EE UU

Trump se abre a indeminzar como "víctimas" a los que asaltaron el Capitolio: ha montado un fondo de 1.776 millones

El asalto al Capitolio
El asalto al Capitolio

Hay números que no se eligen por contabilidad, sino por mensaje. 1.776 millones no es solo una cantidad: remite a 1776, el año que Estados Unidos convirtió en mito fundacional. La administración Trump presenta el fondo como reparación a ciudadanos “tratados horriblemente” por una justicia supuestamente instrumentalizada, pero el calendario y el contexto lo convierten en otra cosa: un intento de reescritura institucional de los hechos del 6-E y, de paso, una señal de lealtad a su base. Reuters describe que el fondo nace como parte del acuerdo para cerrar la demanda de Trump contra el IRS por la filtración de sus impuestos, y que el paquete incluye además cláusulas controvertidas sobre auditorías y controles.

Lo más grave no es que existan compensaciones —las hay en sistemas democráticos—, sino a quién se podrían dirigir y bajo qué criterios. Desde el primer minuto, el debate dejó de ser técnico para volverse moral: ¿se puede pagar con dinero público a gente que participó en un asalto violento contra el propio corazón del Estado?

Quién decide quién cobra: el panel como llave del relato

En el modelo anunciado, la decisión no descansa en un juez ni en un procedimiento contradictorio clásico, sino en un panel designado desde el propio Departamento de Justicia. La AP apunta que serán cinco miembros nombrados por Todd Blanche, fiscal general interino y antiguo abogado defensor de Trump, y que el diseño ha encendido las alarmas por la falta de contrapesos.

Aquí está el núcleo político: la compensación no se limita a “devolver gastos”, sino a certificar públicamente quién fue víctima y quién fue verdugo. Si el Estado paga, el Estado legitima. Y si legitima a quienes participaron en una insurrección —o a quienes la alentaron—, lo que hace no es cerrar heridas, sino fijar doctrina. La consecuencia es clara: el fondo no solo reparte dinero, reparte memoria oficial.

El 6-E como incentivo: del indulto a la recompensa

El problema es el precedente. La administración ya concedió indultos masivos a acusados del 6 de enero y ahora abre la puerta a indemnizaciones. Reuters recoge el interés explícito de condenados del 6-E y aliados de Trump, entre ellos el exlíder de Proud Boys Enrique Tarrio, que aspira a millones.

El efecto psicológico es corrosivo: si el precio de atacar instituciones es, primero, el perdón y, después, el cheque, el mensaje para el futuro es devastador. No se trata de justicia reparadora, sino de incentivo. Y esto no es una hipótesis académica: dos agentes que defendieron el Capitolio, Harry Dunn y Daniel Hodges, han demandado para frenar el fondo precisamente por ese riesgo, sosteniendo que funciona como herramienta de corrupción presidencial y de apoyo a grupos que los agredieron.

La grieta en el “law and order”: policías demandando al Gobierno

Que la demanda la lideren agentes del Capitolio es un hecho político por sí mismo. Dunn y Hodges no son activistas abstractos: son símbolos de aquel día. Su querella busca bloquear desembolsos y denuncia que la medida aumenta amenazas contra fuerzas de seguridad y normaliza la violencia política.

Esta inversión del discurso deja al trumpismo en evidencia: el movimiento que se vendió como “ley y orden” termina enfrentado a quienes pusieron el cuerpo cuando se intentó quebrar el proceso democrático. El contraste es demoledor y funciona como termómetro: el Estado de Derecho se erosiona no cuando lo dicen los editoriales, sino cuando los propios agentes que lo defendieron acaban litigando contra su Gobierno para impedir que se premie a sus agresores.

Transparencia mínima, escándalo máximo: el dinero como herramienta de lealtad

La discusión sobre el fondo no se limita a la ética. Es también una cuestión de rendición de cuentas: quién puede solicitarlo, bajo qué estándar probatorio y con qué publicidad. Reuters describe que el propio Blanche, ante el Congreso, no cerró la puerta a pagos a participantes del 6-E, y que el mecanismo está diseñado para compensar alegaciones de persecución política en términos amplios.

En paralelo, la administración vende la medida como corrección de excesos del periodo Biden. Pero incluso bajo esa tesis, el diseño es problemático: si la compensación se decide por un panel nombrado políticamente, el fondo no corrige la politización: la institucionaliza. Lo más grave es el efecto dominó: abogados y “operadores” ya se posicionan para capturar el dinero, transformando un debate constitucional en un mercado de reclamaciones.

Qué puede pasar ahora

El futuro inmediato se decidirá en tribunales y en el Congreso. La demanda de los agentes puede frenar pagos o forzar límites y transparencia. Al mismo tiempo, el hecho de que figuras del 6-E estén ya preparando reclamaciones revela el daño reputacional: la medida se percibe como recompensa antes incluso de que llegue el primer cheque.

La consecuencia más preocupante no es contable, sino institucional: si se consolida un mecanismo para indemnizar a quienes un presidente considere “víctimas” del sistema, se crea una nueva herramienta para gobernar por lealtades. El Estado deja de ser árbitro y se convierte en parte. Y cuando un Estado paga para reescribir un intento de ruptura democrática, la pregunta ya no es cuánto cuesta: es cuánto queda del límite.

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