El oro desbanca a los bonos de EEUU en las reservas y el Dow Jones cierra como empezó la semana
Los bancos centrales, liderados por los BRICS, rompen tres décadas de dominio del Tesoro estadounidense mientras divisas y materias primas reordenan el mapa financiero global
Por primera vez en casi tres décadas, el valor del oro en manos de bancos centrales y grandes instituciones supera al de los bonos del Tesoro de Estados Unidos en las reservas extranjeras. No es un dato técnico más: es la señal más nítida de que el tablero geoeconómico mundial se está moviendo. El giro lo encabezan los BRICS —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica—, decididos a reducir su dependencia del dólar y a blindarse frente a sanciones financieras. Al mismo tiempo, el mercado envía sus propios mensajes: el yen se dispara hasta los 155,77 por dólar en modo “intervención”, el petróleo Brent salta casi un 3%, el oro roza los 5.000 dólares por onza y Wall Street cierra una semana de vaivenes con caídas mínimas pero nervios máximos. La consecuencia es clara: el riesgo geopolítico pesa ya tanto como los tipos de interés de la Reserva Federal en la fijación de precios de los activos. Y el brillo del metal amarillo se ha convertido en el termómetro de esa nueva era.
La marea dorada que desbanca a los bonos de EEUU
Desde 1996 no se veía algo parecido. Tras casi treinta años de hegemonía, los bonos del Tesoro estadounidense han perdido su puesto como principal activo de reserva en manos extranjeras frente al oro. Según distintas estimaciones, el peso del metal en las reservas oficiales ha superado ya el de la deuda pública de EEUU, algo impensable cuando el billete verde era sin discusión el “activo sin riesgo” del sistema.
Este hecho revela un cambio de fondo: los bancos centrales ya no solo gestionan riesgo financiero, sino riesgo político. Las sanciones contra Rusia, el bloqueo de reservas en dólares de países considerados “incómodos” y la creciente utilización del sistema de pagos como herramienta diplomática han encendido las alarmas en el mundo emergente. Frente a un bono que depende de la voluntad de Washington, un lingote es tangible, no tiene emisor y no puede ser congelado por una orden ejecutiva.
En el gráfico ilustrativo adjunto se aprecia con claridad esta “marea dorada”: mientras las posiciones en Treasuries se estabilizan o retroceden, el valor del oro en balance se ha disparado con el rally que ha llevado la onza al entorno de los 4.981 dólares. No es una moda pasajera, sino una reordenación gradual de las prioridades de reserva.
BRICS: la ofensiva silenciosa contra el dólar
En el centro del movimiento están los BRICS, que llevan años acumulando oro de manera sistemática. China y Rusia han sido los más agresivos, pero también India, Brasil y Sudáfrica han incrementado de forma sostenida sus compras netas. Entre todos representan ya más del 25% del PIB mundial y alrededor del 40% de la población del planeta, un peso económico que respalda su ambición de mayor autonomía financiera.
Su estrategia es doble. Por un lado, reducir la proporción de reservas en dólares y en deuda estadounidense, que en algunos casos ha caído de niveles cercanos al 70% hace una década a entornos por debajo del 50%. Por otro, construir infraestructuras paralelas de pagos y financiación —desde sistemas alternativos a SWIFT hasta bancos de desarrollo propios— que les permitan operar al margen de la arquitectura dominada por Occidente.
El giro hacia el oro encaja en esa lógica. “No se trata de matar al dólar, sino de dejar de depender de él para todo”, resume un diplomático de un país asiático. El resultado es un mundo más fragmentado, en el que el dólar sigue siendo central, pero ya no es el único eje en torno al cual giran reservas, comercio y sanciones.
Por qué el oro vuelve a ser el activo de referencia
La pregunta es inevitable: ¿por qué el oro y no otros activos? La respuesta tiene más que ver con la política que con la rentabilidad. El metal precioso no ofrece cupón, no genera flujos de caja y, en periodos de estabilidad, suele quedarse rezagado frente a la renta variable. Pero en un entorno de sanciones, congelación de activos y guerras comerciales, su principal defecto se convierte en virtud: no depende de la solvencia de ningún gobierno.
El oro es tangible, históricamente aceptado y líquido en casi cualquier jurisdicción. Funciona como seguro frente a la inflación, frente a la depreciación de divisas y, ahora, frente a la “armamentización” del sistema financiero. A diferencia de una criptomoneda, no depende de redes digitales vulnerables a apagones o ciberataques, y a diferencia de un bono corporativo, no está sometido al ciclo de crédito.
Las economías emergentes, acostumbradas a ver cómo sus monedas se hunden en cada crisis global, perciben el oro como un ancla de estabilidad. La moraleja es sencilla: cuando las reglas del juego pueden cambiar por razones políticas, la neutralidad del metal pesa más que cualquier décima extra de rentabilidad.
Divisas en alerta: el yen en modo “intervención”
El reordenamiento del sistema también se refleja en el mercado de divisas. La última sesión de la semana dejó una imagen elocuente: el yen japonés pasó en pocas horas de perder terreno frente al dólar a recuperar un 1,66%, hasta los 155,77 yenes por billete verde. El movimiento, brusco y en dos tramos, fue leído de inmediato como preludio —o inicio— de una intervención coordinada.
Según fuentes del mercado, la Reserva Federal de Nueva York realizó “rate checks” en el cruce dólar/yen a mediodía, un gesto técnico que suele preceder a actuaciones de mayor calado. Tokio llevaba días insinuando su incomodidad con niveles cercanos a 159–160, considerados incompatibles con la estabilidad financiera doméstica. En plena campaña para unas elecciones anticipadas y con el Banco de Japón dispuesto a seguir subiendo unos tipos aún muy bajos, la presión política para actuar es evidente.
“No oigo confirmaciones todavía, pero si parece una intervención, se mueve como una intervención y suena como una intervención, probablemente sea una intervención”, ironizaba Karl Schamotta, estratega jefe de Corpay. El mensaje al resto de bancos centrales es claro: en un mundo de flujos rápidos hacia el oro y otros refugios, las divisas pueden convertirse en el primer frente de tensión.
El dólar pierde brillo mientras los refugios se disparan
El movimiento del yen encajó en un contexto más amplio de debilidad del dólar. El índice DXY, que mide al billete verde frente a una cesta de monedas, cayó un 0,84% hasta los 97,47 puntos, firmando su peor semana desde mayo. El euro subió un 0,61% hasta 1,1826 dólares, mientras la libra esterlina avanzó un 1,04% hasta 1,364 dólares.
En paralelo, los activos refugio han tomado el relevo. El oro al contado avanzó un 0,91% hasta 4.981,43 dólares por onza, con los futuros estadounidenses en torno a 4.936 y muy cerca de la barrera psicológica de 5.000 dólares. La plata superó por primera vez los 100 dólares la onza, consolidando un rally que muchos ya comparan con grandes episodios de estrés financiero del pasado.
La lectura de fondo es inquietante para Washington: cuando los inversores prefieren metal físico a deuda del Tesoro, el estatus del dólar como reserva indiscutible se resiente. De momento, se trata más de una diversificación táctica que de una huida desordenada. Pero la tendencia es consistente: menos bonos, más oro, más monedas alternativas en acuerdos bilaterales y más preguntas sobre la sostenibilidad del actual orden monetario.
Energía cara, riesgo inflacionista: petróleo y gas en primera línea
Si el oro y el dólar marcan el pulso monetario, el petróleo y el gas vuelven a situarse en el centro del riesgo inflacionista. El West Texas Intermediate (WTI) para marzo subió un 2,88% —1,71 dólares— hasta 61,07 dólares por barril, mientras el Brent avanzó un 2,84% —1,82 dólares— hasta 65,88 dólares, máximos de más de una semana.
El detonante inmediato fue el endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos contra la “flota en la sombra” iraní, los barcos con los que Teherán colocaría su crudo sorteando el régimen sancionador. A ello se sumaron las palabras de Donald Trump, que habló de una “armada” de camino hacia Irán, alimentando el temor a incidentes en rutas clave del suministro. Al mismo tiempo, la caída de exportaciones de Venezuela —aproximadamente a la mitad desde diciembre— y los problemas logísticos de Kazajistán en el mar Negro han recortado cerca de un millón de barriles diarios de oferta.
El gas natural añadió una capa extra de tensión: los futuros de referencia se dispararon un 70% en la semana, hasta 5,275 dólares por millón de BTU, tras la mayor subida de tres días de la historia entre martes y jueves, impulsados por previsiones de las temperaturas más frías en años en EEUU. La consecuencia es evidente: la energía vuelve a ser el principal comodín que puede descarrilar las expectativas de inflación “controlada”.
Bonos en calma tensa y Fed en el horizonte
Frente a la volatilidad de divisas y materias primas, los bonos soberanos vivieron una sesión de calma solo aparente. Los Treasuries subieron de precio, con una ligera caída de rentabilidades a la espera de la decisión de la Reserva Federal. El rendimiento del bono a 10 años retrocedió 2 puntos básicos, hasta el 4,231%, desde el 4,251% del jueves. El 30 años bajó 1,8 puntos básicos hasta el 4,8305%, mientras la nota a 2 años, la más sensible a expectativas de tipos, cedió 1,6 puntos básicos hasta el 3,598%.
Los futuros sobre fondos federales asignan una probabilidad implícita del 97% a que la Fed mantenga los tipos sin cambios en su próxima reunión. El foco, por tanto, estará en el discurso: ritmo y magnitud de eventuales recortes en la segunda mitad de 2026, evaluación del impacto de las tensiones con Irán y lectura de unos datos de crecimiento —con un PIB del 4,4% anualizado en el tercer trimestre— que no encajan con un escenario de recesión inminente.
Este comportamiento de la curva es coherente con un ajuste marginal de duración, no con un cambio de régimen. Los grandes inversores aprovechan TIRes en el entorno del 4%–4,3% para alargar algo plazos, pero sin apostar todavía por un ciclo agresivo de bajadas de tipos. La clave es el mensaje que la Fed envíe al mercado sobre cuánto le preocupa realmente la marea dorada que se aleja de sus bonos.
Wall Street, funambulista entre el crecimiento y el riesgo geopolítico
En este contexto, la renta variable se comportó como un auténtico funambulista sobre el alambre geopolítico. La sesión del viernes fue aparentemente tranquila, pero coronó una semana de fuertes bandazos. El Dow Jones Industrial Average retrocedió 285 puntos (-0,58%) hasta los 49.098,71 puntos, lastrado por el castigo a valores cíclicos e industriales. El S&P 500 apenas avanzó 2,26 puntos (+0,03%) hasta 6.915,61, mientras el Nasdaq Composite sumó 65,23 puntos (+0,28%) hasta 23.501,24.
En el cómputo semanal, el S&P 500 cedió un 0,35%, el Nasdaq un 0,06% y el Dow un 0,53%, dejando a Wall Street casi donde empezó el lunes pese a la montaña rusa de titulares: amenazas de nuevos aranceles a Europa por el pulso de Groenlandia, marcha atrás de Trump, datos de consumo robusto y la confirmación de un crecimiento del 4,4% anualizado. “El efecto riqueza sigue vivo entre los consumidores”, recordaban varios gestores, subrayando que los índices siguen muy cerca de máximos históricos.
Para el inversor europeo —y especialmente para el español— el mensaje es nítido: el mercado estadounidense sigue siendo referencia en crecimiento y beneficios, pero la ecuación de riesgo ha cambiado. Menos bonos del Tesoro en manos extranjeras, más oro en las cámaras acorazadas y un dólar algo más débil dibujan un escenario en el que la geopolítica ya no es ruido de fondo, sino una variable central de valoración.