Trump vuelve a cuestionar la utilidad de la OTAN

Trump reabre la crisis atlántica tras su choque con Rutte, en plena tregua con Irán y reactiva, de paso, la tensión sobre Groenlandia.

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Donald Trump ha vuelto a colocar a la OTAN ante su prueba más incómoda: la de sobrevivir políticamente a su principal potencia militar. Tras una reunión de casi dos horas con el secretario general, Mark Rutte, el presidente estadounidense cargó contra la alianza y deslizó otra vez la idea de que Washington no puede dar por sentado el respaldo de sus socios.
El reproche no llegó en un vacío estratégico, sino después de la guerra con Irán, del cierre del estrecho de Ormuz y de una tregua de dos semanas todavía frágil. Lo más llamativo es que Trump no se limitó a cuestionar el reparto de cargas: volvió a mezclar la disputa atlántica con Groenlandia, un territorio que pertenece a Dinamarca, socio de la propia OTAN.

Un pulso tras puertas cerradas

La cita entre Trump y Rutte debía servir, en teoría, para rebajar la temperatura. Ocurrió lo contrario. Antes del encuentro, la propia Casa Blanca admitió que el presidente estaba dispuesto a hablar sobre una posible salida de la OTAN; después, el tono empeoró todavía más. Rutte describió la conversación como “muy franca y muy abierta”, una fórmula diplomática que, en este contexto, suena menos a entendimiento que a contención de daños. Ni la OTAN ni la Casa Blanca ofrecieron detalles sustanciales al término de una reunión que, según EFE, duró alrededor de dos horas. Ese silencio institucional revela hasta qué punto la alianza intenta ganar tiempo mientras Trump mantiene viva una amenaza que erosiona la credibilidad del vínculo transatlántico sin necesidad, por ahora, de consumar una ruptura formal. El diagnóstico es inequívoco: Washington no solo presiona a sus aliados; también prueba hasta dónde puede tensar la arquitectura de seguridad occidental sin pagar un coste inmediato.

La factura de Ormuz

El origen inmediato del choque está en Oriente Medio. Trump considera que la OTAN no respondió cuando Estados Unidos pidió apoyo para afrontar la crisis desencadenada por la guerra con Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Ese dato explica la magnitud del nerviosismo: no se trataba solo de un episodio militar, sino de una sacudida sobre la arteria energética más sensible del planeta. La tregua cerrada entre Washington y Teherán incluye la reapertura del paso marítimo, pero la irritación de Trump persiste porque varios aliados europeos se resistieron a implicarse en una operación impulsada por la Casa Blanca. AP señala que España y Francia limitaron o restringieron el uso de su espacio aéreo o de instalaciones conjuntas, aunque otros socios sí aceptaron colaborar en un esquema internacional para garantizar la navegación una vez terminara el conflicto. El contraste con la expectativa de Trump resulta demoledor: quería respaldo inmediato para una crisis global y encontró prudencia, distancia y cálculo político.

Una alianza pensada para otra amenaza

Aquí aparece la contradicción de fondo. La OTAN nació en 1949 y hoy agrupa a 32 países bajo una lógica de defensa colectiva: el artículo 5 establece que un ataque contra un aliado se considera un ataque contra todos. Esa cláusula, además, fue invocada tras el 11-S precisamente en apoyo a Estados Unidos. Por eso el argumento de Trump encierra una inversión interesada de la historia de la alianza. No denuncia que la OTAN haya fallado ante una agresión contra territorio aliado, sino que no secundó con entusiasmo suficiente una estrategia estadounidense en la guerra con Irán. Son planos distintos. Lo recuerda, de forma implícita, la propia doctrina atlántica: la organización existe para proteger el territorio y la población de sus miembros, no para convertirse automáticamente en brazo operativo de cualquier campaña exterior de Washington. Este hecho revela un cambio más profundo: Trump ya no discute solo cuánto pagan los europeos, sino para qué debe servir la OTAN y quién define sus prioridades. Y esa discusión, si prospera, altera la razón de ser del bloque.

Groenlandia como síntoma

El mensaje sobre Groenlandia agrava aún más el cuadro. Después de la reunión con Rutte, Trump no solo insistió en que la OTAN “no estuvo” cuando EEUU la necesitó, sino que recuperó su obsesión con esa isla ártica al describirla de forma despectiva en Truth Social. No es un exabrupto aislado. Días antes, el propio Trump había presumido en la misma red de haber pactado con Rutte un “marco” para un futuro acuerdo sobre Groenlandia y, más ampliamente, sobre la región ártica. Y también había sostenido que la isla es vital para la seguridad nacional estadounidense. La secuencia es reveladora: lo que parecía una vieja extravagancia se ha convertido en una pieza de su lectura estratégica del Ártico y de su presión sobre Dinamarca, un aliado histórico dentro de la OTAN. Lo más grave es la mezcla de planos. Trump utiliza una frustración coyuntural con el apoyo militar europeo para reabrir un contencioso territorial y simbólico con un socio de la alianza. Cuando eso ocurre, la crisis ya no es táctica; pasa a ser estructural.

Un muro legal, no político

Sobre el papel, Trump no puede sacar a Estados Unidos de la OTAN por decisión unilateral sin encontrarse con un muro institucional. El Congreso aprobó en 2023 una norma para impedir precisamente eso, exigiendo autorización legislativa o el consentimiento del Senado. La paradoja es notable: uno de los impulsores de esa barrera fue Marco Rubio, hoy secretario de Estado y actor central de la actual política exterior estadounidense. Sin embargo, el límite jurídico no resuelve el problema político. Aunque la salida formal esté bloqueada, la Casa Blanca sí conserva margen para vaciar la alianza por otras vías: reubicar tropas, degradar la cooperación, congelar compromisos o convertir cada crisis en una negociación transaccional. En otras palabras, la OTAN puede no romperse legalmente y, aun así, resentirse de manera severa en la práctica. Esa es la verdadera amenaza. El precedente histórico también pesa: Trump lleva años cuestionando el valor de la organización, y la actual coyuntura en Oriente Medio le ofrece un argumento nuevo para insistir en la misma idea. La consecuencia es una inseguridad estratégica permanente, aunque no haya aún un portazo formal.

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