El PBoC mantiene el tipo de referencia al 3% pese al desplome inmobiliario

China congela el precio del dinero por octavo mes seguido

EPA/PETER TREBITSCH

La segunda economía del mundo ha decidido, de nuevo, no tocar el precio del dinero. El Banco Popular de China (PBoC) ha mantenido este martes la tasa preferente de préstamos (LPR) a un año en el 3% y la de cinco años en el 3,50%, encadenando ocho meses consecutivos sin cambios. Se trata del nivel más bajo desde la reforma del mecanismo de fijación de tipos en 2019, pero llega en un contexto incómodo: crecimiento que apenas cumple el objetivo oficial, demanda interna fría y un sector inmobiliario que sigue drenando confianza. Sin embargo, Pekín opta por ganar tiempo con movimientos quirúrgicos en lugar de un gran giro monetario. La consecuencia es clara: el banco central intenta sostener la actividad sin disparar aún más los desequilibrios acumulados en deuda y vivienda. La gran incógnita para los mercados es hasta cuándo puede mantener esta estrategia de resistencia.

Un tipo al 3% en la segunda economía del mundo

La LPR a un año se ha convertido en el auténtico tipo de referencia de la economía china: sirve de base para la mayoría de los nuevos préstamos corporativos y buena parte del crédito a hogares. La de cinco años, en el 3,50%, es la vara de medir para las hipotecas y la financiación ligada a vivienda. Sobre el papel, un 3% parece un tipo bajo frente a otras grandes economías. Pero en China convive con una inflación muy moderada y episodios de caídas de precios en bienes y vivienda, lo que eleva el tipo de interés real que soportan empresas y familias.

Desde mayo de 2025, cuando el PBoC recortó ambas referencias en 10 puntos básicos —del 3,10% al 3,00% y del 3,60% al 3,50%— para frenar el impacto de la guerra comercial con Estados Unidos, los tipos se han mantenido en mínimos pero casi congelados. Lo más grave es que esta política ultraacomodaticia no ha logrado dinamizar el crédito como esperaba Pekín: el apetito inversor privado sigue debilitado y buena parte de la nueva financiación se dirige a refinanciar deuda existente, en especial la de empresas públicas y vehículos de gobiernos locales.

Ocho meses de pausa en plena tormenta inmobiliaria

La decisión de mantener sin cambios las LPR llega en plena tormenta inmobiliaria. Los precios de la vivienda nueva encadenan descensos y la inversión en el sector cayó en torno a un 17% en 2025, según datos oficiales recopilados por analistas internacionales. Los grandes promotores privados siguen sometidos a una reestructuración larga y desordenada, mientras los bancos refinancian proyectos a largo plazo para evitar reconocer pérdidas.

El contraste con el inmovilismo en tipos es llamativo porque el ladrillo sigue siendo una pieza central del modelo chino: distintos estudios estiman que la cadena inmobiliaria (construcción, materiales, servicios vinculados) aporta entre el 25% y el 30% del PIB si se incluyen efectos indirectos. Cualquier empeoramiento adicional en ventas o precios ejerce una presión inmediata sobre los ingresos de gobiernos locales —muy dependientes de la venta de suelo— y sobre la estabilidad de los balances bancarios.

Este hecho revela la fragilidad del equilibrio que trata de preservar el PBoC. Una bajada agresiva de tipos podría dar oxígeno a promotores y compradores, pero también alimentar nuevas burbujas en activos o acelerar la salida de capitales. Pekín apuesta, por ahora, por una estabilización lenta del sector, con apoyo selectivo y sin grandes titulares monetarios.

Por qué Pekín se resiste a bajar más los tipos

La pausa de ocho meses no implica inacción total. El pasado 15 de enero, el banco central recortó en 25 puntos básicos los tipos de varias herramientas de liquidez dirigidas a sectores estratégicos —tecnología, transición verde, inclusión financiera— y amplió en 400.000 millones de yuanes su programa de refinanciación para innovación, hasta 1,2 billones de yuanes, además de reforzar líneas para agricultura y pymes. La señal es clara: prefiere el bisturí de los instrumentos selectivos a la palanca del tipo general.

Detrás hay varios temores. Primero, la presión sobre la divisa: recortar aún más el diferencial frente a Estados Unidos podría forzar una depreciación adicional del yuan y avivar salidas de capital en un momento de tensión geopolítica. Segundo, la salud de la banca: con márgenes ya comprimidos tras años de tipos bajos y morosidad al alza en el ladrillo, un nuevo recorte generalizado dañaría la rentabilidad de unas entidades clave para financiar la transición económica.

Por último, en Pekín persiste la idea de que el país no necesita un estímulo puramente monetario, sino reformas estructurales y una política fiscal más directa sobre hogares, algo que choca con la tradición de priorizar el crédito a empresas públicas y grandes proyectos. La consecuencia es clara: el banco central actúa, pero siempre un paso por detrás de la política industrial y fiscal dictada por el Partido.

El contraste con la Reserva Federal y el BCE

El movimiento chino se produce mientras Occidente entra en una fase distinta del ciclo. La Reserva Federal mantiene el rango objetivo de los fed funds en el 3,50%-3,75%, tras los recortes escalonados de 2025 para frenar el enfriamiento del mercado laboral y moderar una inflación aún por encima del 2%. El Banco Central Europeo, por su parte, sitúa su facilidad de depósito en torno al 2% tras normalizar la política ultraexpansiva de la década pasada.

Sobre el papel, China presenta tipos nominales más bajos que Estados Unidos y ligeramente por encima del euro, pero la comparación engaña. Su economía crece oficialmente un 5% anual, apoyada sobre todo en el tirón de las exportaciones, mientras el consumo interno y la inversión privada se quedan atrás. En ese contexto, un tipo del 3% no es tan acomodaticio como sugiere el número.

Lo más llamativo es la divergencia en el uso de la política monetaria. Mientras la Fed y el BCE han utilizado el tipo oficial como herramienta central para combatir la inflación y gestionar el ciclo, Pekín ha preferido un enfoque híbrido: ligeros ajustes en la LPR combinados con potentes programas de crédito dirigido, garantías públicas y órdenes a la banca estatal. El contraste con otras regiones resulta demoledor: la transparencia y la previsibilidad de la política monetaria china siguen muy lejos de los estándares occidentales.

Impacto para empresas, hipotecas y deuda local

La decisión de mantener las LPR tiene efectos inmediatos en la economía real. Para las empresas industriales y exportadoras, un tipo al 3% supone un coste de financiación moderado, especialmente en un entorno de débil demanda interna. Sin embargo, muchas compañías —en particular las privadas de menor tamaño— se quejan de que el crédito barato se concentra en grandes grupos estatales, mientras ellas pagan diferenciales de hasta 200-300 puntos básicos sobre la LPR en préstamos bancarios ordinarios.

En el frente hipotecario, la referencia a cinco años al 3,50% mantiene las cuotas relativamente contenidas, pero no logra reactivar las compras. En ciudades de segundo y tercer nivel, descuentos de hasta el 20%-30% sobre el precio de catálogo no son suficientes para convencer a hogares que temen nuevas caídas o retrasos en la entrega de viviendas. La consecuencia es clara: el problema ya no es de tipo hipotecario, sino de credibilidad del sector y de expectativas de precios.

La otra gran afectada es la deuda de gobiernos locales y sus vehículos de financiación. Con obligaciones estimadas en varios billones de dólares equivalentes, cualquier subida de tipos habría tensado aún más su capacidad de pago. La estabilidad de la LPR alivia la carga de intereses a corto plazo, pero no resuelve el agujero de ingresos por la caída de ventas de suelo. China compra tiempo, pero no cierra ninguna de las grietas estructurales de su sistema financiero público.

Los riesgos de seguir aplazando el ajuste

Mantener el precio del dinero en mínimos puede parecer prudente, pero entraña riesgos. El primero es la “japonización”: una economía atrapada en tipos bajos, crecimiento mediocre y sectores zombis mantenidos con crédito barato. El Fondo Monetario Internacional ha advertido de que, sin una solución más contundente para el ladrillo, China corre el riesgo de arrastrar durante años un problema de balances que lastra el potencial de crecimiento. El propio organismo ha sugerido que sería necesario un apoyo al sector inmobiliario equivalente a en torno al 5% del PIB repartido en varios años para sanear promotores viables y proteger a los hogares.

El segundo riesgo es fiscal: la combinación de tipos bajos y crédito abundante facilita ocultar pérdidas en bancos y empresas públicas, desplazando el ajuste hacia el futuro. Cuando finalmente se materialicen, la factura puede recaer sobre los contribuyentes vía rescates y menor gasto social. El origen de la ineficiencia está en un modelo que ha preferido construir más ladrillo y más infraestructuras antes que reforzar la red de seguridad social y el consumo de los hogares.

Por último, un entorno prolongado de tipos muy bajos puede alimentar la búsqueda de rentabilidad en activos más arriesgados, dentro y fuera de China. Si el recorte monetario global continúa, el diferencial de tipos podría impulsar salidas de capital hacia mercados emergentes con más rendimiento, complicando aún más la gestión del yuan.