Trump envía un segundo portaaviones de 13.000 millones hacia Irán
La decisión ya está tomada: Washington redirigirá el portaaviones USS Gerald R. Ford desde el Caribe hacia Oriente Medio para sumarse al grupo de combate de la USS Abraham Lincoln ante un posible choque con Irán, según avanzan medios estadounidenses que citan a varios altos cargos del Pentágono. La maniobra prolongará una misión que ya era inusualmente larga: la flota no regresará a sus bases en la Costa Este al menos hasta finales de abril o principios de mayo. Al frente de esta escalada se sitúa Donald Trump, que en los últimos días ha deslizado públicamente que prepara “algo muy duro” si fracasan las negociaciones nucleares con Teherán y ha llegado a compartir en redes sociales un artículo del Wall Street Journal titulado, sin matices, “Pentagon Prepares Second Aircraft Carrier to Deploy to the Middle East”.
Un giro abrupto en la estrategia naval de Washington
El despliegue de la USS Gerald R. Ford, el mayor buque de guerra jamás construido, supone un giro respecto a los planes iniciales de la propia Armada, que hasta hace apenas unas semanas defendía reducir la dependencia de los grandes portaaviones en misiones de “policía” en zonas como el Caribe. La Ford había sido enviada a esa región para liderar la operación contra el régimen de Nicolás Maduro y apoyar la lucha contra el narcotráfico, dejando a Oriente Medio con una presencia naval más limitada justo en el pico de las protestas en Irán.
Ahora, el Pentágono Pentágono rectifica aceleradamente. Según filtraciones recogidas por el New York Times y el Wall Street Journal, el equipo de seguridad nacional ha ordenado a la Ford y a su grupo de combate “reposicionarse” hacia Oriente Medio para reforzar a la USS Abraham Lincoln, ya desplegada en la región junto a varios destructores lanzamisiles. El diagnóstico es inequívoco: la Casa Blanca quiere que Teherán vea, en tiempo real, el coste potencial de romper la baraja nuclear.
Este movimiento llega tras varios días de mensajes calculadamente ambiguos de Trump, que en entrevistas con medios israelíes y árabes ha señalado que baraja enviar “otro portaaviones” como seguro adicional si Irán se niega a aceptar límites verificables a su programa atómico. De la hipótesis se ha pasado ya a la orden operacional.
Un superportaaviones de récord y una misión extendida
La USS Gerald R. Ford es el buque insignia de la nueva clase de portaaviones estadounidenses: desplaza en torno a 100.000 toneladas, puede embarcar más de 70 aeronaves y ha requerido una inversión de unos 13.300 millones de dólares, lo que la convierte en el navío militar más caro de la historia. Su dotación, incluidos los aviadores, ronda los 4.500 efectivos, a los que hay que sumar las tripulaciones de los destructores y fragatas que la escoltan.
La Ford llevaba meses encadenando misiones en el Mediterráneo y el Caribe, donde participó en la captura de un petrolero venezolano sospechoso de violar sanciones y en operaciones de presión sobre el régimen de Caracas. El plan original era devolverla a su puerto base en Norfolk esta primavera, pero la crisis con Irán ha cambiado las prioridades: la tripulación verá prolongado su despliegue al menos dos o tres meses sobre lo previsto, una carga adicional sobre unas Fuerzas Armadas que ya acumulan años de sobreextensión.
Lo más grave, según fuentes navales citadas por la prensa estadounidense, es que esta prórroga se produce mientras la Armada intenta redefinir su doctrina hacia fuerzas más ligeras y dispersas, con mayor uso de drones y barcos pequeños. La decisión política, sin embargo, va en la dirección opuesta: nada proyecta tanto poder como un superportaaviones nuclear llegando al Golfo.
El mensaje a Irán y a los aliados de la región
La lectura en Teherán es evidente. Con dos portaaviones en la zona, Irán sabe que la capacidad de ataque aéreo de Estados Unidos se multiplica: cada grupo puede sostener del orden de 120 a 150 salidas de combate diarias en caso de conflicto sostenido, según estimaciones de think tanks militares. A esto se suman submarinos, destructores con misiles de crucero y aviones de reabastecimiento basados en tierra.
En paralelo, Trump ha elevado el tono sobre el programa nuclear iraní y ha deslizado la posibilidad de atacar no sólo instalaciones atómicas, sino también arsenales de misiles balísticos y bases de milicias aliadas de Teherán en la región. “O cerramos un acuerdo o tendremos que hacer algo muy duro, como la última vez”, habría afirmado en privado a un medio portugués, en referencia a las operaciones de 2025 en Yemen y los bombardeos selectivos sobre Siria e Irak.
El contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras el Caribe verá reducida la presencia de grandes buques —pese a que la Ford lideraba allí la mayor acumulación naval estadounidense en 30 años—, Oriente Medio recupera el foco absoluto. El mensaje no va sólo dirigido a Irán: Arabia Saudí, Emiratos, Israel y los mercados energéticos globales leen en clave de garantía esta nueva “armada”, aunque todos son conscientes de que también aumenta el riesgo de error de cálculo.
El coste millonario de la presión militar
Detrás de cada movimiento de esta escala hay una factura. Diversos estudios sitúan el coste operativo diario de un grupo de portaaviones estadounidense entre 6 y 8 millones de dólares, incluyendo combustible para escoltas y aeronaves, mantenimiento y salarios. Mantener dos grupos aeronavales en el entorno del Golfo podría suponer fácilmente más de 400 millones de dólares al mes, sin contar munición real en caso de ataques.
En un año, el presupuesto necesario para sostener un despliegue de este tipo se mueve en la banda de los 3.000 a 5.000 millones, cifras equivalentes al gasto anual de defensa de países medianos europeos. Este hecho revela hasta qué punto la Administración TrumpAdministración Trump está dispuesta a absorber un coste fiscal significativo con tal de reforzar la posición negociadora frente a Teherán y, de paso, enviar una señal de firmeza a aliados y rivales.
La apuesta no está exenta de críticas internas. Mientras la inflación y el coste de la vida siguen golpeando a las rentas medias en Estados Unidos, sectores demócratas y parte del ala libertaria republicana alertan del riesgo de embarcarse en otra campaña de presión militar de duración indefinida. Sin embargo, por ahora la Casa Blanca ha logrado presentar este despliegue como un “seguro” para evitar una guerra mayor, no como un preludio inevitable de la misma.
Precedentes de doble portaaviones en Oriente Medio
No es la primera vez que Washington recurre a la carta del “doble portaaviones” en Oriente Medio. En 2025, los buques Harry S. Truman y Carl Vinson coincidieron durante semanas en la región en plena campaña de bombardeos contra los hutíes en Yemen y para garantizar la seguridad del tráfico comercial en el mar Rojo y el Golfo de Adén. Años antes, en las crisis con Irán de finales de la década de 2010, episodios similares se utilizaron para acompañar olas de sanciones económicas.
Los analistas recuerdan que, en la práctica, estos despliegues cumplen una doble función: operativa —incrementan la capacidad de ataque y de defensa— y psicológica —refuerzan la percepción de compromiso estadounidense con la región—. Pero la experiencia demuestra también que un mayor número de medios navales no garantiza por sí mismo el éxito de los objetivos políticos. En Yemen, por ejemplo, la guerra se empantanó pese al abrumador dominio marítimo y aéreo de la coalición liderada por Riad.
Lo que sí está claro es que el envío de la Ford reconfigura, una vez más, el tablero global: recursos que hasta ahora se destinaban a contener a Rusia en el Atlántico Norte o a China en el Indo-Pacífico vuelven a desviarse hacia el eterno foco de inestabilidad del Golfo. La consecuencia estratégica es un reparto más fino de unas capacidades navales que, pese a su volumen, no son infinitas.
El Estrecho de Ormuz, un cuello de botella para la economía mundial
El epicentro de esta partida sigue siendo el Estrecho de OrmuzEstrecho de Ormuz. Por esta franja de apenas 40 kilómetros de ancho transita cerca de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y alrededor del 20% del comercio global de gas natural licuado, según la Agencia Internacional de la Energía y la Administración de Información Energética de Estados Unidos.
Cualquier indicio de tensión se traslada de inmediato a los mercados. En los últimos días, las simples advertencias de Washington a los buques con bandera estadounidense para que eviten aguas iraníes en el Golfo de Omán y el propio Ormuz han bastado para elevar el Brent por encima de los 69 dólares por barril, con subidas diarias superiores al 1,5%. Un incendio en este paso marítimo, incluso accidental, tendría un impacto inmediato sobre la inflación global, y particularmente sobre las economías europeas y asiáticas, mucho más dependientes del crudo importado que Estados Unidos.
Desde Teherán, las amenazas de cerrar el estrecho se han convertido en un clásico de cada crisis. Pero los expertos recuerdan que el país también vive de esas exportaciones: una clausura prolongada dañaría tanto o más a la economía iraní que a sus rivales. De ahí que muchos analistas vean el actual despliegue estadounidense como un intento de blindar el comercio energético y no sólo como preparación para una ofensiva militar.
Riesgos de escalada y margen de error
Un aumento tan intenso de la presencia militar en un espacio tan reducido como el Golfo Pérsico entraña riesgos evidentes. A los buques estadounidenses y aliados se suman las lanchas rápidas de los Guardianes de la Revolución iraníes, los drones y misiles antibuque desplegados en la costa y las capacidades asimétricas de milicias aliadas de Teherán en Irak, Siria o el Líbano.
El historial reciente es elocuente: abordajes de petroleros, drones derribados, ataques con misiles a instalaciones petroleras saudíes y respuestas cibernéticas en cadena. Cuantos más activos militares se concentran, mayor es la probabilidad de que un incidente táctico se convierta en crisis estratégica. El propio alto mando de la Marina estadounidense ha advertido en los últimos meses del desgaste de las tripulaciones por despliegues prolongados, un factor que incrementa la posibilidad de fallos humanos.
En este contexto, la combinación de presión militar y negociación diplomática que propone Trump es un ejercicio de equilibrio delicado. “Preferimos un acuerdo a una guerra, pero no iremos desarmados a la mesa”, resumen fuentes próximas al Consejo de Seguridad Nacional citadas por la prensa estadounidense. El margen de error, con dos superportaaviones en la zona, será mínimo.