El viaje de Mark Carney a Pekín abre una nueva etapa tras años de tensiones

China y Canadá reactivan un comercio de 120.000 millones

China y Canadá han anunciado este viernes un compromiso formal para ampliar su comercio bilateral, reforzar la inversión en las dos direcciones y reabrir todos los canales de diálogo económico. El gesto, recogido en una declaración conjunta, llega en plena visita oficial del primer ministro Mark Carney a China, la primera de un jefe de Gobierno canadiense a Pekín en ocho años, y supone el intento más serio de reconstruir una relación deteriorada desde el caso Huawei y el choque por los aranceles. Detrás del lenguaje diplomático hay números contundentes: más de 118.000 millones de dólares canadienses en intercambios en 2024, con China ya como segundo socio comercial de Canadá, pero también un déficit creciente y fricciones en sectores estratégicos como los vehículos eléctricos y la canola.

EPA/VINCENT THIAN / POOL
EPA/VINCENT THIAN / POOL

Las dos capitales han pactado también reactivar la China-Canada Joint Economic and Trade Commission (JETC), el principal órgano técnico bilateral, y prometen abordar sus disputas “mediante consultas constructivas”. La consecuencia es clara: Ottawa empieza a girar hacia una política de diversificación real, incluso a costa de incomodar a Washington, y empresas e inversores deberán adaptarse a un eje China-Canadá que vuelve al tablero con fuerza.

Un viaje con mensaje: menos dependencia de Washington

El contexto del anuncio es tan relevante como el propio texto de la declaración. Carney llega a Pekín tras un año de tensiones comerciales crecientes con Estados Unidos, donde los nuevos aranceles de la administración Trump han golpeado desde el acero hasta los productos agroalimentarios canadienses. Frente a ese escenario, el Gobierno de Ottawa ha trazado una línea clara: diversificar o aceptar un creciente grado de vulnerabilidad económica. China, segunda economía mundial, aparece como la palanca más evidente, pero también la más delicada.

El viaje, el primero de un primer ministro canadiense a China desde 2017, va mucho más allá de la foto con Xi Jinping. Carney ha defendido abiertamente que la relación con Pekín es hoy “más predecible” que la que mantiene con Washington, una frase que hace apenas unos años habría sido impensable en un socio histórico de Estados Unidos.

El diagnóstico en Ottawa es inequívoco: seguir atado en un 75% al mercado estadounidense deja a Canadá demasiado expuesto a los vaivenes políticos de la Casa Blanca. El objetivo declarado del primer ministro es duplicar las exportaciones a socios distintos de EE. UU. en la próxima década, y el giro hacia China es la pieza central de ese plan.

Un comercio de 118.000 millones que nunca dejó de crecer

Pese a los titulares sobre crisis diplomáticas y arrestos cruzados, el comercio entre China y Canadá nunca se detuvo del todo. Según los últimos datos oficiales, el intercambio de bienes entre ambos países alcanzó unos 118.700 millones de dólares canadienses en 2024, con China como segundo socio individual de Canadá y destino de alrededor del 4% de las exportaciones canadienses.

La relación, sin embargo, está desequilibrada. Canadá acumula un déficit comercial superior a los 50.000 millones, fruto de un patrón clásico: exporta principalmente materias primas —minerales, metales, agroalimentario— e importa productos manufacturados de alto valor añadido, incluidos bienes de consumo y componentes tecnológicos.

En sectores clave, la dependencia es evidente. El comercio de minerales entre ambos países se situó en 24.400 millones de dólares en 2024, mientras que las exportaciones agroalimentarias y de pescado hacia China superaron los 14.700 millones, con la canola como producto estrella.

Este hecho revela una vulnerabilidad: cuando Pekín decide utilizar aranceles o vetos sanitarios como herramienta política, impacta directamente en agricultores, mineras y puertos canadienses. En sentido inverso, las restricciones de Ottawa sobre tecnología china —de equipos 5G a vehículos eléctricos— afectan al acceso de las empresas chinas a un mercado avanzado y rico.

EV chinos por canola canadiense: el trueque del siglo XXI

La nueva fase de cooperación tiene una pieza muy concreta: un intercambio de concesiones arancelarias que ilustra hasta qué punto la geoeconomía se ha sofisticado. Canadá se ha comprometido a reducir del 100% al 6,1% el arancel sobre hasta 49.000 vehículos eléctricos chinos al año, con un aumento gradual del cupo hasta los 70.000 vehículos en cinco años. A cambio, China recortará sus gravámenes sobre la canola canadiense desde niveles efectivos de hasta el 84%-85% a apenas el 15%, además de aliviar cargas sobre marisco, legumbres y otros productos agrícolas.

La lógica es transparente: Pekín gana acceso preferencial para sus fabricantes de coches eléctricos en un mercado con gran poder adquisitivo, mientras que Ottawa logra reabrir un canal de exportación vital para sus agricultores del Oeste, castigados durante años por las represalias chinas a raíz del caso Huawei.

El Gobierno canadiense estima que el paquete podría generar en torno a 3.000 millones de dólares en nuevos pedidos de exportación en los próximos años, una cifra relevante para un país de 40 millones de habitantes.

Sin embargo, el acuerdo no está exento de riesgos internos: la industria automovilística canadiense teme una oleada de competencia a precios muy agresivos, mientras que asociaciones agrícolas temen volver a convertirse en moneda de cambio si la relación se deteriora de nuevo.

El JETC renace: del foro rutinario al centro de la relación

El comunicado conjunto otorga un papel central a un órgano poco conocido para el gran público: la China-Canada Joint Economic and Trade Commission (JETC), que se relanzará como foro clave para tratar disputas y coordinar políticas sectoriales. La JETC es un mecanismo anual de consulta creado para impulsar el comercio y la inversión, presidido por altos cargos de los dos gobiernos, y que sirve de paraguas a grupos de trabajo en materias como agricultura, energía, servicios financieros o normas técnicas.

La última reunión, celebrada en Ottawa en agosto de 2025, ya dejó entrever el giro actual: ambas partes acordaron “identificar nuevos motores de crecimiento” en energía limpia, digitalización, finanzas y nuevas infraestructuras. Ahora, con el respaldo político directo de Carney y Xi, el JETC pasa de ser un foro casi burocrático a convertirse en el auténtico “parlamento económico” de la relación.

La apuesta es clara: trasladar las fricciones —desde los aranceles a los expedientes de seguridad nacional— a una mesa técnica y previsible, reduciendo el riesgo de decisiones unilaterales de impacto inmediato. Para las empresas, si el mecanismo funciona, supondrá más visibilidad regulatoria, menos sorpresas y un calendario estable de diálogo.

Las cicatrices de Meng Wanzhou que siguen pesando

El acercamiento actual no puede entenderse sin mirar el trauma de los últimos años. Las relaciones bilaterales tocaron fondo en 2018, cuando Canadá detuvo a Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei, a petición de Estados Unidos. Pekín respondió con la detención de los canadienses Michael Kovrig y Michael Spavor, y con una batería de restricciones sobre canola, carne de cerdo y otros productos.

Aunque el caso judicial se resolvió y los llamados “dos Michaels” regresaron a Canadá, la desconfianza mutua se institucionalizó. Ottawa endureció su posición sobre Huawei y comenzó a hablar abiertamente de interferencias chinas en procesos electorales y ciberataques, mientras que Pekín acusaba a Canadá de actuar como peón de Washington.

Lo más grave para la economía real fue el efecto en el campo canadiense: la canola, uno de los principales cultivos de exportación, llegó prácticamente a ser expulsada del mercado chino mediante aranceles y trabas sanitarias, en un golpe que se midió en miles de millones de dólares perdidos y en temporadas completas tiradas a la basura.

El “reset” actual no borra ese pasado, pero sí lo reordena. Carney intenta proyectar la imagen de un Canadá capaz de defender sus valores y, a la vez, negociar acuerdos pragmáticos que devuelvan estabilidad a agricultores y empresas.

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