El Banco Mundial alerta: energía +24% en 2026 por la guerra

El organismo prevé un repunte general de materias primas del 16%, con fertilizantes al alza (+31%) y una amenaza directa sobre la inflación y la seguridad alimentaria global.

Banco Mundial
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La guerra en Oriente Próximo vuelve a reordenar el mapa de precios mundiales. El Banco Mundial estima que la energía subirá un 24% en 2026, hasta su nivel más alto desde el shock de 2022, incluso si las “disrupciones más agudas” concluyen en mayo. El golpe no se queda en el crudo: el banco proyecta un incremento del 16% en el conjunto de materias primas, impulsado por energía, fertilizantes y metales en máximos.
Lo más grave es el efecto dominó sobre la comida. Los fertilizantes escalarían un 31%, con la urea disparada un 60%, y el Programa Mundial de Alimentos advierte de 45 millones más de personas en inseguridad alimentaria “aguda” si el conflicto se prolonga.

El estrecho que fija el precio del mundo

El informe del Banco Mundial introduce una hipótesis tan técnica como política: el ritmo de normalización del transporte marítimo por el estrecho de Ormuz. En su escenario base, el organismo asume que los flujos irán recuperándose gradualmente y volverán “cerca” del nivel previo a la guerra hacia octubre, pero subraya que el sesgo de riesgos está claramente orientado a precios más altos.
La razón es obvia: antes del conflicto, por ese corredor pasaba el 35% del comercio marítimo global de crudo. Con ataques a infraestructuras y alteraciones del tráfico, el Banco Mundial habla del mayor shock de oferta petrolera “en registro”. El resultado se refleja en un mercado que reacciona por capas: primero el petróleo, después el gas y, por arrastre, el coste de producir y transportar casi todo lo demás.

Un shock de energía que se traslada a la inflación

La mecánica es conocida, pero el diagnóstico se vuelve incómodo cuando las cifras vuelven a ponerse en vertical. El Banco Mundial prevé que, en 2026, el conjunto de materias primas suba un 16% y que la energía marque el paso con ese +24%.
En paralelo, su propia actualización de precios ya retrata el calentamiento: en marzo, el índice de energía repuntó un 41,6%, con el gas europeo subiendo un 59,4% y el crudo un 40,5%.
El efecto final es una inflación más persistente, especialmente en economías vulnerables. Bajo el escenario base, el banco sitúa la inflación de los países en desarrollo en el 5,1% en 2026 (frente al 4,7% del año anterior), con riesgo de ir aún más arriba si la guerra se alarga. La consecuencia es clara: tipos más altos durante más tiempo y financiación más cara.

Fertilizantes: el cuello de botella que encarece el alimento

El segundo latigazo llega donde menos margen existe: los insumos agrícolas. El Banco Mundial anticipa que los fertilizantes subirán un 31% en 2026, empujados por una urea un 60% más cara, producto final de una cadena intensiva en gas natural.
Aquí el impacto es doble. Por un lado, erosiona la renta del agricultor: más costes sin garantía de poder repercutirlos en el precio final. Por otro, condiciona decisiones de siembra y dosis de abonado, un ajuste silencioso que se paga meses después en rendimiento y oferta. El banco advierte de que el encarecimiento alimentará presiones sobre el suministro y amenaza con deteriorar cosechas futuras.
En ese contexto, el Programa Mundial de Alimentos estima que 45 millones de personas adicionales podrían caer en inseguridad alimentaria “aguda” si el conflicto se convierte en un episodio prolongado. No es una cifra retórica: es el umbral social de una crisis.

Europa y España ante una factura importada

El contraste con otras regiones resulta demoledor: Europa llega a este shock con un mercado energético aún sensible a cualquier interrupción, y el dato del gas europeo (+59,4% en marzo) lo ilustra.
Para España, el golpe se filtra por tres canales. Primero, combustibles y logística: el Banco Mundial sitúa el Brent en una media de 86 dólares en 2026, frente a 69 dólares en 2025, y recuerda que el precio llegó a estar más de un 50% por encima de inicios de año a mediados de abril.
Segundo, electricidad e industria: con el gas como referencia marginal en momentos críticos, las oscilaciones se trasladan a la competitividad y a los márgenes. Tercero, alimentación: el encarecimiento del fertilizante se convierte en presión directa sobre el campo y, por tanto, sobre el IPC. Lo más grave es que el consumidor lo percibe como “subida general”, cuando en realidad es una cadena de transmisión perfectamente identificable.

Deuda y crecimiento: el golpe oculto en los países frágiles

Más allá del precio del barril, el Banco Mundial pone el foco en el daño macro: menor crecimiento y más tensión financiera. En su escenario central, las economías en desarrollo crecerían un 3,6% en 2026, por debajo del 4% que se manejaba antes del estallido del conflicto.
La combinación es especialmente tóxica para países endeudados: energía más cara, comida más cara y, finalmente, inflación más alta que obliga a endurecer política monetaria. El propio economista jefe del Banco Mundial, Indermit Gill, lo resume así: «The war is hitting the global economy in cumulative waves: higher energy, higher food, higher inflation» (traducción propia).
Ese encadenamiento eleva el coste de refinanciación y multiplica el riesgo de episodios de inestabilidad. En términos prácticos, el shock no solo resta poder adquisitivo: estrecha presupuestos públicos, frena inversión y erosiona redes de protección social justo cuando más se necesitan. El diagnóstico es inequívoco: la guerra actúa como impuesto global regresivo.

Un mercado con dos guiones: alivio en mayo o estrés prolongado

El Banco Mundial condiciona su previsión a que las disrupciones más intensas terminen en mayo. Pero también abre la puerta a escenarios más duros: si persisten daños en instalaciones clave o la recuperación de exportaciones es lenta, el Brent podría moverse en medias muy superiores, y el shock de oferta se convertiría en un problema estructural de inflación.
En la práctica, el mundo vuelve a una lógica de “seguridad de suministro” que se creía superada. Reservas estratégicas, rutas alternativas, seguros marítimos y primas de riesgo geopolítico pasan a formar parte del precio final. Y, mientras tanto, fertilizantes y alimentos quedan expuestos a un cuello de botella que no se resuelve con comunicados.
El mercado ya ofrece señales: futuros elevados y precios al contado nerviosos. La consecuencia inmediata es un endurecimiento de condiciones financieras en países vulnerables y un repunte de tensiones sociales donde la cesta básica pesa más. En ese tablero, el tiempo —no solo la intensidad— se convierte en el factor decisivo.

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