Las bolsas asiáticas suben pese al 25% arancelario de Trump
La sesión asiática de este martes ha confirmado hasta qué punto los mercados han aprendido a convivir con la guerra comercial permanente. Mientras Donald Trump anuncia que elevará los aranceles a las importaciones surcoreanas hasta el 25% y amenaza a Canadá con tasas del 100% si se aproxima demasiado a China, las bolsas de la región han optado por el verde. El Nikkei 225 avanzó en torno a un 0,25%, el S&P/ASX 200 australiano sumó cerca de un 1% y el Hang Seng de Hong Kong rebotó algo más de un 1%, con el Kospi surcoreano a la cabeza, ganando alrededor de un 1,5% pese a ser el principal objetivo de la ofensiva de la Casa Blanca. Solo China continental se desmarcó con leves caídas, mientras el dólar se apreciaba hasta la zona de 154 yenes.
Asia en verde frente a la amenaza arancelaria
La fotografía de la sesión muestra una región que, al menos de momento, rehúye el pánico. Japón cerró con un avance moderado, apoyado en las grandes exportadoras y en el sector tecnológico, muy sensible a cualquier ruptura de las cadenas de suministro. En Australia, el S&P/ASX 200 se acercó al 1% gracias al tirón de las mineras, que leen la ofensiva arancelaria como una posible palanca de demanda adicional de materias primas alternativas, si se reconfiguran los flujos comerciales.
Lo más llamativo, sin embargo, fue la reacción de Seúl, primer afectado por la decisión de Washington. En lugar de desplomarse, el Kospi avanzó cerca de un 1,5%, un movimiento que los analistas atribuyen a tres factores: la expectativa de que el Gobierno surcoreano responda con medidas de apoyo a sus campeones industriales; la percepción de que una parte del anuncio de Trump forma parte de su estrategia negociadora; y la abundante liquidez que sigue respaldando a las bolsas asiáticas a pesar del endurecimiento monetario global.
En el lado opuesto, los índices de Shanghái y Shenzhen cedieron unas décimas, en torno al 0,2% y el 0,3%, reflejando la incomodidad de Pekín ante un nuevo frente arancelario que, aunque no le afecta directamente en esta fase, vuelve a colocar a China en el centro del tablero.
Del 10% al 25%: el aviso a Seúl
Trump ha anunciado que elevará los aranceles sobre una amplia gama de bienes surcoreanos hasta el 25%, frente al entorno del 15% vigente, lo que supone un salto de 10 puntos porcentuales —un incremento relativo de más del 60% en la carga impositiva sobre esas importaciones. La lista incluye sectores estratégicos: automóviles, componentes de automoción, productos farmacéuticos, madera y determinados bienes electrónicos.
El presidente acusa a la Asamblea Nacional de Corea del Sur de no haber tramitado a tiempo el “histórico acuerdo comercial” cerrado en 2025, que contemplaba mayores inversiones surcoreanas en Estados Unidos y compras significativas de energía estadounidense. “Corea no está cumpliendo su acuerdo, y Estados Unidos ya ha hecho su parte reduciendo aranceles”, ha defendido el mandatario, en línea con otros mensajes recientes en redes sociales.
El contexto no es menor: en 2024, Corea del Sur exportó a Estados Unidos bienes por valor de unos 132.000 millones de dólares, con el sector del automóvil y la electrónica como pilares. Un aumento arancelario de este calibre puede encarecer de forma inmediata coches, móviles, televisores y fármacos para el consumidor estadounidense, o presionar márgenes de los fabricantes si deciden absorber parte del golpe. La consecuencia es clara: se reabre el debate sobre quién paga realmente la factura de las guerras arancelarias.
El órdago del 100% a Canadá y el papel de China
Si el castigo a Corea del Sur es contundente, la advertencia a Canadá resulta directamente explosiva. Trump ha amenazado con imponer aranceles del 100% a los productos canadienses si Ottawa avanza hacia un acuerdo comercial de calado con China, al que el presidente presenta como una amenaza directa a la seguridad económica de Estados Unidos.
El mensaje no llega en vacío. Canadá ya se ha visto afectada en la segunda Administración Trump por la imposición de aranceles del 35% sobre la mayoría de sus exportaciones y de un 10% adicional sobre el petróleo y el gas, aunque una parte de esas tasas se ha aplazado para las mercancías que cumplen las reglas del USMCA. La amenaza de duplicar de facto esa presión si el país se acerca demasiado a Pekín empuja a Ottawa a un delicado equilibrio entre su principal socio comercial y la tentación de diversificar hacia Asia.
“Canadá no vive gracias a Estados Unidos; prospera porque somos canadienses”, ha respondido el primer ministro en un mensaje que combina desafío y diplomacia. Sin embargo, el riesgo para sectores como el automovilístico, el agroalimentario o la madera es evidente. Una tasa del 100% convertiría en prohibitivo buena parte del flujo comercial bilateral y podría desencadenar nuevas represalias, en una espiral que los mercados, por ahora, prefieren no descontar.
El contraste con la era Biden y la fatiga de la guerra comercial
La nueva andanada arancelaria subraya el contraste entre la actual estrategia de Washington y la que siguió la Administración Biden, más inclinada a la negociación multilateral, aunque sin desmontar del todo los aranceles heredados de la primera era Trump. El regreso a medidas generalizadas del 25% o el 30% sobre amplias categorías de productos, desde China hasta México o Brasil, ha sido una constante de este segundo mandato.
Este hecho revela una característica fundamental del momento actual: existe una creciente “fatiga de guerra comercial” entre los inversores. Tras casi una década de idas y venidas arancelarias, buena parte del mercado ha dejado de reaccionar de forma automática a cada anuncio, a la espera de ver si se traduce en medidas efectivas, si se matiza en la letra pequeña o si termina incorporado a una negociación más amplia.
El diagnóstico es inequívoco: la volatilidad política ha dejado de ser un shock inesperado y se ha convertido en un componente estructural del escenario inversor. Pero eso no significa que el riesgo haya desaparecido. Al contrario, cuanto más se normalizan estas estrategias, mayor es la posibilidad de que, en algún momento, uno de estos movimientos cruce una línea roja para algún socio comercial y dé lugar a una ruptura difícil de recomponer.
Impacto potencial en inflación, exportaciones y beneficios empresariales
Desde el punto de vista macroeconómico, los aranceles funcionan como un impuesto indirecto. Si el gravamen sobre los bienes surcoreanos pasa del 15% al 25%, el coste adicional que afrontan importadores y distribuidores estadounidenses puede trasladarse, total o parcialmente, a los precios finales. Varios economistas consultados por la banca de inversión estiman que una escalada de este tipo, si se extendiera a otras economías como Canadá, podría añadir entre 0,2 y 0,3 puntos porcentuales a la inflación de Estados Unidos en 2026, en un momento en el que la Reserva Federal trata de consolidar la convergencia al 2%.
La otra cara de la moneda es el impacto sobre los beneficios empresariales. Los grandes grupos coreanos del automóvil y la electrónica obtienen entre un 20% y un 30% de sus ingresos en el mercado norteamericano. Un arancel más elevado puede forzarles a recortar márgenes, deslocalizar una parte de la producción hacia plantas en Estados Unidos o replantear su estrategia de precios. En paralelo, proveedores canadienses de energía, madera o productos agroalimentarios se enfrentan al riesgo de perder competitividad de forma abrupta si el órdago del 100% llegara a materializarse.
La consecuencia es clara: la suma de decisiones bilaterales, aparentemente aisladas, puede generar un efecto dominó sobre cadenas de suministro, precios y decisiones de inversión a escala global.