El IBEX se hunde casi un 3% por la guerra con Irán
La Bolsa española estrenó marzo con un baño de realidad geopolítica. El IBEX 35 se dejaba en la apertura cerca de un 3%, hasta los 17.838 puntos, en su mayor desplome intradía desde abril de 2025. El detonante ha sido la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, que ha provocado la muerte del líder supremo en Teherán y el temor a una desestabilización duradera de Oriente Próximo. El movimiento ha disparado el petróleo —el Brent llegó a subir un 13%—, ha hundido a la banca y ha desatado un violento giro hacia activos refugio. Sobre el tablero, dos caminos: un choque breve de cuatro semanas, como sugiere Donald Trump, o una guerra regional prolongada que obligue a rehacer por completo los escenarios de inflación, tipos y crecimiento. La sesión de hoy será el primer test de hasta dónde está dispuesto el mercado a descontar cada uno de esos guiones.
A las 08:02 GMT, el IBEX 35 caía un 2,84%, hasta los 17.838,8 puntos, mientras el índice paneuropeo Eurofirst 300 retrocedía en torno al 1,5%. La imagen era inequívoca: ventas generalizadas en renta variable y un mercado reposicionándose a toda velocidad tras el estallido de la guerra abierta con Irán durante el fin de semana. El contraste con febrero resulta demoledor: el selectivo español venía de encadenar ocho sesiones consecutivas al alza y de anotarse una subida mensual del 2,7%, impulsado por unos resultados empresariales razonablemente sólidos y la expectativa de recortes de tipos en la segunda mitad del año.
Ese contexto se ha evaporado en cuestión de horas. La combinación de misiles iraníes sobre instalaciones estratégicas y bombardeos estadounidenses e israelíes ha activado los manuales de gestión de riesgo. El precedente más cercano en términos de severidad —la sesión del 7 de abril de 2025, cuando los aranceles de Trump desencadenaron una guerra comercial a gran escala— vuelve a la memoria de los gestores. Entonces fue el comercio mundial; hoy es la seguridad energética y militar lo que sacude las pantallas. La consecuencia es clara: se cierran posiciones en los sectores más cíclicos, se reduce beta de las carteras y se prioriza la liquidez a la espera de visibilidad.
La banca, en el epicentro del castigo
El sector bancario se situó desde el primer minuto en el centro de la tormenta. Santander cedía alrededor de un 5%, BBVA más de un 4%, mientras que CaixaBank, Sabadell, Bankinter y Unicaja registraban descensos superiores al 3,5%-4%. La lectura de mercado es doble. Por un lado, la banca sigue actuando como termómetro de riesgo sistémico en Europa: cuando el escenario global se oscurece, las entidades son las primeras en reflejar el repunte de las primas de riesgo y el temor a un frenazo en el crédito. Por otro, el nuevo shock energético complica el guion de tipos de interés que hasta ahora jugaba a su favor.
En los últimos meses, los bancos se habían beneficiado de un entorno de tipos altos durante más tiempo, con márgenes de intereses en máximos de ciclo. Sin embargo, un episodio de petróleo por encima de los 100 dólares y un repunte de la inflación de segunda ronda abre la puerta a un escenario más incómodo: crecimiento débil, presión regulatoria y una Reserva Federal paralizada, sin margen claro para recortar. Este hecho revela la fragilidad del rally financiero de los últimos trimestres. El contraste con otros episodios bélicos recientes —como los ataques a instalaciones saudíes en 2019, que tuvieron un impacto más acotado— resulta elocuente: ahora el mercado no solo teme un shock puntual, sino un reajuste estructural del coste de capital para el sector.
Energía y defensa, los grandes ganadores del nuevo escenario
En el lado opuesto del tablero, dos sectores se erigen como claros ganadores: energía y defensa. En el IBEX 35, Repsol se disparaba en la apertura alrededor de un 7%, reflejando el salto del Brent y las expectativas de márgenes extraordinarios si el rally del crudo se prolonga. Iberdrola lograba mantenerse en positivo en una sesión de fuerte aversión al riesgo, al tiempo que otras utilities amortiguaban parte de las caídas generales gracias a su perfil defensivo.
El otro gran foco es Indra, que se revaloriza en torno a un 4% y vuelve a actuar como proxy del aumento de gasto militar en Europa. No es un movimiento aislado: las compañías de defensa asiáticas han registrado subidas de doble dígito y el mercado anticipa una reacción similar en los grandes contratistas estadounidenses y europeos. La lectura es evidente: cada escalada geopolítica reciente ha terminado consolidando alzas estructurales en los presupuestos de defensa, y esta vez no parece ser la excepción. Lo más grave, desde la óptica macro, es que esta reasignación de recursos se produce en un momento de alto endeudamiento público, lo que tensiona todavía más las cuentas fiscales.
Para los inversores, la rotación es casi mecánica: venta de bancos, cíclicas industriales y aerolíneas; compra de petroleras, gasistas, utilities integradas y fabricantes de armamento. El diagnóstico es inequívoco: el mercado descuenta un mundo más caro, más inseguro y con mayor intervención estatal en la economía.
El petróleo y el estrecho de Ormuz, epicentro del miedo
El verdadero corazón del riesgo se encuentra en el estrecho de Ormuz, la franja por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una parte sustancial del gas natural licuado. El hecho de que Irán tenga capacidad para amenazar este punto neurálgico explica que el Brent llegara a saltar un 13% en cuestión de horas. A ello se suma el impacto inmediato de un dron iraní sobre una refinería en Arabia Saudí, que ha obligado a interrumpir temporalmente su producción y ha reforzado la sensación de vulnerabilidad de la oferta.
Los analistas manejan ya escenarios concretos. Bloomberg Economics advierte de que un cierre parcial o prolongado de Ormuz podría llevar el crudo a la zona de los 108 dólares, un nivel que devolvería a las economías desarrolladas a un entorno similar al de 2022, cuando el shock energético tras la invasión de Ucrania obligó a los bancos centrales a acelerar las subidas de tipos. Ese sería el escenario de “daño duradero”: inflación persistente, beneficios empresariales a la baja y valoraciones más bajas durante años. Por ahora, Irán insiste en que no pretende bloquear el paso, pero el mercado ha decidido no fiarse y monitoriza cualquier signo de interrupción del tráfico marítimo.
La consecuencia inmediata es un repunte de la volatilidad implícita en las opciones sobre crudo y derivados, y un encarecimiento de las coberturas para aerolíneas y grandes consumidores industriales. El petróleo vuelve a marcar el ritmo.
Inflación, tipos y el regreso del fantasma de la estanflación
El nuevo shock llega en un momento especialmente delicado para la política monetaria. Tras meses de moderación de los precios y de debate sobre el calendario de recortes, el mercado empezaba a descontar bajadas de tipos en la segunda mitad de 2026. Ese guion salta ahora por los aires. Como resume el analista de IG Sergio Ávila, “el S&P 500 afronta este shock en el peor punto de entrada posible: inflación estructural por aranceles, petróleo al alza y una Reserva Federal prácticamente inmóvil”. Si el conflicto se limita a las cuatro semanas sugeridas por Donald Trump, el mercado podría hacer suelo en los próximos días; pero una guerra regional prolongada enterraría de facto cualquier expectativa de alivio monetario.
Lo más grave es que la crisis energética se superpone a un escenario ya tensionado por la guerra comercial y por políticas industriales más proteccionistas. La combinación de aranceles, cadenas de suministro fragmentadas y energía cara dibuja un entorno de inflación más pegajosa y crecimiento más débil: la temida estanflación. Para la zona euro, todavía con heridas abiertas por el shock de 2022, el impacto sobre salarios, negociación colectiva y cuentas públicas podría ser significativo.
En este contexto, el dinero vuelve a mirar hacia los bonos soberanos de máxima calidad y hacia los metales preciosos como cobertura frente a un posible error de política monetaria. El mensaje que envían hoy las pantallas es claro: el ciclo de recortes que el mercado había dado por hecho ya no está asegurado.
Aerolíneas y turismo, los grandes perdedores inmediatos
Si hay un sector claramente penalizado por el nuevo escenario es el del transporte aéreo y el turismo. En el IBEX 35, IAG llegó a encajar caídas cercanas al 8% en los primeros compases de la sesión, lastrada por el doble golpe del encarecimiento del combustible y el aumento del riesgo operativo en las rutas que sobrevuelan Oriente Medio. Amadeus, muy expuesta al tráfico aéreo global, y compañías como Acerinox o Sacyr registraban descensos superiores al 4%-5%, en un reflejo de la huida general de activos cíclicos.
El contraste con la foto de hace apenas unas semanas resulta llamativo. El sector turístico trataba de consolidar la recuperación plena tras la pandemia, apoyado en una demanda embalsada y en la fortaleza del consumidor europeo. España, donde el turismo representa en torno al 12% del PIB, se había beneficiado de un flujo constante de reservas y de un verano adelantado en las previsiones. Ahora, el riesgo de restricciones de espacio aéreo, desvíos de rutas y cancelaciones vuelve a situar al sector en la zona de máxima vulnerabilidad.
Los analistas recuerdan que pequeñas variaciones en el coste del combustible pueden tener un impacto desproporcionado en el beneficio por acción de las aerolíneas, especialmente cuando los márgenes ya estaban tensionados por salarios y tasas aeroportuarias. No es casual que la presión vendedora se haya concentrado en los valores más dependientes del queroseno: la sensibilidad del sector a cada dólar adicional en el barril vuelve a quedar al desnudo.
El regreso del refugio clásico: oro, metales y bonos
En paralelo al castigo sobre la renta variable, el mercado ha reactivado de forma casi automática la búsqueda de activos refugio. El oro y la plata, que ya mostraban una tendencia alcista en los últimos meses, retomaban con fuerza las subidas, arrastrando al alza a las compañías mineras cotizadas. Este movimiento no solo responde al miedo geopolítico; también funciona como cobertura frente al riesgo de un nuevo episodio inflacionista si el encarecimiento energético se prolonga.
En deuda pública, se observa una rotación hacia los tramos largos de los bonos estadounidenses y alemanes, con descensos en las rentabilidades que reflejan la demanda de seguridad. La lógica es conocida: en un entorno de elevada incertidumbre, los inversores sacrifican algo de rentabilidad a cambio de preservar capital. El resultado es un mercado crecientemente bipolar, en el que coexisten valoraciones exigentes en sectores refugio y descuentos severos en cíclicas, bancos y compañías ligadas al comercio global.
Este hecho revela una vez más el efecto dominó de las crisis geopolíticas sobre las carteras globales. Lo que empieza como un shock localizado en Oriente Próximo termina transformando el mapa de flujos entre regiones, divisas y clases de activo. Y, de fondo, vuelve la pregunta que marcó 2022: ¿hasta qué punto pueden los bancos centrales absorber un nuevo impacto sin poner en riesgo su credibilidad?

