La Casa Blanca eleva el listón de la guerra tras la muerte de Jamenei y los bombardeos iraníes sobre aliados clave en el Golfo

Trump anuncia una “gran ola” de ataques contra Irán

Donald Trump

La guerra entre Estados Unidos e Irán entra en una fase mucho más peligrosa. El presidente Donald Trump ha advertido de que la “gran ola” de ataques contra Teherán “aún está por llegar”, en plena escalada bélica tras el asesinato del líder supremo Alí Jamenei en un bombardeo conjunto de Washington e Israel. En una entrevista televisiva, Trump presumió de que su país está “machacando” a Irán y aseguró que la campaña militar “va muy bien”. Sin embargo, el propio presidente reconoció que el “mayor sorpresa” para Washington han sido los ataques iraníes contra Bahrein, Jordania, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos, que han llevado el conflicto a al menos nueve países en menos de 48 horas. La ofensiva se produce apenas dos días después de que Teherán confirmara la muerte de Jamenei por los misiles de la operación conjunta estadounidense-israelí, un giro histórico que ha dejado a la República Islámica en un limbo de sucesión y ha disparado las tensiones en todo Oriente Medio.

Trump ha encadenado en las últimas 24 horas mensajes públicos cada vez más duros. En un vídeo previo ya había exigido a las fuerzas iraníes su rendición bajo amenaza de “muerte segura”, admitiendo a la vez que “se perderán más vidas estadounidenses” en la operación. Ahora, en una entrevista con la CNN recogida por el portal Baha News, eleva el listón y promete que “la gran ola está por llegar”, sin aclarar en qué consistirá esa fase.

El presidente asegura que Estados Unidos está “usando el ejército más poderoso del mundo” y que la campaña está resultando “muy, muy eficaz”. La retórica recuerda a los momentos iniciales de la invasión de Irak en 2003, con un discurso de fuerza y eficacia rápida que contrasta con la complejidad real del terreno. Este hecho revela un patrón: la Casa Blanca vuelve a vender una guerra de alta intensidad como una operación quirúrgica y relativamente breve.

Lo más grave es que Trump vincula ya abiertamente el éxito de la ofensiva a la caída del régimen iraní, hablando de que los iraníes “pueden tener suerte” y recibir a un liderazgo “que sepa lo que hace”. La consecuencia es clara: el mensaje no apunta solo a destruir capacidades militares, sino a provocar un cambio de régimen, el escenario más volátil posible en un país de casi 90 millones de habitantes y uno de los principales productores de crudo del planeta.

Un conflicto regional que se desborda

Lo que comenzó como una serie de ataques masivos sobre objetivos en Irán se ha transformado en cuestión de horas en una guerra regional de múltiples frentes. Irán ha respondido con oleadas de misiles y drones contra bases estadounidenses y objetivos israelíes, pero también contra infraestructuras energéticas y militares en Bahrein, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes y Jordania.

Según estimaciones iniciales, los bombardeos y represalias han dejado ya más de 500 muertos en Irán y decenas de víctimas en el resto de países afectados. El propio Pentágono ha confirmado la muerte de al menos cuatro soldados estadounidenses en ataques de represalia, mientras Hezbollah abre otro frente con lanzamientos de cohetes contra Israel desde Líbano.

Este efecto dominó multiplica el riesgo de errores de cálculo. Kuwait ha reconocido el derribo accidental de tres cazas estadounidenses en medio del caos aéreo, un incidente que ilustra hasta qué punto el teatro de operaciones está saturado. El contraste con las promesas iniciales de “control” y “proporcionalidad” resulta demoledor: la campaña, presentada como una respuesta limitada, ha desatado uno de los episodios más inestables en Oriente Medio desde la guerra de Irak.

Para las monarquías del Golfo, tradicionalmente protegidas por el paraguas militar estadounidense, el mensaje iraní es inequívoco: apoyar a Washington tiene un precio directo en su territorio. El cálculo de costes políticos internos en esos regímenes será clave para calibrar cuánto tiempo podrán seguir alineados con la estrategia de la Casa Blanca.

El vacío de poder en Teherán

La muerte de Jamenei, tras 36 años al frente de la República Islámica, era el escenario que muchos analistas consideraban más delicado, incluso sin guerra. Ahora ha llegado de la forma más abrupta posible: mediante una operación de decapitación militar que ha eliminado también a varios altos mandos de la Guardia Revolucionaria.

Irán ha constituido un Consejo de Liderazgo provisional mientras prepara el nombramiento de un nuevo guía supremo, en un proceso opaco que puede prolongarse semanas. Trump lo reconoce con crudeza: “No sabemos quién es el liderazgo. No sabemos a quién elegirán”.

El diagnóstico es inequívoco: el país más importante del eje chií está inmerso en una guerra de alta intensidad justo en el momento en que su cúspide política y religiosa ha desaparecido. En ese contextos, los incentivos para que los distintos clanes y facciones de seguridad se atrincheren, radicalicen posiciones o compitan por el control del aparato militar son máximos.

Lo más grave para la estabilidad global es que los misiles, drones y milicias iraníes siguen operativos aun sin un mando centralizado claro. El riesgo de respuestas descoordinadas, ataques de “venganza” fuera de cualquier cálculo estratégico o acciones de actores semiautónomos aumenta exponencialmente. Y, con él, la posibilidad de que la guerra se alargue mucho más allá de las cuatro semanas que la Casa Blanca maneja como horizonte público.

Riesgo extremo para la economía del petróleo

El conflicto ha golpeado de lleno al corazón del sistema energético mundial: el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de un 20% del petróleo que se comercia en el mundo y una proporción aún mayor del crudo transportado por mar. Las primeras horas de la guerra ya han visto cómo las navieras interrumpían operaciones y muchas aseguradoras cancelaban coberturas en la zona.

El resultado es inmediato: el precio del Brent se ha disparado en torno a un 15% en apenas 48 horas, superando la barrera psicológica de los 110 dólares por barril, niveles no vistos desde la crisis energética de 2022. (Cifras aproximadas a partir de cotizaciones intradía). Para Europa, que aún no ha completado la diversificación post-Ucrania, la nueva escalada supone una doble amenaza: encarece la energía y reaviva las presiones inflacionistas justo cuando los bancos centrales empezaban a considerar recortes de tipos.

Este hecho revela hasta qué punto la apuesta de Trump es también un riesgo macroeconómico global. Un cierre prolongado de Ormuz, aunque fuera parcial, podría detraer del mercado más de 5 millones de barriles diarios de crudo, obligando a la OPEP+ a maniobrar y a economías importadoras como la española a asumir un nuevo shock de precios en plena desaceleración.

El contraste con el relato oficial de “guerra rápida y controlada” resulta evidente: la economía mundial ya está pagando una prima de riesgo geopolítico que puede traducirse en menor crecimiento, más inflación y turbulencias financieras.

Aliados incómodos y bases bajo fuego

Uno de los elementos más inquietantes de esta guerra es la vulnerabilidad mostrada por los socios tradicionales de Washington en el Golfo. Bahrein, Kuwait, Catar, Emiratos y Jordania han sufrido ataques directos de misiles y drones iraníes, con impactos sobre bases estadounidenses, aeropuertos y, en algunos casos, zonas urbanas.

Los primeros balances hablan de más de una treintena de muertos y más de un centenar de heridos en estos países, entre personal militar, trabajadores extranjeros y población civil local. En Bahrein y Emiratos, los gobiernos se han visto obligados a cerrar temporalmente instalaciones estratégicas, incluida una de las mayores refinerías saudíes vecinas, tras un ataque con drones que ha paralizado parte de su producción.

La consecuencia es clara: el paraguas de seguridad estadounidense ya no es visto solo como protección, sino también como imán de amenazas. Para las monarquías del Golfo, con sociedades jóvenes y conectadas, la percepción de que la presencia de bases norteamericanas convierte al país en blanco prioritario puede alimentar tensiones internas y reforzar discursos antioccidentales.

Al mismo tiempo, Washington se arriesga a perder influencia si no es capaz de garantizar la defensa de sus aliados. Un escenario en el que varios Estados del Golfo empiecen a mirar hacia otros socios de seguridad –como China o Rusia– dejaría a Estados Unidos con una presencia más débil en la región y una capacidad menor para controlar las rutas energéticas que ahora pretende asegurar con la fuerza.

Europa, entre la crítica y la dependencia energética

Europa ha llegado a esta guerra dividida. Muchos gobiernos habían advertido ya de los riesgos de una ofensiva preventiva contra Irán y defendido la vía diplomática. Sin embargo, los ataques iraníes contra infraestructuras y activos vinculados a empresas europeas han forzado un giro: varios países de la UE han desplegado buques de guerra para escoltar mercantes y reforzar la seguridad en el mar Arábigo.

El contraste con la retórica de contención es evidente. Bruselas insiste en que no participa en la guerra, pero al mismo tiempo refuerza su presencia militar en la zona y prepara nuevos paquetes de sanciones contra Teherán. Para economías como la española, altamente dependientes de las importaciones energéticas, la posición es especialmente incómoda: necesita estabilidad en los precios del crudo pero tiene poco margen de maniobra diplomática autónoma.

Además, la opinión pública europea llega fatigada tras una década de crisis encadenadas –financiera, pandemia, Ucrania, inflación–. Una nueva subida de la gasolina y la electricidad, aunque sea del orden de un 10%-15% en pocas semanas, puede avivar el descontento social y dar oxígeno a fuerzas populistas tanto de derecha como de izquierda, dispuestas a explotar el rechazo a otra guerra “lanzada desde Washington”.

La gran incógnita es hasta qué punto la UE será capaz de articular una posición propia que combine presión sobre Irán, exigencia de responsabilidad a Estados Unidos e incentivos para evitar que el conflicto se cronifique. Por ahora, el viejo continente vuelve a aparecer como un actor más reactivo que estratégico.