Ejercicios militares en Estonia desenmascaran vulnerabilidades en la OTAN
Un ejercicio con 16.000 soldados acaba en “derrota” aliada y obliga a replantear la doctrina en el flanco este ante un enemigo que domina el combate con enjambres baratos y datos en tiempo real
La escena podría parecer sacada de un videojuego, pero ocurrió en los bosques de Estonia en mayo de 2025. En el ejercicio Hedgehog-2025, una de las mayores maniobras de la OTAN en el Báltico, un pequeño equipo de operadores de drones ucranianos logró “aniquilar” en pocas horas dos batallones aliados en simulación.
Diecisiete vehículos blindados fueron dados por destruidos y una treintena de objetivos quedó fuera de combate antes de que los mandos occidentales entendieran siquiera de dónde venían los golpes.
Más de 16.000 militares de 12 países habían desplegado para ensayar la defensa del flanco este ante un escenario de invasión rusa, pero bastaron 10 especialistas en drones para poner patas arriba el guion.
El mensaje que sale de Estonia es incómodo: la alianza militar más poderosa del planeta no está preparada para una guerra dominada por enjambres baratos, inteligencia en red y decisiones que se toman en minutos, no en horas.
Un simulacro que termina en derrota total
Hedgehog-2025 —conocido como Siil en estonio— se concibió como un gran ensayo general de la defensa del país ante una ofensiva de Rusia. Sobre el papel, el dispositivo impresionaba: 16.000 soldados de 12 aliados, columnas acorazadas, artillería de largo alcance y apoyo aéreo en un frente de casi 300 kilómetros de frontera.
La novedad era la presencia de un pequeño grupo de militares de Ucrania, desplegados no como invitados simbólicos, sino como fuerza “enemiga” encargada de utilizar sus tácticas de guerra de drones contra las tropas de la Alianza. Aprovechando la experiencia acumulada tras más de cuatro años de guerra de alta intensidad, estos operadores convirtieron el ejercicio en una demostración de lo que ocurre cuando un ejército convencional se mueve como si el cielo estuviera vacío.
“Avanzábamos en grandes formaciones, montábamos tiendas y aparcábamos vehículos como siempre. Para ellos, simplemente fue ir marcando blancos”, resumía uno de los participantes al diario estadounidense que destapó el alcance del fiasco. El resultado: desde el punto de vista del simulacro, dos batallones aliados quedaron “fuera de combate” en menos de un día.
Diez operadores, treinta golpes y dos batallones fuera de combate
Detrás del titular hay una aritmética demoledora. Según los relatos recopilados por la prensa especializada, unos 10 operadores ucranianos, apoyados por un equipo de alrededor de 100 efectivos, desplegaron más de 30 drones sobre un área de apenas 10 kilómetros cuadrados.
En cuestión de horas ejecutaron 30 ataques simulados y dieron por destruidos 17 vehículos blindados, incluidos carros de combate y vehículos de transporte de tropas. Cada impacto era registrado por los árbitros del ejercicio, que certificaban la “muerte” de los objetivos y la pérdida de capacidad de combate de las unidades afectadas. Cuando la cuenta se cerró, dos batallones aliados quedaban, en términos tácticos, neutralizados.
El dato más preocupante no es solo el número de bajas simuladas, sino el tiempo de reacción. Para cuando los mandos aliados identificaron el origen de los ataques, la mayoría de los drones ya habían completado sus misiones o cambiado de posición. La cadena de destrucción —detectar, compartir, atacar— funcionó del lado ucraniano en minutos; del lado de la Alianza, en horas.
Las comunicaciones internas, diseñadas para una guerra de grandes cuarteles y órdenes escalonadas, resultaron demasiado lentas frente a un adversario que combina drones comerciales modificados, inteligencia artificial básica y mandos tácticos empoderados para decidir sobre la marcha.
La guerra transparente: cuando esconderse es imposible
El ejercicio confirmó algo que en el frente ucraniano ya es rutina: el campo de batalla moderno es casi totalmente transparente. Drones de reconocimiento, sensores terrestres, imágenes comerciales de satélite y redes de datos en tiempo real hacen que cualquier concentración de tropas, depósito de munición o puesto de mando se convierta en un blanco en cuestión de minutos.
En Estonia, los ucranianos operaron uno de sus sistemas de gestión del campo de batalla, capaz de integrar información de múltiples fuentes y convertirla en mapas dinámicos de objetivos prioritarios. Con ese cuadro de situación, localizar un convoy aliado mal camuflado o un puesto de mando con antenas visibles era cuestión de segundos.
“No había posibilidad real de esconderse; encontrábamos los vehículos y los atacábamos muy rápido con drones de ataque”, explicaron posteriormente miembros del equipo adversario. Lo inquietante es que, según estos mismos analistas, la densidad de drones empleada en Estonia era aproximadamente la mitad de la que se ve hoy en algunos sectores del frente ucraniano. Es decir, la simulación fue dura… pero aún moderada respecto a un conflicto real.
En ese contexto, doctrinas basadas en grandes movimientos diurnos, columnas visibles en carreteras y puestos de mando estáticos dejan de ser una opción. Quien se mueve como en 2003, muere como en 2003.