IRASTORZA: “La sangre no ha llegado al río en Ormuz, pero el tráfico no se recupera"

IRASTORZA: “La sangre no ha llegado al río en Ormuz, pero el tráfico no se recupera"
Análisis profundo de la escalada de tensiones alrededor del Estrecho de Ormuz, la presión política en Israel y el posible armisticio en Ucrania. Eduardo Irastorza ofrece una mirada experta sobre cómo estos fenómenos impactan el tablero geopolítico global.

La complejidad del escenario geopolítico global se agrava con cada nueva noticia. No es solo una cuestión de equilibrio militar o económico, sino de cómo esas tensiones afectan redes críticas como el tráfico marítimo mundial y la estabilidad política de regiones clave. Eduardo Irastorza, desde OBS Business School, aporta luz sobre estos movimientos que, sin duda, marcarán el rumbo en los próximos años.

Eduardo Irastorza lo resume sin dramatismos, pero con precisión: “no ha llegado la sangre al río”. El problema es que Ormuz no necesita sangre para contagiar pánico. Por ese paso estrecho transita alrededor del 20% del petróleo que se mueve por mar, un volumen que convierte cualquier incidente en un multiplicador de costes. En las últimas jornadas, el pulso entre destructores estadounidenses e iraníes —con disparos de advertencia y maniobras de intimidación— ha dejado una certeza: la navegación depende de un equilibrio milimétrico.
La consecuencia inmediata no es un bloqueo formal, sino un atasco de decisiones: navieras que desvían rutas, cargamentos que se retrasan y un mercado que vuelve a poner precio al “riesgo Ormuz”. Bastan dos o tres días de incertidumbre sostenida para que el barril se recaliente. Y cuando el crudo sube, sube todo: transporte, fertilizantes, alimentos y financiación.

La danza del abismo: tensión alta, guerra abierta no

¿Por qué, si la presión es tan evidente, no estalla el conflicto? Porque ambas partes entienden el coste de cruzar la línea. Estados Unidos busca garantizar el flujo energético y proteger su credibilidad naval; Irán usa su geografía como palanca de negociación, consciente de que su poder real es la capacidad de incomodar sin disparar la primera gran bala. Esa “danza” produce el peor de los escenarios intermedios: no hay paz, pero tampoco una guerra que clarifique el tablero.
Irastorza apunta a un matiz clave: la contención no es altruismo, es cálculo. Un choque directo podría llevar el barril hacia 120 o incluso 150 dólares, según estimaciones que circulan en los mercados, y ese golpe sería una inflación instantánea para Europa y un problema político para Washington. El equilibrio, por tanto, se sostiene por miedo al precio, no por confianza.

Netanyahu bajo presión: política doméstica que exporta riesgo

A esta tensión se suma un factor que rara vez se reconoce en público: la política interna israelí como variable geoestratégica. El desgaste de Benjamín Netanyahu, el clima preelectoral y el descontento social empujan a decisiones que pueden volverse más abruptas, más simbólicas, más difíciles de desescalar. Lo local se exporta, y Oriente Medio no perdona los gestos interpretables.
Irastorza sitúa a Israel como actor que condiciona la negociación de Washington con Teherán y, de paso, la estabilidad del Líbano. No se trata de una relación mecánica, sino de un encadenamiento: cada operación en el sur libanés altera percepciones iraníes, endurece posiciones y obliga a EE UU a responder —aunque sea solo para no parecer débil—. La consecuencia es clara: más volatilidad sin ganancia estratégica. Y cuanto más inestable se vuelve el tablero, más caro resulta mantener la “paz relativa”.

Trump e Irán: negociación bajo fuego cruzado

La negociación entre Washington y Teherán vive atrapada entre la necesidad y la presión. Necesidad, porque el mercado energético no tolera sobresaltos prolongados; presión, porque cualquier gesto de distensión se interpreta como concesión. En ese contexto, el papel de Donald Trump aparece doblemente condicionado: por la necesidad de “controlar” Ormuz y por la influencia indirecta de la estrategia israelí.
El resultado es una diplomacia con margen estrecho. Irán presiona para elevar su posición de salida; Estados Unidos intenta mostrar firmeza sin comprometerse a una escalada que nadie quiere pagar. Aquí, el detalle importante es la credibilidad: si el tráfico no “despega” y el estrecho sigue en un limbo operativo, los aliados regionales piden garantías adicionales y los mercados descuentan tensión permanente. El conflicto, así, no estalla… pero se institucionaliza. Y una crisis institucionalizada erosiona crecimiento trimestre a trimestre.

Ucrania y el “armisticio coreano”: paz congelada o trampa

Mientras Ormuz acapara titulares, Europa mira a Ucrania con otra inquietud: la propuesta de Volodímir Zelenski de un cara a cara con Vladímir Putin, un movimiento que algunos interpretan como antesala de un armisticio “tipo Corea”. La fórmula suena razonable sobre el papel —alto el fuego, línea de contacto, conflicto congelado—, pero Irastorza lanza la advertencia: congelar no siempre significa estabilizar.
Un armisticio puede parar la sangría, sí, pero también fijar una derrota estratégica si consolida avances rusos y deja a Ucrania sin capacidad de reconstrucción real. La experiencia histórica pesa: conflictos congelados se convierten en herramientas de presión permanente. En términos económicos, el coste es enorme: inversión paralizada, demografía en fuga y un país viviendo de financiación exterior. Lo más grave es la ambigüedad: una “paz” sin salida puede durar años o décadas.

El fantasma de Odesa: el mar como frontera económica

La pieza más delicada del análisis de Irastorza es Odesa. Si Rusia avanzara de forma decisiva para bloquear o controlar ese acceso, Ucrania perdería su salida crucial al mar y parte de su viabilidad logística. Sin puerto, el país se encarece: exporta peor, importa más caro, depende de corredores terrestres saturados y queda a merced de acuerdos ajenos. En términos prácticos, sería pasar de economía atacada a economía estrangulada.
Para Europa, el impacto sería doble. Primero, estratégico: un Mar Negro más condicionado por Moscú. Segundo, económico: presión adicional sobre granos, seguros marítimos y rutas comerciales. Además, esa evolución reconfiguraría el triángulo EE UU–Rusia–China, porque un desenlace favorable a Rusia alteraría el reparto de poder y aceleraría la carrera industrial y militar del continente. La consecuencia es clara: el final de Ucrania define el coste de seguridad europeo durante la próxima década.