La investigación penal en Francia por la posible contaminación de leche de fórmula con cereulida abre una alerta sanitaria de alcance europeo

Alarma sanitaria en Francia: tercer bebé fallece por posible contaminación en leche de fórmula

La muerte de tres bebés que habían consumido leche de fórmula incluida en lotes retirados ha convertido una retirada “por precaución” en la mayor crisis reciente de seguridad alimentaria ligada a productos infantiles en Europa. Las autoridades sanitarias francesas investigan ahora si existe una relación directa entre la presencia de la toxina cereulida y los fallecimientos, mientras los fiscales abren diligencias por homicidio involuntario y lesiones. Al mismo tiempo, la retirada de productos de Nestlé, Danone y Lactalis se extiende ya a decenas de países, con un ingrediente clave importado desde China bajo sospecha. La consecuencia es clara: se ha puesto en cuestión la capacidad de los controles públicos y privados para detectar a tiempo un riesgo que afecta a la población más vulnerable, los lactantes de menos de seis meses. Y la respuesta que den ahora París y Bruselas marcará durante años el estándar de seguridad de la industria de la leche infantil.

Imagen ilustrativa del producto leche de fórmula infantil en el contexto de la alerta sanitaria en Francia.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Alarma sanitaria en Francia: tercer bebé fallece por posible contaminación en leche de fórmula

De una retirada discreta a una alarma continental

Lo que comenzó como la retirada silenciosa de varios lotes a finales de diciembre ha escalado, en apenas semanas, a una crisis sanitaria de alcance global. Tras detectar la presencia de cereulida en determinados productos, Nestlé fue la primera en retirar leches infantiles distribuidas en alrededor de 60 países, desde Europa hasta América Latina y Asia. Poco después, Lactalis anunció la retirada de seis partidas de su marca Picot en 18 países, y Danone amplió su propio recall en el mercado europeo.

El salto cualitativo llega cuando las autoridades francesas confirman que tres bebés fallecidos habían consumido productos incluidos en esos lotes, aunque subrayan que la relación de causalidad no está aún demostrada. La investigación se reparte ya entre, al menos, tres fiscalías distintas, y se orienta hacia posibles delitos de homicidio involuntario, lesiones y fallos en el deber de retirada rápida de productos peligrosos.

Este hecho revela que el problema desborda por completo el ámbito local: los mismos lotes de leche afectada se han vendido en farmacias y supermercados de media Europa. En apenas un mes, padres de Reino Unido, Irlanda, España, Austria o Alemania han recibido avisos para revisar códigos de barras y fechas de caducidad. El contraste con la aparente normalidad con la que se vendieron estos productos durante meses resulta demoledor para el sistema de alertas.

La toxina invisible: qué es la cereulida

La cereulida es una toxina producida por determinadas cepas de la bacteria Bacillus cereus, un contaminante alimentario conocido pero subestimado. A diferencia de otros patógenos, su peligro reside en que es extremadamente resistente al calor: no se destruye al hervir el agua ni al preparar el biberón siguiendo las recomendaciones habituales.

Las agencias de seguridad alimentaria describen un cuadro típico de intoxicación con síntomas muy rápidos, que aparecen entre 30 minutos y seis horas tras la ingesta: vómitos intensos, dolor abdominal, diarrea y riesgo de deshidratación severa. En lactantes, que toman varias tomas de fórmula al día, la exposición puede ser repetida y concentrada, elevando el riesgo.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha fijado, de urgencia, una dosis aguda de referencia de 0,014 microgramos por kilo de peso y día para niños menores de 16 semanas, un umbral extremadamente bajo que evidencia la toxicidad del compuesto en edades tempranas. “En neonatos y lactantes pequeños el margen de seguridad es muy estrecho”, advierten sus expertos.

Que una toxina con estas características haya podido colarse en fórmulas de uso masivo plantea una pregunta incómoda: ¿en qué punto concreto de la cadena de producción y control se rompió el dique?

El ingrediente chino que pone en jaque a Europa

La investigación técnica converge ya en un mismo eslabón: un aceite rico en ácido araquidónico (ARA), utilizado como ingrediente para enriquecer la leche de fórmula y que procede de un proveedor con sede en China. Tanto Nestlé como Lactalis y, previsiblemente, Danone habrían incorporado ese componente en distintas plantas europeas, lo que explica la amplitud geográfica del problema.

El diagnóstico es inequívoco: la globalización de la cadena de suministro —con ingredientes de alto valor añadido concentrados en unos pocos productores— ha creado un riesgo sistémico. Un solo fallo en origen es capaz de propagarse a decenas de marcas y más de 60 países, diluyendo responsabilidades y complicando la trazabilidad.

Este caso revela también las limitaciones de las auditorías clásicas. Los controles documentalmente correctos, pero basados en muestras limitadas, pueden no detectar toxinas cuya presencia fluctúa según el lote o incluso según la forma en que se incorpora el aceite a la mezcla. Algunos laboratorios han constatado que la cereulida se detecta mejor en la fórmula ya reconstituida que en el polvo, un procedimiento que no siempre estaba previsto en los protocolos previos a la crisis.

Los gigantes de la leche infantil bajo presión máxima

El impacto para los grandes fabricantes es inmediato. Nestlé, Danone y Lactalis concentran más del 60% del mercado europeo de leche infantil, lo que convierte cualquier duda sobre la seguridad de sus productos en un riesgo sistémico para la alimentación de millones de bebés. Las tres compañías insisten en que actuaron “por máxima precaución” y que la toxicidad detectada no implica automáticamente un riesgo grave en todas las latas afectadas.

Sin embargo, los mercados no han comprado del todo el mensaje. Las acciones de Danone llegaron a caer en torno a un 3% en una sola sesión, mientras los analistas advierten de un posible coste reputacional duradero si se confirma el vínculo entre la toxina y los fallecimientos. Lactalis, por su parte, arrastra además el peso de su historial: fue protagonista de un gigantesco escándalo de salmonella en 2017–2018, que obligó a retirar unos 12 millones de cajas de leche infantil en hasta 80 países y dio lugar a causas penales por fraude y fallos en los retiros.

El contraste con otras regiones del mundo resulta elocuente. Mientras en Estados Unidos la crisis de fórmula de 2022 se originó en un único fabricante y derivó en problemas de abastecimiento, en este caso europeo la onda expansiva es transversal: varios grupos, varias plantas y una misma materia prima bajo sospecha.

Fallos de control y una trazabilidad que llega tarde

Más allá de la toxina concreta, el caso desnuda las grietas de un sistema de control que se vende como uno de los más estrictos del mundo. Los documentos oficiales muestran que los productos ahora retirados estaban en el mercado desde principios de 2025, pero la alarma regulatoria no saltó hasta que se detectó la cereulida en pruebas internas meses después.

Entre ambos momentos, miles de familias alimentaron a sus hijos con latas hoy catalogadas como potencialmente peligrosas. “La trazabilidad debe permitir retirar en horas lo que tarda meses en producirse”, repiten los expertos en seguridad alimentaria. La realidad ha sido otra: avisos escalonados, lotes añadidos a la lista de productos afectados casi cada semana y páginas oficiales que se actualizan a golpe de crisis.

Lo más grave es que el riesgo no estaba escondido. Desde hace años, informes de autoridades como el instituto alemán BfR alertan de que Bacillus cereus y sus toxinas son un problema recurrente en alimentos listos para el consumo, incluida la leche de fórmula, y que las esporas resistentes pueden sobrevivir a procesos industriales estándar. La consecuencia es clara: la industria ha avanzado más deprisa en el diseño de productos “premium” que en el refuerzo de sus barreras microbiológicas.

Impacto en los mercados y en la confianza de las familias

La otra cara de la crisis se ve en las farmacias. En algunos países, las ventas de marcas no afectadas por los recalls han crecido entre un 15% y un 20% en pocas semanas, mientras que determinadas referencias retiradas han desaparecido por completo de las estanterías. En paralelo, asociaciones de pediatras reportan un aumento de las consultas de padres angustiados que preguntan si deben cambiar de fórmula o volver a la lactancia materna exclusiva.

Para las familias afectadas, el golpe es doble: sanitario y emocional. Quienes han perdido a un hijo hablan de una “confianza traicionada”. Quienes han visto ingresar a su bebé por vómitos y deshidratación tras tomar leche contaminada exigen explicaciones directas a las marcas y a los responsables políticos.

El miedo no se limita a Francia. En el Reino Unido, las autoridades sanitarias investigan al menos 36 casos de posible intoxicación por cereulida ligados a fórmulas infantiles, mientras que en España la AESAN ha retirado lotes de varias marcas tras episodios de trastornos digestivos en bebés, aunque sin fallecidos. La erosión de la confianza es evidente: cuando un producto tan básico como la leche de fórmula entra en zona de sospecha, todo el sistema alimentario infantil se tambalea.

Qué están haciendo Francia y Bruselas ahora

La reacción regulatoria se articula en dos planos. En el nacional, el Ministerio de Salud francés ha activado investigaciones penales y ha reforzado los controles sobre todas las plantas que utilizan el aceite ARA implicado. Al mismo tiempo, ha solicitado a las empresas información detallada sobre fechas de producción, lotes exportados y pruebas internas realizadas desde 2024.

En el plano europeo, la Comisión ha pedido a la EFSA una evaluación rápida del riesgo, ya publicada, y está coordinando a través del sistema de alertas RASFF la actualización de listas de productos retirados. El nuevo umbral de exposición a cereulida fijado por los científicos será la base para armonizar límites legales en los 27 Estados miembros, lo que podría obligar a revisar miles de controles analíticos cada año.

Además, Bruselas estudia imponer obligaciones adicionales de transparencia y notificación temprana a los fabricantes cuando detecten toxinas emergentes o riesgos microbiológicos fuera de los catálogos tradicionales. Si prospera esta vía, las multinacionales de la leche infantil deberán informar a las autoridades incluso cuando los niveles detectados se sitúen por debajo de los límites legales, algo que hoy ocurre de forma desigual.

El precedente Lactalis y las lecciones ignoradas

La historia reciente sugiere que este tipo de crisis no es un accidente aislado, sino la consecuencia de problemas estructurales. Entre 2017 y 2018, Lactalis protagonizó un escándalo global de salmonella en leche infantil que obligó a retirar más de 7.000 toneladas de producto, distribuidas en más de 50 países, y dejó decenas de bebés enfermos en Francia, España y Grecia. Años después, la empresa sigue enfrentándose a causas penales por fraude, lesiones y fallos en la ejecución de los retiros.

Las similitudes con la situación actual son incómodas: de nuevo el foco está en la planta de Craon, de nuevo el detonante es una alerta sanitaria, y de nuevo familias enteras se sienten desamparadas ante la lentitud de las respuestas. La lección principal —que la rapidez y transparencia en la comunicación son tan importantes como los estándares técnicos— no parece haberse interiorizado por completo.

El contraste con otras industrias es revelador. En el sector farmacéutico, una sospecha similar sobre un principio activo habría desencadenado en cuestión de días una cascada de notas de seguridad y revisiones independientes. En la leche infantil, un producto que se vende como casi “médico”, el escrutinio ha sido hasta ahora menos exigente.

 

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