Rusia traslada a Irán las tácticas de 57.000 drones Shahed

Moscú estaría asesorando a Teherán en el uso de enjambres de UAV mientras niega compartir inteligencia, según fuentes occidentales.

EPA/ABEDIN TAHERKENAREH
EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

La cooperación militar entre Rusia e Irán habría dado un salto cualitativo: ya no se limitaría al suministro de drones, sino también al asesoramiento táctico para usarlos en el campo de batalla, según publicaba este miércoles la cadena CNN citando a altos cargos occidentales. Uno de ellos habla de un apoyo “cada vez más preocupante”, al detectar que las estrategias empleadas por Irán se parecen de forma llamativa a las que Rusia ha perfeccionado en Ucrania: ataques en oleadas de drones Shahed, que vuelan en grupo, cambian de rumbo y saturan las defensas antiaéreas. Al mismo tiempo, emisarios rusos habrían asegurado al expresidente estadounidense Donald Trump que Moscú no comparte inteligencia con Teherán durante la actual guerra, según reveló el enviado especial de la Casa Blanca a Oriente Medio, Steve Witkoff. La brecha entre los hechos sobre el terreno y los mensajes oficiales dibuja un escenario explosivo: un eje Moscú-Teherán que profesionaliza el uso del arma más barata y disruptiva de las guerras contemporáneas.

Un aviso que enciende las alarmas

El punto de partida es claro: fuentes de inteligencia occidentales han detectado patrones tácticos casi calcados entre las ofensivas rusas con drones en Ucrania y los ataques iraníes en Oriente Medio. CNN recoge que Moscú estaría facilitando a Teherán asesoramiento sobre la mejor forma de lanzar y coordinar drones en enjambre, cómo variarlos en altitud y rumbo y cómo combinar señuelos con munición real para obligar a las defensas antiaéreas a malgastar misiles.

La descripción encaja con lo observado en Ucrania desde 2022: Rusia ha desplegado decenas de miles de drones Shahed fabricados con licencia iraní, con el objetivo de saturar y desgastar las defensas de Kiev mediante ataques nocturnos casi diarios. Lo novedoso ahora no es el tipo de dron, sino su exportación como “paquete completo”: tecnología, producción local y, sobre todo, know-how operativo.

Un alto cargo citado por CNN califica esta ayuda de “cada vez más preocupante” porque acelera la curva de aprendizaje de Irán. Lo que Rusia tardó dos años de guerra en perfeccionar sobre el cielo ucraniano podría ser asimilado por Teherán en cuestión de meses. La consecuencia es evidente: los ataques con UAV iraníes contra bases de Estados Unidos, Israel y sus aliados ganan en precisión, resiliencia y capacidad de saturación.

De Ucrania al Golfo: tácticas calcadas

Los informes de think tanks y centros de defensa describen un patrón idéntico: ataques masivos en oleadas, con rutas erráticas y cambios de rumbo para confundir radares y operadores. En Ucrania, Rusia ha pasado de lanzar pequeños grupos de drones a ofensivas coordinadas con decenas de aparatos que se dirigen a uno o dos objetivos concretos, con una parte de ellos actuando como señuelo.

En el actual conflicto en Oriente Medio, Irán ha lanzado ya más de 2.000 drones de tipo Shahed y variantes similares contra bases estadounidenses y objetivos de la coalición en el Golfo, replicando esa misma lógica de saturación, según análisis recientes sobre la guerra de drones en la región. La clave no es tanto destruir un objetivo concreto como obligar a la defensa a disparar más de lo que puede reponer, erosionando existencias de misiles caros y forzando a los sistemas a trabajar al límite.

El “sello ruso” se aprecia en la forma de combinar perfiles de vuelo: algunos drones vuelan bajo y lento, otros a más de 1.500 metros de altura, otros cambian de dirección en el último tramo para atacar desde ángulos inesperados. Este tipo de maniobras exige planificación, modelización y un conocimiento detallado de cómo funcionan los radares y las defensas occidentales. De ahí que los servicios de inteligencia interpreten que no se trata solo de inspiración, sino de transferencia directa de lecciones aprendidas en Ucrania.

El eje de drones Moscú-Teherán

La cooperación no surge de la nada. Rusia e Irán llevan años consolidando un eje militar donde los drones son una pieza central. Moscú depende del suministro y diseño iraní para mantener su campaña de ataques baratos y continuos contra Ucrania; Teherán, a su vez, se beneficia de la experiencia rusa frente a la OTAN y de la capacidad industrial del complejo militar ruso para fabricar en serie plataformas Shahed con componentes occidentales y chinos.

En sentido inverso, informes recientes indican que componentes rusos se han identificado en drones iraníes utilizados contra fuerzas estadounidenses y aliados en Oriente Medio, lo que apunta a una cooperación técnica más profunda que el mero intercambio comercial. A ello se suma la información, publicada por medios estadounidenses, de que Rusia estaría proporcionando a Irán datos de inteligencia sobre la localización de activos militares de Estados Unidos en la región.

Lo relevante del nuevo dato de CNN es que, además de compartir información y hardware, Moscú y Teherán estarían sincronizando la “doctrina de empleo” de los drones. Es decir: manuales, protocolos, ejercicios, y posiblemente equipos mixtos de asesoramiento. Ese salto convierte al eje en algo más que un proveedor de armamento: en un laboratorio conjunto de guerra asimétrica orientado a poner contra las cuerdas a las defensas occidentales en varios teatros a la vez.

La aritmética letal: drones baratos contra misiles millonarios

Detrás de esta convergencia táctica hay una aritmética devastadora. Un dron kamikaze Shahed tiene un coste estimado de decenas de miles de dólares, mientras que un misil interceptor de sistemas como Patriot o similares puede superar fácilmente el millón de dólares por disparo. El resultado es una ecuación desequilibrada: por el precio de un misil, el atacante puede lanzar decenas de drones.

Ucrania asegura haber tenido que hacer frente a más de 57.000 drones Shahed desde el inicio de la invasión rusa. Aunque las tasas de derribo son elevadas gracias a defensas en capas —desde cazas y helicópteros hasta ametralladoras antiaéreas y drones interceptores—, cada oleada obliga a gastar munición, energía y atención de los operadores. Replicar ese modelo en Oriente Medio supone trasladar a bases estadounidenses y aliadas la misma presión continua que sufre Kiev desde hace dos años.

Lo más grave, desde el punto de vista económico y militar, es que un país como Irán, sometido a sanciones, puede infligir un coste muy superior al esfuerzo que realiza. Mientras que Occidente destina miles de millones a reforzar sus escudos, el eje Moscú-Teherán explota la ventaja del volumen y del bajo coste. De ahí el interés creciente de las potencias regionales por nuevos sistemas de defensa más baratos, como láseres, microondas o drones cazadores, que están desarrollando empresas occidentales y que algunos países del Golfo ya exploran con Ucrania.

Desmentidos públicos y mensajes cruzados a Washington

En paralelo a estos movimientos en el campo de batalla, el discurso oficial intenta rebajar tensiones. El enviado especial de la Casa Blanca para Oriente Medio, Steve Witkoff, explicó esta semana que representantes rusos aseguraron a Donald Trump que no habían compartido inteligencia con Irán durante la guerra. Una afirmación que choca frontalmente con las informaciones de inteligencia publicadas por la prensa estadounidense y europea, que apuntan precisamente a lo contrario.

Este tipo de desmentidos son parte habitual de la “guerra de narrativa”: permiten a Moscú mantener un grado de negación plausible, presentarse como un actor externo al conflicto y reducir el riesgo de represalias directas, mientras el apoyo técnico y táctico se canaliza por vías discretas. Teherán, por su parte, ha reconocido de forma genérica que Rusia le ayuda en “muchas direcciones”, sin entrar en detalles sobre la naturaleza de esa cooperación militar.

El contraste entre declaraciones y hechos sobre el terreno revela un patrón bien conocido: cuanto más sensibles son las capacidades compartidas, más tajante es la negación pública. En este contexto, la información sobre asesoramiento ruso en tácticas de drones no solo apunta a una intensificación de la alianza, sino también a un intento deliberado de desdibujar la frontera entre guerras regionales que, en la práctica, ya están interconectadas.

Ucrania, de campo de pruebas a exportador de defensa antidrón

Paradójicamente, la ofensiva de drones de Rusia contra Ucrania ha convertido a Kiev en uno de los centros mundiales de innovación en defensa antidrón. Tras soportar miles de ataques, las fuerzas ucranianas han desarrollado una respuesta en capas que combina guerra electrónica, artillería antiaérea móvil y drones interceptores de bajo coste.

Esa experiencia se ha convertido ahora en un activo de exportación. Ucrania ha recibido ya más de una decena de peticiones formales de países occidentales y de Oriente Medio para compartir su know-how y sistemas de intercepción frente a drones Shahed, incluidos Estados Unidos y socios del Golfo. Equipos ucranianos están empezando a desplegarse en bases de la región y Kiev aspira a convertir su industria de defensa en un proveedor clave de tecnologías antidrón.

Este hecho revela un cambio de era: las lecciones de la guerra en Europa reescriben el manual de operaciones en Oriente Medio. Mientras Rusia e Irán intercambian tácticas ofensivas, Ucrania y los aliados occidentales trabajan para construir un ecosistema defensivo capaz de detener enjambres de UAV de bajo coste sin arruinarse en el intento. En medio de esa carrera, la revelación de que Moscú asesora directamente a Teherán añade urgencia a la transferencia de conocimiento desde Kiev hacia sus socios.

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