EEUU encadena 2 meses de expansión industrial pese a los aranceles
El índice manufacturero del ISM se mantiene en el 52,4% en febrero mientras los nuevos aranceles al acero y al aluminio disparan costes y frenan la demanda
La industria manufacturera de Estados Unidos ha logrado encadenar dos meses consecutivos de crecimiento por primera vez en un año, pero el rebote llega con un lastre evidente: la vuelta de la guerra arancelaria sobre los metales.
El índice manufacturero del Institute for Supply Management (ISM) se situó en 52,4% en febrero, apenas por debajo del 52,6% de enero, su mejor lectura desde junio de 2022 y claramente por encima del umbral del 50% que separa expansión de contracción.
Detrás de la mejora hay un aumento de nuevos pedidos y producción ligado a la reconstrucción de inventarios, pero el empleo sigue estancado y los precios de las materias primas se disparan tras los nuevos aranceles de la Administración Trump al acero y al aluminio, después de que el Tribunal Supremo tumbara el esquema anterior.
El diagnóstico que dejan los directivos encuestados es contundente: “la inestabilidad arancelaria sigue existiendo” y está empezando a erosionar márgenes, inversión y visibilidad a medio plazo.
Un rebote frágil tras 26 meses de contracción
La foto del PMI de febrero solo se entiende en contraste con el pasado reciente. La industria estadounidense ha salido en 2026 de una racha de 26 meses seguidos de contracción, una de las más largas fuera de una recesión formal, antes de que el índice saltara del 47,9% en diciembre al 52,6% en enero y consolidara la expansión en febrero.
El ISM no mide producción en términos de volumen, sino expectativas de los directivos sobre pedidos, producción, empleo, inventarios y plazos de entrega. Sin embargo, su valor como termómetro adelantado del ciclo es elevado: históricamente, un PMI manufacturero por encima de 52-53 puntos suele ser compatible con un crecimiento del PIB real en torno al 2% anual, mientras que lecturas por debajo de 48 anticipan enfriamiento.
Que el índice se mantenga en 52,4% indica que la industria ha salido de cuidados intensivos, pero no entra aún en fase de expansión robusta. La propia nota del ISM subraya que la mejora descansa en buena medida en la reconstrucción de inventarios tras meses de ajuste, más que en un boom de demanda final.
El contraste con 2025 es claro: entonces, la combinación de tipos de interés altos, dólar fuerte y oleadas de aranceles dejó al sector en tierra de nadie, con expectativas de ingresos prácticamente planas y una inversión muy selectiva. El repunte de 2026 llega, por tanto, con la etiqueta de “rebote técnico” más que como el inicio garantizado de un nuevo ciclo expansivo.
El efecto bumerán de los aranceles al acero y al aluminio
Si el titular del PMI es positivo, el subtexto arancelario es mucho más inquietante. Tras la sentencia del Tribunal Supremo que declaró inconstitucional el diseño original de los aranceles de Trump, la Casa Blanca ha reaccionado con un nuevo paquete de gravámenes sustitutivos sobre acero, aluminio y otros metales estratégicos.
El resultado inmediato ha sido un salto en el índice de precios del ISM hasta niveles no vistos en tres años y medio, reflejando un fuerte encarecimiento de insumos. Los testimonios recogidos en la encuesta son elocuentes. Un directivo del sector transporte resume así la paradoja: “Hoy, materias primas producidas en Estados Unidos como el acero y el aluminio son, con diferencia, las más caras del mundo. La política de aranceles del 232 está teniendo el efecto exactamente contrario al previsto: está elevando precios mientras reduce la demanda y la rentabilidad.”
Este hecho revela un problema de diseño: el arancel protege a un número limitado de productores nacionales de acero y aluminio, pero traslada el sobrecoste al resto de la cadena productiva, desde fabricantes de maquinaria y automoción hasta equipos eléctricos o bienes de consumo duradero. En un contexto de demanda tibia, la capacidad de trasladar el incremento de costes al precio final es limitada; la consecuencia es clara: márgenes comprimidos y más presión para recortar inversión y empleo.
Lejos de aportar certidumbre, la sucesión de fallos judiciales y paquetes arancelarios está consolidando lo que los propios empresarios describen como “tariff instability”: un entorno en el que ningún plan de inversión a cinco o diez años puede darse por seguro.
Márgenes bajo presión y empleo en punto muerto
El subíndice de empleo del ISM se mantuvo en febrero prácticamente estable, reflejando que “gestionar las plantillas” —y no ampliarlas— se ha convertido en la norma, según recoge la encuesta. No se trata solo de prudencia macroeconómica: con márgenes más estrechos por el lado de los costes, cada nueva contratación se mira con lupa.
Los datos oficiales del mercado de trabajo confirman esa foto. La industria manufacturera emplea hoy en torno a 12,6 millones de personas en EEUU, según la serie MANEMP de la Reserva Federal de San Luis, apenas por encima de los niveles de 2023 y muy lejos del peso que tuvo en décadas pasadas. En términos relativos, el sector aporta alrededor del 8% del empleo total, pero sigue concentrando puestos de trabajo bien remunerados, intensivos en capital y con fuerte efecto arrastre sobre otros servicios.
Sin embargo, lo más grave es que los casos de ajuste empiezan a multiplicarse incluso en compañías que se habían beneficiado públicamente de la agenda arancelaria. Whirlpool, por ejemplo, ha anunciado el recorte de más de 300 empleos en su planta de Amana (Iowa) y el traslado de parte de la producción a México, pese a haber defendido en público los aranceles de Trump sobre electrodomésticos.
El contraste con el relato oficial de la Casa Blanca —que vende los aranceles como escudo del empleo industrial— resulta demoledor. Estudios recientes recuerdan que en 2025 el crecimiento del empleo fue el más débil de un año no recesivo desde 2002, y que la combinación de tipos altos y tarifas elevadas ha restado dinamismo precisamente a los sectores que deberían liderar la reindustrialización.
Inteligencia artificial: el salvavidas inesperado de las fábricas
En este contexto sombrío, el gran punto de luz que identifica el ISM es el boom de inversión asociado a la infraestructura para inteligencia artificial. La demanda de centros de datos, servidores avanzados, sistemas de refrigeración y equipamiento eléctrico de alta capacidad se ha disparado, con empresas comprometiendo cientos de miles de millones de dólares en nuevos proyectos.
La ola es tangible. Apple acaba de anunciar que duplicará su huella en Houston hasta los 500.000 pies cuadrados e instalará un nuevo centro de formación en manufactura avanzada para apoyar la producción de servidores de IA y equipos asociados. Otros gigantes tecnológicos están siguiendo caminos similares en estados como Texas, Arizona u Ohio, aprovechando incentivos fiscales y la necesidad estratégica de acercar la producción de hardware crítico.
Este auge actúa como salvavidas para segmentos específicos: maquinaria de precisión, componentes eléctricos, equipamiento de climatización industrial o construcción especializada en naves de alto consumo energético. El problema es que se trata de una demanda muy concentrada, que no compensa del todo la debilidad de sectores tradicionales como el automotriz, el de bienes de consumo duradero o parte de la metalurgia.
El diagnóstico es inequívoco: la industria estadounidense se está bifurcando entre un núcleo punta, ligado a la IA y a las cadenas de valor de alta tecnología, y un perímetro mucho más vulnerable a los vaivenes arancelarios y a la ralentización global. La política comercial actual corre el riesgo de agrandar esa brecha.
La guerra con Irán añade gasolina al riesgo de recesión
El informe del ISM llega, además, en plena escalada geopolítica. El estallido de un conflicto abierto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha sacudido los mercados: el Dow Jones y el S&P 500 han registrado caídas significativas, mientras que el petróleo se ha disparado más de un 6% en una sola sesión y los índices europeos, como el FTSE 100 británico, han sufrido su mayor descenso desde noviembre.
Para la industria, el riesgo es doble. Por un lado, un petróleo más caro amenaza con reavivar la inflación justo cuando los bancos centrales empezaban a hablar de recortes de tipos. Por otro, la posible disrupción en el Estrecho de Ormuz —por donde pasa una parte crucial del tráfico mundial de crudo y gas— genera incertidumbre sobre la seguridad energética a medio plazo, especialmente en Europa.
Si a este shock de oferta se le suma un entorno de aranceles crecientes sobre metales y bienes intermedios, el escenario se asemeja peligrosamente a una “tormenta perfecta” para el sector manufacturero global: costes al alza, demanda más débil y condiciones financieras aún restrictivas.
Los economistas citados por el propio ISM lo advierten: “Es un informe alentador, pero la nueva incertidumbre arancelaria y la guerra iniciada el fin de semana amenazan con descarrilar la mejora del sentimiento y la incipiente recuperación del sector”, señalaba Oren Klachkin, de Nationwide. La frase resume el dilema: el rebote existe, pero su fragilidad es extrema.
Un sector que aún pesa 12,6 millones de empleos
Pese a décadas de desindustrialización, la manufactura estadounidense sigue siendo una pieza sistémica de la economía. En términos de valor añadido, si se tomara la industria de EEUU como un país independiente, sería la octava economía del mundo, con casi tres billones de dólares de PIB industrial.
En el frente laboral, los 12,59 millones de empleos manufacturados registrados en enero de 2026 muestran una estabilización tras años de declive, pero también reflejan el techo al que se enfrenta el sector sin una demanda interna y externa sostenida. La mitad de esos puestos se concentran en actividades de producción directa; el resto, en ingeniería, gestión, logística y servicios avanzados de apoyo a la fabricación.
Lo más relevante para el debate sobre aranceles es que una gran parte de estos empleos depende de cadenas globales de suministro. De los 12-13 millones de trabajadores, más de tres millones están empleados en filiales estadounidenses de multinacionales extranjeras, muy integradas en flujos de comercio transatlántico y transpacífico. Para ese tejido, la volatilidad arancelaria es especialmente tóxica: obliga a replantear inversiones, localizar nuevas plantas y ajustar continuamente precios y contratos.
El contraste con los años 50, cuando la manufactura llegó a representar más del 30% del empleo, es también un recordatorio de que la batalla hoy no es “recuperar el pasado”, sino asegurar un futuro competitivo en sectores estratégicos sin sacrificar estabilidad macroeconómica.
Lo que se juega Europa —y España— en esta nueva guerra comercial
Aunque el PMI del ISM sea un indicador doméstico, sus implicaciones cruzan el Atlántico. Europa es uno de los principales proveedores de bienes intermedios, maquinaria y equipamiento para la industria estadounidense, y también uno de sus grandes clientes. Cuando Estados Unidos encarece artificialmente el acero y el aluminio, toda la arquitectura de precios de la cadena global se resiente.
Para España, el impacto se canaliza por varias vías. En primer lugar, a través de las exportaciones de bienes de equipo, componentes de automoción y productos químicos que terminan integrándose en cadenas productivas con destino final al mercado norteamericano. En segundo lugar, mediante las filiales de multinacionales españolas con plantas en EEUU o México, que deben rehacer sus números cuando cambian los aranceles y los costes energéticos.
El contraste con Reino Unido, donde el PMI manufacturero también se sitúa por encima de 50 puntos (51,7% en febrero), sugiere que el rebote industrial no es exclusivo de EEUU, pero sí lo es la intensidad del choque arancelario en metales. Para la UE, el riesgo es quedar atrapada entre dos fuegos: depender de un mercado estadounidense volátil y afrontar, al mismo tiempo, medidas defensivas propias frente a importaciones chinas subvencionadas.
En este contexto, la política comercial europea y española tendrá que decidir hasta qué punto acompaña o contrarresta la deriva proteccionista estadounidense. Copiar la escalada arancelaria podría proteger temporalmente algunos sectores, pero al precio de introducir aún más fricción en unas cadenas de valor ya tensas.
