El delicado equilibrio de poder en Asia Central ha saltado por los aires este 27 de febrero de 2026. Tras meses de escaramuzas fronterizas y una retórica crecientemente beligerante, Pakistán ha declarado formalmente la «guerra abierta» contra el régimen talibán de Afganistán. La decisión se produce después de una cadena de ataques y contraataques que han dejado un balance de víctimas todavía por confirmar, pero que según fuentes militares paquistaníes superaría los 274 combatientes afganos muertos. La aviación de Islamabad ha bombardeado objetivos en Kabul, Kandahar y Paktia, mientras que el portavoz talibán, Zabihullah Mujahid, advertía desde Kandahar que sus manos «pueden alcanzar las gargantas» de sus adversarios. El diagnóstico es inequívoco: el fracaso de las mediaciones de Qatar y Turquía ha dado paso a un conflicto de alta intensidad que amenaza con desestabilizar las rutas comerciales de la región y forzar un nuevo éxodo migratorio en una frontera de 2.600 kilómetros que ya es el epicentro de una crisis humanitaria de dimensiones desconocidas.
El fin de la paciencia estratégica de Islamabad
La declaración de guerra proferida por el ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Mohammad Asif, marca el certificado de defunción de la esperanza de una convivencia pacífica tras la retirada de la OTAN en 2021. Pakistán, que históricamente ejerció de tutor estratégico de los talibanes, observa ahora con pavor cómo su antiguo aliado se ha transformado en su mayor amenaza de seguridad nacional. «Nuestra paciencia se ha agotado. Ahora es una guerra abierta entre nosotros», sentenció Asif en un comunicado que ha sacudido las cancillerías desde Washington hasta Pekín. Este hecho revela que el Gobierno de Islamabad ha llegado a la conclusión de que la vía diplomática solo ha servido para que Kabul fortalezca sus santuarios insurgentes.
Lo más grave, sin embargo, es el trasfondo ideológico y geopolítico que subraya el ministro. Pakistán acusa al régimen de Kabul de haber convertido a Afganistán en una «colonia de la India», su archienemigo histórico. Este desplazamiento del eje de alianzas es lo que realmente ha dinamitado la relación bilateral. La consecuencia es clara: Pakistán ya no ve en la frontera occidental un problema de control migratorio, sino un frente de guerra donde la influencia de Nueva Delhi amenaza su integridad territorial. El diagnóstico de los analistas de inteligencia apunta a que Islamabad ha decidido aplicar una política de "tierra quemada" en las zonas fronterizas para neutralizar lo que consideran una tenaza estratégica orquestada desde el Hindú Kush.
Una carnicería de cifras disputadas en el frente
El intercambio de fuego iniciado este jueves ha dejado un rastro de destrucción que ninguna de las partes logra cuantificar con objetividad. El teniente general paquistaní Ahmed Sharif Chaudhry ha informado de que las operaciones terrestres y aéreas han neutralizado a 274 miembros de las fuerzas afganas y herido a más de 400. Por su parte, Islamabad admite la pérdida de 12 soldados y reconoce que uno de sus efectivos se encuentra desaparecido en combate. Este hecho revela una intensidad de fuego que no se veía en la región desde las grandes ofensivas antiterroristas de la década pasada.
No obstante, la versión de Kabul es radicalmente distinta y subraya la guerra de propaganda que acompaña al conflicto. El portavoz talibán calificó las cifras de bajas afganas como «falsas» y aseguró que sus fuerzas han ejecutado a 55 soldados paquistaníes, capturando a «muchos» otros. Independientemente de la veracidad de los datos, el diagnóstico militar es que ambos bandos están empleando armamento pesado y sistemas de drones en zonas densamente pobladas como Torkham. La consecuencia inmediata es el colapso de los pasos fronterizos vitales para el comercio, lo que encarece los suministros básicos en un Afganistán que ya sufre niveles de pobreza extremos. La lección de las últimas horas es que el conflicto ha superado la fase de escaramuza para entrar en una lógica de aniquilación de capacidades militares.
Ambulancia Pakistan
El TTP: el caballo de Troya de la discordia
El núcleo del enfrentamiento reside en el papel del Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), la rama paquistaní de los talibanes que opera desde suelo afgano para atentar contra Islamabad. Pakistán sostiene que Kabul «exporta terrorismo» de forma deliberada, facilitando refugio y logística a un grupo que en los últimos meses ha incrementado su letalidad mediante el uso de drones sobre ciudades como Abbottabad y Swabi. Este hecho revela una fractura insalvable: mientras Pakistán exige la entrega de los líderes del TTP, los talibanes afganos responden que el conflicto es un «asunto puramente doméstico» de su vecino.
La ineficiencia de los sucesivos acuerdos de alto el fuego, mediados por Qatar y Arabia Saudí, se explica por esta falta de compromiso real de Kabul en la lucha antiterrorista. Para los talibanes afganos, el TTP es un activo estratégico que les permite mantener a Pakistán a la defensiva. La consecuencia es una escalada que ya no distingue entre objetivos militares y civiles. La interceptación de drones sobre territorio paquistaní este viernes es la prueba de que la tecnología bélica ha democratizado el daño en el Hindú Kush, permitiendo que grupos insurgentes desafíen la soberanía de una potencia nuclear. El diagnóstico de defensa es sombrío: sin un cambio radical en la postura de Kabul, la frontera se convertirá en un colador de inestabilidad permanente.
El impacto económico: la asfixia de la frontera
La guerra abierta tiene una derivada económica que castiga a una de las regiones más deprimidas del planeta. El cierre de los puestos de control en Torkham y Chaman bloquea el tránsito de mercancías que en 2025 movieron un volumen comercial estimado en 1.200 millones de dólares. Este hecho revela que Pakistán está dispuesto a sacrificar sus propios ingresos aduaneros con tal de imponer un cerco estratégico a los talibanes. La consecuencia es un desabastecimiento de productos manufacturados en Afganistán y una crisis de precios en las provincias paquistaníes de Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán.
Lo más preocupante es el efecto sobre el capital humano. En octubre de 2023, Pakistán inició una campaña de expulsión masiva que ya ha devuelto a 2,9 millones de personas a un Afganistán incapaz de absorberlos. La mayoría de estas personas habían construido vidas y negocios en Pakistán durante décadas. Este hecho revela que la demografía está siendo utilizada como un arma de presión económica. El diagnóstico de las organizaciones internacionales es de una catástrofe inminente: al añadir una guerra activa a un proceso de deportación masiva, el sistema de subsistencia en la frontera de los 2.600 kilómetros ha colapsado. La lección del pasado es que la miseria es el mejor caldo de cultivo para la radicalización que Islamabad dice combatir.
La impotencia de la diplomacia regional
El llamamiento a la calma de la ONU, Rusia e Irán ha caído en saco roto. El secretario general, António Guterres, ha instado al respeto del derecho internacional, pero la realidad sobre el terreno es la de una impunidad total. Irán, que comparte frontera con ambos contendientes, observa con nerviosismo cómo sus dos vecinos entran en un ciclo de violencia justo al inicio del Ramadán. Este hecho revela que los mecanismos de resolución de conflictos en el sur de Asia han quedado obsoletos ante el resurgimiento de los nacionalismos religiosos y territoriales.
La consecuencia de esta parálisis diplomática es que los actores regionales están empezando a tomar partido. Mientras Rusia pide un alto el fuego inmediato, India observa con discreción un conflicto que desgasta a su eterno rival, Pakistán. El diagnóstico de los expertos en geopolítica es que nos encontramos ante una balcanización de la seguridad en el eje euroasiático. La lección es clara: cuando las potencias mundiales se retiran de un tablero —como hizo EE. UU. en 2021—, el vacío no se llena con instituciones, sino con la ley de la fuerza. La incapacidad de Estambul o Doha para forzar un acuerdo el pasado noviembre es la prueba de que el conflicto ha superado el umbral de la mediación voluntaria.
La guerra abierta entre Pakistán y Afganistán es el certificado de defunción de la estabilidad regional post-2021. El diagnóstico final es que nos asomamos a un periodo de incertidumbre absoluta donde las fronteras heredadas del periodo colonial están siendo redibujadas con sangre. La lección de este 27 de febrero es que la paz no se construye sobre el aislamiento del vecino, sino sobre la gestión compartida de las amenazas. Mientras el estruendo de los morteros en Bajaur sigue resonando, el mundo descubre que el Hindú Kush sigue siendo el lugar donde los imperios y las ambiciones de orden mueren ante la cruda realidad de la geografía y el fanatismo.