Trump lanza ultimátum total a Irán y eleva el riesgo de guerra

La Casa Blanca exige el desmantelamiento nuclear y el fin del apoyo a milicias mientras Jamenei responde con un desafío abierto que tensiona todo Oriente Medio

EP_AYATOLA_JAMENEI
EP_AYATOLA_JAMENEI

En uno de los momentos más delicados de la última década en Oriente Medio, Donald Trump ha trazado una línea roja sin precedentes frente a Irán. El presidente de Estados Unidos ha exigido a Teherán que suspenda por completo el enriquecimiento de uranio, reduzca o destruya sus reservas y limite de forma drástica su arsenal de misiles balísticos. A ello se suma una condición política de enorme calado: el cese total del apoyo a grupos armados como Hezbolá, Hamás o los hutíes.
La respuesta no se ha hecho esperar. El Líder Supremo iraní, Alí Jamenei, ha adoptado una postura desafiante, prometiendo resistir las presiones externas y manteniendo la apuesta por la autonomía estratégica del país. El choque entre Washington y Teherán no es nuevo, pero el tono actual y el carácter de ultimátum elevan de forma notable el riesgo de error de cálculo. La comunidad internacional, desde la ONU hasta las capitales europeas, asiste a la escalada con una mezcla de inquietud y fatiga diplomática.

Un ultimátum que rompe los manuales diplomáticos

El comunicado de la Casa Blanca va mucho más allá de las habituales notas de preocupación. Washington exige la suspensión absoluta del enriquecimiento de uranio en suelo iraní, un requisito que, en la práctica, supondría vaciar de contenido cualquier programa nuclear civil propio. La Administración Trump demanda además la eliminación o reducción drástica de las reservas de uranio ya enriquecido, incluidas las de alto grado que, en el peor de los escenarios, podrían acercar al país al umbral de capacidad militar.

Lo más llamativo es el formato elegido: un mensaje presentado como ultimátum, con un plazo acotado —no detallado públicamente, pero que fuentes diplomáticas sitúan en “pocas semanas”— y acompañado de la amenaza de “consecuencias severas” si Teherán no cede. Este hecho revela una voluntad clara de marcar territorio frente a aliados y adversarios por igual. Para Estados Unidos, el programa iraní representa un riesgo “inminente” para la seguridad global; para Irán, el tono de Washington es la última prueba de que cualquier concesión será percibida como debilidad.

La ruptura con la lógica del pacto nuclear de 2015 (JCPOA), que limitaba niveles y cantidades de uranio enriquecido al 3,67% y a unas 300 toneladas en determinadas fases, deja ahora a las partes sin un marco mínimo compartido. En lugar de reglas verificables, el tablero se rige cada vez más por amenazas cruzadas y demostraciones de fuerza.

El programa nuclear en el centro de la tormenta

Detrás del ultimátum está el temor de que Irán acorte de forma significativa su “tiempo de ruptura”, es decir, el periodo necesario para obtener material fisionable suficiente para una bomba. Informes de inteligencia occidentales estiman que, con las actuales capacidades de centrifugado, ese tiempo podría haber bajado de un año a menos de seis meses si Teherán decidiera dar el salto definitivo.

Estados Unidos exige no solo congelar, sino retroceder en el programa: cerrar instalaciones clave, reducir el número de centrifugadoras activas —que algunas estimaciones sitúan por encima de las 10.000 unidades— y aceptar un régimen de inspecciones intrusivo. Para Teherán, estas condiciones equivalen a renunciar a una carta estratégica que lleva décadas construyendo como seguro frente a cambios de régimen o ataques externos.

La cuestión no es meramente técnica. El programa nuclear se ha convertido en un elemento de identidad nacional y de legitimidad interna para el régimen iraní. Presentar las centrifugadoras como símbolo de soberanía y progreso científico ha permitido al liderazgo encuadrar cualquier presión internacional como agresión. De ahí que un gesto de desmantelamiento total supondría, hacia dentro, un coste político enorme.

Misiles, drones y la guerra por delegación

El ultimátum de Trump no se detiene en el uranio. La Casa Blanca quiere poner coto al desarrollo de misiles balísticos de medio y largo alcance, un capítulo en el que Irán ha avanzado de forma notable en los últimos 15 años. Washington busca limitar tanto el alcance como el número de unidades, en un momento en que los misiles iraníes pueden superar los 2.000 kilómetros y alcanzar bases estadounidenses y ciudades de aliados regionales.

A esto se suma la proliferación de drones armados y misiles de crucero, tecnologías relativamente baratas con las que Teherán ha demostrado capacidad de golpear infraestructuras petroleras y objetivos militares sin asumir una escalada total. La exigencia de frenar estos desarrollos se combina con la petición de cortar el suministro de armas, financiación y entrenamiento a Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza o los hutíes en Yemen.

La estrategia de Washington es clara: si se debilita la red de milicias aliadas de Irán, se reduce su capacidad de “guerra por delegación” y se limita el margen de presión indirecta sobre Israel, Arabia Saudí o las rutas marítimas clave. Sin embargo, el impacto real de una hipotética renuncia iraní a esta red es incierto; para Teherán, estos grupos son su mecanismo de disuasión frente a enemigos mucho más poderosos en términos convencionales.

La respuesta de Jamenei: desafío y cálculo interno

Frente a las exigencias de Trump, Jamenei ha optado por la confrontación verbal. En su mensaje, el Líder Supremo ha rechazado lo que considera una “imposición humillante” y ha reiterado que Irán “no negociará bajo amenazas”. La respuesta no se limita al plano internacional: también está dirigida a una audiencia doméstica que espera firmeza.

“Nuestra independencia no está en venta, ni nuestra dignidad se negocia a cambio de promesas vacías”, habría afirmado en su intervención. La frase refleja el equilibrio que Jamenei intenta mantener: mostrarse lo bastante duro como para evitar críticas internas de sectores más radicales, pero sin cerrar del todo la puerta a la diplomacia si las condiciones cambian.

En el plano interno, el pulso con Estados Unidos sirve al régimen para reagrupar apoyos y desviar el foco de problemas económicos que han disparado el paro juvenil por encima del 20% y la inflación a tasas de doble dígito. Cada sanción adicional refuerza la narrativa de “resistencia” frente a un Occidente hostil, aunque el coste lo paguen empresas y ciudadanos.

El tablero regional: Israel, el Golfo y Europa en vilo

El endurecimiento del discurso tiene implicaciones directas en todo Oriente Medio. Israel, que considera un Irán nuclear una amenaza existencial, lleva años advirtiendo de que no permitirá bajo ningún concepto que Teherán cruce el umbral militar. El ultimátum de Washington puede interpretarse en Tel Aviv como una validación de esa línea roja, pero también como un recordatorio de que el tiempo se agota.

En paralelo, las monarquías del Golfo Pérsico observan con ambivalencia. Por un lado, celebran cualquier intento de frenar la influencia iraní, que compite con su propio liderazgo en el mundo musulmán. Por otro, temen que un conflicto abierto bloquee rutas clave como el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial.

Europa, dependiente aún en más de un 25% de sus importaciones energéticas de la región, asiste a la escalada con preocupación. Bruselas intenta mantener vivo un mínimo canal de diálogo, consciente de que una guerra abierta tendría efectos devastadores sobre los precios de la energía, la inflación y la ya frágil recuperación económica.

Riesgos de escalada y errores de cálculo

La historia reciente muestra que las crisis entre Estados Unidos e Irán rara vez siguen un guion previsible. Incidentes aparentemente menores —un ataque a un petrolero, un dron derribado, un proyectil lanzado por una milicia local— pueden desatar espirales de represalias difíciles de controlar. El problema de un ultimátum tan maximalista es que deja poco espacio para el término medio: o se aceptan las condiciones o se corre el riesgo de que cualquier gesto sea interpretado como provocación.

El escenario más peligroso es el de una escalada accidental. Un error de cálculo en el Golfo, un ataque de una milicia proiraní que Washington atribuya directamente a Teherán o una operación encubierta mal calibrada podrían llevar a un intercambio de golpes cada vez más intenso. En esa dinámica, las líneas rojas se difuminan y los incentivos para la contención se reducen.

Los analistas recuerdan que, incluso en los momentos más tensos de la Guerra Fría, Washington y Moscú mantenían canales discretos de comunicación para evitar incidentes irreversibles. En el caso de Estados Unidos e Irán, esos canales son hoy mucho más frágiles, lo que incrementa el riesgo.

La ONU y el espacio posible para la diplomacia

Ante este escenario, la ONU y las potencias europeas intentan reabrir espacios para la diplomacia. Las capitales del E3 —París, Berlín y Londres— se mueven entre la lealtad a Washington y el interés en evitar un conflicto que desestabilizaría todavía más su vecindad. Las propuestas pasan por recuperar parte del espíritu del JCPOA, introduciendo límites verificables pero sin exigir la capitulación total del programa nuclear iraní.

Una opción intermedia que se baraja en círculos diplomáticos sería fijar un techo técnico al programa —niveles de enriquecimiento por debajo del 5%, límites estrictos al número de centrifugadoras avanzadas— a cambio de un alivio gradual de sanciones. El problema es que el clima político actual, con un Trump que ha construido parte de su imagen sobre la firmeza frente a Irán y un Jamenei que basa su legitimidad en la resistencia, hace muy costoso cualquier gesto de flexibilidad.

Pese a todo, la experiencia muestra que incluso las crisis más enconadas acaban, tarde o temprano, en la mesa de negociación. La pregunta es cuántos episodios de tensión —y cuántas vidas y recursos— se habrán consumido antes de llegar a ese punto.

Lo que se juega el mundo en esta crisis

Aunque el pulso parezca lejano, sus consecuencias pueden sentirse en todo el planeta. Un deterioro grave de la situación tendría un impacto directo en los mercados energéticos, en la estabilidad de las rutas comerciales y en la seguridad de miles de soldados desplegados en la región bajo bandera estadounidense o de la OTAN.

Para Europa y, por extensión, para países como España, el riesgo es doble: un nuevo shock de precios del petróleo y del gas que reavive la inflación, y una posible oleada de inestabilidad política en países vecinos, desde el Mediterráneo hasta el Sahel, alimentada por el encarecimiento de la energía y los alimentos.

En última instancia, la cuestión de fondo va más allá de Irán y Estados Unidos. Lo que está en juego es si las grandes potencias son capaces de gestionar la proliferación nuclear y la seguridad regional mediante acuerdos imperfectos, o si se impone la lógica del ultimátum y la fuerza. Por ahora, el pulso entre Trump y Jamenei inclina la balanza hacia la confrontación. Pero la historia reciente demuestra que, cuando el polvorín está tan cargado, la verdadera fortaleza suele medirse en la capacidad de dar un paso atrás a tiempo.

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