Trump tensa las conversaciones con Irán y presume de que Warsh recortará los tipos de la Fed

Iran Nuclear Deal
Las negociaciones nucleares cambian de Estambul a Omán mientras la Casa Blanca redobla la presión sobre Teherán y presume de que Warsh recortará los tipos de la Fed

Las negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán siguen vivas, pero en modo montaña rusa. En cuestión de horas, los contactos previstos para este viernes pasaron de cancelados a confirmados, de Estambul a Mascate, y de un formato multilateral a un cara a cara bilateral en Omán. El anuncio lo hizo el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, que fijó incluso la hora: las 10.00 del viernes, en la capital omaní.
Al mismo tiempo, Donald Trump endurecía el tono contra el líder supremo iraní, Ali Jamenei, al que aseguró que “debería estar muy preocupado”, y enviaba un mensaje diáfano a los mercados: su candidato para presidir la Reserva Federal, Kevin Warsh, “no habría sido nominado si quisiera endurecer la política monetaria”.
El resultado es un cóctel delicado: negociación nuclear al filo del abismo, presión explícita sobre la Fed y un telón de fondo de protestas internas en Irán y tensiones en Oriente Medio con impacto directo en el petróleo, el dólar y los activos de riesgo.
Cada gesto en este triángulo —Teherán, Washington y la Fed— tiene el potencial de mover precios y reordenar expectativas en una economía global que ya navega con visibilidad limitada.

De Estambul a Mascate: una agenda que cambia sobre la marcha

El guion original contemplaba una reunión en Estambul este viernes, con observadores de varios países de la región y un formato pensado para enviar una señal de apertura al mercado. El martes por la noche, filtraciones a Axios adelantaban que las conversaciones se daban por canceladas, después de que Washington exigiera incluir en la agenda el programa de misiles balísticos, el apoyo iraní a milicias en la región y la represión de las protestas internas. Teherán se negó y el encuentro saltó por los aires.

Veinticuatro horas después, el tablero volvía a moverse. Araghchi anunciaba en X que las conversaciones “se celebrarán en Mascate alrededor de las 10.00 del viernes” y agradecía a “nuestros hermanos omaníes” por organizar la cita. El formato pasa ahora a ser estrictamente bilateral, sin terceros en la sala y con un mensaje inequívoco: Irán sólo está dispuesto a hablar de programa nuclear, no de misiles ni de política interior.

Este hecho revela hasta qué punto el proceso se ha vuelto táctico. El simple hecho de cambiar de sede, formato y relato en menos de 72 horas añade volatilidad a unas expectativas que los mercados energéticos siguen muy de cerca. A ojos de los traders, la diferencia entre una reunión cancelada y otra “en curso” puede suponer movimientos de varios dólares por barril en cuestión de minutos.

Misiles, protestas y la línea roja de Teherán

El choque de fondo no es logístico, es de contenido. Washington insiste en que el programa de misiles balísticos, el respaldo a milicias y la represión de las protestas formen parte de un paquete negociador más amplio. La posición quedó cristalizada en las palabras del secretario de Estado Marco Rubio: las conversaciones “deben abordar también el apoyo al terrorismo y la supresión de las protestas”. Para Estados Unidos y varios aliados regionales, separar el programa nuclear del resto de la agenda es regalar a Teherán margen para seguir actuando en la sombra.

Irán, por su parte, traza una línea roja: sólo está dispuesto a hablar de enriquecimiento de uranio, centrífugas, inspecciones y sanciones. El resto de cuestiones —misiles, política interna, papel en Siria, Irak o Líbano— se consideran asuntos de soberanía nacional. Aceptar su inclusión sería, a ojos del régimen, abrir la puerta a un proceso de desmontaje gradual del sistema.

La posición iraní no es sólo ideológica, sino también económica. Las sanciones ligadas al programa nuclear ya han provocado caídas de más del 50% en los ingresos por exportación de crudo respecto a los niveles previos a los vetos más duros, presionando el tipo de cambio y alimentando una inflación de dos dígitos. Ceder en el resto de frentes podría desencadenar nuevas tandas de sanciones y agravar aún más el desgaste interno. El equilibrio entre aliviar la presión económica y preservar el control político es cada vez más frágil.

La presión regional que resucita las conversaciones

Uno de los elementos menos visibles, pero más relevantes, del giro de las últimas horas es la presión ejercida por líderes árabes y musulmanes sobre Washington. Según fuentes citadas por la prensa estadounidense, al menos media docena de jefes de Estado y de Gobierno de la región habrían trasladado a la Casa Blanca su preocupación ante un escenario de ruptura total y escalada incontrolada.

Los motivos son tan políticos como económicos. Para las monarquías del Golfo, una espiral de tensión que lleve a nuevos ataques a petroleros, sabotajes a instalaciones o cierres temporales del Estrecho de Ormuz supone un riesgo directo para sus ingresos y para la estabilidad interna. Y para otros países con economías más frágiles, un petróleo por encima de los 90 o 100 dólares podría disparar la factura energética y avivar el malestar social.

La mediación de Omán, tradicional puente entre Teherán y Occidente, encaja en este contexto. Mascate ofrece una sede discreta, aceptable para ambas partes y con experiencia en acuerdos complejos. La consecuencia es clara: la reactivación de las conversaciones no obedece sólo a un cambio de humor en Washington o Teherán, sino al miedo compartido de que un choque sin canales de comunicación termine dañando a toda la región.

Trump, la Fed y el mensaje a los mercados

En paralelo al frente iraní, Trump enviaba otro mensaje que los mercados leyeron con atención: su candidato a presidir la Reserva Federal, Kevin Warsh, “no habría sido nominado si quisiera endurecer la política monetaria”. El presidente llegó a afirmar que Warsh conoce bien su deseo de “tipos más bajos” y que hay “pocas dudas” de que la institución reducirá los tipos pronto.

La frontera entre opinión política y presión directa sobre un banco central teóricamente independiente vuelve así a difuminarse. Para los inversores, las palabras de Trump plantean un dilema: si la Fed recorta tipos al ritmo que la Casa Blanca parece exigir, el dólar podría perder atractivo y alimentar nuevas presiones inflacionistas. Si, por el contrario, Warsh mantiene una línea más prudente, el presidente podría intensificar sus críticas, elevando la prima de riesgo política en el mercado de bonos.

En términos de negocio, el mensaje a empresas endeudadas y a bolsas es aparentemente positivo: financiación más barata, múltiplos más altos, alivio para sectores sensibles a tipos como inmobiliario o consumo duradero. Pero el reverso es un entorno en el que la credibilidad de la Fed como ancla antiinflacionaria se pone a prueba una y otra vez, lo que a medio plazo puede traducirse en más volatilidad y en mayores exigencias de rentabilidad por parte de los compradores de deuda estadounidense.

Qué se juega la economía global con estas conversaciones

El pulso nuclear entre Estados Unidos e Irán nunca ha sido sólo un asunto diplomático. Es, sobre todo, un factor de riesgo sistémico para la economía global. Aproximadamente un 20% del comercio mundial de crudo pasa por el Estrecho de Ormuz; cualquier incidente grave en la zona puede disparar los precios del petróleo en cuestión de horas. En un momento en que muchas economías apenas han logrado domar la inflación, un shock energético del 10%-15% en el precio del barril sería suficiente para reavivar la subida de precios.

Además, la estructura financiera ha cambiado desde anteriores crisis: hoy, grandes fondos, ETF y productos estructurados replican exposición a índices de energía y materias primas. Un movimiento brusco en crudo y gas se traslada con rapidez a carteras de pensiones, fondos mixtos y aseguradoras, con efectos de arrastre sobre otros activos.

Por otro lado, Irán sigue siendo un mercado potencial de más de 80 millones de consumidores, con importantes necesidades de inversión en infraestructuras, energía y tecnología. Un acuerdo sólido, aunque parcial, podría reabrir de forma gradual ese mercado a empresas europeas y asiáticas, como ya ocurrió tras el acuerdo de 2015. Al contrario, un fracaso prolongado consolidaría el eje de cooperación de Teherán con otros actores como Rusia y China, reconfigurando flujos comerciales y financieros en Oriente Medio.