Lagarde proclama el 2% “a medio plazo” mientras la comida seguirá encareciéndose más que el IPC

La tregua de la inflación da aire al BCE pero no a la bajada de tipos

EPA/OLIVIER HOSLET

La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ha enviado al mercado un mensaje de calma… pero no de victoria. Con una inflación de la eurozona que cayó al 1,7% en enero, por debajo del objetivo oficial, el BCE sostiene que los precios “se estabilizarán en torno al 2% en el medio plazo”, pero rehúye comprometerse con una senda clara de tipos de interés. El problema es que ese retorno al 2% no será homogéneo: la propia Lagarde admite que la inflación de alimentos seguirá “algo por encima del 2% a partir de finales de 2026”, en un contexto de percepciones de precios aún desbocadas. Para los hogares y empresas, la consecuencia es evidente: sensación de carestía persistente y, al mismo tiempo, un banco central que insiste en que el trabajo está casi hecho, pero que se resiste a aflojar el freno monetario.

De la inflación al 1,7% al objetivo del 2%: una victoria a medias

El dato de enero ha supuesto un hito: la inflación general del área euro se situó en el 1,7%, por debajo de la meta del BCE y en mínimos de más de un año, gracias sobre todo al desplome de los precios energéticos y a la fortaleza del euro frente al dólar. La inflación subyacente —sin energía ni alimentos frescos— se moderó hasta el entorno del 2,2%, muy lejos de los picos superiores al 5% registrados tras el shock energético de 2022.

Sobre el papel, el diagnóstico parecería inequívoco: el BCE ha logrado reconducir las tensiones de precios sin provocar una recesión profunda. Sin embargo, la institución insiste en que se trata de una victoria parcial. La energía ha sido el gran motor de la desinflación, un componente tan volátil como difícil de controlar desde Fráncfort. Por debajo de la superficie, los precios de los servicios y, sobre todo, de los alimentos siguen mostrando una resistencia que inquieta a los economistas.

El resultado es una paradoja incómoda: la inflación medida está ya por debajo del objetivo, pero el banco central se niega a declarar misión cumplida porque sospecha que parte de esta caída es temporal. Es, en realidad, una tregua condicionada.

Tipos congelados en el 2%: un BCE “en buen lugar” pero sin hoja de ruta

La respuesta de política monetaria ha sido clara: el BCE mantuvo sin cambios el tipo de la facilidad de depósito en el 2%, y el tipo principal de refinanciación en el 2,15%, en la reunión celebrada a comienzos de mes. Lagarde lo resumió ante los eurodiputados con una frase calculada: el BCE no se está “pre-comprometiendo con una senda concreta de tipos”, y seguirá actuando “reunión a reunión”, en función de los datos.

Tras haber recortado los tipos desde el máximo del 4% alcanzado en el ciclo de endurecimiento postpandemia, la institución considera que se encuentra “en un buen lugar”: ni tan restrictiva como para asfixiar el crecimiento, ni tan laxa como para reavivar la inflación. Sin embargo, este equilibrio inestable tiene un coste. Empresas y hogares siguen financiándose a tipos claramente superiores a los de la década anterior, mientras el mercado descuenta solo una probabilidad cercana al 20% de nuevos recortes antes de final de año, en contraste con otros bancos centrales que ya insinúan más bajadas.

La consecuencia es clara: la política monetaria europea entra en una fase de espera prolongada, con la mirada puesta en la inflación de servicios y salarios, y en la incógnita de cuánto daño puede soportar la actividad antes de justificar otra vuelta de tuerca a la baja.

La brecha entre lo que marcan los datos y lo que sienten los ciudadanos

Uno de los pasajes más reveladores de la intervención de Lagarde fue su referencia a la llamada “inflación percibida”. Desde 2020, las percepciones de inflación han superado a la medida oficial en unos 1,2 puntos porcentuales de media, según admitió la presidenta. Esa brecha explica por qué, incluso con un IPC del 1,7%, muchos hogares sienten que “todo sigue carísimo”.

“En el periodo reciente, las percepciones de inflación han estado sistemáticamente por encima de la inflación medida”, reconoció la francesa, subrayando que los bancos centrales tienen un problema de comunicación, pero también de credibilidad. Cuando el ciudadano hace la compra semanal o paga la factura de la luz, la referencia no es la estadística agregada, sino la evolución de los productos que consume con mayor frecuencia.

Este hecho revela algo más profundo: la inflación no es solo un fenómeno macroeconómico; es una experiencia cotidiana atravesada por la psicología, la memoria del shock de 2022 y la erosión acumulada del poder adquisitivo. Aunque el ritmo de subida de precios se haya moderado, muchos salarios no han recuperado aún el terreno perdido, lo que alimenta una sensación de empobrecimiento persistente.

La comida, el frente más resistente: por qué seguirá por encima del 2%

Lagarde fue explícita en un punto especialmente sensible para los hogares: la inflación de alimentos se estabilizará “algo por encima del 2%” a partir de finales de 2026. Es decir, incluso cuando el índice general se haya alineado con el objetivo, la cesta de la compra seguirá encareciéndose por encima de la media.

Las razones son múltiples. Por un lado, los cuellos de botella y el encarecimiento de fertilizantes y transporte derivados de la guerra en Ucrania siguen trasladándose de forma gradual a los lineales. Por otro, los eventos climáticos extremos en el área mediterránea —inundaciones, sequías y olas de calor— han reducido cosechas y dañado infraestructuras agrícolas, elevando los costes estructurales de producción.

A ello se suma la creciente demanda global de determinados productos básicos y el peso relativemente elevado de los alimentos frescos en los presupuestos de los hogares de renta media y baja. El contraste con la caída de la energía es demoledor: mientras el gas y el petróleo han aflojado, el tomate, el aceite de oliva o los cereales mantienen una senda de precios tensos. Para la política monetaria, esto supone un dilema: subir tipos para combatir un fenómeno en gran parte climático y de oferta tiene una eficacia muy limitada, pero no hacerlo alimenta la percepción de que el banco central se resigna a una inflación “asimétrica” que castiga más a los que menos tienen.

Crecimiento modesto, empleo resistente: el colchón que justifica la paciencia

En paralelo, Lagarde describió una economía europea que, pese a los golpes comerciales y geopolíticos, mantiene cierta resiliencia. El BCE proyecta un crecimiento en torno al 1,3% en 2026, apoyado en un mercado laboral robusto, con tasas de paro en mínimos históricos en varias economías del núcleo, y en un incremento gradual de la renta laboral.

“En el periodo que viene, la actividad se verá apuntalada por el aumento de las rentas del trabajo y por la inversión en defensa, infraestructuras y tecnologías digitales”, señaló la presidenta ante el Parlamento Europeo. Es decir, el banco central confía en que el impulso de la inversión pública y la modernización industrial —especialmente en Alemania y Francia— actúe como dique frente al frenazo de la demanda externa, golpeada por mayores aranceles, un euro más fuerte y un entorno comercial global crecientemente hostil.

El diagnóstico es inequívoco: mientras el mercado laboral aguante y el crecimiento se mantenga en positivo, el BCE se sentirá cómodo prolongando esta fase de pausa. Solo un deterioro súbito de la actividad o un repunte inesperado de la inflación obligarían a rectificar el rumbo.

Un entorno comercial envenenado por aranceles y volatilidad política

Lagarde puso también el foco en el contexto internacional, menos visible para el ciudadano, pero decisivo para la inflación futura. El entorno comercial europeo sigue marcado por mayores aranceles, en particular en la relación con Estados Unidos y China, por la apreciación del euro y por una volatilidad política global persistente, desde Oriente Medio hasta Washington.

El aumento de los costes de importación encarece componentes industriales y bienes de consumo, y obliga a las empresas europeas a repercutir parte de ese impacto en sus precios finales. Al mismo tiempo, un euro fuerte abarata las compras de energía y materias primas denominadas en dólares, lo que ha ayudado a contener la inflación en los últimos meses. La combinación de ambas fuerzas —proteccionismo y divisa sólida— crea un escenario incierto en el que pequeñas variaciones en el tipo de cambio o en la política comercial pueden modificar rápidamente la trayectoria de los precios.

Para el BCE, este tablero añade una capa de dificultad: cualquier giro brusco en la política arancelaria de sus socios o en la geopolítica energética puede echar por tierra las previsiones actuales y obligar a una respuesta rápida, algo que la institución prefiere evitar tras años de sobresaltos.

¿Qué significa todo esto para hipotecas, empresas y deuda pública?

La gran pregunta para millones de hogares en la eurozona —y muy especialmente en países como España, Italia o Portugal, con alto peso de hipotecas a tipo variable— es sencilla: ¿cuándo empezarán a bajar de verdad los tipos? Por ahora, la respuesta del BCE es una incómoda indefinición. Con el tipo de depósito en el 2% y el Euríbor aún claramente por encima del nivel previo a la pandemia, las cuotas hipotecarias siguen tensionadas, aunque lejos de los máximos del ciclo.

Para las empresas, el escenario es dual. Por un lado, la estabilidad de tipos facilita la planificación financiera y reduce la volatilidad en los mercados de deuda. Por otro, el coste de financiación continúa siendo elevado para pymes y compañías con peor ráting, lo que limita proyectos de inversión justo en un momento en el que la transición energética y la digitalización demandan capital intensivo.

En el frente de las finanzas públicas, la pausa del BCE da un respiro a los Tesoros, pero no resuelve el problema de fondo: una deuda acumulada tras la pandemia que convivirá con tipos “normalizados”, muy por encima de los de la era del dinero casi gratis. Cualquier percepción de que el banco central retrasará demasiado la próxima bajada podría traducirse en primas de riesgo más altas para los países más endeudados.