El presidente ucraniano descarta ceder territorio, exige volver a las fronteras de 1991 y reclama a Estados Unidos garantías de seguridad a 30 años

Zelenski avisa: “Putin ya ha iniciado la Tercera Guerra Mundial”

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La nueva advertencia de Volodímir Zelenski rebaja dramáticamente el umbral de lo que entendemos por guerra mundial. En una entrevista con la BBC, recogida por el portal baha news, el presidente ucraniano sostiene que “Vladímir Putin ya ha empezado la Tercera Guerra Mundial” y que Rusia no busca solo expandir fronteras, sino “imponer al mundo otra forma de vida y cambiar las vidas que la gente ha elegido para sí misma”. Al mismo tiempo, admite que Ucrania no tiene hoy capacidad militar para reconquistar todo su territorio, pero insiste en que el objetivo sigue siendo regresar a las fronteras de 1991. Su negativa a “paz a cambio de tierra” se acompaña de otro mensaje estratégico: con Donald Trump otra vez en la Casa Blanca, Kiev quiere garantías de seguridad a 30 años, más allá de quien gobierne en Washington. 

Una advertencia que rebaja el umbral de la guerra mundial

Al afirmar que Putin “ya ha iniciado” la Tercera Guerra Mundial, Zelenski rompe un tabú semántico que muchos líderes occidentales han evitado cuidadosamente. Hasta ahora, eran sobre todo figuras del entorno del Kremlin, como Dmitri Medvédev o determinados propagandistas, quienes sostenían que la contienda con Occidente tiene ya dimensiones de guerra global. Que el presidente ucraniano adopte ese mismo marco —aunque con significado opuesto— supone un salto cualitativo.

Su planteamiento asume que el conflicto no se limita al frente ucraniano, sino que se libra en varios niveles: militar, económico, tecnológico y energético. Las sanciones, la militarización de las cadenas de suministro y la carrera por las materias primas críticas encajan en esa idea de guerra mundial por fases. Lo que Zelenski está diciendo, en esencia, es que el planeta ha abandonado la “paz caliente” de la posguerra fría para entrar en una confrontación sistémica.

Lo más relevante es el mensaje implícito a las capitales europeas: si esto ya es una guerra mundial, no existe la opción cómoda de la neutralidad. O se frena a Rusia en Ucrania, o el conflicto —en forma de presión híbrida, chantaje energético o desestabilización política— se extenderá al resto del continente.

Putin contra el modelo occidental de vida

La frase de Zelenski sobre las intenciones del Kremlin es nítida: “Rusia quiere imponer al mundo una forma de vida distinta y cambiar las vidas que la gente ha elegido”. No habla de tanques, sino de modelos de sociedad. En su relato, Moscú no libra solo una guerra territorial, sino una cruzada contra la democracia liberal, el pluralismo y la integración de Ucrania en estructuras euroatlánticas.

Esta interpretación encaja con la estrategia de “guerra híbrida” que varios think tanks atribuyen al Kremlin: uso de ciberataques, campañas de desinformación, presión migratoria en fronteras y operaciones clandestinas en suelo europeo. Analistas militares describen este estadio como “fase cero” de un conflicto con la OTAN: drones, sabotajes y “hombrecillos verdes” en zonas sensibles, antes de un choque directo.

El diagnóstico es inequívoco: si el objetivo de Putin es cuestionar el modelo político occidental, cualquier concesión que se perciba como debilidad apuntalará esa narrativa. De ahí que Zelenski vincule la defensa de Kiev con la defensa de la forma de vida europea. La guerra deja de ser un asunto “regional” para convertirse en prueba de estrés de todo el sistema institucional surgido tras 1945 y ampliado tras 1989.

Ceder territorio: un alto el fuego con fecha de caducidad

Zelenski rechaza frontalmente la idea de entregar tierras a Moscú para lograr una paz rápida. Argumenta que, en el mejor de los casos, solo “satisfaría” a Putin un par de años antes de que el Kremlin reconstruyera su capacidad militar y volviera a atacar. El cálculo es simple: cada kilómetro cedido hoy es una trinchera más cerca de Kiev mañana.

Los datos de la guerra refuerzan su preocupación. Rusia controla alrededor del 20% del territorio ucraniano, incluyendo áreas clave de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón. El propio Zelenski llegó a cifrar en un 26% la superficie ocupada a comienzos de 2024, antes de ciertas recuperaciones puntuales pero también de nuevos avances rusos.

Aceptar una partición de facto equivaldría a consolidar una franja de ocupación donde Moscú podría desplegar misiles, artillería y bases aéreas a pocos minutos de vuelo de las principales ciudades ucranianas. En ese contexto, cualquier alto el fuego sin garantías robustas sería, en palabras de diplomáticos europeos, un armisticio de entreguerras más que una paz estable. El contraste con otras crisis —como los acuerdos de Minsk tras 2014— resulta demoledor: cada compromiso asumido con Rusia ha sido seguido, pocos años después, por una escalada mayor.

Un ejército exhausto y un mapa aún irreconquistable

El propio Zelenski admite un dato incómodo: Ucrania carece hoy de la fuerza suficiente para liberar todos sus territorios. Cuatro años después de la invasión total de febrero de 2022, el conflicto se ha transformado en una guerra de desgaste, de trincheras, drones y artillería, con avances mínimos en el frente.

Fuentes occidentales hablan ya de hasta 1,2 millones de bajas rusas y hasta 600.000 ucranianas, entre muertos y heridos, en una contienda que apenas ha modificado la línea del frente desde finales de 2022. Pese a que Kiev ha conseguido recuperar en torno al 60% del territorio inicialmente ocupado durante los primeros meses de la ofensiva rusa, la realidad es que cada nuevo avance exige un coste humano y material creciente.

La consecuencia es clara: Ucrania necesita tiempo, munición, aviación moderna y una reestructuración de su sistema de reclutamiento para seguir luchando sin colapsar socialmente. Zelenski intenta convertir esa debilidad táctica en fortaleza estratégica: reconoce las limitaciones actuales, pero las utiliza para exigir a sus aliados un compromiso de largo plazo. El mensaje a Washington, Bruselas y Berlín es que sin un apoyo sostenido, la guerra no terminará en una victoria compartida, sino en un empate precario que dejará a Europa viviendo al borde de la próxima ofensiva.

Trump en la Casa Blanca: garantías a 30 años

Preguntado por si confía en Donald Trump, Zelenski esquiva el terreno personal y se aferra al institucional: Ucrania, dice, debe tener una buena relación con Estados Unidos “sea cual sea la Administración”. Con el expresidente convertido de nuevo en inquilino de la Casa Blanca, su posición gana una carga adicional.

Zelenski reclama garantías de seguridad a 30 años. La cifra no es casual: equivale a varias generaciones de ciclos electorales en Estados Unidos y Europa. En su lógica, solo un compromiso de ese tipo —sea a través de una ampliación de la OTAN, de un tratado específico o de un sistema de defensa aérea y nuclear compartido— puede disuadir al Kremlin de rearmarse y lanzar una nueva ofensiva en cuanto la atención internacional se desplace a otra crisis.

Trump, por su parte, ha enviado señales contradictorias. Ha prometido “terminar la guerra en 24 horas”, al tiempo que explora fórmulas de paz que podrían implicar concesiones territoriales ucranianas y fuertes presiones económicas sobre Europa y terceros países para que acepten el acuerdo. Informaciones recientes apuntan a que Washington intenta forzar un pacto antes de determinados hitos electorales internos, incluso a costa de congelar de facto la línea del frente.

El contraste entre la visión de Kiev —garantías a tres décadas— y la lógica cortoplacista de la política estadounidense es uno de los grandes puntos ciegos del actual proceso diplomático.

El coste económico de una “Tercera Guerra Mundial por fases”

Más allá del frente, la guerra ha dejado una cicatriz económica profunda. El Banco Mundial estima que el PIB de Ucrania se desplomó cerca de un 45% en 2022, una contracción sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, la deuda pública ucraniana se encamina hacia el 100% del PIB entre 2024 y 2027, con un escenario de riesgo que podría llevarla incluso al 140% si el conflicto se prolonga.

Para Europa, la factura tampoco es menor. El FMI advierte de que el fin del “dividendo de la paz” implicará elevar el gasto en defensa en al menos un 1% del PIB de manera sostenida, un esfuerzo que a lo largo de la década podría superar incluso los 807.000 millones del fondo NextGenerationEU desplegado durante la pandemia. A eso habrá que sumar el coste de reconstruir Ucrania, que algunos cálculos sitúan ya por encima de los 100.000 millones de euros.

Paradójicamente, los organismos internacionales prevén que, si se lograra un alto el fuego relativamente estable, la economía ucraniana podría rebotar con fuerza, creciendo hasta un 5% anual en los próximos años gracias a la inversión exterior y a la reconstrucción. Pero esa perspectiva depende totalmente de que la guerra deje de consumir recursos, infraestructuras y capital humano a un ritmo insostenible. Una “Tercera Guerra Mundial por fases” supone, en términos económicos, renunciar a décadas de prosperidad acumulada en Europa y redirigirla al gasto militar.

Lo que se juega Europa si normaliza la guerra permanente

El trasfondo de las palabras de Zelenski es un aviso a Europa: aceptar una paz precaria en Ucrania, basada en cesiones territoriales y sin garantías a largo plazo, equivale a normalizar la guerra como estado permanente en el continente. Hoy son las centrales eléctricas ucranianas las que saltan por los aires; mañana podrían ser los cables submarinos, los gasoductos o las infraestructuras digitales europeas.

Con unos 10 millones de ucranianos desplazados —más del 20% de la población previa a la guerra— y alrededor del 20% del país bajo ocupación, el conflicto ya ha generado la mayor crisis de refugiados en Europa desde 1945. Si el mensaje que recibe Moscú es que la fuerza funciona, el incentivo para repetir el guion en otros vecinos —Baltia, Moldavia, incluso en el Ártico— se multiplica.

El escenario alternativo tampoco es sencillo: aceptar que la guerra es una confrontación de largo recorrido, reforzar la industria de defensa europea, blindar la frontera oriental y acompañar a Ucrania en una transición hacia un modelo económico de guerra prolongada. Pero es el único compatible con la advertencia que Zelenski lanza: si la Tercera Guerra Mundial ya ha empezado en forma de conflicto fragmentado, la única opción responsable es evitar que se convierta en una conflagración abierta… sin caer en la ilusión de que puede apagarse a golpe de concesiones temporales.