¿Por qué Bezos está trolleando a Musk en X con tortugas?

Blue Origin diseña un atajo a la Luna sin repostajes orbitales mientras SpaceX gira hacia una “ciudad autosuficiente” y China acelera para llegar antes de final de década
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Jeff Bezos no suele prodigarse en X, la red social propiedad de su rival Elon Musk. Pero esta semana le bastó una sola imagen en blanco y negro, una tortuga saliendo de las sombras, para encender la nueva fase de la carrera espacial. Sin texto, sin explicación. Solo el símbolo del escudo de Blue Origin, inspirado en la fábula de la liebre y la tortuga: despacio, pero constante.
El dardo llegó apenas unas horas después de que Musk anunciara un giro estratégico: SpaceX aparca Marte como prioridad inmediata y pone la Luna en el centro del plan, con una “ciudad autosuficiente” como horizonte.
Bezos, que desde hace años defiende empezar por la Luna y las órbitas cercanas antes de soñar con colonias marcianas, respondió sin palabras, pero con arquitectura: un nuevo esquema de alunizaje acelerado, sin repostajes en órbita, que aspira a llegar antes de 2030.
La consecuencia es clara: la carrera del siglo XXI por volver al satélite ya no es solo cosa de Estados y agencias. Es una pugna a tres bandas entre China, Musk y Bezos, con la NASA atrapada entre los plazos políticos y los riesgos tecnológicos.

La tortuga en X: un troleo con mucha letra pequeña

La foto de la tortuga que Jeff Bezos publicó en X no era un capricho estético. El animal aparece también en el emblema de Blue Origin, flanqueado por el lema “Gradatim ferociter” (paso a paso, ferozmente). Es la declaración de intenciones de un proyecto que ha avanzado a un ritmo mucho más lento que su gran competidor, SpaceX, pero que ahora presume de tener un plan lunar más realista que las promesas marcianas de Musk.

Bezos ya había lanzado otro guiño en el pasado, cuando escribió un célebre “Welcome to the club” dirigido a Musk después de que SpaceX sufriera un revés contractual con la NASA. Esta vez el mensaje es más afilado: la tortuga que apostó por la Luna desde el principio le recuerda a la liebre que ha llegado tarde al mismo terreno que despreciaba.

La clave del troleo es que no se limita al plano simbólico. Detrás del gesto hay una arquitectura técnica: Blue Origin trabaja desde 2023 en el lander Blue Moon MK2 y desde el pasado otoño en una versión “acelerada” —MK2-IL— capaz de llegar a la superficie sin repostar en órbita, el gran cuello de botella de los planes lunares de SpaceX.

De Marte a la Luna: el giro estratégico de Musk

Durante más de una década, Musk defendió que la Luna era una distracción y que el objetivo debía ser Marte. Ahora, el fundador de Elon Musk ha rectificado: SpaceX priorizará una “ciudad auto-creciente” en la Luna como vía más rápida para asegurar la supervivencia de la civilización.

La lógica es puramente orbital: mientras una ventana a Marte se abre cada 26 meses y el viaje dura cerca de seis meses, a la Luna se puede volar aproximadamente cada 10 días y llegar en apenas tres. Eso permite iterar más rápido, probar tecnologías clave —desde el reciclaje de recursos hasta la construcción robotizada— y, sobre todo, mostrar resultados políticos en menos de una década.

Musk no renuncia a Marte —sigue hablando de una misión tripulada hacia 2031—, pero sabe que su narrativa de “civilización multiplanetaria” necesita hitos tangibles. De ahí que la empresa redoble el desarrollo de Starship HLS, el enorme lander lunar contratado por la NASA para Artemis III y IV, al tiempo que promociona ideas como “Moonbase Alpha” o fábricas de satélites en la superficie selenita.

El problema es que las pruebas recientes de Starship han sido todo menos suaves: tres vehículos destruidos en vuelo el año pasado alimentaron dudas sobre la capacidad de cumplir un alunizaje tripulado antes de 2030. En ese margen de duda es donde Bezos ve su ventana.

El atajo de Bezos: tres o cuatro lanzamientos y sin repostar

La gran novedad del plan de Jeff Bezos es una arquitectura que evita el repostaje en órbita, uno de los elementos más complejos del esquema original de Blue Moon y Starship. Los documentos internos a los que ha tenido acceso Ars Technica describen dos misiones: una demostración no tripulada y un alunizaje con astronautas.

En la demo sin tripulación, Blue Origin lanzaría tres cohetes New Glenn: dos colocarían en órbita baja sendas “etapas de transferencia”, y un tercero pondría en órbita el lander Blue Moon MK2-IL, una versión reducida del MK2. Las tres naves se acoplarían; la primera etapa de transferencia impulsaría el conjunto a una órbita elíptica terrestre y se destruiría en la reentrada. La segunda etapa empujaría el lander hacia una órbita 15×100 km alrededor de la Luna. Desde ahí, el MK2-IL descendería a la superficie y volvería después a la órbita lunar.

En la demo tripulada, el esquema añadiría un cuarto lanzamiento de New Glenn y una fase crítica: el acoplamiento con la nave Orion de la NASA en una órbita de halo casi rectilínea. Tres etapas de transferencia se encargarían de llevar el conjunto hasta esa órbita, transferir la tripulación al lander y, por último, colocar el módulo en órbita baja lunar antes del descenso. Todo ello, sin una sola operación de repostaje en el espacio profundo.

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New Glenn contra Starship: músculo técnico frente a horas de vuelo

La apuesta de Blue Origin se apoya en New Glenn, un cohete pesado que todavía no ha realizado vuelos operativos, frente a una Starship que ya ha llegado al espacio pero acumula explosiones en pruebas. El contraste más llamativo está en la experiencia: mientras SpaceX supera los 600 lanzamientos orbitales, Blue Origin solo ha llegado a órbita dos veces con su cohete, un diferencial que pesa tanto en la ingeniería como en la percepción de riesgo de la NASA.

Sin embargo, la empresa de Bezos juega con otra baza: un contrato de 3.400 millones de dólares con la agencia estadounidense para desarrollar Blue Moon y ejecutar una misión de demostración no tripulada seguida de un alunizaje con astronautas en Artemis V, previsto para 2029-2030. Blue Origin asegura que invertirá de su bolsillo “bien por encima” de esa cifra, elevando el coste del proyecto a alrededor de 7.000 millones.

Ese compromiso económico, unido al giro estratégico de la compañía —que ha congelado su turismo suborbital con New Shepard para concentrarse en New Glenn y el programa lunar—, envía una señal clara a Washington: Bezos está dispuesto a comprar tiempo con tal de llegar a la Luna antes que su rival.

China aprieta el reloj: la carrera a 2030

Todo este movimiento no se entiende sin un tercer actor: China. Pekín trabaja en un programa lunar que aspira a poner a sus primeros taikonautas en la superficie antes de 2030, con un lander más simple, menos ambicioso en términos de reutilización, pero potencialmente más rápido de certificar.

Para Estados Unidos, perder esa carrera tendría un coste simbólico enorme, similar al que supuso para la URSS ver cómo el Apolo 11 se adelantaba en 1969. De ahí que la NASA haya apostado por un modelo de dos proveedores —SpaceX y Blue Origin— que permita redundancia técnica y competencia en precios, pero que también añade complejidad de coordinación y riesgo de retrasos cruzados.

En este contexto, el “atajo” de Blue Origin no es solo un desafío a SpaceX, sino una respuesta a la presión geopolítica. Si el plan funciona, Estados Unidos podría encadenar un primer alunizaje con Starship a finales de década y, pocos años después, otro con Blue Moon, consolidando una presencia casi permanente en el polo sur lunar y neutralizando la narrativa de liderazgo chino. Si falla, el vacío podría aprovecharlo precisamente China.

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Los eslabones débiles del plan de Bezos

El nuevo esquema de Blue Origin evita el repostaje en órbita, pero introduce otros desafíos. Las etapas de transferencia —aún sin configuración pública clara— deberán ejecutar maniobras complejas en órbita baja, órbitas elípticas de alta energía y trayectorias translunares, con varias fases de acoplamiento y desacoplamiento que la compañía nunca ha realizado en vuelo real.

Además, todo el plan descansa sobre una pieza que aún debe demostrar lo básico: el lander Blue Moon MK1, una versión de carga que Blue Origin espera lanzar en una misión no tripulada a partir de finales de primavera o verano de este año. Ese vuelo deberá validar motores, sistemas criogénicos, navegación autónoma y la delicada maniobra de aterrizaje suave en el polo sur. Cualquier fallo retrasará en cadena el MK2-IL y, por extensión, el objetivo de llegar antes de 2030.

A ello se suma un factor intangible pero decisivo: la cultura de empresa. Mientras SpaceX ha construido su ventaja sobre la base de iteraciones rápidas —“vuela, explota, aprende, repite”—, Blue Origin ha optado por ciclos más lentos, con un énfasis casi obsesivo en la certificación previa. La gran pregunta es si esa “filosofía tortuga” es compatible con un calendario comprimido por la geopolítica.

Qué se juega la NASA y el negocio espacial

Para NASA, la rivalidad Bezos-Musk tiene una doble cara. Por un lado, le permite apoyarse en dos gigantes privados que financian buena parte del desarrollo de los landers y asumen riesgos que, en otra época, habrían recaído íntegramente en el presupuesto federal. Por otro, la expone a los vaivenes de dos egos empresariales y a una carrera que puede priorizar el golpe de efecto sobre la robustez técnica.

En términos industriales, la nueva arquitectura de Blue Origin abre un abanico de oportunidades: desde una posible familia de remolcadores espaciales —las etapas de transferencia podrían evolucionar hacia un “Lunar Transporter” reutilizable— hasta un mercado emergente de servicios de logística cis-lunar, con contratos a largo plazo para suministrar cargas, combustible y equipamiento científico en la órbita de halo y en la superficie.

Para los inversores, la señal también es nítida. La carrera a la Luna ya no se limita a contratos puntuales, sino que apunta a una economía lunar incipiente en la que el que llegue primero podrá fijar estándares, cerrar acuerdos de exclusividad y capitalizar la infraestructura inicial. En ese tablero, cada lanzamiento de New Glenn y cada test de Starship cuentan tanto como la enigmática foto de una tortuga en X.

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