El Banco Mundial alerta: Asia-Pacífico crecerá menos por el shock energético
El Banco Mundial advierte de que el conflicto en Oriente Próximo, la incertidumbre comercial y la fragilidad interna de varias economías frenan a la región que más crecía del planeta.
El aviso ya no admite maquillaje. Asia Oriental y el Pacífico, la gran locomotora del crecimiento mundial en los últimos años, perderá velocidad en 2026. El Banco Mundial prevé que la región pase de crecer un 5,0% en 2025 a un 4,2% en 2026, golpeada por el encarecimiento de la energía, las barreras comerciales y la persistencia de debilidades domésticas. Lo más grave es que el deterioro no se queda en las magnitudes macro: una subida sostenida del 50% en los combustibles puede recortar entre un 3% y un 4% la renta de los hogares. China, además, dejará de ejercer como colchón. Y aunque la inteligencia artificial emerge como foco de inversión, su adopción real sigue siendo demasiado limitada para compensar el frenazo.
Un frenazo con varias capas
El deterioro del cuadro regional no responde a un único factor, y ahí reside precisamente el problema. El Banco Mundial vincula la rebaja de crecimiento al shock energético derivado del conflicto en Oriente Próximo, pero subraya que esa presión llega cuando la región ya convivía con barreras comerciales elevadas, incertidumbre global de política económica y dificultades internas que venían lastrando la inversión y el consumo. El diagnóstico es inequívoco: Asia-Pacífico sigue creciendo más que buena parte del mundo, sí, pero lo hace sobre una base más frágil que hace apenas un año.
Ese matiz cambia todo. Porque una desaceleración desde el 5,0% al 4,2% puede parecer manejable en términos absolutos, pero resulta mucho más inquietante cuando afecta a la región que concentra buena parte de las cadenas industriales, del comercio mundial y del dinamismo exportador. No es solo menos crecimiento; es menos margen de error. Y cuando el margen se estrecha, cualquier nueva perturbación —otro repunte del crudo, más proteccionismo o un empeoramiento financiero— deja de ser una molestia y pasa a convertirse en un riesgo sistémico.
China deja de ser escudo
El segundo golpe llega desde Pekín. El Banco Mundial prevé que China desacelere su crecimiento desde el 5,0% en 2025 hasta el 4,2% en 2026, con una leve estabilización en el 4,3% en 2027. Las causas son conocidas, pero no por ello menos peligrosas: debilidad de la demanda interna, persistencia de los problemas en el sector inmobiliario y un entorno global que enfriará la tracción exportadora. El contraste con otras etapas resulta demoledor: cuando Asia tropezaba, China solía amortiguar el golpe. Ahora también forma parte del problema.
La consecuencia es clara. Si la mayor economía regional crece menos, se resiente el conjunto: menos compras de materias primas, menor demanda para proveedores asiáticos, menos impulso para el comercio intraindustrial y más presión para unos gobiernos que ya lidian con menor productividad y empleo de peor calidad. Ese cambio de papel de China explica buena parte de la inquietud del informe. No se trata únicamente de una corrección cíclica; revela que la región ha perdido parte de su tradicional capacidad para absorber shocks externos sin deteriorar su pulso interno.
La factura del petróleo llega al hogar
La advertencia más contundente del Banco Mundial no está en el PIB, sino en el bolsillo. Según el organismo, una subida sostenida del 50% en los precios del combustible podría provocar una pérdida de ingresos de entre el 3% y el 4% para los hogares de la región. El dato es devastador porque traduce la geopolítica en vida cotidiana: transporte más caro, electricidad más costosa, alimentos presionados al alza y menor capacidad de consumo, especialmente en las economías más dependientes de la importación energética.
Lo más grave es que ese impacto no sería lineal. Golpearía con más fuerza a las familias vulnerables y a las pequeñas y medianas empresas, precisamente los segmentos con menor capacidad para absorber costes o trasladarlos a precios. Por eso el Banco Mundial plantea apoyos selectivos para hogares pobres, vulnerables y pymes, evitando un deterioro fiscal mayor. En otras palabras, el margen de maniobra existe, pero exige precisión. Subsidios generalizados o respuestas improvisadas aliviarían el malestar a corto plazo, aunque a costa de agravar los desequilibrios presupuestarios y retrasar los ajustes de fondo.
La resistencia asiática ya no basta
Carlos Felipe Jaramillo, vicepresidente del Banco Mundial para Asia Oriental y el Pacífico, resumió la paradoja con una frase que define el momento: “sigue superando a gran parte del mundo”. Es cierto. Pero ese mejor comportamiento relativo ya no basta para sostener la narrativa del éxito. El propio Banco Mundial recuerda que la región afronta un reto estructural de empleo: 320 millones de personas alcanzarán edad de trabajar en la próxima década, mientras solo se proyectan 110 millones de nuevos puestos de trabajo. Esa brecha convierte cualquier desaceleración en una amenaza social, no solo contable.
De hecho, la región conserva fortalezas evidentes. La pobreza sigue retrocediendo y 24 millones de personas podrían salir de ella entre 2024 y 2025, según el Banco Mundial. Sin embargo, este hecho revela otra tensión de fondo: el crecimiento agregado todavía genera progreso, pero cada vez cuesta más transformarlo en productividad robusta, empleos de calidad y demanda interna sostenible. Ahí está el verdadero núcleo del problema. Asia-Pacífico no se hunde; se vuelve más vulnerable. Y cuando una región tan decisiva entra en esa fase, el mundo entero acaba notándolo.
La IA asoma como oasis, pero aún insuficiente
Entre tanto pesimismo, el informe reserva un espacio para una oportunidad real. El Banco Mundial identifica el auge de las exportaciones e inversiones ligadas a la inteligencia artificial como uno de los pocos puntos brillantes de 2025, con especial intensidad en Malasia, Tailandia y Vietnam. Es una pista relevante: parte de la región está intentando sustituir el viejo modelo de crecimiento basado en mano de obra barata y apertura comercial por otro apoyado en valor añadido tecnológico.
Sin embargo, la letra pequeña enfría el entusiasmo. La adopción de IA sigue siendo reducida por carencias de conectividad y capacidades laborales, y solo entre el 13% y el 17% de las filiales multinacionales en China y Tailandia emplean estas herramientas, aproximadamente un tercio de la proporción observada en economías industrializadas. El contraste es contundente. La región puede exportar tecnología sin haberla incorporado aún de forma masiva a su propio tejido productivo. Y esa diferencia entre vender innovación y usarla de verdad separa a las economías que lideran una transformación de las que simplemente participan en ella.
Reformas o crecimiento cada vez más pobre
El Banco Mundial no se limita a describir el daño; también señala por qué algunos países resisten mejor que otros. El informe, titulado Industrial Policy in the Digital Age, sostiene que el apoyo sectorial solo funciona cuando existe una base sólida previa: infraestructuras, educación, instituciones regulatorias eficaces y apertura al comercio y la inversión. Por eso pone como ejemplos de políticas industriales relativamente exitosas a Corea del Sur, Malasia y, más recientemente, Vietnam. Allí el Estado no sustituyó al mercado: lo empujó sobre cimientos razonablemente sanos.
La lectura implícita es severa para el resto. Donde persisten fundamentos débiles y proteccionismo enquistado, especialmente en servicios, las ayudas a empresas pierden eficacia o se convierten en gasto improductivo. “Mantener empleos hoy y reactivar reformas estructurales puede liberar crecimiento mañana”, vino a señalar Aaditya Mattoo, director de investigación del Banco Mundial para la región. Ese es el centro del debate: sin reformas, el crecimiento no desaparece de golpe, pero se empobrece. Y una región que entra en esa pendiente tiende a volverse menos competitiva, más desigual y mucho más sensible a cualquier shock externo.