Machado entrega su Nobel de la Paz a Trump
La imagen es potente: la líder opositora venezolana María Corina Machado, flamante Nobel de la Paz 2025, entregando su medalla de oro a Donald Trump en el Despacho Oval, apenas dos semanas después de que el presidente ordenara la operación militar que acabó con la captura de Nicolás Maduro. El gesto, presentado por ambos como un acto de “mutuo respeto”, ha desatado una tormenta política y diplomática que va mucho más allá del simbolismo. Mientras Trump agradece en Truth Social que Machado le haya “presentado” el premio, el Comité Nobel se ha visto obligado a recordar que el galardón no puede revocarse, compartirse ni transferirse.
Lo que a primera vista parece una escena de gratitud personal es, en realidad, una jugada de alto riesgo: para Machado, que ve cómo se difumina su papel en la transición venezolana; para Trump, que explota el gesto en plena crisis interna; y para las instituciones internacionales, obligadas a blindar su propia credibilidad. El resultado es un triángulo incómodo entre Oslo, Caracas y Washington que deja expuesta la fragilidad de la democracia venezolana y el apetito del trumpismo por apropiarse de símbolos globales de legitimidad.
Un gesto sin precedentes entre Oslo y Washington
La secuencia temporal es clave. El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses capturan a Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladan a Nueva York, donde queda a disposición de la justicia norteamericana. Con el dictador fuera de escena tras casi 13 años en el poder, el tablero venezolano se reconfigura a gran velocidad.
Doce días después, el 15 de enero, Machado atraviesa las puertas de la Casa Blanca para su primera reunión cara a cara con Trump. A la salida, asegura que ha “presentado” su medalla del Nobel al presidente como reconocimiento a su “compromiso único” con la libertad de Venezuela. Horas más tarde, Trump confirma el gesto en Truth Social: Machado le habría entregado “su Nobel de la Paz por el trabajo que he hecho”, calificando el acto de “maravilloso gesto de mutuo respeto”.
La medalla aparece después en una fotografía oficial, enmarcada en oro, con una dedicatoria al presidente estadounidense “en nombre del pueblo venezolano”. De inmediato, la pregunta se impone: ¿puede un Nobel “pasar” de una persona a otra? ¿Qué significa que el símbolo físico del premio esté colgado ahora en la pared de quien ordenó la intervención militar?
Una medalla, 11 millones de coronas y una regla inviolable
El Premio Nobel de la Paz 2025 fue concedido a María Corina Machado por su “valentía civil extraordinaria” en la lucha contra el régimen de Maduro. El galardón incluye la medalla de oro, el diploma y una dotación económica de 11,1 millones de coronas suecas —unos 950.000 euros—. Pero, sobre todo, otorga un título: el de laureada, que según los estatutos del Comité Noruego es indeleble e intransferible.
La respuesta desde Oslo ha sido inmediata. En los últimos días, tanto el Instituto Nobel como el Comité han reiterado públicamente que el premio “no puede ser revocado, compartido ni transferido” y que las decisiones son “finales para siempre”. En otras palabras: Machado puede regalar, prestar o subastar la medalla —como ya han hecho otros laureados a lo largo de la historia—, pero eso no convierte a Trump en Nobel de la Paz ni de facto ni de iure.
Lo más relevante es el choque entre dos lógicas: la del poder político, que opera con gestos visuales y titulares, y la de las instituciones multilaterales, que se sostienen en reglas escritas y precedentes. El episodio obliga al Comité Nobel a defender no sólo un objeto, sino la credibilidad de más de un siglo de decisiones que han intentado mantener una cierta coherencia moral, por discutible que haya sido en ocasiones.
La apuesta arriesgada de Machado tras la caída de Maduro
Para Machado, la operación tiene una lectura defensiva. La líder opositora, que habría ganado las presidenciales de 2024 según los recuentos de la propia oposición, vio cómo su expectativa de ser reconocida como presidenta legítima se desvanecía cuando Trump decidió respaldar como jefa de Estado interina a Delcy Rodríguez, la exvicepresidenta del chavismo.
Ese movimiento dejó a Machado en una posición frágil: distinguida en Oslo, pero relegada en Caracas. El Nobel consolidó su imagen internacional, pero empeoró su relación con un Trump que, según diversas crónicas, llevaba años soñando con escuchar su propio nombre en la ceremonia de Oslo. En este contexto, entregar la medalla puede leerse como una tentativa desesperada por recuperar influencia en la Casa Blanca.
Fuentes diplomáticas consultadas por medios estadounidenses describen el gesto como un “sacrificio calculado”: Machado habría renunciado al símbolo más poderoso de su trayectoria para tratar de reabrir la vía que conduce al reconocimiento como líder de una transición democrática. El diagnóstico es inequívoco: en un país devastado económicamente y polarizado políticamente, la oposición compite no sólo por el poder interno, sino por la atención y el favor de Washington.
Trump, el Nobel codiciado y la batalla del relato
Trump lleva años utilizando el Nobel como termómetro de su propio estatus global. Durante su primer mandato ya llegó a sugerir que merecía el premio por acercamientos con Corea del Norte o acuerdos en Oriente Medio. Ahora, en su regreso a la Casa Blanca, la medalla de Machado le ofrece algo que nunca tuvo: una imagen física de sí mismo junto a un símbolo universal de paz.
En su mensaje en Truth Social, el presidente no aclara si la medalla pasa a formar parte de su patrimonio ni si piensa devolverla. Lo importante es el relato: “me ha presentado su Nobel por el trabajo que he hecho”. La frase convierte la intervención militar en Venezuela —controvertida dentro y fuera del país— en un acto reconocido y legitimado por la propia víctima de la dictadura.
El contraste con otros frentes de su presidencia resulta demoledor. Mientras se fotografía con un Nobel ajeno, Trump afronta en Estados Unidos protestas masivas por la actuación de agentes de inmigración, amenazas de invocar la Ley de Insurrección y demandas de la ACLU por presuntos abusos de poder. El mensaje a su base, sin embargo, es claro: el mundo le reconoce y los “enemigos internos” intentan frenarlo.
Oslo marca líneas rojas: el precedente que no quieren abrir
El movimiento de Machado obliga al ecosistema Nobel a reaccionar con rapidez. A diferencia de otros casos en los que las medallas han sido vendidas o donadas —como la de Ernest Hemingway, entregada a la Iglesia en Cuba y posteriormente robada y devuelta—, aquí hay un componente político inmediato: la entrega al jefe de Estado que ordena una intervención militar en el país del laureado.
Por eso el mensaje desde Noruega es tan tajante. La organización acepta que “una medalla puede cambiar de dueño”, pero subraya que el título de laureado pertenece siempre a la persona nombrada, viva o muerta. Ceder en este punto abriría la puerta a situaciones explosivas: gobiernos comprando símbolos de legitimidad internacional, líderes autoritarios presionando a disidentes premiados, o incluso operaciones financieras alrededor de un “mercado” de premios Nobel.
El episodio refuerza así la necesidad de que las instituciones multilaterales reaccionen ante la instrumentalización política de sus símbolos. Si el Comité Nobel se hubiera limitado al silencio, el relato visual —Trump con la medalla, Machado aplaudiendo— habría bastado para erosionar, en la práctica, el sentido del premio sin cambiar una línea de su reglamento.
Venezuela entre la gratitud y la desconfianza
En el interior de Venezuela, el gesto provoca una fractura adicional en una sociedad ya exhausta. Encuestas citadas por analistas locales sitúan en torno al 60 % el apoyo a la intervención internacional que acabó con la captura de Maduro, pero más del 55 % de los consultados considera que Washington está marcando en exceso el ritmo de la transición. (Datos estimativos basados en sondeos recientes divulgados por medios regionales).
Para buena parte de la población, Machado sigue siendo el símbolo de la resistencia al chavismo. Pero entregar la medalla —sin consulta previa, sin debate público, sin siquiera aclarar el destino definitivo del galardón— alimenta la impresión de que el futuro político del país se sigue negociando en despachos lejanos. La consecuencia es clara: la oposición corre el riesgo de aparecer, de nuevo, dividida y subordinada.
En ese contexto, la figura de Delcy Rodríguez como presidenta interina, avalada por Trump pese a su pasado en el corazón del régimen, añade otra capa de incertidumbre.¿Es la transición un proceso de reconstrucción democrática o una operación de tutela geopolítica en la que los venezolanos vuelven a ser figurantes?
El efecto en la política exterior de Estados Unidos
Para Washington, el episodio llega en un momento delicado. La intervención en Venezuela ha sido presentada por la Casa Blanca como un éxito estratégico limitado, respaldado por aliados regionales y orientado a restaurar la democracia. Pero la imagen de Trump aceptando —y en la práctica, presumiendo de— un Nobel ajeno complica el discurso.
En el ámbito interno, sus críticos señalan la contradicción entre esa búsqueda de legitimidad moral y la dureza de su agenda migratoria, especialmente visible en estados como Minnesota, donde la actuación de agentes migratorios y del ICE ha provocado protestas masivas, uso de gases lacrimógenos y denuncias por perfil racial.
En el exterior, socios europeos observan con inquietud la creciente tendencia del trumpismo a reescribir símbolos: desde la OTAN hasta el propio concepto de derechos humanos. El caso Machado-Nobel-Trump se convierte así en un test de estrés para las relaciones transatlánticas y para la capacidad de Europa —y de organismos como el Instituto Nobel— de marcar límites claros frente a la presión del poder estadounidense.

