Von der Leyen aterriza en Kiev: "Europa no abandonará a Ucrania"
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha elegido de nuevo Kiev para lanzar un mensaje inequívoco en el cuarto aniversario de la invasión rusa de 2022: «Europa se mantiene inquebrantable junto a Ucrania, financieramente, militarmente y en este duro invierno». A su lado, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, reivindica «cuatro años de coraje ucraniano inquebrantable» y promete que la UE no cederá hasta lograr una paz “justa” y “en los términos de Ucrania”. El viaje —el décimo de Von der Leyen a la capital ucraniana desde el inicio de la guerra— llega en un momento decisivo: con la ofensiva rusa estabilizada, un invierno especialmente duro sobre la red energética del país y un paquete de 90.000 millones de euros de apoyo europeo bloqueado por Hungría.
Cuatro años de guerra y un viaje cargado de símbolos
La escenografía importa. Von der Leyen y Costa han aterrizado en Kiev el 24 de febrero, exactamente cuatro años después del inicio de la ofensiva rusa a gran escala, como hicieron ya en el tercer aniversario junto a otros líderes occidentales. La elección de la fecha convierte la visita en algo más que una gira institucional: es un recordatorio de que la guerra sigue abierta, con un frente prácticamente congelado pero con una intensidad económica y humana que no disminuye.
El mensaje que ambos repiten es deliberado: Europa no abandonará a Ucrania, incluso si el foco mediático se desplaza y si parte de la opinión pública empieza a mostrar fatiga bélica. Von der Leyen insiste en que el apoyo será “financiero, militar y energético”, subrayando el invierno como arma de guerra rusa. Costa, por su parte, habla de “cuatro años de coraje ucraniano inquebrantable” y de la necesidad de garantizar una “paz justa y duradera”, no cualquier alto el fuego que consolide las conquistas de Moscú.
Lo más relevante, sin embargo, es la combinación de gestos y números. La UE y sus Estados miembros han movilizado ya alrededor de 190.000 millones de euros en apoyo financiero, militar y humanitario desde 2022, según los últimos datos del propio bloque. Aun así, Ucrania afronta un déficit presupuestario cercano a los 38.000 millones y unas necesidades de reconstrucción que diversos organismos sitúan por encima de los 500.000 millones.
Un muro de dinero europeo… con grietas visibles
Sobre el papel, el arsenal financiero europeo parece abrumador. La UE ha puesto en marcha el Ukraine Facility, un instrumento de hasta 50.000 millones de euros entre 2024 y 2027 para sostener la estabilidad macroeconómica de Ucrania, financiar reformas, pagar salarios públicos y movilizar inversión privada. A ello se suma un compromiso político para conceder un préstamo adicional de 90.000 millones en 2026 y 2027, pensado para asegurar que el Estado ucraniano pueda seguir funcionando mientras la guerra se prolonga.
Si se suma este esfuerzo a la ayuda bilateral de los Veintisiete, el llamado “Team Europe” ha alcanzado ya una cifra de apoyo global cercana a los 190.000 millones, de los cuales alrededor de 69.000 millones corresponden a ayuda militar directa o canalizada vía el Mecanismo Europeo de Apoyo a la Paz. Sobre el terreno, esa cifra se traduce en artillería, sistemas antiaéreos, misiles, munición y, sobre todo, en capacidad para pagar sueldos de soldados, funcionarios y médicos en plena guerra.
Sin embargo, el contraste entre el volumen de los anuncios y la realidad de las transferencias es evidente. Buena parte de estos fondos se desembolsa de forma gradual, condicionada a reformas y sujeta a complejas negociaciones internas entre socios que no comparten ni la misma exposición al conflicto ni la misma visión sobre Rusia. El viaje a Kiev pretende precisamente contrarrestar la percepción de que la UE se ha quedado atrapada en sus propias promesas.
El invierno más duro: energía, apagones y gas europeo
Cuando Von der Leyen habla de apoyar a Ucrania “en este duro invierno”, no es una metáfora diplomática. Cuatro años después del inicio de la invasión, Rusia sigue golpeando de forma sistemática la infraestructura energética ucraniana: centrales térmicas, subestaciones y depósitos de gas. El objetivo es simple: forzar apagones masivos y quebrar la moral de la población.
La respuesta europea se ha articulado en varios niveles. Desde 2022, la UE ha canalizado más de 3.000 millones de euros en ayuda energética, entre donaciones de equipos, reconstrucción de redes y apoyo financiero específico para garantizar el suministro. Solo para el invierno 2025-2026, Bruselas y el Banco Europeo de Inversiones han puesto a disposición de la gasista estatal Naftogaz casi 1.000 millones de euros en financiación para compras urgentes de gas, incluyendo préstamos adicionales de 50 millones firmados hace apenas unas semanas.
La consecuencia es clara: sin ese respaldo, buena parte de las ciudades ucranianas sufriría cortes de calefacción prolongados y colapsos de la red, con un coste humano y económico difícil de asumir. Pero incluso con la ayuda, el sistema opera al límite. Cada nuevo ataque obliga a desviar recursos de la reconstrucción a la reparación de emergencia. Este hecho revela un riesgo de fondo: que Ucrania quede atrapada en un ciclo permanente de parches, sin capacidad para acometer una modernización profunda de su sistema energético que reduzca su vulnerabilidad.
El bloqueo húngaro y las fisuras internas de la UE
El viaje de Von der Leyen y Costa llega empañado por un elemento incómodo: Hungría ha vetado el gran préstamo de 90.000 millones de euros para 2026-2027 y el vigésimo paquete de sanciones contra Moscú. Budapest alega que Ucrania ha interrumpido el flujo de crudo ruso por el oleoducto Druzhba, vital para su economía, y acusa a Kiev de instrumentalizar la guerra para presionar a sus vecinos. Eslovaquia, por su parte, ha decidido suspender las exportaciones de electricidad de emergencia a Ucrania en plena ola de frío.
El resultado es un choque frontal con el resto del bloque. Varios gobiernos —desde Alemania hasta Polonia— hablan abiertamente de “sabotaje político” y advierten de que la credibilidad estratégica de la UE está en juego. Si un solo país puede bloquear un paquete de financiación que Kiev considera vital para sobrevivir los próximos dos años, la promesa de apoyo “hasta el final” se convierte en un compromiso condicionante, sujeto al cálculo interno de cada capital.
Este pulso reabre un debate de fondo: si la UE puede seguir gestionando decisiones de alto impacto geopolítico por unanimidad o necesita pasar a mayorías cualificadas en materias de política exterior y sanciones. Por ahora, la solución pasa por presionar a Budapest mediante la congelación de fondos europeos y por explorar vías alternativas, como el uso de activos rusos inmovilizados para financiar parte de la ayuda a Ucrania.
Kiev pide armas, dinero… y un calendario claro de adhesión
Mientras los líderes europeos exhiben su apoyo en Kiev, las autoridades ucranianas insisten en tres prioridades concretas: armamento avanzado, financiación estable y una hoja de ruta realista hacia la adhesión a la UE. El propio Volodímir Zelenski ha recordado en las últimas semanas que Ucrania no puede sostener indefinidamente un esfuerzo bélico de alta intensidad sin una previsibilidad mínima sobre el flujo de armas y dinero.
En ese contexto, la propuesta de un préstamo de 90.000 millones a dos años y del Ukraine Facility a cuatro se interpreta en Kiev como la garantía de que el Estado podrá seguir pagando salarios, pensiones y servicios básicos incluso si los ingresos fiscales se hunden. Al mismo tiempo, la presión para acelerar las negociaciones de adhesión se ha intensificado: Zelenski reclama un horizonte claro —2027 se menciona ya en algunos círculos—, mientras Bruselas recuerda que el país debe completar reformas profundas en materia de Estado de derecho y lucha contra la corrupción.
La diferencia con otras ampliaciones anteriores es notable. Nunca antes la UE había abierto la puerta a un país en guerra, con parte de su territorio ocupado y una factura de reconstrucción que podría superar el 50% de su PIB prebélico. La comparación con la ampliación a los países de Europa Central tras la caída del Muro resulta demoledora: entonces, la adhesión se planteó como coronación de un proceso de reformas; ahora, se presenta casi como condición para la supervivencia económica de un país devastado.
¿Hasta cuándo “todo el tiempo que haga falta”?
La frase se repite desde 2022: “apoyaremos a Ucrania todo el tiempo que haga falta”. Detrás de esa fórmula hay una tensión evidente entre la retórica política y la sostenibilidad real del esfuerzo. Según diversos estudios independientes, el total de ayuda internacional comprometida —incluyendo a Estados Unidos, Reino Unido y otros aliados— roza ya los 340.000 millones de euros, con una creciente proporción aportada por Europa a medida que Washington reduce su contribución.
El diagnóstico es inequívoco: la guerra se ha convertido en una prueba de estrés para la capacidad de la UE de actuar como actor estratégico y no solo como potencia regulatoria. Si Bruselas es incapaz de garantizar el flujo de recursos comprometidos, su ambición de autonomía estratégica quedará seriamente dañada. Si lo consigue, demostrará que puede sostener una guerra de desgaste en su vecindad sin depender del ciclo político estadounidense.
Los escenarios abiertos son, en realidad, tres: un conflicto congelado que consolide una línea de frente estable durante años; una negociación de paz en posición de relativa fuerza para Kiev, apoyada en un rearme sostenido; o un agotamiento progresivo de recursos y voluntad política que obligue a aceptar un acuerdo a la baja. Dentro de esos márgenes se mueven, en realidad, todas las declaraciones solemnes emitidas hoy en Kiev.