La carta al primer ministro vincula el desplante del Comité Nobel con amenazas arancelarias y la exigencia de “control total” de la isla ártica

Trump castiga a Noruega y exige controlar Groenlandia tras perder el Nobel

EPA/SAMUEL CORUM

La nueva crisis entre Washington y Europa ha estallado con una carta de apenas un folio y varias frases subrayadas en rojo en las cancillerías europeas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha comunicado por escrito al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, que ya no se siente obligado a “pensar puramente en la paz” después de que Noruega no le otorgara el Premio Nobel de la Paz, y que a partir de ahora priorizará los intereses estadounidenses, empezando por lograr el “control completo y total de Groenlandia”.

La misiva, filtrada por el corresponsal de PBS Nick Schifrin y confirmada por Oslo, vincula de forma directa el desplante del Comité Nobel noruego con una batería de amenazas: nuevos aranceles de hasta el 25% a ocho países europeos y una escalada de presión sobre Dinamarca para forzar una cesión de soberanía sobre la isla ártica.

El episodio llega, además, pocos días después de que la opositora venezolana María Corina Machado, laureada con el Nobel de la Paz de 2025, entregara simbólicamente su medalla a Trump, gesto que obligó a la institución a recordar que el premio “no puede transferirse, ni siquiera de forma simbólica”.

La combinación de agravio personal, ambición territorial y amenaza comercial dibuja un escenario explosivo en el Ártico y en las relaciones transatlánticas, con Groenlandia convertida en epicentro de un pulso que ya inquieta a la OTAN, a los mercados y a las capitales europeas.

Una carta que rompe los códigos diplomáticos

La carta de Trump a Jonas Gahr Støre se ha interpretado en Europa como una ruptura explícita de los códigos básicos de la diplomacia occidental. El texto, divulgado por Schifrin, arranca con un “Querido Jonas” y continúa con una queja nada habitual en la correspondencia entre jefes de Gobierno:

“Considerando que su país decidió no concederme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras PLUS, ya no siento la obligación de pensar puramente en la paz (…) puedo ahora pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos de América”.

La frase clave llega en el tramo final, cuando el presidente vincula directamente esa nueva “libertad” con la cuestión de Groenlandia: “El mundo no está seguro a menos que tengamos control completo y total de Groenlandia, remacha, antes de agradecer con un lacónico “Thank you! President DJT”.

Lo que en otras épocas habría quedado como una anécdota excéntrica se convierte, en el contexto actual, en una pieza más de un conflicto en marcha: Washington ya ha amenazado con elevar aranceles al 10% el 1 de febrero y hasta el 25% si no hay avances en su aspiración de adquirir la isla. La consecuencia es clara: la política exterior de la primera potencia se presenta condicionada, negro sobre blanco, por un agravio personal con un comité de premios con sede en Oslo.

Del Nobel frustrado a la “obligación” de pensar en la guerra

La obsesión de Trump con el Nobel de la Paz no es nueva, pero la carta a Støre supone un salto cualitativo. El presidente reivindica haber detenido “ocho guerras” desde su regreso a la Casa Blanca y presenta la negativa del comité como una injusticia histórica que le libera de la “carga” moral de la paz.

En paralelo, la venezolana María Corina Machado, premiada en 2025 por su resistencia al régimen de Nicolás Maduro, protagonizó una escena que ha alimentado el relato de Trump: durante una visita a la Casa Blanca, le entregó su medalla del Nobel como gesto de reconocimiento a su apoyo a la causa democrática en Venezuela.

La respuesta de la institución fue inusual por su contundencia. El Comité recordó que “el Nobel y el laureado son inseparables” y que “el premio no puede ser compartido ni transferido, ni siquiera simbólicamente”. El contraste con el relato presidencial resulta demoledor: mientras Trump intenta construir la imagen de un Nobel “moralmente suyo”, la fundación insiste en que el galardón ni se revoca ni se hereda.

Este hecho revela un problema de fondo: cuando el máximo responsable de la potencia militar dominante convierte un reconocimiento simbólico en variable explícita de su política exterior, la frontera entre prestigio personal y seguridad colectiva se difumina peligrosamente. Lo que debería ser un desacuerdo cultural o protocolario se convierte en argumento para justificar presión económica y reclamaciones territoriales en una de las zonas más sensibles del planeta.

Groenlandia como pieza central de la seguridad ártica

Detrás del choque retórico subyace un tablero geopolítico mucho más frío. Groenlandia es la isla más grande del mundo, con más de 2,1 millones de kilómetros cuadrados y apenas 57.000 habitantes, la mayoría inuit, y desde hace décadas es considerada un activo estratégico por Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea.

La isla es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, pero su defensa y política exterior siguen en manos de Copenhague. A través de un tratado de 1951, Washington ya opera una base esencial en Pituffik Space Base (antigua Thule), integrada en el escudo de alerta temprana de la OTAN y clave para el control de misiles y satélites en el hemisferio norte.

Trump, sin embargo, insiste en que esa presencia militar no basta. Desde su primer mandato, cuando ya planteó la posibilidad de “comprar” Groenlandia —propuesta entonces calificada de “absurda” por la primera ministra danesa Mette Frederiksen—, ha ido endureciendo su discurso hasta presentar la propiedad estadounidense de la isla como “absolutamente necesaria” para la seguridad global.

El diagnóstico es inequívoco: en la narrativa de Washington, Groenlandia ha dejado de ser un activo compartido dentro de la arquitectura de seguridad atlántica para convertirse en pieza de una doctrina expansionista que mezcla argumentos militares, comerciales y simbólicos. Para Europa, en cambio, ceder terreno en la isla equivaldría a abrir la puerta a una revisión de facto del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

Amenaza de aranceles: el frente económico del pulso

Si la carta al primer ministro noruego es el golpe simbólico, la verdadera palanca de presión está en el terreno económico. Trump ha anunciado un arancel del 10% a partir del 1 de febrero sobre importaciones procedentes de ocho aliados europeos —entre ellos Dinamarca, Noruega, Suecia, Alemania, Francia, Países Bajos, Finlandia y Reino Unido—, que podría subir al 25% en cuestión de meses si esos países continúan respaldando la negativa danesa a vender Groenlandia.

Según cálculos internos de la UE, la amenaza afecta potencialmente a bienes por valor de unos 93.000 millones de euros, desde automóviles y productos químicos hasta maquinaria industrial y bienes de consumo. El contraste con la retórica oficial de Washington es evidente: se castiga precisamente a los socios que participan con tropas y medios en maniobras de la OTAN en Groenlandia, diseñadas —en teoría— para reforzar la defensa colectiva.

Para las economías europeas, el riesgo es doble. Por un lado, un nuevo ciclo de medidas y contramedidas arancelarias llegaría en un momento de crecimiento anémico, con Alemania rozando la recesión técnica y España apoyándose en el tirón del turismo y los servicios. Por otro, enviar la señal de que cualquier operación militar alineada con la OTAN puede convertirse en arma arancelaria abre la puerta a un clima de inseguridad jurídica en el comercio transatlántico que difícilmente atraerá inversión.

La experiencia de la guerra de aranceles de 2018–2019 sobre acero, aluminio y automóviles dejó ya cicatrices profundas en los sectores exportadores europeos. Repetir el guion con Groenlandia como excusa supondría institucionalizar el uso de la tarifa como herramienta de presión política rutinaria.

Reacción europea: de la incredulidad a la “bazuca” comercial

La reacción en Europa ha oscilado entre la incredulidad inicial y la preparación acelerada de una respuesta coordinada. Gobiernos como el francés y el alemán han calificado las amenazas de Trump de “chantaje” y han abierto la puerta a activar el llamado instrumento anti-coerción de la UE, conocido en Bruselas como la “bazuca” comercial, que permite responder con medidas equivalentes a prácticas consideradas abusivas.

Los embajadores de los Veintisiete se han reunido de urgencia para analizar un menú de represalias que incluiría aranceles espejo sobre productos estadounidenses de alto valor añadido —desde aeronáutica hasta tecnología— si la Casa Blanca lleva sus amenazas más allá del papel. En paralelo, el Reino Unido, ya fuera de la UE pero directamente afectado, ha advertido de un posible impacto de hasta 6.000 millones de libras anuales en su economía si los aranceles llegaran al 25%, según estimaciones preliminares citadas por la prensa británica.

El contraste con otras crisis recientes resulta elocuente. Mientras la UE mantuvo una posición fragmentada en los primeros compases de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, en el caso de Groenlandia los Estados miembros se han alineado rápidamente detrás de Dinamarca y de las autoridades groenlandesas, que insisten en el derecho de la isla a decidir su futuro y reiteran que “Groenlandia no está en venta”.

La consecuencia es clara: el pulso por Groenlandia está reforzando, de forma paradójica, la idea de una Europa más unida en defensa de su soberanía económica y territorial, incluso cuando el adversario ya no es Moscú o Pekín, sino su tradicional aliado al otro lado del Atlántico.

El papel de Noruega y la independencia del Comité Nobel

En medio de la tormenta, el Gobierno noruego se esfuerza por separar dos planos que Trump ha decidido mezclar. Støre ha recordado públicamente al presidente estadounidense lo que en Oslo se considera una obviedad: el Premio Nobel de la Paz no lo otorga el Ejecutivo noruego, sino un comité independiente, y Noruega no interviene en la selección de laureados.

“He explicado en varias ocasiones al presidente lo que es bien conocido: se trata de un comité independiente, no del Gobierno noruego”, ha señalado el primer ministro en una declaración enviada a varios medios internacionales. La reiteración muestra hasta qué punto el Ejecutivo se ve arrastrado a una polémica que formalmente no le corresponde, pero cuyas consecuencias diplomáticas sí tendrá que gestionar.

Al mismo tiempo, la Fundación Nobel emitió un recordatorio nada inocente: “El galardón no puede revocarse ni transferirse a otra persona. La decisión es definitiva para siempre”. Es una forma elegante de desautorizar tanto la narrativa de Trump —que se presenta como merecedor “natural” del premio— como la teatralidad del gesto de Machado.

El caso subraya la importancia de preservar la autonomía de las instituciones internacionales frente a la instrumentalización política. Si el mensaje que queda es que un comité de cinco miembros en Oslo puede desencadenar aranceles contra medio continente o presiones territoriales en el Ártico, el riesgo de que otros líderes utilicen premios, foros o cumbres como palanca de presión se multiplica.

Mercados en alerta ante un nuevo capítulo de incertidumbre

Las primeras reacciones de los mercados han sido inmediatas. El precio del oro —valor refugio por excelencia— llegó a subir en torno a un 1,6% hasta marcar nuevos máximos históricos, impulsado por el temor a una escalada arancelaria entre Estados Unidos y Europa y por el ruido geopolítico en el Ártico.

En paralelo, los valores de defensa europeos han registrado avances significativos ante la expectativa de mayores presupuestos militares y un refuerzo de la presencia en el norte del Atlántico, mientras que sectores cíclicos como el automóvil, el lujo y parte de la industria manufacturera han sufrido ventas ante la posibilidad de convertirse en objetivo prioritario de la Casa Blanca.

Para las bolsas europeas, la secuencia recuerda peligrosamente a otros episodios de “diplomacia arancelaria”, pero con un componente adicional: el cuestionamiento abierto del paraguas de seguridad de la OTAN en un territorio, Groenlandia, que ya aloja infraestructuras críticas estadounidenses. La percepción de que el riesgo político procede ahora también de Washington, y no solo de Moscú o Pekín, obliga a recalibrar estrategias de cobertura de riesgo país y exposición sectorial.

En este contexto, no es casual que algunos analistas comiencen a hablar de un “nuevo régimen de volatilidad estructural”, impulsado por decisiones unipersonales y mensajes lanzados en redes sociales que se traducen, casi en tiempo real, en movimientos de miles de millones en los mercados de divisas, materias primas y deuda soberana.

De la negociación discreta al choque frontal

A corto plazo, todos los actores parecen tener incentivos para evitar que el conflicto por Groenlandia y el Nobel desemboque en una ruptura abierta. Dinamarca y Noruega insisten en el canal diplomático, ofreciendo discutir una ampliación de la presencia militar estadounidense en la isla —dentro del marco de la OTAN y sin cesión de soberanía—, mientras que varios socios europeos presionan para que la UE active su “bazuca” comercial solo si los aranceles se materializan.

Sin embargo, el margen para el compromiso es estrecho. Trump ha vinculado ya su reputación personal —y su narrativa de “pacificador” injustamente tratado por el comité de Oslo— a un objetivo maximalista: propiedad plena de Groenlandia. Renunciar sin contrapartida visible podría percibirse como una derrota interna. Del otro lado, ceder siquiera la impresión de que Europa acepta negociar territorio a cambio de rebajas arancelarias sería políticamente tóxico en casi todas las capitales.

En ese contexto, los próximos hitos —la entrada en vigor del primer tramo de aranceles, la cumbre extraordinaria de la UE, las reuniones de la OTAN y del G7— marcarán si el episodio se reconduce hacia una negociación discreta o si se consolida como nuevo frente estructural en la relación transatlántica.

Lo más grave, para muchos diplomáticos europeos consultados por medios internacionales, no es solo el contenido de la carta, sino el precedente: que el presidente de Estados Unidos ponga por escrito que ya no se siente obligado a “pensar puramente en la paz” porque un comité independiente no le ha premiado. Si esa lógica se normaliza, el efecto dominó puede ir mucho más allá del hielo de Groenlandia.