Moscú y Kiev se citan a solas durante dos horas después de la tercera ronda de contactos trilaterales con Estados Unidos

Rusia y Ucrania abren un canal privado tras las conversaciones de Ginebra

La guerra camina hacia su cuarto año y el mapa del frente apenas se ha movido, pero la diplomacia se acelera en los pasillos de un hotel de Ginebra. Tras la tercera ronda de conversaciones trilaterales, el jefe negociador ruso, Vladimir Medinsky, confirmó una reunión privada de dos horas entre las delegaciones rusa y ucraniana, ya sin la presencia de Estados Unidos en la sala.
El encuentro llega después de unas conversaciones que el propio Medinsky calificó de “difíciles, pero de carácter práctico” y que se prolongaron durante dos días en la capital diplomática suiza.
Mientras tanto, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, subrayaba que Moscú sigue interesado en mantener relaciones económicas y comerciales con Washington, en pleno régimen de sanciones. En este doble plano —militar y económico— se juega una negociación en la que Rusia ocupa alrededor del 20% del territorio ucraniano y el frente activo se extiende a lo largo de unos 1.250 kilómetros.

EPA/ERDEM SAHIN
EPA/ERDEM SAHIN

Una bilateral de dos horas fuera del foco estadounidense

La principal novedad del día en Ginebra no está tanto en la foto oficial como en lo que ocurrió después. Medinsky confirmó que, una vez concluidas las conversaciones a tres con la delegación norteamericana, las partes rusa y ucraniana mantuvieron una reunión cara a cara de unas dos horas.

El dato no es menor. Hasta ahora, el formato impulsado por Washington había sido estrictamente trilateral, con la presencia constante de enviados estadounidenses como garantes y mediadores. Que Moscú y Kiev se reúnan a solas introduce un elemento nuevo: posibilidad de explorar fórmulas más flexibles… pero también temor entre aliados de Kiev a acuerdos parciales que se negocien fuera de su vista.

Medinsky ha descrito las conversaciones como “difíciles, pero de carácter empresarial”, una fórmula que en la jerga diplomática suele traducirse en discusiones duras, pero sin ruptura del canal. La propia duración del formato —un primer día con sesiones de hasta seis horas en distintos formatos y un segundo encuentro mucho más corto— apunta a un intento de aterrizar propuestas concretas tras semanas de contactos previos en Abu Dabi.

El hecho de que la bilateral se produjera inmediatamente después del tramo trilateral indica, además, que las delegaciones llegaron a la cita con mandatos relativamente abiertos de sus capitales. El diagnóstico es claro: si hay un espacio real para el compromiso, se encontrará en conversaciones discretas de este tipo, no en ruedas de prensa.

Un formato trilateral bajo máxima presión política

Las conversaciones de Ginebra representan la tercera ronda de contactos trilaterales entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania, tras los encuentros celebrados en Abu Dabi a finales de enero y principios de febrero. El diseño responde a una realidad incómoda: Washington sigue siendo el principal garante de la seguridad ucraniana y, al mismo tiempo, el actor con más capacidad para aliviar —o endurecer— el régimen de sanciones sobre Moscú.

El contexto interno de cada capital añade presión. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha advertido públicamente de que la sociedad ucraniana no aceptará una cesión unilateral de Donbás, y ha condicionado cualquier acuerdo territorial a un referéndum nacional. Al otro lado, el presidente ruso, Vladímir Putin, necesita presentar cualquier concesión como una victoria estratégica tras años de discurso interno sobre la “integración” de los territorios ocupados.

En medio se sitúa la Casa Blanca de Donald Trump, que ha dejado caer en varias ocasiones que la responsabilidad de avanzar hacia la paz recae sobre Kiev, no sobre Moscú. Esta narrativa —que en la práctica presiona a Ucrania para aceptar un alto el fuego sin garantías plenas— crea fricciones con buena parte de los socios europeos, reacios a consagrar sobre el terreno un statu quo que consolida la ocupación rusa de cerca de una quinta parte del país.

El resultado, por ahora, es un formato con enormes expectativas y avances muy limitados. Las dos jornadas en Ginebra han terminado sin anuncio de acuerdos concretos, más allá de la intención de seguir negociando “en una próxima fecha”.

Qué hay realmente sobre la mesa: territorio, seguridad y sanciones

Detrás de las fórmulas diplomáticas se esconden tres bloques de negociación. El primero, el más sensible, es el territorial. Rusia reclama que Ucrania retire sus tropas de las zonas de Donbás aún bajo control de Kiev y reconozca la anexión de los territorios ocupados, incluyendo Crimea. Ucrania, por su parte, rechaza cualquier cesión de áreas donde las fuerzas rusas no han logrado imponerse militarmente y insiste en que el principio debe ser la integridad territorial.

El segundo bloque es de seguridad. Moscú exige garantías de que Ucrania renunciará a la OTAN, mientras Kiev reclama un paquete robusto de garantías multilaterales que haga inviable una nueva ofensiva rusa tras un eventual alto el fuego. Aquí entran en juego las propuestas de convertir ciertas zonas de Donbás en una especie de “zona económica libre” desmilitarizada, idea que ha generado fuerte rechazo en la opinión pública ucraniana por percibirse como un paso previo a la partición de facto.

El tercer elemento, menos visible pero decisivo, es el régimen de sanciones. Cualquier acuerdo mínimamente aceptable para Moscú pasará por algún tipo de alivio gradual de las medidas financieras, energéticas y tecnológicas que han ido imponiendo Occidente y sus aliados desde 2022. Esa es la moneda de cambio que da sentido a la insistencia rusa en preservar los “lazos comerciales” con Washington, incluso mientras misiles y drones siguen golpeando infraestructuras ucranianas.

La consecuencia es clara: sin un paquete creíble que combine territorio, seguridad y alivio sancionador escalonado, la mesa de Ginebra seguirá siendo un espacio de gestión del conflicto, no de cierre del mismo.

El cálculo económico de Moscú: comercio con Washington pese a la guerra

Las palabras de Peskov sobre el deseo de mantener relaciones económicas con Washington no son un gesto retórico aislado. En plena guerra y bajo sucesivas rondas de sanciones, el comercio entre Rusia y Estados Unidos no ha desaparecido, pero se ha reducido drásticamente. Desde los cerca de 30.000 millones de dólares en importaciones estadounidenses desde Rusia en 2021 se ha pasado a apenas 3.000 millones en 2024, una caída de alrededor del 90%.

Según datos de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, el intercambio total de bienes y servicios entre ambos países se situó en torno a 5.200 millones de dólares en 2024, con unas importaciones de bienes rusos de 3.000 millones y exportaciones estadounidenses de algo más de 500 millones. La tendencia continúa a la baja: solo en la primera mitad de 2025, las compras estadounidenses a Rusia cayeron hasta unos 2.500 millones, muy lejos de los más de 14.000 millones registrados cuatro años antes.

Este hecho revela un elemento central del cálculo ruso. Moscú aspira a convertir las sanciones económicas en palanca de negociación, sin renunciar a la narrativa interna de resistencia frente a Occidente. Mantener un mínimo canal comercial abierto con Washington —fertilizantes, algunos productos químicos, bienes de doble uso difíciles de rastrear— implica para el Kremlin disponer de algo tangible que ofrecer y algo que recuperar.

Desde la óptica estadounidense, el comercio residual con Rusia también tiene su función: preservar cierto margen de presión y evitar que terceros países ocupen todo el espacio económico dejado por las sanciones occidentales. Que Peskov subraye en este momento el interés ruso por esos lazos es, por tanto, una señal de que el capítulo económico está plenamente integrado en la ecuación de Ginebra.

Ucrania entre la presión de sus aliados y el rechazo interno

Para Kiev, las conversaciones suponen un ejercicio de equilibrio extremadamente delicado. Zelenski ha repetido que cualquier solución que implique cambios fronterizos debe ser avalada en referéndum y que la población no aceptará entregar territorios fuera de las zonas en combate, como buena parte del Donbás aún bajo control ucraniano.

Al mismo tiempo, el país soporta un coste humano y económico enorme tras casi cuatro años de guerra: cientos de miles de bajas sumando ambos bandos, millones de desplazados y una caída del PIB que, según estimaciones multilaterales, superó el 30% en el primer año de invasión antes de estabilizarse con ayuda exterior. Los mercados financieros reaccionan con nerviosismo a cualquier señal de cesión; no en vano, la simple noticia de falta de avances en Ginebra llegó a hundir los bonos ucranianos en torno a un 2% en una sola sesión.

Lo más grave, desde la perspectiva de Kiev, es que parte de la presión ya no procede solo del Kremlin, sino también de algunos socios occidentales cansados de financiar un conflicto de ritmo lento y costes crecientes. La insistencia de Trump en que “Ucrania debe moverse rápido” hacia un acuerdo alimenta la percepción de que el apoyo podría no ser ilimitado.

El diagnóstico es inequívoco: si las negociaciones se perciben como un proceso diseñado para imponer a Ucrania una paz desfavorable, el margen político de Zelenski se estrechará aún más y el riesgo de rechazo interno a cualquier acuerdo se disparará.

Europa, invitada necesaria pero ausente de la foto

El contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras Washington lidera el formato de Ginebra, las principales capitales europeas —Francia, Alemania, Italia, el Reino Unido e incluso Suiza como anfitriona— se ven relegadas a reuniones paralelas en los márgenes de las conversaciones.

No es una cuestión menor. La Unión Europea soporta el grueso del impacto económico de la guerra: desde la factura energética hasta el coste de acoger a millones de refugiados y financiar una parte sustancial del esfuerzo bélico ucraniano. Bruselas trabaja ya en el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, una cifra que ilustra tanto la persistencia de la presión como la dificultad de encontrar nuevas medidas realmente efectivas.

En paralelo, varios Estados miembros lideran la llamada “coalición de los dispuestos” para garantizar la seguridad futura de Ucrania, con discusiones abiertas sobre el eventual despliegue de fuerzas de paz europeas si se alcanza un alto el fuego. Sin embargo, ese peso político y militar no se traduce, por ahora, en un asiento formal en la mesa de Ginebra.

Este divorcio entre presencia en el terreno y visibilidad en la negociación alimenta los recelos de las capitales europeas. El temor de fondo es que un acuerdo cerrado principalmente entre Washington, Moscú y Kiev pueda consolidar un nuevo orden de seguridad en Europa oriental en el que la UE sea más espectadora que actor.

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