Bruselas condiciona a Ucrania, Trump blinda el chip de la IA y Dow Jones en nuevos record

La UE explora una adhesión gradual de Kiev ligada a la paz mientras Washington prepara exenciones arancelarias para las Big Tech, la Fed se encamina hacia la era Warsh y los mercados mantienen el apetito por el riesgo
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La geopolítica volvió a marcar la agenda mientras los mercados digerían una sesión claramente alcista en Europa y más contenida en Wall Street. Bruselas estudia vincular la adhesión de Ucrania en 2027 a un pacto de paz, otorgándole parte de la protección comunitaria incluso antes de ser miembro de pleno derecho. Al otro lado del Atlántico, Donald Trump diseña exenciones arancelarias a medida de Amazon, Google o Microsoft para que puedan seguir importando chips avanzados de TSMC sin frenar la carrera por la inteligencia artificial. En paralelo, el presidente republicano eleva las expectativas sobre Kevin Warsh, su candidato para presidir la Reserva Federal, al prometer que podría llevar el crecimiento “hasta el 15%”. Mientras Keir Starmer sobrevive a una noche de cuchillos largos en Londres y el Comando Sur ejecuta un ataque letal contra el narco-terrorismo en el Caribe, los índices bursátiles ofrecen una fotografía de calma tensa: el S&P 500 sube un 0,47%, el Nasdaq 100 un 0,77% y el IBEX 35 se dispara un 1,40%, con el VIX cayendo más de un 2%.

 
Símbolo: 7:50 hora de Europa central Última Cbo Cambio%
500 SPX
6.964,82 32,52 0,47%
35 IBEX35
18.195,10 251,81 1,40%
100 NDXD
25.268,14 192,37 0,77%
S DXY
96,911 0,042 0,04%
VIX
17,35 -0,42 -2,36%
BRENT
68,745 0,020 0,03%
USOIL
64,32 -0,09 -0,14%
BTCUSDT
68.861,84 -1.276,16 -1,82%
GOLD
5.026,300 -32,510 -0,64%

Proteger a Ucrania sin provocar a Moscú

La discusión en Bruselas gira en torno a una pregunta incómoda: cómo garantizar la seguridad de Ucrania sin convertir su adhesión en una línea roja militar para Rusia. La opción que gana peso pasa por asociar la entrada formal de Kiev en la UE a un acuerdo de paz verificable, pero adelantando desde 2027 parte de los derechos y garantías. Eso incluiría acceso preferente al mercado interior, participación en determinados programas y un compromiso político de defensa que, sin llegar al nivel de la OTAN, funcionaría como disuasión.

El cálculo estratégico es evidente. Europa intenta enviar a Moscú el mensaje de que el desgaste no hará que Ucrania desaparezca del mapa político europeo. Pero al mismo tiempo busca evitar una escalada que convierta la frontera oriental en un conflicto permanente con tropas comunitarias desplegadas en primera línea. Un esquema de adhesión gradual, con fases de integración y cláusulas de salvaguarda, permitiría ganar tiempo: tiempo para que Ucrania acometa reformas institucionales, para que se consolide un alto el fuego y para que los propios socios europeos resuelvan sus discrepancias internas.

El contraste con las ampliaciones de 2004 y 2007 resulta demoledor. Entonces se trataba de absorber economías en transición; ahora se trata de integrar un país en guerra, con un tejido productivo devastado y un mapa de seguridad en plena reconfiguración.

Una membresía condicionada por los vetos internos

Más allá de la dimensión militar, la ampliación hacia el este abre heridas políticas dentro del bloque. Varios Estados miembros temen que una entrada rápida de Ucrania altere el equilibrio de poder en el Consejo y en el Parlamento Europeo, reforzando el peso de los países más atlánticos y recortando la capacidad de bloqueo de las capitales más reticentes.

De ahí que se baraje una adhesión por etapas: primero acceso parcial a fondos y programas, después voz —pero no voto— en determinadas mesas, y, solo al final, plena membresía con capacidad de veto. Este esquema recuerda al de la unión monetaria: convergencia previa, mecanismos de supervisión y, sobre todo, reversibilidad si Kiev no cumple con las exigencias en materia de Estado de derecho, lucha contra la corrupción o alineamiento con la política exterior común.

Para Ucrania, el calendario de 2027 es mucho más que una fecha simbólica. Significa anclar su futuro económico en un mercado de más de 400 millones de consumidores, acceder a fondos de cohesión que podrían representar varios puntos de su PIB anual y enviar a sus ciudadanos la señal de que el sacrificio de la guerra tiene una recompensa tangible. Pero cada concesión que se hace en Bruselas se lee en Moscú como un paso más hacia la integración occidental, lo que convierte cualquier avance en un ejercicio de equilibrios de alto riesgo.

Trump reescribe la geoeconomía del chip

En Washington, la batalla se libra en los nanómetros. La Casa Blanca trabaja en un sistema de exenciones arancelarias a los semiconductores producidos por TSMC que permita a Amazon, Google o Microsoft seguir importando chips avanzados sin que se disparen los costes de sus centros de datos. La clave estará en ligar esas rebajas tributarias a la inversión de la taiwanesa en Arizona, valorada ya en 165.000 millones de dólares en varias fases.

El diseño recuerda a un juego de vasos comunicantes: cuanto más produzca TSMC en suelo estadounidense, mayor volumen de chips podrá entrar con alivio arancelario desde Taiwán. De esta forma, Trump puede presentarse como defensor del empleo industrial local sin estrangular la carrera por la infraestructura de inteligencia artificial, que depende críticamente de la oferta de semiconductores de última generación. Un frenazo en la capacidad de cálculo sería letal para los modelos de IA generativa, pero también para sectores como la nube, la automoción eléctrica o la defensa.

El mensaje a Pekín es inequívoco: Washington está dispuesto a pagar más por reubicar la cadena de valor, pero no a costa de perder liderazgo tecnológico. El riesgo, sin embargo, es que otros aliados —desde Corea del Sur hasta la propia Unión Europea— exijan trato similar y se desate una nueva ola de subsidios cruzados.

La Fed de Warsh y el espejismo del 15%

Que un presidente de Estados Unidos prometa un crecimiento del 15% suena más a campaña electoral que a previsión macroeconómica. Pero Trump lo ha hecho al defender la candidatura de Kevin Warsh para presidir la Reserva Federal. “Creo que será excelente”, ha afirmado, vinculando la llegada del exgobernador a una supuesta aceleración sin precedentes de la economía.

Más allá del titular, el mensaje encierra varias claves. Warsh es percibido como un perfil más crítico con la expansión del balance de la Fed y más dispuesto a normalizar tipos si la inflación repunta. Al mismo tiempo, Trump necesita a un banquero central que tolere una economía “caliente” mientras la Casa Blanca lleva al límite el déficit fiscal para financiar recortes de impuestos y programas de gasto en defensa y reindustrialización.

El mercado, de momento, parece creer solo la mitad del relato. El S&P 500 avanza un 0,47% hasta los 6.964,82 puntos y el Nasdaq 100 suma un 0,77% hasta 25.268,14, niveles coherentes con un escenario de crecimiento sólido pero no desbocado. La caída del VIX hasta 17,35 puntos (-2,36%) indica además un descenso de la demanda de protección a corto plazo. El peligro está en que las expectativas políticas sobre Warsh choquen con una realidad macro menos dócil y la Fed se vea atrapada entre la presión de la Casa Blanca y el mandato de estabilidad de precios.

Starmer gana tiempo, pero no autoridad

En Londres, Keir Starmer ha sobrevivido a su primera gran crisis como primer ministro, pero el coste político puede ser elevado. El controvertido nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington desató una rebelión soterrada en las filas laboristas, alimentada por la sensación de que Downing Street se gobierna desde un pequeño círculo de viejos apparátchiks.

El apoyo público de figuras como Wes Streeting, Ed Miliband o Angela Rayner ha evitado, por ahora, que los rumores de dimisión se conviertan en bola de nieve. Pero el episodio revela una fractura generacional y estratégica: una parte del partido exige aprovechar la mayoría absoluta para girar más rápido hacia políticas de inversión pública, transición energética y refuerzo del Estado del bienestar, mientras otra teme que un giro brusco espante a los votantes centristas que hicieron posible la victoria.

Para los mercados, lo importante es que el Reino Unido siga ofreciendo estabilidad regulatoria y un marco fiscal predecible. La libra apenas se ha movido y la reacción de la deuda soberana ha sido limitada, pero la crisis deja una advertencia: la paciencia de la bancada oficialista no es infinita y cualquier nuevo tropiezo podría abrir la puerta a un ciclo de inestabilidad justo cuando Londres intenta reposicionarse tras el Brexit.

El frente invisible: operaciones letales en el Caribe

Lejos de los focos mediáticos, el Comando Sur de Estados Unidos ha reconocido un ataque contra una embarcación vinculada al narco-terrorismo en el Pacífico Oriental, con dos muertos y un único superviviente rescatado por la Guardia Costera. El navío operaba en rutas habituales del narcotráfico, lo que sugiere que Washington está dispuesto a elevar un peldaño la intensidad de sus operaciones en el Caribe y Centroamérica.

Este tipo de acciones, presentadas como golpes quirúrgicos, tienen efectos que van más allá de la lucha contra las drogas. Reconfiguran equilibrios de poder entre organizaciones criminales, alimentan represalias y pueden desestabilizar comunidades enteras cuya economía se ha visto infiltrada por el dinero ilícito. Al mismo tiempo, refuerzan la imagen de un Estados Unidos que recurre cada vez más a medios militares para gestionar problemas de seguridad que también tienen raíces sociales y económicas.

Para América Latina, la lectura es ambivalente. Por un lado, se agradece el apoyo material frente a redes que superan la capacidad de los Estados. Por otro, crece el temor a que la región vuelva a ser tratada como simple patio trasero donde las decisiones se toman sin consulta previa. El hecho de que estas operaciones coincidan con un aumento del despliegue naval en la zona añade una capa más de tensión a unas aguas ya saturadas de intereses cruzados.

Rubio en Múnich: recomponer la alianza atlántica

En este contexto, la figura de Marco Rubio como secretario de Estado adquiere un valor simbólico notable. Su participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich, seguida de visitas a Eslovaquia y Hungría, busca enviar una señal nítida: pese a las dudas europeas sobre la imprevisibilidad de Trump, Washington sigue comprometido con la OTAN y con el flanco oriental.

Rubio tiene por delante una tarea delicada. Debe tranquilizar a aliados inquietos por la retórica del presidente —incluida su ocurrencia de comprar Groenlandia— y, al mismo tiempo, presionar para que aumenten su gasto en defensa y acepten decisiones difíciles sobre Ucrania. La gira por Europa central y oriental no es casual: son países que se sienten en primera línea frente a Rusia, pero que al mismo tiempo han mostrado afinidades con agendas soberanistas que chocan con el consenso de Bruselas.

Que la diplomacia estadounidense vuelva a pasar por Múnich, la capital donde se escenifica cada año el estado de salud de la alianza atlántica, es una prueba de que, al menos en el plano formal, la arquitectura de seguridad liberal sigue en pie. La cuestión es si resistirá un nuevo ciclo de presiones internas, ampliaciones al este y tentaciones aislacionistas en Washington.

Unos mercados que celebran el riesgo y miran más allá

Mientras todos estos frentes se abren, los mercados ofrecen una imagen de optimismo vigilante. El S&P 500 sube un 0,47%, el Nasdaq 100 avanza un 0,77% y el índice del miedo, el VIX, se desliza un 2,36%, señal de que la demanda de cobertura a corto plazo se reduce. En Europa, el tono es aún más constructivo: el IBEX 35 escala un 1,40% hasta los 18.195,10 puntos, apoyado en bancos y energéticas, y el apetito por riesgo se aprecia en la rotación hacia cíclicos.

En divisas, el dólar se mantiene prácticamente plano, con el índice DXY en 96,911 puntos (+0,04%), mientras el crudo muestra movimientos marginales: el Brent se queda en 68,75 dólares (+0,03%) y el WTI retrocede un 0,14% hasta 64,32 dólares. El bitcoin corrige un 1,82% y vuelve a situarse en torno a los 68.800 dólares, mostrando que parte del dinero especulativo se ha desplazado hacia mercados más tradicionales. El oro, por su parte, retrocede un 0,64% tras sus recientes máximos, una señal de que, por ahora, los inversores se sienten cómodos asumiendo riesgo bursátil.

Los inversores han decidido, de momento, mirar por encima del ruido geopolítico. Pero la acumulación de vectores de incertidumbre —ampliación de la UE, guerra tecnológica por los chips, promesas de crecimiento difícilmente creíbles y operaciones militares fuera del radar— sugiere que cualquier sorpresa negativa podría disparar de nuevo la volatilidad. El equilibrio entre narrativa de crecimiento y realidad política vuelve a estar, una vez más, en el centro del tablero.

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