Trump perdona a 5 exjugadores de la NFL por delitos que van desde perjurio hasta narcotráfico
El presidente Donald Trump ha vuelto a emplear una de las herramientas más poderosas —y polémicas— de la Casa Blanca: el indulto presidencial. Esta vez, el gesto se dirige a cinco exjugadores de la NFL, uno de ellos de manera póstuma, con condenas que van desde el perjurio al tráfico de drogas y la falsificación de billetes. Los beneficiados son el mítico defensivo de los Jets Joe Klecko, el liniero de los Cowboys Nate Newton, el corredor Jamal Lewis, el también ‘running back’ Travis Henry y el ya fallecido Billy Cannon.
El anuncio llegó a través de la “zar” del perdón, Alice Marie Johnson, que presentó las medidas como una apuesta por la redención: “la excelencia se construye con coraje para levantarse de nuevo”, escribió en X. La Casa Blanca, sin embargo, evitó explicar por qué estos cinco casos y por qué ahora.
En términos jurídicos, los indultos no cambian el pasado —todos habían cumplido ya sus condenas—, pero sí reescriben el expediente de figuras con enorme carga simbólica en el imaginario deportivo estadounidense. El mensaje a la opinión pública es inequívoco: el presidente quiere monopolizar la narrativa de las “segundas oportunidades”… y hacerlo a través de héroes del domingo con historias oscuras fuera del campo.
Un gesto milimetrado en clave política y cultural
Que el anuncio llegara un jueves por la tarde, con la semana política prácticamente cerrada y el ecosistema deportivo lleno de tertulias y previas, no es casualidad. Indultar a cinco exestrellas de la NFL permite a Trump colocarse en el centro de dos conversaciones a la vez: la del sistema penal y la de la cultura popular.
El perfil de los beneficiados apunta a un gesto calibrado: figuras reconocibles para varias generaciones de aficionados, con carreras exitosas y caídas sonoras. Klecko, estrella de la defensa de los New York Jets e incluido en el Hall of Fame en 2023, simboliza la dureza clásica de la AFC Este. Newton encarna la época dorada de los Dallas Cowboys de los años 90, con tres anillos de la Super Bowl. Lewis, héroe de los Baltimore Ravens y luego de los Cleveland Browns, fue Jugador Ofensivo del Año en 2003. Henry, que pasó por tres franquicias, y Cannon, leyenda universitaria en Louisiana State University, completan una lista diseñada para hablarle tanto al aficionado como al votante.
En plena polarización, el movimiento permite al presidente reivindicarse como aficionado empático que entiende los errores humanos de sus ídolos, mientras refuerza su imagen de dirigente capaz de “corregir injusticias” sin pedir permiso a nadie. No es reforma estructural, es storytelling político con nombres y apellidos.
Los cinco expedientes: de la gran grada al banquillo de los acusados
Detrás de la foto amable hay historiales duros. Klecko fue condenado por perjurio tras mentir ante un gran jurado federal en una investigación de fraude de seguros, un delito que simboliza el choque entre celebridad y obligación de decir la verdad bajo juramento.
El caso de Nate Newton condensa la crudeza de la guerra contra las drogas: se declaró culpable de tráfico de marihuana después de que la policía encontrara 10.000 dólares en efectivo en su camioneta y 175 libras (unos 79 kilos) de cannabis en un coche que viajaba con él. Lewis, por su parte, fue condenado por utilizar un teléfono móvil para intentar organizar una operación de drogas poco después de ser elegido en los puestos altos del draft de 2000, un descenso vertiginoso desde la gloria universitaria a la crónica judicial.
Travis Henry aceptó su responsabilidad en una conspiración para traficar cocaína, financiando una red que movía la droga entre Colorado y Montana. Cannon, finalmente, cayó en la trampa de la mala inversión: ahogado por las deudas, participó en una red de falsificación de billetes en los años 80.
Todos cumplieron sus condenas hace más de una década. El indulto no les evita la cárcel, pero sí borra en parte el peso del delito a la hora de acceder a licencias, negocios o roles públicos. Y, sobre todo, reescribe su historia en clave de caída y redención.
De héroes del domingo a símbolos de redención
Hay un hilo narrativo muy explotable en estos cinco expedientes: el del campeón caído que toca fondo y reconstruye su vida. Newton, que llegó a pesar más de 180 kilos en su etapa como liniero ofensivo, ha pasado años hablando públicamente de sus problemas con las drogas y del giro que dio tras la cárcel. Lewis ha tratado de reconvertirse en empresario deportivo y figura de referencia para jugadores jóvenes. Henry, pese a un perfil más discreto, también se ha esforzado por desvincularse de la imagen de “financiador de un cartel”.
El caso de Billy Cannon tiene un componente casi épico. Más allá de sus años en los Houston Oilers, Oakland Raiders y Kansas City Chiefs, su nombre está asociado para siempre a una jugada: un retorno de ‘punt’ de 89 yardas en 1959 con LSU ante Ole Miss, una de las acciones más icónicas del fútbol universitario. Ganó el Heisman Trophy ese mismo año, cayó por la falsificación en los 80, rehízo su vida como dentista en una prisión estatal y murió en 2018 sin ver el indulto que ahora llega a título póstumo.
Al elegir casos donde el relato de rehabilitación ya está maduro, la Casa Blanca evita el coste de indultar a delincuentes recientes y se coloca en una zona cómoda: no se libera a nadie, se “perdona” a quien ya ha pagado su deuda. La jugada es jurídicamente conservadora, pero comunicativamente potente.
Alice Marie Johnson, la cara de la misericordia presidencial
El anuncio corrió a cargo de Alice Marie Johnson, nombrada oficialmente “zar del perdón” y convertida en símbolo viviente de la clemencia presidencial. Su propia historia —una condena a cadena perpetua por un delito de drogas no violento, conmutada tras una campaña mediática y un primer indulto de Trump— la legitima ante amplios sectores del movimiento por la reforma penal.
En esta ocasión, Johnson se apoyó en un mensaje que mezcla religión civil y épica deportiva: “el fútbol nos recuerda que la excelencia se construye con coraje para levantarse. Lo mismo ocurre con nuestra nación”, escribió al agradecer al presidente su “compromiso con las segundas oportunidades”.
Su papel va más allá de leer una lista de nombres. Johnson funciona como amortiguador moral ante las críticas: al ser una exreclusa indultada que ha reconducido su vida, sirve de argumento viviente para justificar que el perdón presidencial puede ser motor de cambio personal. Al mismo tiempo, su figura refuerza el puente de Trump con una parte del electorado afroamericano y evangélico que ve en la dureza penal de las últimas décadas un error histórico.
El estilo Trump: del indulto discreto al espectáculo político
Tradicionalmente, los presidentes estadounidenses han usado el indulto como un instrumento discreto, muchas veces reservado para el final del mandato. Trump ha roto esa lógica: ha convertido la clemencia en herramienta visible de gobierno, vinculada a su base y a casos que generan titulares.
En su primer paso por la Casa Blanca ya indultó a aliados políticos, empresarios condenados por fraude y figuras mediáticas, encendiendo el debate sobre el uso del poder de gracia como instrumento de recompensa y lealtad. En su segundo mandato, la tendencia se ha reforzado con decisiones masivas sobre casos vinculados al 6 de enero y con una cascada de indultos que ha superado con creces los de otros presidentes recientes.
Los cinco exjugadores de la NFL encajan en ese patrón: son rostros conocidos, con expedientes penales ya amortizados, que permiten al presidente presentarse a la vez como duro con el crimen y generoso con quienes “se han redimido”. A diferencia de otros indultos más polémicos, aquí no hay colaboradores directos ni implicaciones políticas inmediatas, sino un guiño cultural de alto impacto emocional y bajo coste institucional.
Deporte, identidad y cálculo electoral
El fútbol americano profesional es, probablemente, el espectáculo más transversal de Estados Unidos: la Super Bowl congrega cada año a más de 100 millones de espectadores y las franquicias de la NFL son auténticas religiones civiles en ciudades y estados clave. Indultar a figuras ligadas a equipos como los Cowboys, los Jets o los Ravens no es solo un gesto jurídico; es entrar en el salón de casa de millones de aficionados.
Buena parte de los indultados son afroamericanos y proceden de entornos marcados por la sobrerrepresentación de minorías en el sistema penal. Para la Casa Blanca, la jugada abre la puerta a un discurso en clave de reconciliación: un presidente republicano, históricamente identificado con la “mano dura”, que se permite corregir excesos de una justicia que en ocasiones ha castigado con especial dureza a atletas negros convertidos en símbolos.
Al mismo tiempo, el gesto dialoga con un electorado blanco conservador que ve en estos jugadores ejemplos de meritocracia, esfuerzo y patriotismo deportivo. El mensaje implícito es: si incluso quienes han caído tan alto pueden ser perdonados tras cumplir su condena, el sistema no es un muro, sino un circuito de castigo y redención.
¿Justicia restaurativa o espectáculo sin reforma?
Queda la gran pregunta: ¿estos indultos contribuyen a cambiar algo de fondo o se limitan a reforzar la imagen del presidente? Los defensores de la medida argumentan que el perdón envía un mensaje poderoso sobre la posibilidad de rehacerse tras el delito, y que elegir casos con condenas ya cumplidas evita heridas abiertas con las víctimas.
Los críticos, en cambio, señalan que el foco en nombres famosos invisibiliza a miles de reclusos anónimos con historiales similares, sin acceso a abogados mediáticos ni campañas coordinadas en redes. Si el criterio es la fama deportiva, no la proporcionalidad de la pena, el indulto corre el riesgo de convertirse en un privilegio para celebridades, alertan juristas y activistas.
En última instancia, estos cinco indultos vuelven a poner sobre la mesa la tensión entre justicia individual y coherencia sistémica. Mientras el Congreso sigue bloqueado en cualquier reforma amplia de condenas mínimas o reincidencia, la Casa Blanca apuesta por intervenciones quirúrgicas y altamente visibles. Son historias potentes, sí; pero sin cambios legislativos que las acompañen, corren el riesgo de quedar como lo que son: grandes titulares para un problema estructural que sigue sin resolverse.

