Antonio Alonso analiza la escalada irreversible en Oriente Medio: ¿Hacia la destrucción total?

Antonio Alonso analiza la escalada irreversible en Oriente Medio: ¿Hacia la destrucción total?
Antonio Alonso Marcos, profesor de Relaciones Internacionales, analiza la fase irreversible de destrucción en Oriente Medio entre Israel e Irán, las amenazas nucleares en Europa y el papel de figuras políticas clave en esta compleja escalada de tensión global.

La región que mueve el termómetro del planeta ha dejado atrás el guion de la contención. Israel e Irán ya no juegan a “impactar para negociar”: la lógica que se impone es la de inutilizar al adversario, aunque eso implique dañar el suelo que ambos pisan. Lo más grave no es el intercambio de golpes, sino el salto hacia objetivos que sostienen la vida diaria: agua, energía, puertos y telecomunicaciones. Antonio Alonso Marcos advierte de una escalada sin retorno que amenaza con convertir Oriente Medio en un problema sistémico. Y, en paralelo, Europa coquetea con la disuasión como si fuese un concepto decorativo.

Del “impactar para negociar” al daño irreversible

Hasta hace poco, la confrontación se parecía a una coreografía conocida: golpes calibrados, señales cruzadas, mensajes para la mesa de negociación. Ese marco —frágil, pero funcional— se ha erosionado. Alonso Marcos describe un tránsito hacia “destrucción total”, un lenguaje que en geopolítica no alude a la victoria militar, sino a la degradación de capacidades esenciales. La consecuencia es clara: cuando se abandona el terreno de lo simbólico, el coste se multiplica y la reversibilidad desaparece. El precedente histórico es incómodo. En 1973, un shock energético bastó para contaminar inflación y crecimiento durante años; hoy el riesgo no es solo el crudo, sino la suma de energía + agua + logística en un entorno hiperconectado. En ese contexto, negociar deja de ser el desenlace natural y pasa a ser un lujo.

Infraestructuras críticas: el talón de Aquiles del Golfo

El punto ciego del debate público es el agua. En varios países del Golfo, la desalación aporta hasta el 70%-90% del suministro urbano, y la dependencia de plantas costeras es estructural. Un ataque a desaladoras no sería “un objetivo militar más”: sería un golpe directo a la continuidad social y económica. Bastan 48-72 horas de interrupción severa para tensionar hospitales, industria y cadenas de frío; y la reposición de equipos específicos puede alargarse semanas o meses por logística y piezas. Este hecho revela por qué el conflicto ya no se mide solo en misiles, sino en vulnerabilidades. Y añade una capa perversa: la infraestructura es, a la vez, escudo y rehén. Cuando la supervivencia entra en el tablero, la disuasión convencional se vacía y la tentación de escalar crece.

El objetivo de Teherán: vaciar el tablero

Alonso Marcos sostiene que Irán busca “vaciar la región” mediante la destrucción de recursos esenciales. Traducido: forzar desplazamientos, paralizar economías, erosionar legitimidades internas y convertir la gobernanza en un problema insoluble. Es una estrategia que no exige ocupar territorio; le basta con degradar los pilares que sostienen la vida. “Cuando el agua, la electricidad y los puertos dejan de funcionar, la guerra ya no es un frente: es el día a día. Y en ese vacío, la estabilidad se rompe aunque nadie firme una rendición”, resume el analista. El diagnóstico es inequívoco: el objetivo oculto no es solo presionar a Israel, sino abrir un corredor de incertidumbre que afecte a socios, rivales y mercados. La seguridad global paga doble: por la amenaza y por la imprevisibilidad.

Europa, disuasión y el factor Bielorrusia

Mientras Oriente Medio concentra titulares, Europa vive su propia miopía estratégica. La maniobra nuclear conjunta de Rusia y Bielorrusia no es un teatro sin consecuencias: es un recordatorio de que la disuasión se sostiene en credibilidad, no en comunicados. Alonso Marcos alerta de un error europeo: haber perdido el respeto —y el miedo— a la capacidad de escalada rusa. El riesgo no es una guerra nuclear “clásica”, sino un gesto calculado: un ensayo real, una detonación de baja potencia o una demostración en el margen. En términos técnicos, hablar de un artefacto táctico de 1-5 kilotones no es ciencia ficción; es precisamente el rango que vuelve verosímil el chantaje estratégico. El contraste con la Guerra Fría resulta demoledor: entonces, el miedo era un freno; hoy, el exceso de rutina puede ser gasolina.

En medio del choque, los liderazgos importan tanto como los arsenales. La figura de Donald Trump reaparece como actor ambiguo: capaz de forzar giros de agenda, pero también de introducir ruido y cálculo electoral. Netanyahu, por su parte, opera en un contexto doméstico en el que la seguridad se mezcla con supervivencia política. El resultado es una “política del atasco”: movimientos que no cierran el conflicto, pero sí elevan el umbral de daño aceptable. Ni artífices absolutos ni espectadores: son aceleradores de un sistema ya inflamable. Y ese matiz es clave, porque desplaza el foco del “gran plan” hacia la suma de incentivos cortoplacistas. Cuando la toma de decisiones se contamina de táctica interna, la escalada deja de obedecer a una lógica estratégica pura y se vuelve más difícil de predecir.