Ormuz fuerza a Francia e Italia a negociar con Irán
Varios gobiernos europeos exploran un pacto de paso seguro mientras el bloqueo del estrecho dispara el riesgo energético y exhibe la fractura estratégica de la UE.
Más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del gas natural licuado pasan por el estrecho de Ormuz. Por eso, el movimiento no es menor: según el Financial Times, Francia, Italia y otros países europeos han abierto contactos tentativos con Teherán para garantizar el tránsito de sus buques. La iniciativa llega en el peor momento, con el crudo otra vez en el entorno de los 100 dólares y el gas europeo sometido a una nueva sacudida. Europa intenta evitar otro shock, pero también revela algo más profundo: su seguridad energética sigue dependiendo de decisiones ajenas.
Diplomacia a contrarreloj
La información conocida este viernes 13 de marzo describe una maniobra de urgencia. Según el Financial Times, varios gobiernos europeos han iniciado conversaciones “tentativas” con Irán para cerrar algún tipo de entendimiento que permita a sus barcos cruzar Ormuz sin ser atacados ni retenidos. El telón de fondo es doble: por un lado, la administración estadounidense todavía no está en condiciones de escoltar de forma sistemática a los mercantes; por otro, las navieras y aseguradoras no pueden asumir indefinidamente un corredor marítimo convertido en zona de alto riesgo. La consecuencia es clara: Europa ha pasado de pedir contención a negociar directamente su supervivencia logística. No porque confíe en Teherán, sino porque el coste de no hablar puede ser mucho mayor que el coste político de hacerlo.
Un cuello de botella que decide precios
Ormuz no es un estrecho más. La EIA estadounidense calcula que en 2024 y en el primer trimestre de 2025 por esa vía transitó más del 25% del petróleo transportado por mar y cerca de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y productos petrolíferos. A ello se suma aproximadamente otro 20% del comercio global de GNL, sobre todo desde Qatar. Es decir, cualquier interrupción no solo afecta a Oriente Próximo: altera de inmediato el precio del crudo, encarece el gas, tensiona los seguros marítimos y obliga a rehacer cadenas de suministro enteras. Incluso disponiendo de rutas alternativas, Arabia Saudí y Emiratos solo podrían desviar una parte limitada de los flujos. El diagnóstico es inequívoco: cuando Ormuz se bloquea, el mercado no busca sustitutos perfectos; descuenta escasez. Y esa expectativa, por sí sola, ya actúa como un impuesto global sobre energía, transporte e industria.
Francia e Italia pisan el acelerador
La implicación de Francia e Italia no responde solo a su peso político, sino a su exposición. Italia sigue siendo uno de los grandes importadores europeos de gas y, según la guía comercial del Gobierno de Estados Unidos, en 2024 compró del exterior cerca de 59 bcm y depende de importaciones para alrededor de el 95% de su consumo. Además, estudios sectoriales sitúan a Qatar como un suministrador especialmente relevante para su mix de GNL. Francia, por su parte, es uno de los mayores puntos de entrada de gas licuado en la UE. Lo más grave para ambas capitales no es solo el precio spot, sino la posibilidad de que una crisis prolongada obligue a racionar la oferta disponible para industria, generación eléctrica y almacenamiento. Por eso, la apuesta por abrir un canal con Irán tiene una lógica empresarial antes que diplomática: proteger buques hoy para evitar un deterioro macroeconómico mañana.
La división europea aflora
El episodio vuelve a exponer una debilidad estructural de la UE: cuando la amenaza es inmediata, la respuesta común se resquebraja. El Financial Times señala que no todos los socios ven con buenos ojos este acercamiento y sitúa al Reino Unido entre los países reacios a abrir una interlocución directa con Teherán. El contraste no es menor. Mientras París y Roma exploran una salida pragmática para proteger el tráfico mercante, otros gobiernos temen que cualquier conversación bilateral sea interpretada como una concesión política o un incentivo a la coerción iraní. Esa tensión interna no es nueva, pero ahora resulta más costosa. Europa vuelve a actuar como mercado antes que como potencia: compra tiempo, negocia excepciones y espera cobertura ajena. En paralelo, la misión europea Aspides en el mar Rojo demuestra que la UE puede proyectar presencia naval, pero también que sigue dudando cuando el coste de escalar militarmente se dispara.
El gas reabre la herida energética
Si el petróleo marca el titular, el gas explica la ansiedad. Euronews recoge que los futuros TTF, la referencia europea, llegaron a 50 euros por MWh, un repunte de alrededor del 60% desde el inicio de la nueva crisis. La cifra importa porque Europa llega a este episodio con una dependencia exterior todavía elevada, pese a la diversificación acelerada tras la invasión rusa de Ucrania. El Consejo de la UE subraya que en 2025 el bloque importó más de 140 bcm de GNL y que Estados Unidos representó casi el 58% de ese volumen. Sin embargo, Qatar sigue siendo un proveedor estratégico y Ormuz continúa siendo un paso crítico para su salida. Este hecho revela una paradoja incómoda: Europa ha reducido el riesgo ruso, pero no ha eliminado su vulnerabilidad marítima. Ha cambiado de proveedores; no de fragilidad. Y cada tensión en el Golfo devuelve a Bruselas al mismo punto de partida: inflación, miedo industrial y presión sobre los bancos centrales.
Sin escolta estadounidense, cambia la partida
La expectativa de que Washington garantice el paso seguro sigue, de momento, en suspenso. El Wall Street Journal recogió esta semana que la Marina estadounidense no está preparada aún para escortar de forma inmediata a los petroleros, aunque contempla esa posibilidad cuando la situación táctica lo permita. Ese vacío operativo modifica toda la ecuación. Mientras no exista una cobertura militar creíble y sostenida, las navieras seguirán recalculando rutas, las primas de seguro seguirán al alza y los armadores exigirán compensaciones para exponerse al Golfo. El Financial Times añadía además que decenas de buques permanecen atrapados o extremadamente condicionados por el deterioro de la seguridad regional. En este contexto, la diplomacia europea con Irán no es una extravagancia: es el intento de ganar unas semanas decisivas antes de que el atasco físico se convierta en un desorden financiero más profundo. Primero se bloquea una ruta; después se encarece toda la economía.

