Trump acelera la desescalada y prepara su primer viaje a China en abril
La presidencia de Donald Trump ha puesto fecha a uno de los movimientos diplomáticos más delicados de su mandato: un viaje oficial a Pekín en la primera semana de abril para reunirse con Xi Jinping. Según avanzó el medio estadounidense Politico, citando a varias fuentes conocedoras del plan, la visita supondrá el primer desplazamiento de Trump a China en este mandato, después de haber deslizado desde hace meses su intención de viajar “a principios de año” sin concretar calendario. El movimiento llega en un momento de alta tensión estratégica: Taiwán figura entre los asuntos prioritarios de la agenda, junto con la guerra de Ucrania, la presión sobre Irán y un complejo entramado de aranceles y controles tecnológicos cruzados. Será, además, la primera vez que Trump pise suelo chino desde noviembre de 2017, cuando fue recibido con honores de “visita de Estado plus” en el Gran Salón del Pueblo.
Una visita largamente anunciada
La visita de abril no surge de la nada. Trump ya había aceptado oficialmente la invitación de Xi en noviembre del año pasado, tras una conversación telefónica en la que ambos líderes abordaron comercio, Ucrania y Taiwán, y en la que el presidente estadounidense anunció que también invitaría al líder chino a una visita de Estado a Washington “más adelante el próximo año”.
Desde entonces, la Casa Blanca y Zhongnanhai han encadenado meses de preparación discreta, con viajes previos de altos cargos del Tesoro y contactos a nivel técnico para intentar desactivar sorpresas en la agenda económica. El propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó recientemente que una delegación de su departamento viajó a China “para mejorar la comunicación” y preparar un encuentro con el viceprimer ministro He Lifeng, paso previo a la llegada de Trump.
Sin embargo, lo más significativo es que, mientras en Washington se daba por hecho el viaje, Pekín evitaba confirmarlo públicamente, manteniendo así una palanca de presión adicional. Algunos analistas interpretan ese silencio como una advertencia: el terreno de juego se decidirá en buena parte por cómo gestione Estados Unidos el dossier taiwanés en las próximas semanas.
Taiwán, el punto de fricción que lo condiciona todo
Si hay un tema que puede decantar el balance de la visita es Taiwán. Para Pekín, la isla es “la línea roja de todas las líneas rojas”; para Washington, un socio estratégico al que ha reforzado en los últimos años con ventas de armamento, acuerdos tecnológicos y un respaldo político cada vez más explícito en el Congreso.
En la última conversación telefónica entre ambos líderes, Xi reiteró que la cuestión taiwanesa es “el asunto más sensible y crucial en las relaciones bilaterales”, mientras que Trump defendió la necesidad de mantener “la paz y la estabilidad” en el estrecho, sin renunciar al derecho de Estados Unidos a seguir suministrando armas defensivas a Taipéi.
El contraste con la visita de 2017 es llamativo. Entonces, el énfasis se centró en el comercio y Corea del Norte; ahora, los ejercicios militares chinos en torno a la isla, el refuerzo de bases estadounidenses en el Pacífico y el debate sobre una posible escalada naval han convertido Taiwán en el auténtico test de estrés de la relación. Diversos think tanks calculan que un conflicto abierto en la zona podría costar hasta un 10% del PIB global en el primer año, por la disrupción del tráfico marítimo y del suministro de semiconductores.
Comercio, aranceles y una tregua siempre incompleta
Más allá de la geopolítica, la visita se inscribe en una relación económica marcada por la desconfianza. Aunque Estados Unidos y China pactaron en Busan, en noviembre de 2025, una tregua comercial de un año que incluía la reducción de algunos aranceles y el aplazamiento de controles a las exportaciones de tierras raras por parte de Pekín, buena parte de las medidas proteccionistas sigue vigente.
Trump ha hecho de los aranceles una herramienta central de su política exterior: en los últimos doce meses ha anunciado gravámenes específicos sobre acero, automóviles y determinados productos tecnológicos, además de amenazar con un recargo del 25% a las importaciones de países que mantengan relaciones económicas estrechas con Irán, un mensaje dirigido de forma velada a China.
En paralelo, Pekín ha elevado requisitos regulatorios, impulsado programas de sustitución de importaciones y reforzado el control sobre empresas extranjeras en sectores considerados sensibles. El comercio bilateral de bienes sigue superando los 650.000 millones de dólares anuales, pero cada vez está más condicionado por autorizaciones puntuales, cupos y vetos cruzados que añaden volatilidad a las cadenas de suministro globales.
Ucrania e Irán: la guerra de nervios en segundo plano
La agenda de abril irá mucho más allá del eje bilateral. La guerra en Ucrania, que entra en su quinto año, y la estrategia de Estados Unidos para aislar a Irán serán capítulos centrales de las conversaciones.
Trump quiere que China actúe como contrapeso a Moscú, limitando su apoyo económico y tecnológico al Kremlin. Pekín, por su parte, se ha presentado como mediador “neutral”, al tiempo que refuerza su cooperación energética y financiera con Rusia. El diagnóstico en Washington es inequívoco: mientras el comercio sino-ruso siga creciendo a doble dígito —distintos estudios hablan de un aumento superior al 25% desde 2022—, las sanciones occidentales tendrán un techo claro.
En el caso iraní, la presión es aún más directa. Tras los últimos episodios de represión interna y las tensiones en el Golfo, Estados Unidos ha instado a sus aliados a reducir compras de petróleo iraní en al menos un 30%, y ha advertido que estudia imponer nuevos aranceles a países que sigan ampliando esos flujos. China, principal comprador de crudo iraní, rechaza las sanciones extraterritoriales y defiende que cualquier cambio debe canalizarse a través del Consejo de Seguridad de la ONU.
El recuerdo de 2017 y un tablero completamente distinto
Cuando Trump visitó China en noviembre de 2017, el contexto era radicalmente distinto. Entonces, la prioridad era cerrar una primera ronda de acuerdos comerciales y gestionar la escalada nuclear de Corea del Norte. Xi organizó una recepción cuidadosamente coreografiada en el Gran Salón del Pueblo, con imágenes de cooperación que los mercados interpretaron como el inicio de una relación pragmática entre las dos mayores economías del mundo.
Nueve años después, el tablero ha cambiado. La guerra en Europa del Este, la rivalidad tecnológica en torno a los chips avanzados y el giro proteccionista global han convertido la relación en un juego de suma negativa, donde cada concesión interna se percibe como una debilidad externa.
Sin embargo, ambos líderes conservan un interés evidente en evitar una ruptura desordenada. China intenta estabilizar un crecimiento que se ha desacelerado por debajo del 4%, en medio de la crisis inmobiliaria y el envejecimiento demográfico; Estados Unidos afronta presiones inflacionistas intermitentes y un déficit comercial que sigue siendo políticamente tóxico. Una visita que rebaje aunque sea mínimamente la tensión podría traducirse en primas de riesgo más contenidas y en un mejor tono de los mercados bursátiles.
Expectativas de los mercados y riesgos de una foto vacía
Los inversores ya descuentan el viaje de abril como un posible catalizador. Los grandes bancos de inversión estiman que una señal creíble de distensión —por ejemplo, un compromiso para mantener aranceles congelados durante 12 meses y abrir canales técnicos sobre semiconductores— podría recortar la volatilidad de los índices bursátiles asiáticos entre un 15% y un 20% en el trimestre posterior a la cumbre.
El riesgo, sin embargo, es el de una foto vacía: una visita solemne, cargada de símbolos, que no se traduzca en compromisos verificables. La experiencia de los últimos años, desde la guerra comercial original hasta los acuerdos de “fase uno” incumplidos, ha hecho a los mercados mucho más escépticos.
Además, cualquier gesto percibido como concesión excesiva hacia China podría tener costes internos para Trump, que ha construido buena parte de su discurso económico sobre la idea de “corregir décadas de abusos comerciales” por parte de Pekín. En paralelo, Xi debe gestionar las expectativas de un aparato del Partido que ve con recelo cualquier relajación en los controles tecnológicos occidentales si no va acompañada de garantías sólidas.