se transforma en la única salida razonable ante un fallo. Por eso el OIEA insiste en que el verdadero peligro es la erosión progresiva de redundancias. Hoy es una línea de 330 kV. Mañana puede ser una subestación. Y pasado, una imposibilidad práctica de reparar por riesgos en el terreno.
Además, las reparaciones no ocurren en un laboratorio: ocurren en zonas potencialmente expuestas, con restricciones de movilidad, amenazas de artefactos y necesidad de coordinación militar indirecta. El resultado es que el tiempo de respuesta se alarga justo cuando el riesgo exige rapidez.
Este contraste con otros episodios históricos es demoledor: en incidentes nucleares, el enemigo suele ser la concatenación. Una cadena de fallos pequeños, mal sincronizados, crea un problema grande. La red, en guerra, favorece esa concatenación.
El papel del OIEA: diplomacia del kilovoltio
La labor del OIEA en Ucrania ha evolucionado. Ya no se limita a inspeccionar salvaguardias o a emitir comunicados; funciona como un “operador de estabilidad” en un escenario donde la estabilidad es un recurso escaso. Grossi ha insistido en múltiples ocasiones en un principio básico: las instalaciones nucleares no pueden ser rehén de objetivos militares sin que el riesgo se internacionalice.
La clave de estas treguas técnicas es el lenguaje. No se habla de “victoria” o “concesión”, se habla de seguridad radiológica, integridad de infraestructuras y protección de equipos. Eso permite —al menos temporalmente— que las partes acepten una pausa sin admitir un cambio político.
Pero el organismo también se mueve con una limitación evidente: no tiene fuerza coercitiva propia. Su eficacia depende de la voluntad de cumplimiento y de la presión diplomática de terceros. Por eso el OIEA opera con lo que tiene: presencia, informes, verificación y la capacidad de convertir un riesgo técnico en un coste político para quien lo ignore.
La consecuencia es clara: el OIEA no garantiza la paz, pero evita que la guerra cruce un umbral que nadie podría controlar después.
