El Pentágono ha puesto sobre la mesa un escenario de “decapitación del régimen” en Irán

Trump baraja asesinar a Jamenei y a su heredero, según Axios

EPA/JIM LO SCALZO (L) / EPA/ABEDIN TAHERKENAREH (R)

La revelación de que el Pentágono ha presentado a Donald Trump un plan para matar al líder supremo iraní, Ali Jamenei, y a su hijo Mojtaba rompe uno de los últimos tabúes de la política de seguridad estadounidense. La exclusiva, adelantada por Axios y replicada por medios como Baha News, describe un menú de opciones que va desde permitir una “enriquecimiento nuclear simbólico” en Irán hasta un ataque directo contra la cúspide del régimen teocrático. Según esta filtración, el presidente dispone de varios escenarios escalonados, pero uno de ellos contempla explícitamente “eliminar al ayatolá y a su hijo”, heredero oficioso del poder en Teherán. El mensaje interno es claro: la Casa Blanca quiere que la República Islámica crea que nada está fuera de la mesa. Al mismo tiempo, altos cargos insisten en que sigue existiendo la posibilidad de un pacto nuclear si Irán presenta una oferta que Trump pueda vender políticamente en Washington. 

Un menú de guerra que incluye la decapitación del régimen

La pieza de Axios describe a un presidente rodeado de opciones. Desde respuestas limitadas, pensadas para “castigar sin escalar”, hasta operaciones masivas contra la infraestructura militar y nuclear iraní. En ese abanico, el escenario más extremo sería un ataque dirigido contra Jamenei, su hijo Mojtaba y parte de la cúpula religiosa que sostiene al régimen.

Un asesor citado por el medio lo resume con crudeza: “Tienen algo para cada escenario. Uno se lleva por delante al ayatolá y a su hijo”. La idea no es sólo militar: es política. Poner por escrito esa opción envía una señal al propio Trump —conocido por inclinarse a menudo por el movimiento más drástico del PowerPoint— y, sobre todo, a Teherán, que ya ha advertido de “consecuencias irreparables” si Estados Unidos cruza esa línea roja.

En paralelo, la Administración explora un marco de acuerdo nuclear que permitiría un enriquecimiento de uranio muy limitado y fuertemente vigilado, siempre que no quede “ningún camino realista hacia la bomba”. El diagnóstico es inequívoco: Washington intenta sostener a la vez la amenaza de “decapitación del régimen” y la puerta entreabierta a una negociación que evite otra guerra prolongada en Oriente Medio.

De Soleimani al líder supremo: la escalada cualitativa

Estados Unidos ya cruzó una línea importante en enero de 2020 con el asesinato selectivo del general Qasem Soleimani, arquitecto de la proyección militar iraní en la región, en un ataque con dron ordenado por el propio Trump cerca del aeropuerto de Bagdad. Aquel golpe fue interpretado en Teherán como una agresión directa, pero aún se situaba un escalón por debajo de atacar al jefe del Estado de facto.

Desde entonces, la lógica de la escalada se ha acelerado. En junio de 2025, Estados Unidos se unió a Israel en bombardeos contra tres instalaciones nucleares clave iraníes, en una operación que destruyó buena parte de las centrifugadoras y forzó a Irán a detener temporalmente el enriquecimiento de uranio. Ahora, la opción sobre la mesa no es un general ni un programa militar: es la eliminación física del vértice político y religioso del sistema.

Lo más grave es que esta lógica ya no es exclusiva de Washington. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, llegó a afirmar en 2025 que matar a Jamenei “no escalaría el conflicto, lo terminaría”, equiparando al líder iraní con “un Hitler moderno”. El contraste con los estándares tradicionales del derecho internacional —y con las propias órdenes ejecutivas estadounidenses que prohíben la “asesinato” como instrumento de política exterior— resulta demoledor.

El cálculo de Washington: disuasión, riesgo y política interna

Detrás de este menú de opciones hay un cálculo triple: militar, diplomático y doméstico. Desde el punto de vista militar, la Casa Blanca cree que la combinación de dos grupos de ataque de portaaviones, bombarderos estratégicos B-2 y misiles de largo alcance permitiría golpear simultáneamente el programa nuclear iraní y los centros de mando de la Guardia Revolucionaria.

Diplomáticamente, la amenaza de un golpe “decapitador” busca, según las fuentes consultadas por Axios, convencer a Jamenei de que el tiempo juega en su contra. Mientras el régimen exhibe firmeza en público, su ministro de Exteriores sigue hablando de “principios guía” para un acuerdo nuclear y de medidas de confianza si se alivia el régimen de sanciones.

Pero el tercer vector es interno. Trump quiere evitar aparecer débil antes de nuevas citas electorales y frente a una base que aplaudió el ataque contra Soleimani. A la vez, es consciente del coste político que tendría una guerra abierta con miles de soldados desplegados en otro conflicto de Oriente Medio. De ahí que asesores de la Casa Blanca describan a un presidente que “no ha decidido aún si atacará, y podría no hacerlo nunca… o decidirlo mañana por la mañana”. La consecuencia es clara: máxima volatilidad estratégica en función del estado de ánimo presidencial.

Teherán entre el victimismo y la ventana de oportunidad

Del lado iraní, la reacción combina amenazas y mensajes calibrados. Jamenei ha advertido de que cualquier ataque directo contra su persona o contra la cúpula política provocaría “daños irreparables” a intereses estadounidenses en la región, en un momento en que Irán ya ha demostrado capacidad para golpear bases y barcos norteamericanos.

Al mismo tiempo, Teherán intenta explotar el relato del victimismo: denuncia sanciones “ilegales”, presenta las protestas internas —que han dejado al menos 7.000 muertos, según algunas estimaciones independientes— como complots extranjeros, y contrasta esas cifras con el número de víctimas exagerado por Trump, que llegó a hablar de 32.000 manifestantes asesinados. Este hecho revela la batalla paralela por controlar la percepción internacional del conflicto.

Sin embargo, el propio régimen admite que necesita aliviar la presión económica. La economía iraní ha sufrido años de sanciones, inflación de dos dígitos y una caída estructural de la inversión extranjera. La promesa de un alivio parcial —por ejemplo, permitiendo exportaciones adicionales de crudo o descongelando parte de los activos bloqueados— podría convertirse en un incentivo real para aceptar un acuerdo nuclear más restrictivo que el firmado en 2015. La cuestión es si esa ventana se cerrará antes de que alguien apriete el botón equivocado.

El estrecho de Ormuz y el susto de los mercados energéticos

Donde el conflicto se convierte en negocio de alto riesgo para todo el planeta es en el estrecho de Ormuz. La última ronda de maniobras iraníes ya ha incluido el cierre temporal de partes de esta vía marítima, elevando el tono frente a Estados Unidos y sus aliados.

Por ese paso de apenas 33 kilómetros de ancho transita alrededor del 20 % del petróleo consumido en el mundo, unos 20 millones de barriles diarios, además de cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. Cualquier interrupción sostenida de esos flujos dispararía el precio del Brent, con efectos inmediatos sobre la inflación, el coste del transporte y la competitividad industrial en Europa y Asia.

Los mercados ya han reaccionado a los primeros cierres parciales y a los ejercicios de fuego real con repuntes puntuales de varios dólares por barril. El contraste con la década pasada, en la que el riesgo geopolítico se percibía como un ruido de fondo, es contundente: hoy la posibilidad de un error de cálculo que deje fuera del mercado a más de 11 millones de barriles diarios de crudo del Golfo se contempla como un escenario plausible.