El Dow Jones pierde los 50.000 y Musk sentencia: “El PIB ha muerto”
El último cierre antes del festivo de Presidents Day deja una sensación extraña en Wall Street.
Los datos de inflación fueron mejores de lo esperado, la rentabilidad del bono a diez años cayó y, sin embargo, las grandes tecnológicas volvieron a arrastrar al mercado.
El S&P 500 aguantó un +0,05%, el Dow Jones sumó un +0,10%, pero el Nasdaq se dejó un 0,22% y los tres índices encadenaron su peor semana desde noviembre.
Entre medias, el Dow tocó por fin los 50.000 puntos… solo para perderlos casi de inmediato, en una semana marcada por el miedo a que la inteligencia artificial deje de ser palanca de beneficios y se convierta en amenaza directa. La pregunta que sobrevuela ahora los parqués es si estamos ante una corrección sana tras meses de euforia, o si la marca de los 50.000 será recordada como el techo de este ciclo.
Un cierre en verde… con sabor a techo
La foto del viernes engaña. El Dow Jones Industrial Average terminó en 49.500,93 puntos (+0,10%), el S&P 500 en 6.836,17 (+0,05%) y el Nasdaq Composite en 22.546,67 (-0,22%). Sobre el papel, una sesión anodina. En la semana, sin embargo, el S&P cayó un 1,39%, el Nasdaq un 2,1% y el Dow un 1,23%, su peor racha desde noviembre.
El punto de inflexión simbólico llegó un día antes, cuando el Dow superó por primera vez los 50.000 puntos. La propia fiscal general Pam Bondi, en una comparecencia sobre el caso Epstein, se permitió citar el hito bursátil como prueba de que “los estadounidenses nunca han estado mejor”. Veinticuatro horas después, el índice cedía un 1,34% y perdía el número redondo, mientras el Nasdaq se dejaba más de un 2% y los valores “vulnerables” a la IA eran barridos.
El contraste entre el triunfalismo político y la reacción del mercado es elocuente. Los datos muestran, además, un detalle inquietante: los movimientos en valores individuales han sido mucho más violentos que los del índice. Casos como CBRE Group, desplomándose un 24% en solo dos sesiones tras marcar máximos históricos, ilustran hasta qué punto la sensibilidad a la narrativa de la IA es extrema.
La inflación da aire, pero la Fed sigue en el centro del tablero
Mientras se miraba el espectáculo del Dow 50.000, la macroeconomía dejó caer un dato que sí cambia el tablero: el IPC de enero en Estados Unidos subió apenas un 0,2% mensual y un 2,4% interanual, una décima por debajo del 2,5% esperado. Es el aumento más bajo desde julio y coloca la inflación más cerca del objetivo del 2% de la Reserva Federal que de la temida zona del 3%.
El mercado reaccionó al instante. La herramienta FedWatch de CME elevó la probabilidad de un recorte de 25 puntos básicos en junio del 48,9% al 52,3%, y la rentabilidad del Treasury a 10 años cayó hasta el entorno del 4,05%, mínimos desde octubre. El flujo hacia deuda de larga duración fue igual de intenso: la nueva emisión a 30 años se colocó con una demanda muy sólida.
Sin embargo, los matices importan. Parte de la moderación del IPC vino de una fuerte caída en coches usados, mientras las presiones en otros componentes siguen siendo persistentes. El índice PCE subyacente —medida favorita de la Fed— puede seguir por encima del 3% interanual, lejos del objetivo oficial. A ello se une un informe de empleo retrasado pero robusto, con paro en torno al 4,3%.
En ese contexto, casas como Deutsche Bank mantienen que no habrá recortes de tipos hasta finales de 2026, frente a un consenso que descuenta el primero en junio. Y todo ello con un elemento adicional de incertidumbre: en mayo termina el mandato de Jerome Powell y el mercado apuesta por su relevo por Kevin Warsh, considerado más proclive a bajar tipos. Si esa transición no se traduce en las rebajas que muchos dan por hechas, el “aire” que ha dado la inflación puede durar poco.
La maldición de la IA: cuando la disrupción asusta a todos
El otro gran vector de la semana ha sido la inteligencia artificial. Lo que durante meses fue el motor de la narrativa alcista —“la IA lo va a transformar todo y hay que estar dentro”— se ha convertido en fuente de duda: ¿y si precisamente por eso destruye los márgenes de los sectores tradicionales?
Lo distintivo, como apuntan firmas como DataTrek, es que la IA no ataca a una sola industria, sino a muchas a la vez. Primero fue el software, con caídas en empresas a las que se teme ver sustituidas por modelos generativos. Después llegaron los golpes a servicios financieros, seguros, logística y inmobiliarias como CBRE, con la hipótesis de oficinas vacías en un mundo de teletrabajo radicalizado por la automatización.
Paradójicamente, las valoraciones del sector tecnológico no reflejan todavía una “burbuja de IA” clásica. El PER adelantado del sector ronda las 23,8 veces beneficios, apenas por encima de la media de 22,6 veces de los últimos cinco años. “Si la tecnología no consigue un premio de valoración por la IA, cabe preguntarse qué sector va a lograrlo”, advierten los analistas.
La consecuencia es una especie de “implosión silenciosa” de expectativas: la IA funciona, sí, pero el mercado duda de quién va a capturar realmente el valor y quién va a quedar reducido a mera “commodity” digital. Esa incertidumbre explica por qué cada atisbo de optimismo en las grandes tecnológicas “se rechaza” rápidamente, en palabras de traders como Michael James (Rosenblatt Securities).
Rotación violenta: utilities, inmobiliario y salud toman el relevo
Mientras las megacaps tecnológicas titubean, otros sectores han aprovechado para salir a la superficie. El viernes, las utilities encabezaron las subidas con un +2,69%, el inmobiliario cotizado sumó un +1,48% y la sanidad también aportó puntos al índice gracias a saltos como el +7,6% de Dexcom o el +5,3% de Moderna tras presentar unos resultados del cuarto trimestre mejor de lo esperado.
Dentro del propio universo tecnológico, la foto fue menos homogénea de lo que sugieren los índices. El subíndice de software y servicios del S&P 500 cerró con un avance cercano al 0,9%, mientras el sector tecnológico en su conjunto caía un 0,5%. Nombres ligados a la infraestructura del boom de chips, como Applied Materials, subieron un 8,1% gracias a unas previsiones de ingresos y beneficios por encima del consenso. Arista Networks, especializada en redes para centros de datos, ganó un 4,8% tras proyectar un fuerte crecimiento anual.
En el lado débil, gigantes como Nvidia y Apple actuaron como freno, convirtiéndose en los mayores lastres del S&P 500. Y en materias primas, los rumores sobre una posible relajación de aranceles al acero y el aluminio —desmentidos después por el asesor comercial de la Casa Blanca, Peter Navarro— bastaron para castigar a siderúrgicas como Nucor (-3 %) y Steel Dynamics (-3,9 %), mientras Alcoa cedía un 0,9% y Century Aluminum se desplomaba un 7,4%.
La rotación es clara: el dinero nervioso abandona parcialmente las historias “puras” de crecimiento y se refugia en defensivos con dividendo y en compañías que ganan con la infraestructura que la IA necesita para funcionar.
Musk anuncia el fin de la economía tal y como la conocemos: “Las métricas del PIB ya no tienen sentido”
La advertencia no llega de un economista heterodoxo, sino del empresario que más expuesto está a la ola tecnológica que se aproxima. Elon Musk sostiene que la combinación de IA y robótica está a punto de romper las bases mismas de la economía: la escasez, el coste del trabajo, el sentido del dinero. «Nos golpeará como un tsunami supersónico», resume, en una frase que condensa tanto fascinación como pánico. En su escenario, la producción se dispara a ritmos de dos dígitos, los precios se hunden y las métricas clásicas —PIB, inflación, productividad— dejan de describir la realidad que tienen delante gobiernos y bancos centrales.
Lo que Musk plantea no es una simple advertencia sobre destrucción de empleo o disrupción sectorial. Es un cuestionamiento frontal del marco conceptual con el que economistas, autoridades monetarias y Estados han interpretado la realidad durante más de un siglo. La IA generativa y la robótica avanzada empujarían la productividad a tasas del 15%-20% anual en sectores enteros: fábricas automatizadas, logística sin conductores, programación asistida, servicios digitales gestionados por agentes autónomos. «La producción crece exponencialmente. La oferta monetaria crece linealmente», insiste. Ahí está el choque: un lado de la ecuación se dispara; el otro, incluso si se acelera, nunca lo alcanza.
El resultado que anticipa no es más inflación, sino lo contrario: deflación estructural, no por colapso de la demanda, sino por una oferta que se multiplica casi sin coste. La IA elimina errores, despilfarro y coste laboral en cada fase de producción; el coste marginal de fabricar un coche, un microchip o un servicio digital se acerca a cero mientras la calidad mejora. Los gobiernos reaccionan con el manual de siempre —imprimir dinero, inyectar estímulos, sostener el consumo—, pero frente a una abundancia casi ilimitada esas herramientas no funcionan o generan distorsiones nuevas. No sería una crisis más del ciclo, sino algo más radical: no evolución, sino reemplazo.
Euforia de sentimiento y riesgo de ‘air pocket’
Más allá de los precios, el sentimiento llevaba semanas avisando. La encuesta de Investors Intelligence mostraba una diferencia de 40 puntos entre alcistas y bajistas, un dato en el percentil 90 de optimismo histórico. En términos llanos: casi nadie veía riesgos, casi todos veían subidas.
Analistas técnicos como Jeff deGraaf, de Renaissance Macro, advertían en sus notas de que ese nivel de unanimidad suele exigir, al menos, una “pausa de dos dígitos” en los índices. La recomendación era clara: no perseguir la fortaleza; si acaso, comprar en las caídas.
A ese cóctel se suma el calendario. 2026 es año de elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos y, como recuerda Phil Orlando (Federated Hermes), las transiciones en la presidencia de la Fed en años electorales han ido acompañadas históricamente de correcciones de más del 10% en la renta variable. Si a la volatilidad propia de la IA le añadimos un relevo en la institución que fija el precio del dinero, la receta para unas semanas “movidas” está servida.
Los datos de amplitud, sin embargo, aportan matices: el viernes, en la NYSE, los valores al alza superaron a los bajistas por 2,57 a 1, con 392 máximos anuales y solo 93 mínimos. En el Nasdaq la proporción fue de 1,92 a 1, con 3.156 subidas frente a 1.646 caídas. No es el patrón de un mercado que se desmorone, sino el de un índice pesado por unos pocos gigantes mientras el resto de valores resiste con dignidad.
Bonos en auge y reequilibrio silencioso de carteras
La otra cara de la corrección bursátil ha sido el rally de la renta fija de alta calidad. La caída de unos 23 puntos básicos en el Treasury a diez años en apenas dos semanas, hasta la zona del 4,05 %, ha devuelto atractivo a los bonos de grado de inversión. Las subastas de vencimientos largos, como la nueva referencia a 30 años, han registrado una demanda muy sólida, y los spreads corporativos se han estrechado.
Parte del movimiento responde a la típica huida hacia la calidad cuando la renta variable se vuelve volátil. Pero también hay un componente técnico: tras meses de subida casi ininterrumpida en las bolsas, muchos gestores institucionales han tenido que rebalancear sus carteras para mantener el peso objetivo en bonos y acciones, lo que ha generado compras adicionales en deuda soberana y corporativa.
En paralelo, otros activos de riesgo han sufrido salidas: el bitcoin ha corregido desde sus máximos recientes, y quienes habían ganado más del 20% en oro o más del 60% en plata en lo que va de año han aprovechado para “hacer caja”. No son ventas de pánico, pero sí un recordatorio de que la complacencia previa había llevado a extremos en varias clases de activos.
En este entorno, la tesis de una deflación tecnológica acelerada por la IA —esa “abundancia” que describíamos en otro análisis— refuerza el apetito por bonos: si los precios tienden a moderarse y el crecimiento no se derrumba, los cupones reales de la deuda de calidad se vuelven más valiosos.
¿Corrección sana o aviso de techo? Claves para el inversor español
Con el ruido de la IA, el Dow 50.000 de ida y vuelta y la inflación algo más dócil, la tentación de leerlo todo como el inicio del fin del ciclo es grande. Pero los datos invitan a una interpretación más matizada.
Por un lado, el mercado venía de máximos históricos con sentimiento eufórico, valoraciones exigentes y una narrativa —la IA— demasiado perfecta como para no sufrir una fase de dudas. Una corrección del 10%-15% encajaría en el patrón de muchas expansiones pasadas sin necesidad de hablar de cambio de régimen. La clave será si los beneficios empresariales empiezan realmente a reflejar una erosión por la competencia de la IA o si, por el contrario, la tecnología se integra sin destruir márgenes en masa.
Por otro lado, el consenso de recortes rápidos de tipos, el relevo de Powell por Warsh y la idea de una Fed “más dovish” pueden haber ido demasiado lejos. Si la inflación subyacente se resiste a bajar del 3% y el mercado laboral sigue fuerte, el banco central tendrá pocos incentivos para recortar agresivamente. En ese escenario, el Dow 50.000 podría convertirse en un techo temporal más que en un simple número redondo anecdótico.
Para el inversor español, con una exposición creciente a índices estadounidenses vía fondos y ETF, las conclusiones son claras:
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Evitar concentraciones excesivas en megacaps tecnológicas cuya narrativa está siendo cuestionada.
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Valorar la entrada gradual en sectores defensivos (utilities, salud, consumo básico) y en bonos de alta calidad aprovechando la bajada de rentabilidades.
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Asumir que la volatilidad ligada a la IA no ha hecho más que empezar y que las caídas puntuales de dos dígitos en valores individuales van a ser parte del paisaje.
En otras palabras: ni pánico por perder un número redondo, ni euforia por cada rebote. En un mercado dominado por algoritmos y expectativas frágiles, la disciplina y la diversificación valen más que cualquier titular.