Washington amarra inversión masiva de ‘chips’ y crédito taiwanés

EEUU rebaja aranceles a Taiwán a cambio de 500.000 millones

UNSPLASH / AARON BURDEN

Estados Unidos ha dado un salto cualitativo en su alianza económica con Taipéi. El Departamento de Comercio ha confirmado un nuevo acuerdo comercial, firmado a través del American Institute in Taiwan (AIT) y la Taipei Economic and Cultural Representative Office (TECRO), que reduce los aranceles a los bienes taiwaneses del 20% al 15% y elimina tasas para sectores clave como los fármacos genéricos y componentes aeronáuticos. A cambio, los grandes grupos tecnológicos de la isla —encabezados por los fabricantes de semiconductores— se comprometen a invertir al menos 250.000 millones de dólares en nuevas capacidades industriales en suelo estadounidense y a respaldar esas inversiones con otros 250.000 millones en garantías de crédito públicas

Un giro arancelario con mensaje geopolítico

La rebaja del 20% al 15% en el arancel general aplicado a los bienes procedentes de Taiwán no es un simple ajuste técnico. Washington lo alinea explícitamente con el trato que reciben otros socios estratégicos del Indo-Pacífico, como Japón o Corea del Sur, enviando una señal inequívoca a Pekín: la economía taiwanesa se integra de facto en el club de aliados preferentes de Estados Unidos.

El acuerdo va más allá de la industria de los chips. Incluye la reducción al 15% de los gravámenes sobre autopartes, madera, derivados forestales y otros bienes industriales, al tiempo que se eliminan por completo las tasas sobre genéricos farmacéuticos, principios activos, componentes aeronáuticos y ciertos recursos naturales no disponibles en EEUU. El diagnóstico es inequívoco: Washington acepta perder recaudación aduanera y abrir su mercado en sectores sensibles a cambio de anclar las inversiones taiwanesas en su territorio.

Lo más relevante, sin embargo, es la arquitectura del trato: todo se articula a través de organismos “no oficiales” (AIT y TECRO), pero con compromisos que en la práctica equivalen a un mini-tratado de libre comercio sectorial. En un contexto de bloqueo en la OMC y de guerras arancelarias cruzadas, EEUU opta por acuerdos bilaterales quirúrgicos, centrados en tecnología y seguridad económica, que sortean la parálisis multilateral y consolidan bloques de afinidad política.

El peaje de 500.000 millones para entrar en el mercado estadounidense

El corazón del pacto son los 500.000 millones de dólares comprometidos por Taipéi: 250.000 millones en inversión directa y otros 250.000 millones en garantías de crédito para financiar proyectos de semiconductores, inteligencia artificial y energía avanzada en territorio estadounidense. En términos de volumen, equivale a multiplicar casi por diez los 52.700 millones de dólares que el propio Gobierno de EEUU ha puesto sobre la mesa a través de la CHIPS and Science Act para subvencionar la fabricación de chips en su país.

El diseño recuerda más a un gran programa de ‘reshoring’ inducido por el aliado que a un acuerdo comercial clásico. Washington baja el arancel, pero al mismo tiempo obliga de facto a los campeones taiwaneses a desembarcar masivamente en su suelo si quieren beneficiarse de las nuevas condiciones. La consecuencia es clara: la frontera entre política comercial y política industrial prácticamente desaparece.

Además, el acuerdo prevé que las compañías que construyan fábricas de chips en EEUU puedan importar semiconductores y equipos por encima de su capacidad futura (hasta 2,5 veces en algunos casos) sin pagar aranceles, tanto durante la construcción como en los primeros años de operación. Eso abarata radicalmente el ‘aterrizaje’ industrial y convierte al mercado estadounidense en el gran imán de la inversión taiwanesa de la próxima década.

Washington blinda su talón de Aquiles tecnológico

La obsesión de la Casa Blanca tiene nombre: semiconductores avanzados. Estados Unidos sigue siendo fuerte en diseño de chips y en equipos, pero sufre una dependencia crítica de las fábricas asiáticas para la producción de los nodos más sofisticados. La Administración Biden ya había respondido con la CHIPS Act, que moviliza 52.700 millones en subvenciones y créditos fiscales, además de incentivos fiscales del 25% para nuevas inversiones.

Ahora, el acuerdo con Taiwán opera como una segunda capa de protección. Por un lado, ofrece a gigantes como TSMC un marco estable para seguir ampliando su presencia en Estados Unidos, donde ya ha anunciado planes de inversión de hasta 165.000 millones de dólares en Arizona entre fábricas y plantas de empaquetado avanzado, consolidando el que se presenta como el mayor proyecto de inversión extranjera ‘greenfield’ en la historia del país.

Por otro, permite a Washington condicionar el acceso arancelario a la implicación de estas compañías en su ecosistema doméstico. “Quien quiera vender chips sin trabas en el mercado estadounidense tendrá que fabricar una parte significativa aquí”, resumen en privado fuentes del sector. El contraste con la estrategia europea resulta demoledor: mientras Bruselas avanza con lentitud en su propio Chips Act, EEUU suma al incentivo presupuestario una alianza industrial privilegiada con el líder mundial de la fabricación de semiconductores.

Taiwán diversifica sin deslocalizar su joya de la corona

En Taipéi el mensaje oficial es prudente: el Gobierno insiste en que la estrategia no pasa por desmantelar el ‘Silicon Shield’ —la concentración de la capacidad de fabricación avanzada en la isla—, sino por ampliarlo. Los 250.000 millones en inversión directa se presentan como una extensión de la huella taiwanesa, no como un traslado masivo de su industria estratégica.

La clave estará en cómo se reparta esa cifra entre nuevas plantas en EEUU y refuerzos en casa. TSMC, que ya ha incrementado su inversión prevista en Arizona de 40.000 a más de 65.000 millones de dólares, mantiene en Taiwán la mayor parte de su capacidad más puntera, al tiempo que destina las fábricas estadounidenses a nodos algo menos avanzados y a empaquetado de alto valor añadido.

Sin embargo, el riesgo es evidente: cuanto más se extienda la red fabril fuera de la isla, más se diluye el argumento de que un ataque chino paralizaría la economía global de los chips. Taipéi intenta cuadrar el círculo: diversificar riesgos políticos, mantener el atractivo de inversión local y, al mismo tiempo, no perder el poder de negociación que le da su posición de cuello de botella tecnológico. El nuevo acuerdo con Washington refuerza su posición a corto plazo, pero obliga a una gestión milimétrica de ese equilibrio.

La respuesta que prepara Pekín

Lo más grave, desde el ángulo geopolítico, es el mensaje que el pacto envía a China. Pekín lleva años denunciando que EEUU “instrumentaliza” el comercio y la tecnología para contener su ascenso. Un acuerdo que rebaja aranceles, garantiza inversiones masivas y da trato preferente a Taiwán se leerá en Zhongnanhai como un paso más hacia la “normalización” de la isla como aliado económico de pleno derecho de Washington.

La reacción puede llegar por varias vías. En el frente comercial, China podría intensificar las restricciones a la exportación de materias primas críticas —como el germanio o el galio— utilizadas en la fabricación de semiconductores y componentes electrónicos. En el frente diplomático, es previsible un nuevo ciclo de presiones sobre los pocos países que aún reconocen oficialmente a Taipéi, así como maniobras militares más frecuentes alrededor de la isla para elevar el coste percibido de la apuesta estadounidense.

Este hecho revela hasta qué punto la política arancelaria se ha convertido en un instrumento de seguridad nacional. El acuerdo entre Washington y Taipéi no solo redistribuye flujos comerciales; redefine, en la práctica, la línea de fractura económica entre el bloque occidental y el eje chino. El riesgo de que terceros países se vean forzados a elegir bando en la guerra de los chips aumenta de forma significativa.

Riesgos fiscales y políticos en Estados Unidos

Aunque el relato oficial subraya la llegada de inversión extranjera y empleo de alta cualificación, el pacto también entraña riesgos para Washington. La combinación de subvenciones públicas del CHIPS Act, rebaja de aranceles e incentivos fiscales específicos supone un esfuerzo fiscal que se superpone a un déficit ya elevado y a un ciclo de tipos de interés altos. Si los proyectos no se ejecutan en plazo o no alcanzan las capacidades prometidas, el coste político será notable.

Además, el acuerdo llega en un contexto de polarización extrema. Sectores del Partido Republicano recelan de cualquier concesión comercial, mientras parte del ala demócrata teme que los beneficios se concentren en unas pocas multinacionales tecnológicas. Los 500.000 millones ligados a Taiwán pueden convertirse fácilmente en munición electoral: para unos, prueba de que la Casa Blanca se pliega a los intereses de Wall Street; para otros, evidencia de una política industrial “a la carta” que deja atrás a regiones que no logren atraer fábricas de chips.

El precedente tampoco es menor: otros aliados asiáticos podrían reclamar condiciones similares, elevando la factura global de la estrategia de reindustrialización tecnológica. Japón y Corea del Sur ya han reforzado sus propios programas de apoyo a la microelectrónica y podrían buscar una simetría de trato que complique aún más el equilibrio fiscal estadounidense.

El efecto dominó en la cadena global del chip

El impacto del acuerdo no se limitará al eje EEUU-Taiwán. La cadena de valor de los semiconductores —que ya sufre tensiones por las sanciones a China y por la carrera de subsidios— afronta una nueva ola de reconfiguración. Según los últimos datos disponibles, el comercio total de bienes y servicios entre ambos socios alcanzó 186.200 millones de dólares en 2024, con EEUU importando de Taiwán casi tres veces más de lo que exporta. El nuevo marco arancelario y de inversiones amenaza con ampliar aún más esa interdependencia, pero trasladando parte de la producción física a suelo americano.

Para Europa, el diagnóstico es incómodo. Si las grandes foundries taiwanesas concentran sus proyectos de expansión en Estados Unidos, el margen para captar capacidad de fabricación avanzada en territorio comunitario se estrecha. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Washington consigue vincular aranceles, subsidios y alianzas estratégicas en un mismo paquete, la Unión Europea sigue fragmentada entre intereses nacionales y normas de ayudas de Estado menos flexibles.

Los países emergentes que aspiraban a posicionarse como nuevas plataformas de ensamblaje y test de chips también verán cómo se encarece su entrada en la liga principal. La preferencia arancelaria para la producción vinculada a inversión en EEUU envía un mensaje claro: el acceso privilegiado al mercado ya no se gana solo con competitividad de costes, sino con compromisos de capital y alineamiento geopolítico.

Qué puede pasar ahora

El acuerdo aún debe superar trámites clave: la ratificación por el Parlamento taiwanés y la adaptación de la normativa estadounidense que regula los poderes arancelarios de la Presidencia, un asunto que incluso podría llegar al Tribunal Supremo. Pero, salvo sorpresa, el marco general está trazado y marca la pauta de la política comercial de los próximos años.

A corto plazo, cabe esperar un rápido anuncio de nuevos proyectos fabriles por parte de TSMC y otros grupos taiwaneses en Estados como Arizona, Texas u Ohio, aprovechando la ventana de aranceles reducidos y la posibilidad de importar equipos y obleas con ventajas fiscales. A medio plazo, el gran interrogante es si la capacidad instalada en EEUU será suficiente para amortiguar un eventual choque geopolítico mayor en el estrecho de Taiwán.

La historia reciente ofrece una lección clara: la pandemia y la posterior crisis de semiconductores demostraron que una dependencia excesiva de pocos nodos productivos puede paralizar sectores enteros, desde el automóvil hasta la electrónica de consumo. El nuevo pacto pretende evitar que esa vulnerabilidad vuelva a repetirse, pero al precio de consolidar un mundo más fragmentado, con bloques tecnológicos enfrentados y un comercio global cada vez más condicionado por la geopolítica. El tablero de los chips se ha vuelto, definitivamente, el tablero de la política mundial.