Trump filtra un SMS de Macron y eleva la guerra por Groenlandia
La nueva batalla de Donald Trump con Europa no se libra solo en los despachos, sino también en su red social. El presidente de Estados Unidos ha hecho público un mensaje privado de Emmanuel Macron en el que el francés admite coincidencias en Irán y Siria, pero afirma que «no entiende» lo que Washington está haciendo en Groenlandia. A renglón seguido, Trump amenaza con aranceles del 200% al vino y el champán franceses y presume de haber mantenido una «muy buena» conversación con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre el futuro del territorio ártico. El resultado es un cóctel explosivo: una ofensiva estadounidense para hacerse con el control de una región estratégica, una Francia que se resiste a avalar el nuevo ‘Board of Peace’ de Trump para Gaza y una Unión Europea que convoca una cumbre de urgencia en Bruselas ante la amenaza de nuevos aranceles vinculados a Groenlandia.
Un mensaje privado hecho público
El episodio nace de un pantallazo. Trump publica en Truth Social la captura de un intercambio de mensajes con Emmanuel Macron. En él, el presidente francés le propone organizar una cumbre del G7 en París este jueves, al término del Foro Económico Mundial de Davos, e incluso le invita a cenar. Pero, sobre todo, le lanza un dardo político: dice compartir la posición de Washington en Siria y en Irán, aunque confiesa que «no entiende lo que estás haciendo en Groenlandia».
La filtración rompe una regla básica de la diplomacia: la privacidad entre jefes de Estado. Lo más grave es que se produce en plena escalada, con una crisis específica sobre Groenlandia ya bautizada como “Greenland crisis”, ejercicios militares de la OTAN en la zona y amenazas de sanciones cruzadas entre Washington y las capitales europeas.
El contraste con otros momentos de tensión transatlántica resulta demoledor: si en las guerras arancelarias anteriores las discusiones se canalizaban por la vía técnica —funcionarios, comisarios, paneles de la OMC—, ahora el detonante es un mensaje de móvil difundido al mundo por el propio presidente de Estados Unidos. La consecuencia es clara: cada gesto se lee ya en clave de presión pública, no de negociación discreta.
Groenlandia, nueva obsesión estratégica de Washington
Desde su primer mandato, Trump ha convertido Groenlandia en un símbolo: un territorio que Estados Unidos “tiene que tener” por razones de seguridad nacional. El argumento oficial combina tres elementos: el deshielo que abre nuevas rutas marítimas, la presencia de minerales críticos y el valor militar de controlar el Ártico frente a Rusia y China.
En su último mensaje, el presidente ha repetido que «no hay marcha atrás» y que «todo el mundo está de acuerdo» en que Groenlandia es imperativa para la seguridad nacional y mundial. Al mismo tiempo, asegura haber mantenido una “muy buena” llamada con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, centrada precisamente en el futuro del territorio, y anuncia una reunión con “varias partes” en Davos para discutir el tema.
Sin embargo, el diagnóstico en Europa es inequívoco: la campaña para adquirir Groenlandia —por compra o, en el escenario más extremo, por la fuerza— se percibe como un desafío directo a la soberanía danesa y al corazón mismo de la OTAN. Copenhagen, apoyada por otras capitales, ha advertido de que un intento de anexión forzosa supondría el principio del fin de la Alianza Atlántica tal y como se conoce.
El ‘Board of Peace’, la alternativa trumpista a la ONU
El contexto es aún más complejo por la otra gran creación de Trump: el ‘Board of Peace’, un organismo internacional liderado por Estados Unidos cuyo objetivo formal es «promover la estabilidad y la paz duradera en zonas en conflicto». El Board nació al calor de la guerra de Gaza y cuenta con un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU para apoyar la reconstrucción y administración del enclave.
Trump preside el órgano y lo presenta como la herramienta eficaz frente a una ONU paralizada. Francia, sin embargo, ha decidido mantenerse al margen. En París se teme que el Board de facto desplace a Naciones Unidas y consagre una arquitectura paralela, diseñada en la Casa Blanca y con reglas definidas por Washington.
Lo más grave, a ojos de varias capitales europeas, es la forma de sumar adhesiones: Trump ha comenzado a vincular abiertamente la participación en el Board con el trato comercial de Estados Unidos, hasta el punto de amenazar a Francia con elevar al 200% los aranceles a sus vinos y champanes si Macron no se sienta a la mesa de su iniciativa para Gaza… y ahora también para Groenlandia.
El vino francés, rehén de una disputa geopolítica
Detrás del titular del “200% de arancel” hay un sector que ya vivió otra pesadilla similar con la anterior oleada de sanciones estadounidenses: el vino y los espirituosos franceses. Estados Unidos es el primer mercado exterior para el vino y los destilados de Francia, con exportaciones que en 2024 superaron los 2.300 millones de euros solo en vino y 3.800 millones si se suman espirituosos, según datos de la propia industria.
Un arancel del 200% no es solo un instrumento de presión diplomática: supondría encarecer de forma brutal los productos franceses, ceder cuota a competidores italianos, españoles o estadounidenses y poner en riesgo miles de empleos en regiones vitivinícolas clave. Las bodegas recuerdan que más del 70% del vino embotellado que importa Estados Unidos procede de la Unión Europea, y que el mercado norteamericano representa ya alrededor de un tercio del valor total del vino importado en el mundo.
El contraste con la invitación de Macron a cenar en París resulta casi irónico: el mismo producto que puede servir para sellar acuerdos diplomáticos se ha convertido en moneda de cambio en una guerra política por Groenlandia y por el control del nuevo Board of Peace.
Una UE entre la defensa y los 500.000 millones en comercio
La reacción europea no se ha hecho esperar. Los líderes de la UE han convocado una cumbre de urgencia en Bruselas para el jueves, centrada en dos frentes: la respuesta a la escalada sobre Groenlandia y la estrategia ante nuevas amenazas arancelarias de Washington.
La UE parte de una vulnerabilidad evidente: exporta a Estados Unidos bienes por más de 500.000 millones de euros al año, dentro de una relación económica que mueve alrededor de 1,5 billones de dólares anuales en bienes y servicios, la mayor del planeta. La consecuencia es clara: cualquier movimiento de Trump sobre aranceles —ya anunció un 30% general a productos europeos en 2025 y nuevas tasas del 10%-25% a países implicados en la defensa de Groenlandia— tiene un efecto inmediato sobre el crecimiento, la inflación y las cuentas públicas europeas.
El contraste con el mensaje oficial de la OTAN también es significativo. Mientras Rutte insiste en la necesidad de preservar la unidad aliada y de mantener Groenlandia en el marco del derecho internacional, Trump presenta el territorio como una pieza negociable más en su tablero personal. Entre ambas visiones, la UE intenta no quedar reducida al papel de simple receptor de decisiones tomadas en Washington.
Davos, Bruselas y una semana decisiva
La elección de Davos como escenario no es casual. Trump llegará al Foro Económico Mundial con la intención declarada de reunir a “las distintas partes” para hablar de Groenlandia, celebrar una sesión de su Board of Peace sobre Gaza e intensificar la presión sobre Dinamarca y sus aliados.
Al mismo tiempo, los mercados ya han empezado a descontar la posibilidad de un nuevo choque transatlántico. En las últimas horas, las bolsas globales han retrocedido, el dólar se ha debilitado y las rentabilidades del Tesoro estadounidense han repuntado, en buena medida por el miedo a una escalada de la crisis de Groenlandia y a una guerra comercial ampliada a sectores emblemáticos como el vino, el automóvil o el lujo europeo.
El diagnóstico es inequívoco: si Davos y Bruselas no ofrecen una salida razonable, el conflicto por un territorio de 56.000 habitantes puede desencadenar un choque económico de primer orden entre los dos grandes bloques occidentales, en un momento en que Europa sigue arrastrando el coste de la guerra de Ucrania y de la inflación energética.