La Casa Blanca intenta exhibir músculo diplomático y energético mientras

Rubio busca recomponer la confianza con Europa en una gira relámpago por tres capitales

La próxima semana, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio iniciará una gira de cuatro días por Alemania, Eslovaquia y Hungría que va bastante más allá de una simple ronda de cortesía. Entre el 13 y el 16 de febrero, Rubio combinará la escenografía del poder en la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich con reuniones discretas en Bratislava y Budapest centradas en energía, defensa y sanciones a Rusia. Según el propio foro de seguridad, el encuentro en la capital bávara volverá a reunir a más de 450 altos cargos y líderes de todo el mundo, incluidos alrededor de 70 jefes de Estado y de Gobierno. El momento no es casual: el propio presidente del foro ha hablado de una “crisis de confianza” en la relación transatlántica, mientras varios socios europeos dudan de la previsibilidad de Washington. 

EP_MARCO_RUBIO
EP_MARCO_RUBIO

Una gira de cuatro días en plena crisis de confianza

El itinerario es tan concentrado como el mensaje que se busca proyectar. Rubio viajará primero a Múnich del 13 al 15 de febrero, donde encabezará una nutrida delegación estadounidense en la 62ª edición de la Conferencia de Seguridad. Desde allí volará a Bratislava el día 15 y concluirá el 16 en Budapest, según ha confirmado el propio Departamento de Estado.

El contexto explica la intensidad del programa. El presidente de la conferencia, Wolfgang Ischinger, ha alertado de que la relación entre Washington y sus aliados vive una etapa de “crisis de credibilidad”, pese a la retórica de unidad frente a Rusia. La presencia de Rubio, acompañado por más de 50 miembros del Congreso estadounidense, busca disipar la idea de que la política exterior de Estados Unidos es rehén de las pugnas internas en Washington.

Sin embargo, lo más significativo de la gira no será la foto en Múnich, sino las escalas posteriores. Eslovaquia y Hungría figuran entre los socios europeos más reticentes a cortar lazos energéticos con Rusia y a asumir el nivel de compromiso militar que reclama la OTAN. A ambos países, Washington les ofrece algo parecido a un trueque geopolítico: apoyo en diversificación energética y modernización militar a cambio de alineamiento más claro con la estrategia occidental frente al Kremlin.

La conferencia de Múnich, termómetro de la relación transatlántica

La Conferencia de Seguridad de Múnich se ha consolidado desde hace décadas como el principal foro mundial de debate en materia de defensa y geopolítica. Cada febrero reúne a más de 450 altos cargos y expertos, incluidos decenas de jefes de Estado, ministros y responsables de organismos internacionales. Este año, el encuentro se celebra del 13 al 15 de febrero en el hotel Bayerischer Hof y un nuevo emplazamiento, el Rosewood Munich, en el centro de la ciudad.

Rubio llegará a un foro marcado por las dudas sobre la capacidad de Europa para defenderse si Washington reduce su implicación. La pasada edición estuvo dominada por los mensajes incendiarios del entonces vicepresidente estadounidense J. D. Vance, que acusó a los organizadores de censurar a fuerzas populistas europeas y cuestionó abiertamente el modelo comunitario. Esta vez, fuentes diplomáticas apuntan a que el secretario de Estado optará por un discurso más pragmático, centrado en tres ideas:

  • reafirmar que Estados Unidos sigue comprometido con la OTAN,

  • exigir que los aliados europeos asuman más carga financiera y militar,

  • y subrayar que la seguridad energética se ha convertido en el nuevo eje de la relación.

La presencia en Múnich de líderes como el canciller alemán Friedrich Merz, el presidente francés Emmanuel Macron o el primer ministro británico Keir Starmer permitirá a Rubio contrastar en directo el grado de apoyo al plan de Washington: más gasto en defensa, pero también más alineamiento con las sanciones contra Rusia y con la estrategia de contención frente a China.

Bratislava: energía nuclear, diversificación y la presión de Moscú

La siguiente parada de Rubio será Bratislava, capital de Eslovaquia, un país pequeño pero estratégico en el tablero energético. Más del 60% de la electricidad eslovaca procede de la energía nuclear, y sus cinco reactores VVER-440 se basan en tecnología soviética que depende aún de combustible y piezas de origen ruso. A ello se suma que, en 2022, el 87% del gas importado por Eslovaquia seguía llegando de Rusia bajo un contrato de largo plazo con Gazprom.

En este contexto, la agenda oficial habla de “cooperación en energía nuclear, diversificación energética y apoyo a la modernización militar y compromisos con la OTAN”. Traducido del lenguaje diplomático: Washington quiere acelerar la sustitución del combustible ruso por proveedores occidentales y, al mismo tiempo, garantizar que Bratislava no se descuelga del objetivo de destinar al menos el 2% del PIB a defensa, un listón que el Gobierno eslovaco ha amenazado con rebajar por la presión fiscal.

Lo más grave, a ojos de los aliados, es que el Ejecutivo de Bratislava ha cuestionado abiertamente los planes de la Comisión Europea para cortar por completo las importaciones de gas y uranio rusos antes de 2027, calificándolos de “económicamente suicidas”. Este hecho revela hasta qué punto la dependencia energética condiciona la política exterior: un país de apenas 5,4 millones de habitantes puede bloquear o diluir sanciones clave si percibe que su industria y sus hogares pagarán un precio desproporcionado.

En paralelo, Estados Unidos ofrece tecnología nuclear propia y financiación para reforzar la seguridad de las plantas y explorar los reactores modulares pequeños (SMR), un segmento donde las empresas estadounidenses compiten con firmas rusas y chinas. El contraste con el discurso oficial —que presenta la transición energética como un ejercicio casi técnico— resulta demoledor: detrás de cada kilovatio hora se libra una batalla geopolítica.

Budapest, el socio incómodo dentro de la OTAN

La escala en Budapest tendrá un tono aún más político. Hungría se ha convertido en el socio más díscolo del bloque occidental: mantiene estrechos vínculos con Moscú, ha vetado repetidamente paquetes de sanciones y bloqueó durante meses ayudas militares cruciales para Ucrania. Al mismo tiempo, presume de cumplir el objetivo de la OTAN de gastar el 2% del PIB en defensa, mientras denuncia que otros socios “moralizan pero no pagan”.

En este contexto, el Departamento de Estado subraya que Rubio abordará en Budapest la “seguridad regional, la asociación energética entre Estados Unidos y Hungría y el compromiso con procesos de paz para resolver conflictos globales”. El lenguaje es diplomático, pero el diagnóstico es inequívoco: Washington quiere que el Gobierno de Viktor Orbán reduzca su dependencia del petróleo y gas rusos y modere su bloqueo a decisiones clave en Bruselas y en el seno de la Alianza Atlántica.

Paradójicamente, Hungría ha empezado a avanzar precisamente en el terreno donde su vínculo con Rusia era más evidente: la energía nuclear. En noviembre pasado, Budapest anunció un acuerdo para comprar combustible nuclear estadounidense y tecnología para gestionar residuos en la central de Paks, de diseño ruso, así como para explorar soluciones SMR con empresas norteamericanas. El movimiento abre una brecha en la relación energética con Moscú, pero también genera tensiones internas en un país donde el debate sobre la autonomía estratégica se mezcla con el malestar por un déficit público cercano al 5% del PIB.

La consecuencia es clara: la visita de Rubio puede acelerar una reconfiguración del mapa energético húngaro, pero a costa de exponer aún más las tensiones entre Budapest y sus socios comunitarios.

La batalla por la seguridad energética europea

Más allá de los gestos, la gira de Rubio se inscribe en una estrategia más amplia: convertir la seguridad energética en el pilar central de la relación transatlántica. Desde la invasión rusa de Ucrania, la UE ha logrado reducir de forma drástica las importaciones de gas ruso, pero países como Hungría y Eslovaquia siguen dependiendo en gran medida de esos suministros, tanto en gas como en uranio enriquecido.

Estados Unidos ofrece tres herramientas principales:

  • suministro de gas natural licuado (GNL) a largo plazo,

  • apoyo financiero y tecnológico para infraestructuras y renovables,

  • y cooperación nuclear para sustituir combustible y tecnología rusos.

Sin embargo, el contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras algunos socios occidentales se lanzan a firmar contratos de GNL de 15 o 20 años, otros temen quedar atrapados en una dependencia distinta justo cuando la presión climática exige acelerar la descarbonización. La propia Comisión Europea calcula que la inversión necesaria para reforzar redes, almacenamiento y generación baja en carbono superará el 2,5% del PIB anual de la UE durante la próxima década, una cifra difícil de compatibilizar con reglas fiscales más estrictas.

En este tablero, la capacidad de Washington para ofrecer financiación competitiva y garantías políticas se convierte en ventaja comparativa. Pero también plantea un interrogante incómodo: hasta qué punto la “desrusificación” del sistema energético europeo acabará sustituyendo una dependencia por otra.

Comentarios