Trump encendió la mecha: amenaza con bloquear el puente Gordie Howe en disputa comercial con Canadá
La Casa Blanca ha puesto en la diana el proyecto de infraestructuras más simbólico entre Estados Unidos y Canadá. Donald Trump ha amenazado con bloquear la apertura del Puente Internacional Gordie Howe, una infraestructura de más de 6.000 millones de dólares que conectará Detroit con Windsor. El mensaje, lanzado en Truth Social, exige compensaciones económicas, cambios en las prácticas comerciales canadienses y hasta una participación estadounidense en la propiedad de la obra, íntegramente financiada por Ottawa. Todo ello en un contexto de creciente tensión geopolítica en el que China se ha convertido en el pretexto perfecto para endurecer el pulso. La amenaza no sólo compromete un corredor por el que se prevé que circulen cientos de camiones por hora: se ha transformado en un test de estrés de la relación con el nuevo primer ministro canadiense, Mark Carney, y en un aviso al resto de aliados sobre el uso político de la interdependencia económica.
Proyectos bajo amenaza: un puente de 6.400 millones en el punto de mira
El Puente Internacional Gordie Howe no es una obra cualquiera. Concebido a comienzos de los 2000 y en construcción desde 2018, está llamado a convertirse en el puente atirantado más largo de Norteamérica, con 2,5 kilómetros de longitud y seis carriles —tres en cada sentido— sobre la frontera del río Detroit. El coste total del proyecto se sitúa en torno a los 6.400 millones de dólares canadienses (unos 4.300 millones de euros), asumidos en su totalidad por el Gobierno federal canadiense, que recuperará la inversión vía peajes en las próximas décadas.
La infraestructura debía abrir “a comienzos de 2026”, tras más de seis años de obras y una planificación que prevé un horizonte de explotación de 125 años. Según estimaciones oficiales, el corredor Windsor-Detroit canaliza ya el paso de bienes por valor de más de 120.000 millones de dólares anuales, y el nuevo puente podría llegar a absorber unos 400 vehículos comerciales por hora, reduciendo los tiempos de espera y aportando redundancia a un sistema hoy saturado.
En ese contexto, la amenaza presidencial no es un gesto simbólico: cuestiona una infraestructura crítica, financiada con dinero público canadiense y respaldada por el tejido empresarial de ambos lados de la frontera, que ve en el Gordie Howe un seguro contra futuras disrupciones logísticas.
Las condiciones de Trump: compensaciones, aranceles y propiedad del puente
La advertencia lanzada desde Washington llega en forma de ultimátum. Trump exige que Canadá “compense” a Estados Unidos por décadas de supuesto trato injusto, con un foco particular en los aranceles a productos lácteos estadounidenses y las restricciones de espacio en lineales para alcohol procedente de EE. UU. en Ontario. Son viejas quejas de la industria agroalimentaria norteamericana, que vuelve a situarse en el centro de la agenda.
Lo novedoso es el instrumento de presión. El presidente ha deslizado que Estados Unidos debería poseer al menos el 50% de la propiedad del puente, pese a no haber contribuido a su financiación, y ha mostrado su malestar por el supuesto uso de acero y materiales no estadounidenses en la obra. Se trata de un discurso coherente con su agenda “Buy American”, pero que choca con la realidad de un proyecto diseñado desde el inicio como concesión financiada y gestionada por Ottawa, tras años de reticencias de Washington a asumir parte del coste.
En paralelo, Trump vuelve a blandir la amenaza arancelaria: ha vinculado el futuro del puente a una revisión del acuerdo USMCA y ha coqueteado con la idea de imponer aranceles del 100% a determinados productos canadienses si Ottawa avanza en acuerdos comerciales sensibles con potencias como China. La consecuencia es clara: el puente se convierte en moneda de cambio en una negociación que excede con mucho el trazado de una infraestructura.
China en el tablero: del comercio bilateral a la disputa sistémica
El elemento que eleva el conflicto a nivel geopolítico es la referencia constante a China. En sus mensajes recientes, Trump ha advertido de que un acercamiento económico entre Ottawa y Pekín provocará que “China se coma viva a Canadá y destruya su tejido económico y social”, una frase que ha repetido tanto en Truth Social como en mítines recientes.
La crítica se dirige también a Carney, a quien el presidente acusa de mantener una relación “demasiado amigable” con el gigante asiático, en especial en sectores como el automóvil eléctrico, la energía limpia o las materias primas críticas. El trasfondo es conocido: Washington recela de la entrada masiva de capital chino en la cadena de valor norteamericana, mientras Ottawa defiende diversificar socios para no depender en exclusiva del mercado estadounidense, que absorbe cerca del 75% de las exportaciones canadienses.
Este hecho revela una dinámica de fondo: la interdependencia que durante décadas se consideró un activo estratégico entre los dos vecinos se convierte ahora en un instrumento de presión, con China como tercer vértice de una tensión que combina aranceles, inversiones en vehículos eléctricos y control de infraestructuras críticas.
El corredor Windsor-Detroit: un cuello de botella con efecto dominó
El contraste entre la retórica política y la realidad económica resulta demoledor. El área Windsor-Detroit constituye el principal paso terrestre de mercancías entre Canadá y Estados Unidos, con un flujo de bienes que representa en torno al 25% del comercio bilateral total. Buena parte del sector automovilístico norteamericano depende de un sistema just-in-time que cruza esa frontera varias veces al día.
Bloquear o retrasar la apertura del Gordie Howe significaría prolongar la dependencia de infraestructuras ya saturadas, como el Ambassador Bridge, de titularidad privada, que ha sido escenario de protestas, cierres temporales y disputas judiciales en los últimos años. Un informe interno del sector calcula que cada hora de cierre de un cruce clave puede costar hasta 5 millones de dólares en producción perdida y retrasos logísticos, una cifra que podría multiplicarse si la incertidumbre se cronifica.
Lo más grave, advierten fuentes empresariales, no son las horas perdidas, sino el mensaje a largo plazo: si las infraestructuras transfronterizas pueden convertirse en armas negociadoras a golpe de tuit presidencial, las cadenas de suministro tenderán a diversificarse fuera del corredor tradicional, con un coste directo en inversión y empleo para el medio oeste estadounidense y el cinturón industrial de Ontario.
Reacciones en Estados Unidos: Michigan, en el ojo del huracán
Las primeras voces críticas han llegado desde el propio lado estadounidense de la frontera. La gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, y senadores como Elissa Slotkin y Gary Peters han defendido públicamente el proyecto, recordando que el puente cuenta con apoyo bipartidista y que miles de trabajadores, sindicatos y empresas locales han participado en su construcción.
“Castigar a Canadá por una disputa comercial utilizando una infraestructura que necesitan nuestras empresas y nuestros trabajadores es dispararse en el pie”, ha señalado Slotkin. Los gobiernos locales subrayan que Detroit es ya el segundo puerto de mercancías de Estados Unidos, con unos 126.000 millones de dólares en bienes que cruzan anualmente la frontera, y que cualquier retraso afectará de forma directa a pymes, transportistas y plantas industriales en ambos países.
El diagnóstico es inequívoco: una estrategia que pretende proyectar fuerza frente a Ottawa puede terminar debilitando a una de las regiones más dependientes del comercio exterior en la economía estadounidense.
Ottawa entre la firmeza y la contención: los límites de la paciencia canadiense
En Ottawa, la reacción oficial se mantiene de momento en el terreno de la cautela. El Gobierno canadiense recuerda que el Gordie Howe es una inversión estratégica aprobada hace más de una década, que se ha ejecutado conforme a los acuerdos internacionales vigentes y que Estados Unidos declaró recientemente el proyecto como puerto de entrada oficial, un paso administrativo clave de cara a su puesta en marcha.
Sin embargo, fuentes diplomáticas deslizan que la paciencia tiene límites. Canadá ha soportado en los últimos años varios ciclos de tensión comercial con Washington —desde los aranceles al acero y el aluminio hasta las disputas por la madera blanda o los aviones regionales— y teme que el nuevo episodio consolide la imagen de Estados Unidos como socio imprevisible, capaz de cuestionar incluso infraestructuras ya construidas.
El contraste con otras alianzas resulta elocuente: mientras la Unión Europea ha blindado jurídicamente sus redes transeuropeas de transporte frente a vaivenes políticos internos, la arquitectura norteamericana sigue anclada en acuerdos marco que otorgan un amplio margen de maniobra a la Casa Blanca.