La Casa Blanca minimiza las advertencias de su jefe del Estado Mayor mientras aumenta el despliegue militar

Trump ve "fácil" una guerra con Irán pese al Pentágono

Donald Trump

La nueva crisis entre Estados Unidos e Irán ha estallado no con un misil, sino con un desmentido. El presidente Donald Trump ha calificado de «100% incorrecto» el informe que atribuía al jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, una seria advertencia sobre los riesgos de atacar a Teherán. Según el propio Trump, Caine no teme una escalada, sino que cree que una guerra contra Irán sería «algo fácilmente ganable». El choque entre lo que filtra el Pentágono y lo que proclama el comandante en jefe llega en el contexto del mayor despliegue militar estadounidense en Oriente Medio desde 2003 y con una economía global todavía frágil. Al mismo tiempo, el Congreso intenta frenar un eventual ataque sin autorización previa y las capitales europeas se preparan para un nuevo shock energético si el estrecho de Ormuz se convierte en frente de batalla.

Un desmentido que abre más dudas

El origen inmediato de la polémica es una información según la cual el general Dan Caine habría advertido a Trump de los «riesgos significativos» de atacar a Irán: una guerra larga, costosa y difícil de contener. El presidente reaccionó en su red Truth Social con un desmentido contundente: el artículo era, dijo, «100% incorrecto» y Caine consideraría que un conflicto con Teherán podría ganarse sin grandes dificultades.

En su mensaje, Trump insistió en que el general, «como todos nosotros», preferiría evitar la guerra, pero subrayó que, llegado el caso, «solo sabe una cosa, cómo GANAR». El propio mandatario afirmó que las informaciones sobre supuestas “operaciones limitadas” o ataques acotados eran también falsas: si llega la orden, añadió, Caine «irá al frente del pelotón». La narrativa es coherente con el estilo del presidente, que desde su regreso a la Casa Blanca ha utilizado la idea de victorias rápidas como herramienta política, tanto frente a sus bases internas como frente a enemigos externos. Sin embargo, la existencia misma de filtraciones desde el entorno militar sugiere que la percepción en el Pentágono es bastante menos triunfalista.

Dan Caine, el general que no ve una victoria sencilla

La figura de Dan “Razin” Caine ayuda a entender el choque. Ex piloto de F-16 y ex teniente general de tres estrellas, fue rescatado de la retirada por Trump, que lo presentó como «un general de verdad, no un general de televisión», tras destituir por sorpresa a su antecesor, el general C.Q. Brown. Caine se hizo conocido en círculos militares por su agresiva postura frente al Estado Islámico, al que llegó a decir que podría derrotarse «en una semana», una afirmación que muchos expertos consideraron entonces temeraria.

Paradójicamente, ese mismo perfil duro hace que sus advertencias sobre Irán resulten aún más inquietantes. Según revelaciones publicadas en prensa estadounidense, Caine habría trasladado en reuniones privadas que un ataque a gran escala contra Teherán, después de años de sanciones, guerras por delegación y apoyo a Ucrania e Israel, podría desembocar en un conflicto de varios años y miles de bajas, lejos de la “victoria fácil” que Trump vende a su electorado.

Para Caine, explican estas fuentes, la diferencia fundamental está en que Irán no es un actor aislado, sino la cabeza de una red de milicias y aliados regionales —Hezbolá en Líbano, grupos armados en Siria, Irak y Yemen— con capacidad real para golpear bases y aliados de Estados Unidos en todo Oriente Medio. Una guerra total no sería una operación quirúrgica, sino un conflicto regional de consecuencias imprevisibles.

El choque con el Pentágono y la hipótesis de una guerra larga

Detrás del intercambio de declaraciones late un enfrentamiento más profundo entre la visión política de Trump y los cálculos técnicos del Pentágono. Informaciones del Washington Post y otros diarios describen a un Estado Mayor preocupado por la fatiga material de las Fuerzas Armadas estadounidenses tras dos años de apoyo intensivo a Ucrania y a Israel: los arsenales de misiles Patriot, THAAD y munición de precisión estarían en niveles históricamente bajos y tardarían años en reponerse.

Además, varios países del Golfo se muestran reticentes a participar en una nueva campaña militar contra un vecino con el que comparten frontera marítima y frágiles equilibrios internos. Esa falta de bases avanzadas obligaría a Estados Unidos a depender más de portaaviones y bombarderos de largo alcance, encareciendo y ralentizando cualquier operación sostenida.

Trump, sin embargo, ha construido parte de su capital político sobre la promesa de “ganar otra vez” y no puede permitirse, según analistas consultados por medios internacionales, aparecer como un presidente que retrocede tras lanzar amenazas. De ahí su insistencia en que la guerra sería «rápida y fácil», aun cuando sus propios asesores técnicos hablen en privado de un escenario mucho más parecido a Irak en 2003 que a una operación de castigo limitada.

Congreso en guardia: frenar un ataque por decreto

Mientras la Casa Blanca exhibe confianza, el Congreso se mueve para recuperar margen de control. Una resolución bipartidista de Poderes de Guerra, impulsada por el demócrata Ro Khanna y el republicano libertario Thomas Massie, pretende dejar claro que ningún ataque a Irán puede lanzarse sin autorización expresa de las Cámaras, salvo en caso de agresión directa.

La iniciativa llega después de que Trump defendiera públicamente que, como comandante en jefe, tiene “autoridad suficiente” para actuar en defensa de tropas y aliados, una interpretación expansiva que muchos juristas consideran inaceptable. En la práctica, el texto no podría impedir un primer golpe, pero sí aumentaría el coste político de una campaña prolongada sin resultados visibles.

Lo más significativo es que la oposición a un nuevo conflicto no se limita al ala progresista demócrata. Una parte del republicanismo fiscal, preocupado por el impacto presupuestario de otra guerra tras dos décadas de intervenciones en Oriente Medio, también muestra reservas. Para ellos, una operación masiva contra Irán podría añadir cientos de miles de millones de dólares a una deuda federal que ya supera el 120% del PIB, acelerando el choque con los mercados de bonos.

La aritmética militar: munición corta y demasiados frentes

Más allá de la retórica, la viabilidad de una “victoria fácil” se decide en los números. Los análisis de planificación filtrados a la prensa apuntan a que un ataque convincente contra la infraestructura militar iraní exigiría miles de salidas aéreas, el uso intensivo de misiles de crucero y un escudo antimisiles reforzado para proteger bases y aliados en el Golfo, Irak e Israel.

El problema es que Estados Unidos ya ha consumido una parte relevante de sus reservas de munición guiada apoyando a Kiev y a Tel Aviv. Reponer esos arsenales exige tiempo y capacidad industrial que el complejo militar-industrial estadounidense, pese a su tamaño, no puede multiplicar de un día para otro. Algunos estudios internos hablan de entre tres y cinco años para volver a niveles cómodos de stock en determinados sistemas clave.

Al mismo tiempo, Washington mantiene desplegados más de 60.000 efectivos en la región, repartidos entre el Mediterráneo oriental, el mar Rojo y el Golfo Pérsico. Cualquier escalada con Irán obligaría a reforzar esas posiciones, reabrir bases dormidas y asumir un aumento notable del riesgo para buques y aeronaves frente a drones y misiles iraníes y de sus milicias aliadas. En ese contexto, la frase de Trump sobre una guerra “fácilmente ganable” suena, en el mejor de los casos, como un mensaje dirigido al electorado doméstico más que como un diagnóstico realista.

Mercados de petróleo y riesgo para Europa

Si el frente militar genera dudas, el frente energético ofrece certezas inquietantes. Por el estrecho de Ormuz, entre Irán y Omán, transita alrededor del 20% del petróleo consumido en el mundo, unos 20 millones de barriles diarios, lo que lo convierte en el principal chokepoint energético del planeta.

Irán produce en torno a 3,3 millones de barriles diarios de crudo, según estimaciones recientes, y forma parte de un núcleo de países del Golfo que concentran hasta el 25-30% de la producción mundial. Un conflicto abierto podría no solo afectar a esa oferta directa, sino provocar cierres temporales de tráfico o aumentos dramáticos de las primas de riesgo para petroleros y aseguradoras.

No es un escenario teórico: tras los bombardeos estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes en 2025, el Brent llegó a repuntar casi un 6% en una sola sesión, y bancos de inversión como Goldman Sachs advirtieron de que un cierre parcial de Ormuz podría empujar el barril por encima de los 100 dólares.

Para Europa, y en particular para países importadores netos como España, una nueva escalada supondría un doble golpe: más inflación energética justo cuando los bancos centrales empiezan a relajar tipos, y un deterioro del saldo comercial que presionaría a la baja el crecimiento. Cada subida sostenida de 10 dólares por barril añade varias décimas al IPC y erosiona renta disponible y márgenes empresariales.

La experiencia de Irak y las lecciones ignoradas

La confianza de Trump en una victoria rápida contrasta con la memoria reciente de Irak. En 2003, la invasión encabezada por Estados Unidos derrocó a Sadam Husein en pocas semanas, pero dio paso a una ocupación caótica, una insurgencia sangrienta y un coste estimado de varios billones de dólares para el contribuyente estadounidense, además de cientos de miles de muertos directos e indirectos.

Irán, a diferencia de Irak entonces, cuenta con una estructura estatal más cohesionada, un régimen ideológico dispuesto a asumir grandes sacrificios y una red de aliados armados en la región. Pensar que su sistema político colapsaría tras una campaña de bombardeos recuerda, peligrosamente, a aquellas proyecciones optimistas sobre cómo sería recibido el Ejército estadounidense en Bagdad.

En Europa, la comparación no pasa desapercibida. Diplomáticos y analistas subrayan que, como ocurrió con Irak, una guerra contra Irán podría reordenar el mapa geopolítico del Golfo de formas difíciles de prever: desde un posible acercamiento de Teherán a Pekín y Moscú hasta una carrera nuclear regional, con Arabia Saudí y Turquía buscando su propio paraguas atómico. El diagnóstico es inequívoco: la historia ofrece más advertencias que motivos para el triunfalismo.