Zelenski despliega 220 expertos y abre mercado de defensa en el Golfo

Zelensky

Kiev convierte su experiencia contra drones y en el mar en una nueva palanca diplomática y económica en Oriente Medio.

Ucrania ya no solo pide armas: vende método. Tras más de 1.500 días de guerra, Zelenski presume de equipos ucranianos derribando drones iraníes fuera del país y ofrece cooperación en seguridad marítima y antidrones.

La guerra como escaparate

El mensaje de Zelenski es tan simple como incómodo para sus aliados: la guerra ha convertido a Ucrania en un laboratorio de defensa a escala real, y ese conocimiento cotiza. En su comunicación pública, el presidente sitúa la “experiencia militar” como un activo exportable, desde la protección de infraestructuras críticas hasta la respuesta a ataques con drones. El giro tiene lógica estratégica: Kiev necesita sostener el flujo de apoyo mientras el foco internacional se desplaza a Oriente Medio, y hacerlo con algo más que apelaciones morales.

Pero el movimiento también revela una realidad económica: Ucrania quiere transformar parte de su esfuerzo bélico en contratos, cooperación industrial y acuerdos de seguridad que le aseguren suministros, financiación y munición. En un mundo donde el rearme se acelera, la ventaja comparativa ya no es solo tener tecnología: es haberla usado bajo fuego y haber sobrevivido.

Antidrones: el producto que todos buscan

La demanda tiene nombre propio: Shahed. El dron iraní —y sus variantes— se ha convertido en el símbolo de una guerra barata y persistente, difícil de frenar con interceptores caros. Zelenski asegura que equipos ucranianos han participado en derribos en varios países de la región y que no se trataba de formación, sino de operaciones reales. La cifra que circula es significativa: más de 220 especialistas desplazados, en un esquema de “ayuda a cambio de apoyo” que Kiev trata de normalizar.

“La experiencia que hemos acumulado no es teoría: es defensa diaria, adaptación constante y eficacia contra drones de ataque. Eso es lo que hoy nos piden: proteger cielos, puertos e infraestructuras con soluciones que funcionen”, viene a sintetizar el enfoque presidencial, entre la propaganda legítima y la diplomacia industrial.

El Mar Negro como manual de seguridad marítima

Si el antidron es el gancho, la oferta marítima es la prueba de concepto. Ucrania ha logrado, con medios asimétricos, alterar el equilibrio naval en el Mar Negro y mantener corredores de exportación bajo amenaza. Ese aprendizaje —mezcla de inteligencia, drones navales, señuelos y presión sobre bases— es el tipo de “know-how” que interesa en estrechos y rutas críticas. Zelenski ya ha apuntado a la idea de extrapolar esa experiencia a otros carriles marítimos estratégicos.

No es una promesa abstracta: la evolución de los drones navales ucranianos muestra una capacidad de innovación rápida, con plataformas que han pasado de ser “kamikazes” a operar como vectores de ataque combinados. Ese salto tecnológico —barato, escalable y difícil de atribuir— explica por qué la seguridad marítima vuelve a ser moneda dura en la región.

El dinero en juego y el hambre de seguridad

El telón de fondo es un mercado en ebullición. En 2024, el gasto militar mundial alcanzó 2,718 billones de dólares, un salto del 9,4%, el mayor desde al menos 1988, y elevó la carga militar global al 2,5% del PIB. En Oriente Medio, el gasto estimado llegó a 243.000 millones, un 15% más que el año anterior.

Arabia Saudí se mantiene como el gran comprador: 80.300 millones en 2024, séptimo mayor gasto mundial. En ese ecosistema, Kiev intenta colocarse no como proveedor de sistemas completos —aún limitado por su propia guerra— sino como “acelerador” de capacidades: integración, doctrina, tácticas y defensa de punto contra drones. El contraste con Europa resulta elocuente: aquí se compra industria; allí se compra experiencia inmediata.

Acuerdos de seguridad: el quid pro quo de Kiev

La clave está en el formato. Según informaciones recogidas en medios internacionales, Ucrania ha amarrado acuerdos de seguridad de 10 años con Arabia Saudí, Qatar y Emiratos, y negocia marcos similares con Omán, Kuwait y Bahréin. El objetivo no es solo prestigio: es crear una red de compromisos que, en la práctica, proteja la capacidad ucraniana de sostener su economía de guerra.

A la vez, Zelenski mantiene conversaciones con otros actores regionales —incluida Turquía— y presenta el paquete como una cooperación “mutuamente beneficiosa”. Para los socios del Golfo, la ecuación es clara: Ucrania aporta lecciones de combate contra enjambres y ataques de baja firma; ellos aportan recursos, combustible, munición o financiación. Para Kiev, es otra forma de asegurarse oxígeno cuando el calendario político occidental se vuelve más incierto.

Los límites: transferencia tecnológica y riesgos de contagio

La operación tiene, sin embargo, un borde peligroso. Ucrania es ya el octavo mayor gastador militar del mundo, con 64.700 millones en 2024 y una carga del 34% del PIB, una cifra propia de economías en movilización total. Exportar experiencia mientras se sostiene ese esfuerzo puede tensionar recursos humanos críticos y abrir debates sobre transferencia tecnológica: ¿qué se comparte, con quién y bajo qué garantías?

Además, el contexto regional añade fricción. La escalada con drones es un síntoma de conflictos más amplios, y externalizar equipos ucranianos a escenarios sensibles puede arrastrar a Kiev a dinámicas que no controla. Aun así, el cálculo político parece cerrado: si el mundo compra seguridad, Ucrania quiere cobrarla en forma de alianzas, suministros y músculo diplomático. Lo más grave para Moscú no es el titular, sino la tendencia: Kiev empieza a comportarse como proveedor de seguridad en mercados donde Rusia aspiraba a ser imprescindible.