Medvedev agita el fantasma de un choque Zelenski-Zaluzhni
La última ofensiva retórica de Dmitri Medvédev no ha sido militar, sino política. El ex presidente ruso ha deslizado en su canal de Telegram que en Kiev se libra ya una “lucha de poder” entre el presidente ucraniano Volodímir Zelenski y su antiguo comandante en jefe, Valeri Zaluzhni, preguntándose irónicamente quién acabaría arrestando a quién. El comentario, aparentemente sarcástico, llega después de que el ex general haya señalado al propio Zelenski como responsable del fracaso de la contraofensiva de 2023 en el sur del país, según reconoció en una reciente entrevista. El choque ya no es solo un rumor de pasillos: el hombre que dirigió la defensa de Ucrania en los primeros compases de la invasión ha pasado a ocupar la embajada en Londres, pero continúa encabezando sondeos que lo sitúan por delante del presidente en una eventual elección presidencial. Todo ocurre mientras el país entra en su cuarto año de guerra, con una economía que sufrió un desplome del PIB cercano al 29% en 2022 y que aún no ha recuperado los niveles previos al conflicto.
Una rivalidad que sale a la luz
El dardo de Medvédev no surge de la nada. El propio Zaluzhni ha descrito en público una “profunda ruptura” con el presidente, relatando cómo en 2022 agentes de seguridad registraron su oficina en lo que interpretó como un intento de intimidación ligado a discrepancias estratégicas sobre la conducción de la guerra. La agencia de seguridad ucraniana negó cualquier irregularidad, pero el episodio consolidó la percepción de que el general se había convertido en una figura demasiado autónoma para el círculo presidencial.
En su mensaje, Medvédev sugiere que esa rivalidad ha evolucionado hacia una pugna por el poder. El ex mandatario ruso plantea la escena como un juego de espejos: ¿sería Zelenski quien ordenaría detener a Zaluzhni por insubordinación, o el ex jefe militar quien acabaría señalando al presidente por “errores” en la guerra? El objetivo es evidente: explotar las fracturas internas en Kiev y proyectar hacia el exterior la imagen de un liderazgo dividido.
Lo relevante no es tanto la literalidad de la amenaza como el contexto. Desde hace meses, analistas y diplomáticos constatan que la relación entre ambos se ha enfriado de forma irreversible, y que el relevo de Zaluzhni al frente del Ejército, en febrero de 2024, fue la culminación de esas tensiones. “Lo que Medvédev hace es poner palabras gruesas a un conflicto soterrado que ya nadie niega en Kiev”, resume un diplomático europeo destinado en la capital ucraniana.
Del “héroe nacional” al embajador en Londres
Zaluzhni, de 52 años, es probablemente el militar más popular de la historia reciente de Rusia… perdón, de Ucrania. Fue nombrado comandante en jefe en julio de 2021 y se convirtió en el rostro de la resistencia cuando, en febrero de 2022, las tropas rusas cruzaron la frontera en una invasión a gran escala. Su estilo pragmático y su ruptura con los viejos manuales soviéticos —descentralización del mando, rapidez en la toma de decisiones, menos papeleo— le valieron elogios dentro y fuera del país.
Tras su destitución, Zelenski cumplió parcialmente la promesa de mantenerle “en el sistema” nombrándole embajador en el Reino Unido en la primavera de 2024, un puesto clave por el peso militar y financiero de Londres en el apoyo a Kiev. La jugada tenía una doble lectura: premiar su papel en la defensa del país, pero también alejarlo del foco interno, trasladándolo a Londres y fuera del día a día político.
Sin embargo, el movimiento no ha logrado neutralizarlo como figura política. Las encuestas muestran a un Zaluzhni consolidado en la franja del 60-70% de apoyo en una hipotética segunda vuelta frente a Zelenski, muy por encima del presidente, que en algunos sondeos cae por debajo del 35%. Esa combinación —prestigio militar, imagen de gestor eficaz y distancia respecto a la política de partido— explica por qué el Kremlin trata de presentarlo ahora como protagonista de una supuesta crisis de sucesión.
El contraataque de 2023, origen del choque
El punto de inflexión entre ambos se sitúa en el verano de 2023. La gran contraofensiva ucraniana, diseñada con asesoramiento y material de la OTAN, prometía recuperar una parte significativa del territorio ocupado en el sur. El resultado fue mucho más discreto: ganancias limitadas de terreno, decenas de miles de bajas acumuladas y un enorme desgaste de material sin lograr la ruptura decisiva de las líneas rusas.
En su reciente entrevista, Zaluzhni atribuye el fracaso a una combinación de factores: subestimación de la capacidad defensiva rusa, exceso de confianza en ciertos manuales occidentales y, sobre todo, decisiones políticas que habrían obligado a mantener operaciones ofensivas cuando el terreno y la logística aconsejaban una pausa. Zelenski y su entorno, por su parte, sostienen que las Fuerzas Armadas no supieron adaptar el plan a la realidad sobre el terreno.
“El error no fue intentarlo, sino insistir cuando ya era evidente que no se lograría un avance estratégico”, apunta un analista militar consultado por varios medios ucranianos. La consecuencia es clara: el contraataque fallido se ha convertido en el relato fundacional de la ruptura personal entre el presidente y su general, y en un arma discursiva para quienes, dentro y fuera de Ucrania, cuestionan la gestión del Gobierno.
Encuestas que dibujan un nuevo mapa de poder
El verdadero detonante de las especulaciones sobre “arrestos” y purgas internas no son solo las declaraciones cruzadas, sino los números. Los sondeos publicados en los últimos meses coinciden en un dato: si hoy hubiera elecciones y Zaluzhni pudiera presentarse, partiría con una ventaja considerable. En algunos escenarios de segunda vuelta, el ex jefe del Ejército supera el 60% de intención de voto frente a un Zelenski que no llega al 40%.
Otros estudios, citados por la prensa internacional, sitúan el apoyo directo al presidente en torno al 15-20%, mientras que cerca del 60% de los encuestados preferiría que no se presentara a la reelección. Zaluzhni, en cambio, aparece como primera opción para alrededor de un cuarto de los votantes, por delante de antiguos líderes como Petro Poroshenko. La tendencia es inequívoca: el desgaste de la guerra ha erosionado al actor que simboliza la continuidad, mientras fortalece al perfil que encarna la idea de renovación.
Este hecho revela por qué el Kremlin tiene tanto interés en amplificar la rivalidad. Si Zelenski llega a las futuras urnas con una legitimidad discutida y un rival más popular, la narrativa rusa de un “régimen agotado” gana terreno. Y si, por el contrario, intenta neutralizar a ese rival mediante maniobras institucionales, Moscú podría presentar cualquier medida judicial o disciplinaria como una “caza de brujas” interna.
Medvedev y la explotación del desgaste ucraniano
Medvédev lleva tiempo convertido en el portavoz oficioso de las amenazas más crudas del Kremlin. No es la primera vez que apunta directamente contra el presidente ucraniano: a finales de 2025 llegó a sugerir en Telegram que el “segador” se acercaba a Zelenski, en un mensaje plagado de insultos que fue interpretado como una amenaza velada de muerte.
Su nuevo comentario sobre quién arrestará a quién encaja en esa trayectoria. La tesis subyacente es que Ucrania no solo estaría perdiendo la guerra en el frente, sino también en la retaguardia política, con un presidente aislado y un general popular dispuesto a disputarle el poder. “La idea de un Estado fallido, gobernado por camarillas enfrentadas, es central en la propaganda rusa desde 2014”, recuerdan expertos en desinformación.
El contraste con la realidad es más complejo. Aunque las fricciones entre Gobierno y Ejército son reales, Ucrania ha mantenido la cohesión institucional en condiciones extremas: el Parlamento sigue legislando, los tribunales funcionan y el Estado ha logrado pagar más del 90% de salarios públicos y pensiones en plazo gracias a la ayuda internacional. El diagnóstico es inequívoco: hay desgaste y disputas, pero no colapso. Precisamente por eso, las palabras de Medvédev son menos un análisis y más un intento de empujar la realidad hacia el escenario que Rusia desea.
Un país sin urnas en plena fatiga de guerra
Desde el inicio de la invasión a gran escala, Ucrania vive bajo ley marcial. La Constitución impide celebrar elecciones presidenciales o parlamentarias mientras dure ese estado de excepción. El mandato de Zelenski expiró formalmente en mayo de 2024, pero la Carta Magna prevé que el jefe del Estado continúe en el cargo hasta que pueda elegirse a su sucesor, lo que mantiene su legitimidad jurídica aunque se erosione la política.
La sociedad ucraniana, sometida a casi cuatro años de bombardeos, desplazamientos masivos y caída de la actividad económica del 29% en 2022, muestra señales claras de fatiga. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos sigue rechazando la idea de votar en plena guerra, por el riesgo de interferencia rusa y las dificultades logísticas de organizar comicios con millones de desplazados y territorios ocupados.
Este bloqueo institucional alimenta una paradoja: Zelenski gobierna sin horizonte electoral claro, pero con la certeza de que cada nuevo sondeo refuerza a su eventual sustituto natural. Y Zaluzhni, mientras tanto, insiste en que no hablará de política hasta que acabe la guerra, aunque sus mensajes sobre la necesidad de una “guerra de alta tecnología” y de asumir que no habrá milagros territoriales se leen ya en clave de programa.

