Segundo ataque con drones golpea la refinería saudí de Ras Tanura
La refinería de Ras Tanura, uno de los corazones del sistema energético saudí, ha vuelto a ser objetivo de un ataque con drones por segunda vez en apenas 48 horas. Según la agencia oficial saudí y un portavoz del Ministerio de Defensa, el intento de impacto de este miércoles habría sido neutralizado sin causar daños estructurales ni interrupciones adicionales de producción. Sin embargo, el contexto es mucho más inquietante: el complejo ya había sido alcanzado el lunes por un dron que provocó un incendio, obligó a detener la planta —capaz de procesar 550.000 barriles diarios— y obligó a activar los planes de contingencia de la petrolera estatal Aramco. Todo ello en medio de una oleada de misiles y drones iraníes sobre el Golfo Pérsico, del cierre de facto del estrecho de Ormuz y de un repunte de dos dígitos en el precio del crudo. La pregunta ya no es si Ras Tanura es vulnerable, sino qué ocurrirá si el siguiente ataque no falla.
Ras Tanura no es una refinería cualquiera. Es la mayor de Arabia Saudí y una de las más grandes de Oriente Medio, con una capacidad de 550.000 barriles de crudo al día, tras sucesivas ampliaciones desde su puesta en marcha en los años 40. A su alrededor se extiende el gigantesco puerto petrolero de Ras Tanura, por donde pueden salir más de 6,5 millones de barriles diarios, alrededor de un 7 % de la demanda mundial de crudo.
Este dato explica por qué la instalación está considerada uno de los puntos más protegidos del planeta y, al mismo tiempo, uno de los más apetecibles para cualquier actor que quiera tensionar el mercado energético global. Ya en 2021, un ataque con drones y misiles —atribuido entonces a los rebeldes hutíes respaldados por Irán— contra el área de Ras Tanura y el residencial de Dhahran disparó el Brent por encima de los 70 dólares por barril y desató una oleada de condenas internacionales.
El patrón se repite ahora, pero en un contexto mucho más explosivo: guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, cierre práctico de Ormuz y ataques casi diarios a infraestructuras energéticas en toda la región. El mensaje que envía el segundo ataque fallido contra Ras Tanura es inequívoco: ningún activo estratégico está fuera de alcance.
El segundo ataque en 48 horas
Según la versión oficial difundida por la agencia de prensa saudí, el ataque de este miércoles se habría saldado como un “intento” sin consecuencias: un dron habría sido interceptado sobre la zona de Ras Tanura, sin daños ni víctimas. En la terminología de Riad, la palabra clave es “neutralizado”.
La realidad sobre el terreno es que se trata del segundo incidente en apenas dos días. El lunes, un primer dron impactó en las inmediaciones de la refinería, provocando un incendio que, aunque limitado, obligó a detener la planta como medida de precaución. Fuentes del sector apuntan a la interceptación de dos aparatos y a la caída de restos sobre instalaciones auxiliares, lo que coincide con imágenes difundidas en redes sociales y con informaciones de agencias internacionales.
Los medios regionales y varios analistas occidentales hablan abiertamente de drones de fabricación iraní utilizados en el ataque del lunes, pero el Gobierno saudí evita, de momento, señalar directamente a Teherán. La narrativa oficial insiste en el término “terrorista” y en la idea de que el objetivo último es “el suministro mundial de energía”, fórmula ya utilizada tras anteriores agresiones a infraestructuras de Aramco. Lo más llamativo es que, pese a la gravedad potencial, el mensaje de Riad insiste en que las exportaciones no se han visto alteradas de forma significativa.
La firma iraní sobre la oleada de drones
El ataque de este miércoles a Ras Tanura no es un episodio aislado, sino una pieza más de la oleada de más de 40 misiles y drones lanzados por Irán y sus aliados en las últimas horas contra objetivos en Arabia Saudí, Kuwait, Qatar y otros países del Golfo, según cifras de la agencia semioficial Fars.
En ese contexto, la refinería de Ras Tanura y otras infraestructuras energéticas se han convertido en blancos prioritarios. Irán ya había reivindicado o se le atribuyen ataques recientes contra instalaciones de gas en Qatar y refinerías en Kuwait, con varios heridos por la caída de restos de drones interceptados.
La escalada no se limita a infraestructuras energéticas. En Riad, un ataque coordinado con múltiples drones contra el embajada de Estados Unidos y la estación de la CIA dentro del complejo diplomático provocó el derrumbe parcial de una cubierta y daños estructurales que Washington ha calificado de “significativos”, pese a que las autoridades saudíes hablaron inicialmente de daños menores.
El diagnóstico es claro: los drones iraníes están poniendo a prueba los sistemas de defensa aérea del Golfo. Su bajo coste, su vuelo a baja altura y la posibilidad de lanzar salvas multitudinarias obligan a los países de la región a gastar mucho más en defensa de lo que gasta el atacante en amenazar activos estratégicos.
Qué se sabe del daño real
Más allá de la propaganda de guerra —en un lado y otro—, los datos disponibles apuntan a que el ataque del lunes sí tuvo consecuencias operativas relevantes. Aramco se vio obligada a detener temporalmente la refinería de Ras Tanura, su mayor complejo de refino doméstico, en lo que se ha descrito como una medida “puramente preventiva”.
En términos estrictos, 550.000 barriles diarios de capacidad de refino quedaron fuera de juego durante al menos varias horas, quizá días. Para un sistema tan integrado como el saudí, la compañía dispone de margen para redirigir crudo a otras plantas y tirar de inventarios de productos, pero el incidente llega en el peor momento posible: con otras instalaciones de la región también bajo presión y el estrecho de Ormuz prácticamente bloqueado.
En cambio, el ataque de este miércoles ha sido descrito por Defensa como un “intento frustrado”, sin fuego ni suspensión adicional de operaciones. Sin embargo, el precedente de otros incidentes recientes en Riad —como el del complejo diplomático estadounidense, inicialmente minimizado por las autoridades saudíes y después reconocido como más grave en informes internos— alimenta la sospecha de que Riad tiende a infrarreportar el alcance de los daños para preservar la imagen de seguridad de sus activos estratégicos.
El impacto inmediato en el precio del crudo
Aunque el daño físico en Ras Tanura haya sido limitado por ahora, el daño financiero es inmediato. En cuestión de días, el Brent ha pasado de rondar los 70 dólares a escalar por encima de los 82–85 dólares por barril, con repuntes intradía del 10 % después de los primeros ataques y del cierre de facto del estrecho de Ormuz.
El 15 % de subida acumulada desde el inicio de la ofensiva sobre Irán, según estimaciones de varios analistas, se explica por dos factores: la pérdida temporal de capacidad de refino y exportación —Ras Tanura, puertos qataríes, instalaciones en Kuwait— y el bloqueo práctico del paso por el que discurre alrededor del 20 % del petróleo mundial y un volumen crítico de gas natural licuado.
Los bancos de inversión ya ponen cifras al riesgo. Goldman Sachs y otras entidades han advertido de que un cierre prolongado de Ormuz durante más de cinco semanas podría empujar el Brent hacia los 100 dólares, un escenario que devolvería al mundo a un entorno de inflación energética similar al de 2022. Por ahora, el mercado descuenta una interrupción grave pero acotada; si ataques como el de Ras Tanura se repiten y dañan de verdad la capacidad de producción y exportación saudí, la prima de riesgo podría dispararse de nuevo.
Un nuevo punto de inflexión en la guerra del Golfo
Los ataques contra Ras Tanura convierten la guerra que se libra estos días en algo más que una serie de intercambios de misiles. Recuerdan inevitablemente al ataque de 2019 contra Abqaiq y Khurais, cuando una combinación de drones y misiles redujo a la mitad, durante varios días, la producción saudí y retiró de golpe 5,7 millones de barriles diarios, cerca del 5 % de la oferta mundial. Entonces, el impacto fue inmediato: subida histórica del precio del crudo y desplome de la Bolsa saudí.
La diferencia ahora es que el ataque a Ras Tanura llega en medio de una guerra regional abierta, con la muerte del líder supremo iraní en un bombardeo de Estados Unidos e Israel, con Teherán lanzando cientos de drones y misiles en respuesta y con el estrecho de Ormuz prácticamente paralizado por la retirada de seguros marítimos y el temor de los armadores.
En ese tablero, cada dron que se acerque a Ras Tanura tiene un efecto multiplicador: no solo amenaza una instalación concreta, sino que refuerza la percepción de que ningún productor del Golfo puede garantizar un suministro estable. La consecuencia es clara: mayor volatilidad, primas de riesgo más elevadas y, en última instancia, más presión sobre economías netamente importadoras de energía como la europea.