El mayor portaaviones de EEUU llega a Creta en plena tensión
La mañana de este lunes, el USS Gerald R. Ford, el mayor portaaviones del mundo, ha entrado en aguas griegas y navega ya frente a la isla de Creta, según fuentes militares citadas por medios locales. Con sus casi 100.000 toneladas de desplazamiento, más de 330 metros de eslora y alrededor de 4.500 marinos a bordo, la llegada del buque insignia de la US Navy convierte de nuevo el Mediterráneo oriental en un tablero de alta tensión geopolítica. El movimiento se produce apenas días después de la entrada del grupo de combate en el Mediterráneo, en el contexto de una escalada abierta entre Estados Unidos e Irán y con otro portaaviones estadounidense ya desplegado en la zona. La maniobra tiene múltiples lecturas: respaldo a Grecia como socio estratégico, presión sobre Teherán y mensaje indirecto a Rusia en plena guerra de Ucrania.
Un gigante nuclear frente a Creta
El Gerald R. Ford no es un portaaviones más. Es el primero de una nueva clase de superportaaviones nucleares, diseñado para operar durante más de 50 años y capaz de lanzar y recuperar aviones a un ritmo muy superior al de la clase Nimitz, gracias a sus catapultas electromagnéticas y a un rediseño completo de la cubierta de vuelo.
Con más de 70 aeronaves entre cazas, aviones de alerta temprana y helicópteros, el buque puede sostener operaciones aéreas continuadas durante semanas. Su coste estimado supera los 13.000 millones de dólares solo en construcción, sin contar el grupo de combate que lo escolta: cruceros y destructores con capacidad de defensa antiaérea y antimisil de largo alcance.
La imagen de este gigante gris frente a Creta es mucho más que una postal militar. Significa que en un radio de menos de 1.500 kilómetros, Washington puede proyectar poder aéreo sobre buena parte de Oriente Medio, el norte de África y el flanco oriental de la OTAN. Y, sobre todo, que cualquier cálculo de Teherán —o de Moscú— debe incorporar ahora la posibilidad real de un ataque coordinado desde el mar.
La pieza clave del dispositivo naval estadounidense
La llegada del Gerald R. Ford a aguas griegas no es un gesto aislado, sino el último paso de una estrategia de saturación naval en el Mediterráneo y sus alrededores. El portaaviones ya se encontraba en ruta hacia la región desde hace días, acompañado por un grupo de escolta que incluye al menos un crucero y varios destructores con misiles guiados.
En paralelo, otro portaaviones estadounidense —el USS Abraham Lincoln— opera ya más al este, configurando un dispositivo de dos grupos aeronavales en un espacio relativamente reducido. El Pentágono ya ensayó una fórmula similar en 2023, cuando mantuvo simultáneamente en la zona al Gerald R. Ford y al Dwight D. Eisenhower tras los ataques de Hamás contra Israel.
Este hecho revela una lógica clara: Washington quiere disponer de capacidad de ataque en profundidad y redundante frente a múltiples escenarios —Irán, Siria, Líbano, el mar Rojo— sin depender en exceso de bases terrestres. La presencia combinada de dos portaaviones supone, en la práctica, más de 120 aeronaves de combate y apoyo listas para operar en cuestión de horas.
Mensaje a Irán, Rusia y Turquía
El contexto inmediato de la maniobra es la creciente tensión entre Estados Unidos e Irán, con la Administración Trump barajando abiertamente la opción de ataques selectivos si fracasan las negociaciones nucleares. En ese escenario, situar al Gerald R. Ford frente a Creta envía un mensaje inequívoco a Teherán: cualquier escalada tiene enfrente una plataforma capaz de lanzar decenas de salidas aéreas diarias sin necesidad de permisos de sobrevuelo ni apoyo logístico regional.
Pero el destinatario no es solo Irán. Moscú observa cómo, a menos de tres años del inicio de la invasión de Ucrania, el principal portaaviones estadounidense vuelve a operar en un mar donde la Flota del Mar Negro rusa está cada vez más acorralada. Aunque el Ford no entrará en el estrecho turco, su mera presencia refuerza la disuasión en el flanco sur de la OTAN.
Para Turquía, la escena tiene una lectura más ambivalente. Por un lado, Ankara mantiene su papel de aliado formal de la Alianza Atlántica; por otro, ve cómo Grecia consolida su posición como socio privilegiado de Washington en el Mediterráneo oriental. El contraste entre Souda Bay y las bases turcas resulta cada vez más evidente.
Grecia, nuevo pivote estratégico de la OTAN
La elección de las aguas cretenses no es casual. Souda Bay, en Creta, es desde hace años una de las joyas logísticas de la Sexta Flota estadounidense, con instalaciones navales y aéreas compartidas con las Fuerzas Armadas griegas. El Gerald R. Ford ya utilizó este puerto en 2023 como escala clave durante su despliegue en apoyo de Israel tras los ataques de Hamás.
A cambio de esa centralidad estratégica, Grecia ha ido recibiendo inversiones, presencia militar y respaldo político de Washington, especialmente desde 2020. El resultado es que Atenas se ha convertido en una pieza imprescindible en la arquitectura de seguridad de la OTAN en el Mediterráneo y los Balcanes, frente a una Turquía cada vez más imprevisible.
Para el Gobierno de Kyriakos Mitsotakis, la escena del mayor portaaviones del mundo frente a sus costas funciona también como un mensaje interno: Grecia ya no es el eslabón débil de la periferia europea, sino un socio cuya geografía —a medio camino entre Suez, el mar Negro y Oriente Medio— se ha revalorizado con cada nueva crisis.
Qué significa para la seguridad energética de Europa
Más allá del plano militar, la llegada del Gerald R. Ford a Creta tiene lectura energética. Una parte creciente del suministro de GNL hacia Europa entra por puertos griegos, en particular a través de terminales como Revithoussa o el futuro FSRU de Alejandrópolis, clave para reducir la dependencia del gas ruso. Un incidente grave en el Mediterráneo oriental —ya sea vinculado a Irán, al mar Rojo o a la inestabilidad en Libia— podría tensionar aún más los precios del gas en la UE.
En 2023, la presencia del portaaviones en el Mediterráneo oriental coincidió con los ataques hutíes a buques mercantes en el mar Rojo, obligando a desviar hasta un 40% del tráfico marítimo por rutas más largas y costosas. El despliegue actual persigue también blindar esas arterias energéticas y comerciales, incluyendo el eje Suez–Creta–Adriático, por donde transitan millones de toneladas de mercancías cada año.
Lo más grave, desde el punto de vista europeo, es que buena parte de estas vulnerabilidades se gestionan sin una voz propia de la UE, delegando de facto la seguridad marítima en el paraguas estadounidense.
El coste de enseñar la bandera
Mantener un portaaviones como el Gerald R. Ford en el Mediterráneo oriental no es gratis. Los expertos calculan que un despliegue completo de un grupo de combate de estas características puede costar entre 6 y 8 millones de dólares diarios, sumando combustible para escoltas, mantenimiento, rotaciones de personal y entrenamiento de vuelo.
La consecuencia es clara: cada semana de presencia intensiva equivale al presupuesto anual de defensa de algunos países balcánicos. Para Washington, es el precio asumible de seguir marcando las reglas del juego en las rutas marítimas clave; para Europa, supone una dependencia estratégica que tiene un reflejo económico directo en los seguros marítimos, los fletes y, en último término, los precios industriales.
En paralelo, el Pentágono exhibe una narrativa de “libertad de navegación” y “disuasión defensiva”. Pero el diagnóstico es inequívoco: enseñar la bandera en formato superportaaviones es también una forma de presión económica y política sobre aliados y rivales, que reajustan sus presupuestos, sus compras de armamento y sus alianzas en función de estos movimientos.

