La UE mueve ficha con 35 países para reabrir Ormuz
Bruselas y Londres aceleran una respuesta diplomática conjunta ante el bloqueo iraní del estrecho más sensible para el comercio mundial de crudo y gas.
La crisis del estrecho de Ormuz ha dejado de ser solo un episodio geopolítico para convertirse en una amenaza económica de primer orden. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, confirmó este jueves tras hablar con Keir Starmer que la UE trabajará con sus socios para restablecer “lo antes posible” la libertad de navegación. No es una declaración retórica. Por ese corredor marítimo pasa más de una cuarta parte del petróleo transportado por mar en el mundo y alrededor de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. En paralelo, el Reino Unido ha activado una ronda con 35 países para tratar de hallar una salida política y de seguridad al cierre de facto impuesto por Irán. El mensaje de fondo es inequívoco: si Ormuz no se reabre, la factura no será solo regional, sino global.
El cuello de botella del planeta
Pocas rutas marítimas concentran tanta vulnerabilidad como Ormuz. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, en 2024 y en el primer trimestre de 2025 por ese paso circularon volúmenes equivalentes a más del 25% del comercio mundial de petróleo por vía marítima y a cerca del 20% del consumo global de petróleo y derivados. La Agencia Internacional de la Energía eleva aún más la relevancia del corredor al estimar que en 2025 transitaron por él casi 15 millones de barriles diarios de crudo, alrededor del 34% del comercio global de crudo, además de una quinta parte del GNL mundial. Lo más grave es que el mercado energético no dispone de alternativas fáciles ni rápidas para sustituir esos flujos. Este hecho revela por qué cualquier interrupción, aunque sea parcial, se traduce casi de inmediato en tensión sobre precios, seguros, fletes y cadenas de suministro.
Una coalición de 35 países, pero sin Washington
La respuesta occidental se está articulando de forma atípica. Reino Unido ha anunciado una reunión con 35 países para explorar una salida al conflicto y recuperar la seguridad marítima, mientras Estados Unidos queda fuera de esa mesa política, según las informaciones publicadas este jueves. La fotografía es relevante. Europa intenta ordenar una coalición diplomática amplia con socios como Francia, Alemania, Japón, Australia o Emiratos, al tiempo que evita aparecer como parte beligerante directa en una escalada militar de consecuencias imprevisibles. El Gobierno británico ya había suscrito el 19 de marzo una declaración conjunta con varios aliados en la que condenaba “los ataques recientes de Irán” y el “cierre de facto del estrecho de Ormuz”. La prioridad, por tanto, no es solo castigar la disrupción, sino reconstruir una arquitectura mínima de navegación segura sin abrir otro frente bélico de gran escala.
Bruselas y Londres sellan una convergencia acelerada
La llamada entre Von der Leyen y Starmer también tiene una segunda lectura: la crisis de Ormuz está actuando como catalizador del acercamiento estratégico entre la UE y Reino Unido. La presidenta de la Comisión enmarcó la conversación no solo en Oriente Próximo, sino también en la próxima cumbre bilateral, a la que definió como un momento clave para cumplir los compromisos asumidos el año pasado. No es un detalle menor. En la cumbre UE-Reino Unido celebrada en Londres en mayo de 2025, ambas partes acordaron una nueva asociación estratégica, un partenariado en seguridad y defensa y una agenda renovada de cooperación. Meses después, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, la propia Von der Leyen insistió en que Europa y el Reino Unido debían “acercarse más” en seguridad y economía. El contraste con la etapa posterior al Brexit resulta demoledor: la geopolítica está haciendo en meses lo que la política no logró en años.
El mercado ya pone precio al riesgo
La economía siempre llega antes que la diplomacia. La AIE advirtió en su informe de marzo de 2026 de que la guerra en Oriente Próximo había provocado un casi parón de los movimientos de petroleros a través de Ormuz. En ese contexto, el Brent rondaba los 92 dólares por barril, tras subir 20 dólares en un solo mes. No se trata únicamente del coste del crudo. Cuando una vía estratégica se percibe como insegura, aumentan las primas de seguro, se desvían rutas, se encarece la financiación del transporte y se amplifican los cuellos de botella logísticos. La consecuencia es clara: incluso los países menos dependientes del Golfo terminan pagando más por la energía, por el transporte marítimo y, en última instancia, por bienes industriales y de consumo. En una Europa aún frágil tras el shock inflacionista de 2022 y 2023, el riesgo de una nueva ola importada de precios vuelve a aparecer con toda su crudeza.
Europa depende menos del Golfo, pero no está blindada
A primera vista, la exposición europea parece limitada. La AIE calcula que solo alrededor del 4% del crudo que atraviesa Ormuz acaba directamente en Europa. Sin embargo, ese dato puede inducir a error. El mercado petrolero no funciona por compartimentos estancos. Si Asia absorbe menos crudo del Golfo, competirá más intensamente por barriles de otras regiones; si sube el GNL que sale de Qatar, sube también el precio marginal del gas en otras plazas; y si se distorsiona el tráfico marítimo, el efecto se propaga al conjunto del comercio global. Por eso Von der Leyen habló de “estabilidad económica global” y no únicamente europea. El diagnóstico es inequívoco: la UE no necesita ser el principal cliente del Golfo para sufrir el impacto de su cierre. Le basta con formar parte de una economía internacional que sigue siendo extraordinariamente sensible a los grandes puntos de estrangulamiento energético.
La diplomacia manda, de momento
La estrategia europea-británica apunta a una secuencia muy clara. Primero, construir legitimidad internacional. Después, presionar a Teherán para frenar los ataques a la navegación comercial. Y solo en un tercer escalón, si fracasa la vía política, plantear mecanismos de protección marítima más robustos. Esa prudencia responde a varias razones. La primera es militar: abrir corredores seguros sin una mínima desescalada multiplicaría el riesgo de incidentes directos. La segunda es política: ningún gobierno europeo quiere aparecer arrastrado a una guerra ajena sin cobertura diplomática suficiente. Y la tercera es económica: restaurar la confianza del mercado exige una solución creíble, no un gesto improvisado. De ahí que Londres y Bruselas estén intentando liderar una respuesta de socios antes que una operación de fuerza. No buscan solo reabrir una ruta; buscan evitar que el conflicto convierta el comercio energético en un rehén permanente de la escalada regional.
El precedente que nadie quiere repetir
Ormuz no es un nombre nuevo en la cartografía del riesgo. Cada vez que la tensión con Irán escala, el estrecho reaparece como amenaza sistémica. Pero el contexto actual añade un elemento diferencial: el sistema internacional llega más fatigado que en crisis anteriores. La guerra en Ucrania, la fragmentación de las cadenas globales, el encarecimiento del crédito y el giro proteccionista de varias potencias han reducido el margen de absorción de nuevos shocks. Además, la actual perturbación coincide con una mayor conciencia europea sobre su vulnerabilidad estratégica. La Comisión lleva meses defendiendo más autonomía en defensa, energía y tecnología. Y el Reino Unido, tras años de relación áspera con Bruselas, vuelve a presentarse como socio imprescindible en seguridad continental. Lo que está en juego, por tanto, no es solo el paso de petroleros. También se está dirimiendo si Europa es capaz de actuar como poder coordinador en una crisis con impacto planetario.