José María Luna: El oro brilla mientras el Dow Jones roza máximos históricos
Con el metal en 4.600 dólares y el Dow en 49.000 puntos, José María Luna sigue viendo al oro como seguro estratégico frente a un Wall Street eufórico
El oro cotiza en torno a los 4.600 dólares por onza, tras una subida cercana al 70% en solo un año y más de medio centenar de máximos históricos marcados durante 2025. Al mismo tiempo, el Dow Jones ronda los 49.000 puntos, muy cerca de su techo anual, después de avanzar en torno a un 13% en los últimos doce meses. En este doble rally —bolsa fuerte y metal refugio disparado— José María Luna, socio de Luna Sevilla Asesores Patrimoniales, no titubea en su diagnóstico durante su entrevista con Negocios TV: «El oro sigue teniendo muy buena pinta, especialmente más el oro que la plata».
Su lectura de mercado llega en plena transición hacia 2026, con una macroeconomía que resiste mejor de lo previsto, una inflación que no termina de descontrolarse y unas políticas fiscales aún expansivas en varias economías desarrolladas. Todo ello, combinado con compras récord de oro por parte de bancos centrales, dibuja un escenario paradójico: riesgo en máximos… y miedo, también. El resultado es un contexto tan alcista como frágil, donde el oro recupera protagonismo como seguro de cartera frente a un Dow en zona de euforia.
El oro frente a un Dow en máximos
La fotografía de arranque de 2026 es tan clara como incómoda para el inversor prudente. Por un lado, el Dow Jones Industrial Average se mueve alrededor de los 49.000 puntos, en la parte alta de un rango de 52 semanas que ha ido desde algo más de 36.000 hasta máximos por encima de 49.500 puntos. Son niveles que, en cualquier manual, se asocian con la parte madura del ciclo bursátil, no con un punto de entrada cómodo.
Por otro lado, el oro ha dejado de ser el “metal aburrido” de las carteras conservadoras. Tras encadenar más de medio centenar de máximos históricos y revalorizarse más de un 60% en el último año, ha arrancado 2026 todavía en zona de récords, ligeramente por debajo de los 4.600 dólares por onza.
Este contraste —acciones en máximos y oro disparado— sugiere que el mercado no está cómodo con el equilibrio actual: los beneficios empresariales y la liquidez empujan al Dow hacia arriba, pero la desconfianza hacia la deuda pública, el dólar y la política siguen impulsando la demanda de refugio. El diagnóstico que subyace a la tesis de Luna es claro: no estamos en un mercado de pánico, pero tampoco en un entorno de complacencia sana. Y en ese terreno gris, el oro sigue siendo una póliza de seguro difícil de sustituir.
Un rally que viene de lejos
El repunte del oro no es un fogonazo aislado. Es el resultado de varios años de acumulación de tensiones: guerras comerciales, conflictos geopolíticos, dudas recurrentes sobre los bancos centrales y un endeudamiento público que se ha disparado tras la pandemia. 2025 fue, simplemente, el año en que todas esas fuerzas se alinearon.
El metal encadenó más de 50 máximos históricos y ofreció una rentabilidad superior al 60% en el conjunto del año, pulverizando las previsiones conservadoras que situaban su precio medio muy por debajo de los niveles finalmente observados.
A este impulso se sumó un factor clave que Luna también destaca: la demanda estructural de bancos centrales, que han ido incrementando sus reservas de oro hasta que el metal representa ya alrededor de una cuarta parte de sus activos en algunos casos, desplazando progresivamente a otras divisas como activo de reserva. En paralelo, los inversores institucionales han reequilibrado carteras hacia activos reales ante la erosión del poder adquisitivo de las monedas fiduciarias.
La consecuencia es evidente: el oro ya no actúa solo como cobertura táctica ante un susto puntual, sino como pilar estratégico de largo plazo en un mundo donde la palabra “confianza” se ha vuelto más frágil.
Inflación contenida, deuda desbocada
Paradójicamente, este boom del oro no llega con una inflación fuera de control. En Estados Unidos, la tasa anual se mueve en el entorno del 2,5%-3%, niveles todavía compatibles con el objetivo de la Reserva Federal y muy lejos de los picos de 2022. Los temidos repuntes derivados de nuevos aranceles y tensiones comerciales no se han materializado, al menos de momento.
Sin embargo, debajo de esa aparente calma hay un desequilibrio cada vez más evidente: deuda pública y déficits estructurales al alza, financiados en buena parte gracias a tipos reales todavía contenidos. La política fiscal sigue siendo expansiva en varios frentes, y la disciplina presupuestaria brilla por su ausencia en las grandes economías.
En ese contexto, el oro actúa menos como cobertura frente a un pico puntual de IPC y más como seguro frente a un deterioro de largo plazo de la calidad de las divisas. De ahí que Luna insista en la necesidad de mirarlo con perspectiva global y no solo como un trade táctico. La pregunta ya no es si la inflación será del 2,7% o del 3,1% el próximo año, sino qué significa acumular patrimonio financiero en un entorno en el que los Estados parecen haber normalizado el déficit permanente.
Carteras para 2026: cómo combina Luna el oro y la bolsa
Pasando del análisis al terreno práctico, la recomendación de José María Luna no es la de refugiarse exclusivamente en el oro y esperar el desastre. Al contrario: su propuesta pasa por una combinación de renta variable global y activos refugio, con un papel relevante para el metal pero sin renunciar a la parte ofensiva de la cartera.
Por el lado de bolsa, Luna pone el foco en small y mid caps estadounidenses y globales, junto a estilos value que suelen tomar el relevo cuando el ciclo económico entra en una fase de madurez pero no de recesión inminente. La tecnología sigue teniendo cabida, aunque con cuidado para evitar los segmentos donde ya asoman síntomas de burbuja, tanto en valoraciones como en expectativas.
En renta fija, su visión es constructiva en deuda corporativa y deuda emergente para perfiles con mayor tolerancia al riesgo, aprovechando diferenciales de crédito todavía atractivos y la expectativa de que los bancos centrales no podrán normalizar tipos tan rápido como proclaman.
Sobre esa base, el oro —y, en menor medida, la plata— se incorporan como capa de protección frente a shocks de mercado, errores de política monetaria o episodios de tensión geopolítica. No se trata de apostar todo al refugio, sino de aceptar que en un mundo incierto, una cartera sin oro es, sencillamente, una cartera más frágil.
Volatilidad, política y bancos centrales: tres motores del metal
Luna insiste en que la volatilidad no debe verse como un enemigo, sino como una herramienta. El oro, históricamente, se ha beneficiado de episodios en los que esa volatilidad no se limita a las cotizaciones, sino que alcanza a la propia política económica: cambios bruscos en el tono de la Reserva Federal, dudas sobre la independencia de los bancos centrales o decisiones de sancionar reservas en dólares de países considerados “incómodos”.
Precisamente, uno de los grandes motores del rally reciente del oro ha sido la percepción de que el dólar se ha politizado, lo que ha llevado a bancos centrales de mercados emergentes a comprar y repatriar miles de toneladas de metal físico hacia sus propios territorios.
La volatilidad, por tanto, se ha desplazado del PIB y del IPC a la geopolítica y la confianza institucional. Y es en ese punto donde el oro vuelve a ser insustituible: no depende del “rating” de un gobierno ni de la promesa de ningún banco central. El mensaje de fondo es incómodo para cualquier responsable político, pero sencillo para el inversor: cuando la política se vuelve imprevisible, el oro deja de ser opcional.
¿Ha llegado tarde el inversor? Riesgos y oportunidades
La gran objeción es evidente: con el oro en máximos históricos, ¿no es tarde para entrar? Los analistas más prudentes recuerdan que, tras un año con subidas superiores al 60%, lo razonable es esperar fases de consolidación o correcciones del orden del 10%-20%, especialmente si los bancos centrales logran mantener la narrativa de “aterrizaje suave” y el Dow Jones sigue flotando cerca de sus récords.
Luna no niega ese riesgo, pero su enfoque es distinto: la clave no es acertar en el punto exacto del gráfico, sino en el tamaño y el horizonte temporal de la posición. En otras palabras, el oro no es un “chicharro” que se compra hoy para vender en dos semanas, sino un seguro que se va modulando en función del ciclo y de la exposición que ya tiene la cartera a activos de riesgo.
En la práctica, esto se traduce en ponderaciones moderadas —pero significativas— de oro dentro de carteras diversificadas, con la flexibilidad suficiente para aumentar o reducir peso en función de las señales que vayan emitiendo la inflación, el dólar y, por supuesto, los propios índices bursátiles. El error no es tener oro caro, sino no tenerlo cuando realmente hace falta.