Wall Street: ¿Es la corrección de la IA la gran oportunidad que estaban esperando los inversores?
Análisis detallado de Rosa Duce, CIO en Deutsche Bank, sobre la actual volatilidad global, la corrección en el sector tecnológico, oportunidades en renta fija y el papel estratégico de activos refugio en un entorno económico cambiante.
La pregunta se repite estos días en despachos de banca privada y comités de inversión: ¿estamos ante una oportunidad histórica para posicionarnos en inteligencia artificial o ante el inicio de un ajuste más profundo? La volatilidad de las últimas semanas, con caídas abruptas en tecnología y saltos en los tipos de interés, no es un simple bache de mercado: refleja un cambio de fase en el ciclo monetario y en las expectativas de beneficios futuros.
En este contexto, la lectura de Rosa Duce, Chief Investment Officer de Deutsche Bank, resulta especialmente valiosa. Su visión combina el pulso macro —bancos centrales, inflación, crecimiento— con una radiografía sectorial que va mucho más allá del entusiasmo por la IA.
Mientras la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra calibran el inicio de los recortes de tipos, el mercado ha empezado a distinguir entre proyectos de IA con modelo de negocio sólido y pura narrativa. La corrección, lejos de ser un motivo de pánico, puede convertirse en un filtro saludable.
La clave, según Duce y otros estrategas, no es abandonar la IA, sino decidir cómo y cuánto queremos que pese en nuestras carteras en un entorno en el que el riesgo de pagar múltiplos desorbitados sigue muy presente.
Un mercado nervioso entre tipos altos y crecimiento frágil
La escena de fondo es un mercado que lleva casi dos años digiriendo el ciclo de subidas más agresivo de tipos desde los años ochenta. El BCE mantiene los tipos en zona claramente restrictiva, con una inflación subyacente que se resiste a volver de forma estable al 2%. Al mismo tiempo, la Fed ha pasado de descontar recortes rápidos a un mensaje de mayor prudencia, consciente de que el mercado laboral se enfría, pero no se desploma.
Esta combinación genera un entorno incómodo: crecimiento moderado, inflación aún por encima del objetivo y tipos reales positivos. La consecuencia es una volatilidad que no se explica por un solo dato débil, sino por la sensación de que la política monetaria camina sobre una línea muy fina: aflojar demasiado pronto puede reavivar la inflación; hacerlo demasiado tarde puede ahogar la actividad.
Para el inversor, esto se traduce en movimientos bruscos entre activos de riesgo y refugio. Cada dato de empleo, cada comentario de un banquero central, cada revisión de beneficios corporativos se amplifica en los precios. La IA no escapa a este entorno: es, de hecho, uno de los ámbitos donde más se nota la discrepancia entre expectativas exuberantes y capacidad real de generación de caja.
La Fed, Kevin Warsh y la independencia bajo los focos
Sobre este tablero ya complejo se superpone la posible llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Fed, propuesta por la Administración Trump. Warsh, exgobernador del banco central (2006–2011) y con fuerte perfil de mercado, defiende que la IA puede desencadenar una ola de productividad similar a la de los noventa y, por tanto, abrir la puerta a recortes de tipos más agresivos sin reavivar la inflación.
Su visión, apoyada por parte del nuevo equipo económico de la Casa Blanca, choca con la de quienes temen que el entusiasmo por la IA esté adelantando beneficios que tardarán años en materializarse. En paralelo, la nominación ha reactivado el debate sobre la independencia de la Fed, en un momento en que el propio presidente de Estados Unidos ha cuestionado públicamente a algunos de sus miembros.
Para Duce, el mensaje práctico es claro: cuanto mayor sea la interferencia política en la política monetaria, más prima de riesgo exigirán los mercados a la deuda estadounidense y, por extensión, a los activos de riesgo. Es decir, la historia de la IA no puede analizarse aislada del banco central que, en última instancia, determina el coste del dinero que la financia.
Rotación sectorial: de la euforia tecnológica al regreso de los clásicos
El ajuste de las últimas semanas ha golpeado con especial dureza a las compañías tecnológicas más asociadas a la IA —software, semiconductores, servicios digitales—, muchas de ellas tras revalorizaciones superiores al 100%–150% en dos años. La duda es si estamos ante el pinchazo de una burbuja o ante una simple “respiración” de un ciclo aún alcista.
Duce interpreta el movimiento como un proceso de maduración: no se cuestiona la existencia de la oportunidad de negocio en IA, sino su precio. Proyectos sin ingresos visibles a corto plazo y múltiplos de más de 40–50 veces beneficios esperados están siendo revisados a la baja, mientras que se mantiene el interés por compañías con flujos de caja claros y capacidad de monetizar la tecnología en la economía real.
En paralelo, se observa una rotación hacia sectores más tradicionales: industria, materiales, banca, salud y lujo. No por nostalgia, sino porque muchos de estos valores cotizaban con descuentos frente a su media histórica, pese a seguir generando caja y dividendo. El resultado es un mercado menos dependiente de diez grandes nombres tecnológicos y con una amplitud mayor: más valores suben, aunque no sean los más mediáticos.
IA: entre la narrativa y la rentabilidad que aún debe demostrarse
La gran pregunta que llega a la mesa de cualquier CIO es sencilla y brutal: ¿de verdad la IA va a justificar los múltiplos que estamos pagando hoy? Duce recuerda que buena parte del rally de 2023–2025 se construyó sobre la promesa de un salto de productividad que aún no se ha traducido en los márgenes de muchas compañías.
Algunos gigantes tecnológicos sí están monetizando la IA —a través de servicios en la nube, chips específicos o modelos de pago por uso—, pero un segundo grupo de empresas simplemente se ha visto arrastrado por la etiqueta sin un modelo de negocio claro. En estos casos, la corrección es más que saludable: obliga a separar el grano de la paja.
Desde el punto de vista del inversor, la conclusión es incómoda pero útil: la IA no es una “clase de activo” homogénea, sino un conjunto de riesgos muy distintos. No es lo mismo financiar centros de datos de alta eficiencia energética que pequeñas compañías sin escala ni ventajas competitivas defensibles. En palabras de Duce, la oportunidad está ahí, pero “no todo lo que lleva ‘IA’ en la presentación merece entrar en cartera”.
Renta fija y activos refugio: el retorno de los fundamentales
Mientras el debate sobre la IA ocupa titulares, la renta fija ha vuelto discretamente al centro de muchas carteras. Duce insiste en que, en el entorno actual, el crédito con grado de inversión en euros ofrece una combinación de rentabilidad y riesgo difícil de ignorar: cupones en el entorno del 3%–4%, con emisores sólidos y duración razonable.
En cambio, el segmento high yield y parte de la deuda emergente presentan una ecuación más incómoda: diferenciales que no siempre compensan el riesgo en un mundo en el que el coste de financiación ha subido más de 300 puntos básicos en apenas dos años. Aquí, la selectividad ya no es una recomendación, sino una obligación.
En cuanto a los metales preciosos, el oro y la plata han retomado su papel de seguros parciales frente a escenarios extremos, pero con un matiz importante: sus precios ya descuenta una parte de ese miedo. Con el oro moviéndose en zonas de máximos históricos y la plata alternando episodios de especulación minorista, no conviene sobredimensionar su peso en cartera.
La función de estos activos no es “salvar” el patrimonio, sino aportar diversificación cuando la renta variable y la deuda sufren a la vez. Su eficacia se mide en décadas, no en semanas de pánico.
Bitcoin y alternativos: entre la curiosidad y el riesgo excesivo
En el universo de activos alternativos, la postura de Duce es clara: prudencia. Bitcoin y otros criptoactivos siguen mostrando una volatilidad extrema, con movimientos de 20%–30% en cuestión de días sin que medien cambios estructurales en su uso o regulación.
Su naturaleza sigue siendo, en esencia, especulativa. No generan flujos de caja, no tienen un respaldo claro y su correlación con los activos de riesgo aumenta en momentos de estrés, lo que les resta utilidad como refugio. En este contexto, su presencia en cartera, si la hay, debería limitarse a un porcentaje marginal, asumido como apuesta táctica de muy alto riesgo y nunca como pilar central de la estrategia patrimonial.
Otros activos alternativos —desde infraestructuras hasta capital privado— ofrecen mejores perspectivas de diversificación, pero también exigen horizontes temporales largos y criterios de selección muy estrictos. La lección es la misma: en un mundo más volátil, la curiosidad puede salir muy cara si sustituye al análisis riguroso.