Washington tantea un pacto con Irán bajo el fuego

EEUU ha trasladado una propuesta de 15 puntos a Teherán en plena escalada militar, pero el supuesto deshielo convive con más tropas sobre el terreno, una profunda desconfianza iraní y un expediente nuclear que sigue lejos de resolverse.

La Casa Blanca

Foto de Ana Lanza en Unsplash
La Casa Blanca Foto de Ana Lanza en Unsplash

El mercado ya ha votado antes que los diplomáticos. El barril de Brent cayó un 4,2% hasta 96,07 dólares este miércoles 25 de marzo, arrastrado por la expectativa de que Washington haya abierto una vía de diálogo con Teherán. La Administración Trump, según varias informaciones coincidentes, ha remitido a Irán una oferta de 15 puntos para frenar la guerra, mientras Pakistán se ofrece a alojar contactos y la Casa Blanca insiste en que existe margen para un acuerdo. Sin embargo, el contraste es brutal: al mismo tiempo, Estados Unidos prepara el envío de al menos 1.000 militares adicionales a Oriente Próximo. Ese doble lenguaje explica la cauta reacción internacional: hay esperanza, sí, pero también la sensación de que la diplomacia podría estar funcionando como un instrumento táctico más, no como un giro estratégico definitivo.

Una oferta en medio del fuego

El primer dato relevante no es que haya una propuesta, sino cuándo llega. La oferta estadounidense se produce en mitad de una guerra abierta, con ataques cruzados, presión sobre el Estrecho de Ormuz y un clima político en Irán marcado por la fragmentación interna. Associated Press sitúa el movimiento de Washington en un momento especialmente delicado: la Casa Blanca habría planteado un esquema de alto el fuego y negociación justo cuando refuerza su presencia militar en la zona y mantiene abiertas opciones de escalada. Ese contexto rebaja de entrada la credibilidad de cualquier gesto conciliador.

Lo más grave es que la diplomacia llega sin un marco mínimo de confianza. Teherán niega conversaciones directas, aunque admite la recepción de mensajes y propuestas. Washington, por su parte, da por hecho que hay materia suficiente para negociar. La distancia entre ambas versiones no es menor: revela que, a estas alturas, ni siquiera existe un relato compartido sobre el punto de partida. Y sin una base común, cualquier optimismo debe leerse con prudencia. No estamos ante un deshielo consolidado, sino ante un tanteo bajo presión.

Qué quiere realmente Washington

El contenido exacto del plan no se ha hecho público de forma oficial, pero las filtraciones coinciden en varios elementos: alivio de sanciones, cooperación nuclear civil, supervisión reforzada del OIEA, límites al programa de misiles y retrocesos verificables en la actividad nuclear iraní. Axios añade que Washington habría trasladado también a Israel un documento que exige, entre otras cosas, inspecciones más intensas, restricciones balísticas y una reducción o entrega del material altamente enriquecido. Es decir, no se trataría solo de parar la guerra, sino de reordenar todo el expediente iraní bajo condiciones mucho más duras que un simple cese de hostilidades.

Ese detalle importa porque define la verdadera naturaleza del movimiento estadounidense. La Casa Blanca no busca únicamente enfriar el frente militar; quiere convertir el desgaste bélico en palanca negociadora. El problema es evidente: cuanto más ambiciosa sea la agenda, más difícil será que Teherán la acepte sin presentar el pacto como una capitulación. Y ahí aparece el viejo dilema de todas las conversaciones con Irán: Washington quiere una renuncia estratégica; la República Islámica solo contempla concesiones parciales a cambio de oxígeno económico.

La desconfianza de Teherán

La respuesta iraní combina necesidad y recelo. Por un lado, el régimen necesita urgentemente aliviar la presión económica. Por otro, considera que negociar bajo amenaza militar equivale a aceptar una relación de fuerzas humillante. CBS recogió tras las conversaciones de Ginebra de febrero una formulación reveladora por parte del ministro Abbas Araghchi: “el camino ha comenzado”. La frase sugería voluntad de explorar una salida, pero también dejaba claro que no existía un acuerdo inmediato ni garantías suficientes para venderlo internamente.

Además, el historial pesa demasiado. Reuters informó en febrero de que Washington y Teherán divergían ya entonces en el alcance y el mecanismo del alivio de sanciones, uno de los puntos más sensibles de cualquier pacto. Irán quiere certidumbre y rapidez; EEUU pretende condicionar cada paso a verificaciones estrictas y a limitaciones adicionales sobre misiles o redes regionales. El contraste con otras negociaciones resulta demoledor: cuando la arquitectura del acuerdo se diseña más para contener al adversario que para hacerlo sostenible, el margen de ruptura se dispara. Por eso el optimismo es real, pero extraordinariamente frágil.

El petróleo vota antes que los diplomáticos

La reacción de los mercados explica mejor que ningún comunicado la mezcla de alivio y escepticismo. El Brent retrocedió hasta 96,07 dólares y el crudo estadounidense hasta 88,89 dólares ante la mera posibilidad de una desescalada, mientras las bolsas asiáticas subían con fuerza. El mensaje es claro: el mercado compra cualquier indicio de distensión porque sabe que el riesgo energético sigue siendo sistémico. Cuando el conflicto se instala en torno a Irán, no solo está en juego la seguridad regional; también lo está la prima geopolítica del crudo y, con ella, la inflación global.

La consecuencia es igual de clara. Washington tiene incentivos económicos para proyectar una imagen de negociación incluso antes de que exista un avance tangible. No es una acusación, sino una inferencia razonable a partir de los hechos: la mera expectativa de diálogo ha abaratado el petróleo, calmado a los inversores y reducido parcialmente la tensión sobre bancos centrales y consumidores. Pero ese alivio puede ser efímero. Si las conversaciones fracasan o si Irán decide volver a tensar Ormuz, el rebote de los precios sería inmediato. El mercado, en suma, no está descontando la paz; está descontando una pausa posible.

El expediente nuclear sigue abierto

Aquí está el verdadero nudo del problema. Según la Arms Control Association, Irán lleva años ampliando su programa tras la salida de EEUU del acuerdo de 2015, y ha llegado a enriquecer uranio al 60%, un nivel próximo al grado militar y sin aplicación civil práctica clara. Esa evolución ha reducido drásticamente el llamado tiempo de ruptura. A finales de 2024, la organización estimaba que Teherán podía obtener material fisible suficiente para cinco o seis bombas en menos de dos semanas si decidiera dar el salto.

El OIEA, por su parte, ha endurecido el diagnóstico. En su informe de febrero de 2026 advirtió de que, sin acceso a varias instalaciones afectadas por ataques previos, no puede confirmar la naturaleza ni el propósito de ciertas actividades. El organismo también señaló actividad vehicular regular en el complejo de túneles de Isfahán, donde se almacenó material enriquecido al 20% y al 60%, y subrayó que Irán no ha facilitado declaraciones ni acceso respecto de instalaciones dañadas por los ataques de 2025. Dicho de otro modo: la negociación no parte de cero, pero tampoco de una situación verificable. Y sin verificación, cualquier promesa política queda incompleta.

Una economía exhausta por sanciones e inflación

La otra palanca decisiva está en la economía. El FMI proyecta para 2026 un crecimiento del PIB iraní de apenas 1,1%, con una inflación media del 41,6%. Son cifras que retratan un país atrapado entre sanciones, debilidad inversora y una pérdida sostenida de poder adquisitivo. Ese deterioro explica por qué Teherán necesita una salida negociada y por qué el levantamiento, aunque sea parcial, de restricciones financieras y energéticas se ha convertido en una prioridad estratégica.

Pero ese mismo agotamiento económico limita la capacidad de maniobra del régimen. Irán necesita alivio, pero no puede aparecer cediendo sin contrapartidas visibles. Washington, a su vez, busca un pacto que no se parezca a una concesión blanda después del coste militar y político asumido. La consecuencia es un equilibrio incómodo: ambos tienen incentivos para hablar y, al mismo tiempo, ambos tienen poderosos motivos para endurecer públicamente su posición. El diagnóstico es inequívoco: la necesidad mutua de acuerdo existe, pero todavía no se ha transformado en una fórmula políticamente vendible para las dos partes.

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